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lunes, 2 de noviembre de 2015

El Sapo

Rosendo odiaba a los invasores alados. El viejo combatía moscas y mosquitos por igual, y como su casa estaba en el campo los invasores no dejaban de molestarlo. 
Por las noches, un solo mosquito podía importunar su sueño, y si el zumbido era de varios se levantaba a encender algo para espantarlos. Como era hombre de campo usaba métodos tradicionales. El estiércol seco de vaca encendido en una lata era lo que mas usaba, pues ese humo apestoso corría hasta las moscas; también a sus escasas visitas humanas, un beneficio extra.  Un día se modernizó cuando descubrió los insecticidas. Los dispersaba al atardecer y esperaba fuera de su casa hasta que el olor se disipaba un poco. Cuando entraba le gustaba ver a los molestos insectos muertos en el piso.   Pero lo que los insecticidas tenían de eficaz, también lo tenían de caro para él, mas un día encontró uno barato, y no tenía que ir a la ciudad para comprarlo, lo vendían en el único comercio que había en un caserío cercano...

El único inconveniente de aquel insecticida era que lo vendían en botellas comunes, y para poder usarlo tuvo que comprar un rociador de los de antes “Mas gasto de plata”, pensó Rosendo, que era muy tacaño, mas al usar el aparato se sintió un verdadero exterminador mientras bombeaba el hediondo producto. 

El empeño que ponía contra los insectos terminaba ahí nomás, porque para todo lo demás era un descuidado. Su casa era la principal prueba de ello. Una familia de ratones había creado un pequeño agujero en la esquina de una pared. Vivieron poco tiempo por allí, seguramente los espantó el olor a insecticida, mas la entrada que hicieron hacia la casa quedó. Un día Rosendo vio que un sapo entró por allí. No hizo nada por correrlo. El bichito aquel comía insectos, hasta podía ser una ayuda. El sapo tomó por hogar el piso húmedo que quedaba bajo una vieja y desvencijada cómoda. 

Una noche, cuando el viejo entró a su casa para ver las víctimas que había dejado si insecticida barato y de fabricante desconocido, vio que el sapo estaba comiendo los insectos que habían caído. “El muy glotón del sapo encontró una comida fácil”, pensó el viejo “Muy bien le va a ir comiendo bichos envenenados”, y emitió una risotada. Que le importaba a él, que se muriera, no iba a dejar de poner insecticida por un sapo. 
Pasaron los días y el sapo siguió con aquella dieta sin que aparentemente lo afectara en lo mas mínimo. El viejo incluso llegó a tomarle algo de cariño con el tiempo. El batracio recorría toda la sala buscando el sustento, y la presencia del humano no lo intimidaba para nada. 

Esto fue durante el verano. Ni bien llegó el otoño y algunos fríos con él el sapo desapareció.  El viejo pensó que era lo mejor, así no tenía que andar fijándose en dónde pisaba. No creyó que al calentar el tiempo el sapo volvería, pero lo hizo, aunque estaba muy cambiado. 
Rosendo creyó que se trataba de otro sapo y tomó la escoba para sacarlo de la casa. El animal tenía por lo menos el doble de tamaño que la última vez que lo viera y su piel estaba mas oscura. Al arrimarle la escoba el batracio salió a los saltos y fue a refugiarse directamente bajo la vieja cómoda.  Rosendo pensó que no podía ser casualidad, aquel era el mismo sapo. Dedujo que su alimentación debía ser muy abundante comparada con lo que podría consumir en la naturaleza, de ahí su crecimiento, supuso también que el insecticida, lejos de ser dañino para el sapo, debía funcionar como una especie de suplemento alimenticio. Lo que a Rosendo le faltaba en educación le sobraba en imaginación. 

En unas semanas el sapo creció tanto que ya no pudo meterse bajo la cómoda, entonces cambió de hogar adoptando la sombra de un banco de madera que el viejo nunca movía.   Ahora el batracio era la mascota oficial de la casa. El viejo se los mostró a algunos conocidos, y a todos les pareció asqueroso, y después se asustaron, porque el animal demostró una agresividad insólita para un sapo. Se abalanzaba hacia los pies de los desconocidos con la boca abierta y emitiendo una especie de siseo. Eso divertía mucho al viejo, de todas formas no le gustaban las visitas. 
Pero un día, cuando el sapo quiso agredirlo a él también no le hizo ninguna gracia. Salió de la casa para buscar un palo. Al volver ya no lo encontró. Lo buscó por toda la casa sin hallarlo. Al no verlo mas, con el paso de los días se convenció de que el animal se había marchado lejos. Mas un día se dio cuenta de un detalle. Los insectos que quedaban en el suelo tras su diario ataque, no aparecían por la mañana. “El desgraciado anda de noche”, pensó el viejo, lleno de suspicacia. Para remediar eso, tuvo que empezar a barrer de noche, aunque era algo que no le gustaba. Supuso que con eso iba a ser suficiente.

Ese verano estaba llegando a su fin cuando el viejo hizo un descubrimiento que lo hizo enojar. La botella del insecticida estaba caída y se había volcado casi todo. Después de maldecir se contentó un poco con el hecho de que por lo menos el derrame no había apestado toda la casa y que la mancha en el suelo no era mucha. Al pensarlo mejor le resultó extraño “Se evaporará rápido esa cosa, supongo”, se explicó él mismo. Ese otoño se presentó muy frío desde el comienzo y le siguió un invierno muy crudo. Como para remediar eso la primavera llegó con fuerza. Inspirado por los campos que reverdecían rápidamente a Rosendo se le ocurrió criar mas pollos. Compró treinta pollos pequeños y les armó un corral solo para ellos. Unos días después comenzaron a desaparecer. Cada mañana había uno o dos menos. Puso trampas para las comadrejas, cortó un pastizal cercano por si era una víbora, pero nada funcionó, los pollos siguieron desapareciendo.  El viejo le echaba maldiciones al ladrón, y por las noches se levantaba varias veces para vigilar, pero aún así se quedó si pollos. Para empeorar todo, después siguieron las gallinas grandes. No se salvó ninguna.

Ahora ya no tenía animales para defender pero todavía quería atrapar al ladrón. Si las trampas no funcionaban tenía que liquidarlo con la escopeta. Solo necesitaba comprar una gallina mas y vigilar toda la noche.  Al caer la oscuridad el viejo se agazapó tras el pozo de agua. No podía evitar sonreír.  El ladrón, fuera lo que fuera, le iba a pagar todas de una vez.  Al llegar la madrugada aún no veía nada, ni un movimiento, ni un bulto acercándose al gallinero. Le empezó a dar sueño. La noche estaba muy serena. De pronto sintió un olor conocido “El insecticida”, el viejo olfateó el aire. La fuente del olor estaba muy cerca de él. Iba girando la cabeza cuando atisbó algo sobre su hombro, era un enorme bulto negro. Escuchó una especie de siseo fuerte, y lo último que vio fue una boca enorme que se proyectaba hacia él.   

3 comentarios:

  1. Que tal amigo? soy Willy..excelente el cuento que final jeje atrapante estubo me gusto mucho..es buenisimo este blog tienes que promocionarlo en el otro para los que no conozcan

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    1. Hola Willy. Claro que lo voy a hacer, pero a su tiempo, todavias es muy nuevo, cuando tenga mas cuentos. Y ya hay dos enlaces hacia este blog. Gracias. ¡Saludos!

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