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lunes, 30 de noviembre de 2015

En El Pantano

Sandro timoneaba la lancha por el agua maloliente y se preguntaba cómo había terminado en aquel pantano.  La lancha dejaba un surco larguísimo en el agua oscura de los canales.  En las orillas caminaban cabizbajas algunas garzas, y en cada vuelta del canal había algún cocodrilo tomando sol...
 Agua quieta y fangosa, camalotes, nenúfares, cipreses de raíces expuestas sobre el pantano, árboles con musgo español colgando de sus ramas, tortugas tomando sol en troncos caídos y las aves pasando su reflejo por los canales, eso y no mucho más era lo que veía Sandro hacia dónde volteara. 

¿Dónde estaba el “sueño americano” que había ido a buscar a Norteamérica? Seguramente allí no. Los cangrejos que sacaba valían bastante pero casi toda la ganancia se la llevaba su empleador, un viejo de la zona que era el dueño de la lancha y de las trampas para cangrejo que dejaban en los recovecos de los canales. Aquel viejo también era dueño de la casa donde él vivía, y gran parte de lo que ganaba se iba se iba en el alquiler de esta.
Ese día su viejo patrón no estaba con él; tenía demasiada resaca como para navegar. Sandro debía encontrar las trampas que habían colocado el día anterior y hacer el trabajo él solo. Hacía varios años que recorría aquel pantano pero nunca lo había hecho solo; y eran tantos los canales que se conectaban doblando aquí y allá en un paisaje muy similar y sumamente vasto, que tenía un justificado temor a perderse. Para empeorar la situación, el agua subía y bajaba mas de una vez al día y eso hacía que la apariencia de los cursos cambiara. 

Su temor se hizo realidad cuando llegó a un lugar que desconoció. Miró la orilla con cara de extrañado. “¿Y este que lugar es”, pensó. Creía estar bien encaminada pero terminó en un lugar que no recordaba. Sintió lo que sientes todos al desorientarse. En un primer momento parece que es el paisaje el que está mal (aunque sea algo absurdo), después se razona: Estoy perdido. Lo complicado de perderse es que generalmente, cuando uno se da cuenta ya hace rato que se desvió. Sandro maniobró el bote para dar vuelta. Si cruzaba por un lugar conocido podría orientarse nuevamente.  Mas ahora todo le parecía extraño. “A ese árbol grande en ese lado, no lo recuerdo”. 

Cuando se está lo suficientemente confundido, basta doblar mal nuevamente para estar  perdido de todo. Pasó media hora, una hora, y Sandro seguía navegando, confiando en su suerte que en la memoria. Hasta el sol parecía estar en el lado equivocado. Ahora tenía la impresión de que los cocodrilos de las orillas lo seguían con la mirada y que desde lo alto no dejaban de seguirlo unos cuervos que planeaban describiendo grandes círculos. Para empeorar su situación, el motor comenzó a hacer ruidos raros. Ya casi no le quedaba combustible. Aquello no era raro, pues su empleador era un tacaño desconfiado y había calculado el combustible justo como para que fuera y regresara, eso si iba a venía por los canales correctos. 

Orilló la lancha en la sombra y se sentó a pensar. Tenía remos, pero como la lancha era grande avanzaría muy lento con ellos y, ¿avanzar hacia dónde? Estaba en problemas. Su suerte podía cambiar rápidamente si alguien pasaba por allí ese día, mas tenía que prepararse por si eso no sucedía. En la lancha había una conservadora grande donde el viejo mantenía fresca la comida que llevaban cuando pescaban cangrejos todo el día. Conociendo a su patrón, Sandro no tuvo muchas esperanzas pero igual tenía que fijarse. Abrió la conservadora solo para ver que estaba vacía, como temía. Maldijo al viejo y la cerró de golpe. Lo que sí había en el bote era una caja llena de anzuelos y líneas de pescar (con eso sacaban la carnada para los cangrejos) y carnada nunca faltaba en aquella bañera vieja. Las aguas de aquel pantano se encontraban repletas de todo tipo de peces. Ahí estaba su comida.

Poco rato después Sandro esperaba suspenso, con una línea en la mano, que esta se moviera. Cuando sintió un tirón él tiró también.  Era un bagre de buen tamaño.  Limpió el pez y saltó a tierra para hacer una fogata. Viendo como se asaba lentamente el bagre, Sandro consideró cuál era su actual situación. Si tuviera mas combustible hubiera seguido navegando hasta ubicarse, pero no tenía. Ya no le quedaba mucho al día. Le convenía pasar la noche allí y aventurarse a las aguas temprano por la mañana con todo un día por delante. A golpes de remo iba a demorar muchas horas para salir de allí, eso si se orientaba. Entre las cosas que cargaba tenía una lona grande y gruesa y mucha cuerda. Con aquello podía construir fácilmente una cama colgante con techo y todo. El suelo de allí, aunque contara con un fuego era muy peligroso igual. Con solo levantar un poco la vista encontró un buen lugar donde colgar su cama-refugio. Al atardecer en el agua se reflejaron unas nubes enormes que el sol había encendido, y muy alto sobre la superficie pasaron bandadas de garzas y patos que cruzaban a los silbidos.

Al llegar la noche el lugar se llenó de ruidos, y sobre un croar constante de ranas siempre había algo que agitaba el agua o pasaba caminando entre los árboles de la rivera. Escuchando aquellos ruidos recordó algunos cuentos inquietantes que su patrón le había narrado, y pensó si solo serían ficción o si tendrían algo de verdad. Chillidos de cocodrilos pequeños, gruñidos de jabalíes, chistidos de lechuzas, cantos de búhos, de otros pájaros nocturnos, y cada tanto un sonido completamente extraño; todos esos ruidos nocturnos lo mantuvieron alerta casi toda la noche. Apenas amaneció arrolló su cama-refugio y se fue de allí remando.  La mañana aún no había calentado cuando unos pescadores cruzaron por él. Les explicó su situación y amablemente le dieron el combustible suficiente (y un montón de indicaciones) como para que saliera de aquel pantano.

Cuando llego a la casa de su patrón este estaba muy procurado, pues ya empezaba a creer que había perdido la lancha y todo lo que había en ella. Ese día no fueron por los cangrejos porque el viejo había curado su resaca con más bebida, y lógicamente, no estaba en condiciones. Al otro día los dos surcaron el pantano, y tras navegar por canales y más canales llegaron al lugar donde estaban sumergida las trampas. 

—¿Es aquí? —preguntó Sandro, observando estupefacto la orilla cercana, después todo su entorno. 
—Cómo no perderte, ni recuerdas el lugar donde dejamos las trampas, ¡alcornoque!
  
Sandro sí recordaba el lugar. Había pasado la noche muy cerca de allí, a unos pocos metros tierra adentro. 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Pobre Sandro lidiando con esa joyita tacaño y alcohólico.

Stephanie

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