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sábado, 7 de noviembre de 2015

Dos Cuentos Cortos En El Campo

Una Aventura A Caballo
Un amigo me invitó a una aventura que no pude rehusar. Ahora puedo afirmar que me alegra haber participado porque además de las dificultades que implicaba vivimos una situación muy particular. Dicha aventura consistía en arrear a caballo una tropa de vacas por unos cuatro días.  Los que realmente iban a arrear al ganado eran cuatro peones del establecimiento de Aníbal, mi amigo, nosotros íbamos a ir de paseo. 

Me uní al grupo con mucho entusiasmo. Partimos muy temprano, cuando el día apenas se estaba insinuando. Con nosotros iban tres perros, y junto a los peones encaminaban a las vacas que pretendían separarse de la tropa. Las vacas levantaban una nube de polvo en los caminos y aplastaban los pastos al pasar por el campo. Los peones revoleaban sus lazos gritando: “¡Arre vaca! ¡Vaca, vaca! ¡Arre, arre! Y ladraban los perros, y el ganado protestaba a los mugidos...

Como a las dos de la tarde hicimos una pausa para comer. Aquella parada fue corta porque el ganado aún tenía mucha energía y quería dispersarse.  Durante la tarde atravesamos campos de todo tipo y pasamos cerca de varios montes oscuros.  Cuando tuvimos que atravesar un arroyo bastante ancho el ganado se resistió a cruzarlo, pero a gritos los peones lograron que se arrojaran las primeras, después todas se tiraron al agua. Cuando Aníbal y yo cruzamos el arroyo el agua estaba completamente turbia y emanaba olor a lodo, y como el lugar era bastante profundo, a pesar de ir en los lomos de los caballos nos mojamos hasta la cintura. 

-¿Creíste que no te ibas a ensuciar? ¡Jaja! -me dijo Aníbal bromeando al llegar a la orilla opuesta. 
-Bueno, no creí que fuéramos a mojarnos en agua revuelta y “jugo” de vaca -le contesté; Aníbal taloneó el caballo a las carcajadas; yo también apuré al mío para alcanzar a los otros. 

Al final del día dejamos al ganado pastando en una pradera pequeña que había entre unas lomas y fuimos a acampar en una arboleda cercana. Quise colaborar en la recolección de leña pero apenas podía doblarme; no estaba acostumbrado a montar tanto. 
Mientras cenábamos en torno a la fogata noté que los peones eran muy fríos con nosotros. Aníbal lo notó también y les preguntó si pasaba algo, todos dijeron que no.  En ese momento creí ver ciertas miradas cómplices entre ellos, pero como la luz temblorosa del fuego puede engañar no estuve seguro. 

Tras terminar de cenar los peones se envolvieron en sus ponchos para dormir. Pude notar cierta tensión en el ambiente. Algo estaba pasando, pero durante el día no había ocurrido nada fuera de lo normal, por eso no comprendía. 
Por la madrugada me levantó “el llamado de la naturaleza”. Enseguida noté que los peones no estaban. Solo los perros seguían echados cerca de la moribunda fogata; habían elegido quedarse con quien los mantenía. Desperté a mi amigo; él enseguida se agarró la cabeza con las manos, preocupado: 

-Nos abandonaron -me dijo. 
-Es obvio, no están sus caballos -observé-. ¿Tenías algún problema con ellos? 
-Sí, hace dos semanas, un lunes, estos cuatro llegaron a medio día y borrachos. Naturalmente tuve que reprenderlos, pero no fui irrespetuoso ni me sobrepasé, eso no va conmigo, tú me conoces, por lo que pensé que el asunto había terminado ahí: ellos me aseguraron que comprendían mi reclamo, y me dieron la razón. Pero parece que planearon vengarse. 
-¿Y ahora cómo hacemos para llevar a ese ganado solo nosotros? -le pregunté. 
-No va a ser fácil, pero por lo menos tenemos a los perros. ¿Me ayudarías? 
-No necesitas preguntar.

Estuvimos despiertos hasta el amanecer. Cuando rumbeamos hacia el ganado los animales ya comenzaban a moverse.   El trabajo de mantenerlos reunidos fue mucho más duro de lo que pensé. Una vaca se desviaba y otras la seguían, y allá íbamos nosotros a encauzarlas, y apenas lo hacíamos se desviaba otra. Terminé afónico de tanto gritar. Por suerte los perros nos ayudaron un montón.  Cerca del mediodía cruzamos por unos tipos que iban a caballo. Resultaron ser unos jornaleros que regresaban de una cosecha. Aníbal los contrató allí mismo y desde ahí todo fue más fácil. 
Al final la venganza de los tipos no resultó, solo nos dieron una mejor aventura. 
                                            - - - - - - - - - - - - 
El viejo Lechero
El viejo López salió pisando escarcha. Los campos estaban blancos de helada y el lucero del alba aún brillaba en el cielo. Los pastos congelados crujían bajos sus pies e iba dejando huellas. El viejo caminaba medio encorvado, con un tarro de leche en una mano y un balde en la otra. 
Allá cerca del galpón lo esperaban un par de vacas con las ubres hinchadas, listas para que las ordeñaran. 
Abrió la puerta del galpón, donde guardaba algo de forraje, y las vacas entraron tras él, como siempre.

No mucho tiempo después el viejo salió del galpón con el tarro de leche pesado. El sol ahora ya se había despegado del horizonte y del campo helado emanaba como una bruma. López entró a la casa. Su esposa, anciana también, terminaba de preparar el desayuno. El viejo se sentó al borde de la mesa.
-Esas lecheras cada vez dan leche más gorda -comentó López-. Con esa voy a hacer manteca -agregó señalando el tacho.
-Y qué necesidad tienes de ir tan temprano, pisando helada con tu edad -le reprochó su esposa-. Un día de estos te va a dar algo con ese frío -insistió ella mientras cortaba un trozo de queso que él había fabricado. 
-¡Ah! Dónde se vio un lechero levantándose tarde, toda mi vida me levanté temprano -dijo el viejo llevándose un trozo de pan a la boca desdentada. 
-¿Y si un día te pasa algo? ¿Yo qué hago? -preguntó ella mirándolo seriamente. Él terminó de tragar el pan. 
-Si me muero antes que tú, te vas para la casa de alguno de nuestros hijos y se terminó -y López sonrió-. O si quieres te puedes casar de nuevo, te doy mi permiso ¡Jajaja!
-¡Ah claro, ahora que estoy vieja! -y los dos se rieron un rato. 

Pero el destino quiso que ella se fuera primero, y el viejo López quedó solo con sus lecheras. Un tiempo después, durante un amanecer, las vacas se arrimaron al galpón y allí esperaron al viejo. De a poco el sol se fue elevando pero López no apareció. 

       

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