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sábado, 7 de noviembre de 2015

De Ficción Realista

                                 Tele-transportación 
Hasta el momento la tele-transportación no había traído inconvenientes. En los primeros tiempos la gente desconfiaba y pocos se atrevían a tele-transportarse aunque la ciencia declaraba que era seguro.
El proceso era agresivo pero indoloro. Literalmente se desintegraba el cuerpo y se lo reconstruía en otro lado. Los científicos afirmaban que no era algo tan raro, que nuestro cuerpo siempre está cambiando; las células mueren, son reemplazadas, y así en un lapso de tiempo nuestro cuerpo se ha regenerado completamente, por lo que la supuesta continuidad o estabilidad de nuestro ser es solo una ilusión. De todas maneras nunca llegó a ser utilizado por grandes masas porque era una tecnología muy cara...


Un grupo de empresarios se reunía en un salón situado en lo alto de un rascacielos futurista. Rómulo miró la hora nuevamente; la reunión se había prolongado más de lo que esperaba. Cuando llegó a su fin fue el primero en levantarse. Ese día había sido agotador y solo deseaba echarse en su sofá y ver la pantalla tridimensional de su televisor.

El tele-transportador se parecía a una cabina de teléfono cilíndrica. Rómulo entró en él ansiando estar en su hogar. Siempre manejaba el aparato con mucho cuidado, pero ese día estaba algo desconcentrado. Tecleó el código del aparato de su casa, le dio a “comenzar”, y se preparó para sentir el hormigueo que precedía a la tele-transportación, pero no sucedió nada. ¿Estaría fallando el aparato? Introdujo su código nuevamente y esta vez sí empezó el hormigueo. Unos segundos después estaba en su casa. 
Se aflojó la corbata e iba rumbo a la sala cuando escuchó un ruido en la cocina. Pensó que con el sistema de seguridad que tenía no podía ser un invasor, y tenía razón, no era un extraño, era él. Los dos clones se miraron horrorizados. Los dos comprendieron que aquello era un error de tele-transportación.

—Tú eres un error, no puedes estar aquí —le dijo Rómulo a su copia. 
—No, tú eres el error, yo llegué primero. Tú eres la copia —objetó el otro. 
—¡No! ¡Tú eres la copia! 
—¡Claro que no! ¡Tú apareciste ahora de la nada, cuando yo ya me encontraba aquí! 
—Llamaré a la compañía, ellos se encargarán.

Cuando fue a hacer la llamada el otro se abalanzó hacia él y empezaron a luchar. Cayeron en el suelo trenzados en lucha, y cuando uno se iba levantando el otro lo empujó y lo hizo golpearse contra el borde de una mesa, justo en la sien. 
El que salió victorioso contempló a su copia un momento. “El procesador de basura”, pensó. Él mismo se iba a encargar de aquel error.  El procesador de basura (un aparato futurista) tenía la capacidad de reducir algunos materiales a casi nada. Y el procesador trabajó casi todo el día. Ahora quedaba solo una copia de Rómulo; el original había desaparecido tras la primer tele-transportación.
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                                 Peligro En El Cielo
El tipo había hecho dinero rápidamente no sé cómo ni me interesaba averiguarlo. Lo que me importaba era que él deseaba comprar una avioneta, y que me iba a contratar como piloto. Para que el asunto se concretara lo acompañe a ver una avioneta que estaba en venta. Inspeccioné meticulosamente el fuselaje y miré el motor, los controles, los indicadores; todo estaba en excelente estado.

—¿Y? me preguntó el tipo—. ¿Qué le parece?
—Que está en muy buen estado —le respondí. Estaba con nosotros el dueño de la avioneta, y al escuchar mi opinión afirmó: 
—Se los dije, está como nueva.
—Ahora me gustaría pilotearla —les dije. 
—Claro, suban nomás —accedió el que aún era dueño de la avioneta. 
—Subamos entonces. 
—¿Es seguro volar en esta cosa?, ¿no? —titubeó el comprador (por el camino me había confesado que jamás había volado en un avión pequeño).
—Es más seguro que andar en auto —afirmé. Esa vez estaba equivocado.

El dueño de la nave iba con nosotros. Con mis dos pasajeros ya acomodados saqué la avioneta del hangar y la enderecé hacia la pista. El despegue fue completamente normal. Hacía un día radiante. Pronto tuvimos una excelente vista aérea. Quien iba a ser mi empleador se había sentado en la cabina; atrás iba el otro tipo. El cielo estaba azul. Se veía solamente una nube en muchos kilómetros a la redonda pero ésta era inmensa y gris. 

—¿Es peligroso acercarse a esa nube? -me preguntó el que iba a mi lado.
—No. Incluso se puede entrar en ella, ¿le gustaría?  
—Vamos. 

Me elevé un poco más y apunté hacia la nube. Al entrar en la especie de niebla que la forma noté enseguida que era más espesa que las que había visto hasta el momento, y por prudencia quise salir de ella. Supuse que no iba a demorar en atravesarla pero después de un rato seguíamos envueltos en aquella espesa nube. Entonces empecé a descender, mas para mi desconcierto seguíamos en ella. Era como si viajara con nosotros, como si se desplazara hacia donde íbamos. El hombre que estaba atrás (que también era piloto) ya había notado lo extraño de la situación y se asomó sobre mi hombro para comentarme: 

—No parecía tan grande, o sea, era grande, pero ya teníamos que haber salido. 
—Cierto. ¿Le había pasado esto alguna vez?
—Nunca.
—¿Qué pasa si no podemos salir? ¿Hay riesgo de chocar contra otra…? —preguntó mi futuro jefe.
—No, estamos muy por debajo de las líneas comerciales. Es sólo que ya deberíamos haber salido —le respondí.

Había visto días que se nublaban rápido pero tanto no. Bajé todavía más y nada de salir de la nube. Volteé y miré al otro piloto a los ojos, después le indiqué con la mirada que observara el medidor de altitud (no quería asustar más al otro tipo). Estábamos muy bajo pero seguíamos en la nube. Era imposible que a esa hora hubiera niebla. La situación era desconcertante y aterradora. Lo única explicación que se me ocurría, aunque era absurda, era que la nube realmente nos seguía, que avanzaba y bajaba con nosotros. Intenté comunicarme con la base del aeroclub, no lo conseguí; no podía emitir ni recibir señal alguna. 

La aterradora situación se prolongó hasta que quedamos con poco combustible. Entonces me decidí. Miré al otro piloto y él asintió con la cabeza, intuyendo mi intención y aprobándola. No había otra solución, de todas formas íbamos a caer: debía bajar todavía más. Tenía que volar a una altura peligrosa mas era la última esperanza de salir de aquella maldita nube, de aquella maldita cosa, porque no era una nube común. El otro pasajero estaba blanco y apenas se movía, seguramente paralizado por el terror. Me persigné, pensé en mi familia y bajé más. ¡Que pasara lo que Dios quisiera!

De pronto salimos de la nube, y no sé cómo reaccioné tan rápido y esquivé un árbol. Levanté la punta de la avioneta, y el resto no dependió de mí. Caímos pero logramos sobrevivir y con pocas heridas. Recuerdo que cuando miré hacia arriba casi todo el cielo continuaba azul, y sólo una nube grande y gris se iba alejando de allí.

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