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miércoles, 11 de noviembre de 2015

En Navidad

Durante un veinticuatro de diciembre, víspera de navidad... Tras unos ruidos raros del motor, Rubén y Matilda, un matrimonio de ancianos, se miraron preocupados. Rubén estacionó el auto a un costado de la ruta.  Las casas más próximas se veían a la distancia y en los alrededores no había más que campo. Rubén se bajó para revisar el motor, aunque no entendía nada de mecánica...


—¿Qué tiene? —preguntó Matilda desde el interior del auto.
—Recién lo estoy viendo —le contestó Rubén—. ¡Estos autos modernos! Antes sí que eran buenos, los hacían para que duraran. Ahora son pura plástico, aleaciones y cosas así.

Rubén se inclinó sobre el motor. Observaba con los ojos entrecerrados, sin saber bien qué estaba mirando.  Matilda volvió a hablar desde el interior del vehículo: 

—Si hubiéramos comprado un celular de esos podríamos llamar a alguien. 
—¡Bah! Esos celulares tienen unos botones diminutos, y ni yo ni vos vemos muy bien que 
se diga. 
—Sí, eso es cierto —reconoció Matilda, y agregó con aire melancólico—. Y bueno, los años no pasan en vano, ya estamos viejos.

Mientras hablaban un muchacho se les acercaba a pie por la ruta. Cargaba una pesada mochila y tenía puesto un gorro deportivo ya descolorido por el tiempo. El desconocido paró y saludó:

—¡Buenas tardes!
—Buenas tardes —le contestaron los ancianos. 
—¿Necesita ayuda, señor? —preguntó el muchacho.
—¿Eh? No. No se moleste. Es algo en el motor, creo, ¡estos autos de ahora! 
—Sé bastante de mecánica señor, para mi no sería ninguna molestia. 
A Rubén le pareció que el muchacho era sincero, y tenía cara de buena gente. Matilda dijo desde su asiento: 
—¡Rubén! Deja que el muchacho lo revise, que tú no sabes nada. 
—Es lo que iba a hacer. Y no exageres que algo entiendo, no mucho, pero algo…


Poco rato después el motor funcionaba bien.

—¡Ah! Sí que eres buen mecánico —dijo Rubén, satisfecho —¿Trabajas en esto? 
—No. Aprendí de mi padre, él sí era mecánico, yo lo ayudaba, era algo que me gustaba. 
—Ya veo. ¿Y ahora ya no trabajas con él?   
—Mi padre murió hace cuatro años. —contestó el muchacho con la mirada baja.
—Ah —Rubén no supo qué otra cosa decir. Matilda lo miró con un gesto de reproche por su falta de tacto “Este Rubén, cómo no se dio cuenta. Pobre muchacho”, pensó Matilda. 

Rubén metió la mano en el bolsillo.

—¿Y cuánto le debo, joven? 
—No, no es nada señor.
—Tienes que cobrar por tu trabajo. Si no fuera por ti quién sabe cuánto rato íbamos a estar acá parados en la ruta. 
—Lo hice como un favor. Ustedes precisaban ayuda, eso no se cobra. ¡Que pasen buen día! se despidió el muchacho. Rubén le dio la mano. 
—Muchas gracias entonces. ¡Que pases buen día!
Matilda sacó la cabeza fuera del auto.
—¡Qué pases feliz navidad! —dijo Matilda.  Ahora fue Rubén el que la miró con cara de reproche. Al entrar al auto le dijo: 

—Matilda, no te das cuenta de que el muchacho anda viajando de mochilero, seguro que está lejos de su casa.
—Tienes razón, no me di cuenta. Quién sabe cómo va a pasar esta noche, ¡pobre!
—No quise insistir con lo del dinero para no ofenderlo. Se nota que es un buen muchacho.

Por un instante lo vieron alejarse en la dirección que ellos iban. A Matilda se le ocurrió una idea.
  
—Y si lo contratamos para que entre la leña, como una excusa para darle algo.
—Pero mismo, la leña. Si es un trabajo seguro que acepta. —opinó Rubén. 

Lo alcanzaron y Rubén abrió la ventanilla. 

—¡Joven! En casa tenemos un montón de leña sin apilar. No sé si te interesa agarrar ese trabajito.
—Me interesa sí. —respondió enseguida el sujeto. 
—Bueno, te llevamos entonces, vivimos del otro lado de la ciudad, es cerca.

La casa estaba en un terreno amplio; tenía un jardín, un fondo extenso donde había un parral, y más en el fondo naranjos y manzanos. Apenas llegaron el muchacho preguntó:

—¿Dónde está la leña, señor? 
—¡Ah! Está allá en el fondo, pero no hay apuro, siéntate un rato, que venís de caminar. Matilda, trae un jugo y vasos. Vamos a sentarnos bajo el parral, que hay preciosa sombra.
—No se moleste, que no estoy cansado, estoy acostumbrado a caminar bastante. 
—Claro, y además eres joven, ¿cuántos años tienes?   
—Diecinueve. 
—¡Quién pudiera volver a tenerlos! Yo ya estoy añoso ¡Jajaja! Siéntate, no hay apuro por la leña.
  
Bajo el parral había una mesa de madera rústica y dos bancos largos. Las vides estaban llenas de uvas moradas y algunas avispas volaban de racimo en racimo. El sol ya se iba arrimando al horizonte. Desde las casas vecinas, llegaba algo de olor a humo y carne asada de las parrillas que había en los jardines, y también se escuchaba el griterío de niños que jugaban alegres, y las voces de gente conversando animosamente. Era un típico veinticuatro de diciembre en Uruguay. Aquellos ancianos acostumbraban pasar la navidad solos. Ya casi no les quedaban parientes vivos y no tenían hijos. Los vecinos los invitaban pero pocas veces aceptaron, sentían que la navidad era algo que había que pasar en familia, y aunque fueran bienvenidos se sentían fuera de lugar. Matilda trajo una jarra con jugo y vasos y se sentó junto con ellos.

—¿Y andas buscando trabajo? —comenzó Rubén.
—Sí, voy rumbo a una papera, para la zafra. 
—En el campo siempre hay trabajo ¿No? —preguntó Matilda.
—Sí señora. Hay que buscar y viajar bastante pero siempre hay sí. 
—¿Entonces hoy no vas a pasar la navidad con tu familia? —preguntó Rubén. 
—No, yo… no vivo más en mi casa, ando por aquí y por allá, trabajando en lo que puedo. 
—Pero te mantienes comunicado con tu familia, supongo. —intervino de nuevo la señora. 
—No me comunico no. Cuando murió mi padre quedé solo con mi madre, pero al poco tiempo ella se trajo a un tipo para la casa —Mientras hablaba el muchacho miraba fijo hacia
la mesa; aún le dolía el recuerdo —. El tipo es un asco de persona, no sé cómo mi madre lo aguanta. Enseguida nos discutimos varias veces. Un día quiso pegarme pero no pudo, lo derribé y cuando fui a darle lo que merecía mi madre se metió para defenderlo. Entonces me fui al poco tiempo, parece que a ella no le importó mucho, le importa más ese tipo.

Por un momento los tres quedaron en silencio, pensativos. El muchacho terminó su jugo y se levantó.

—Bueno, voy a acomodar esa leña. Gracias por el jugo señora. ¿Dónde está? 

Rubén lo guió hacia un pequeño montón de leña desordenada. Mientras el muchacho trabajaba Rubén le dijo a su esposa:

—Ve al mercado y trae un pollo asado, y un pan dulce, y budín, ¡ah!, y cosas para una ensalada. Vamos a  invitar al muchacho para que se quede ¿Te parece bien?
—¡Claro! Es lo que te iba a decir. Es un buen muchacho. 

El trabajo era poca cosa. El joven se dirigió al parral donde estaba Rubén.

—Terminé señor. ¿Quiere ir a ver? La dejé bien apilada. 
—Desde aquí se nota que está bien. ¿Cuánto te debo? Y esta vez tienes que cobrar. 
—No sé, señor, lo que a usted le parezca justo, era poca leña.
—Toma esto. —Rubén le extendió varios billetes. 
—Esto es mucho, era poca leña, la acomodé en un rato. 
—Así está bien, que eso no es mucho.
—Gracias. 
—Y después de todo, ¿cómo te llamas muchacho?
—Ignacio Trinidad. Disculpe que no me presentara antes, no me di cuenta.
—Tú ya sabes el mío y el de mi señora, nuestro apellido es Fernández. Ignacio, ¿te puedo llamar así?   
—Claro que sí. 
—Bien, Ignacio, ¿te gustaría pasar la navidad con nosotros? Mi señora  también quiere que te quedes. 
—Muchas gracias, pero me tengo que ir. Dígale a su esposa que le agradezco.
—Pero Ignacio ¿A dónde vas a ir? Vas a pasar la navidad solo. Nosotros no tenemos a nadie, quédate muchacho, que vamos a hacer una buena cena, aunque sea para acompañar a un par de viejos.
—Pero estuve caminando todo el día, y estoy sucio…
—Te puedes bañar aquí.  Nos harías otro favor con tu compañía.
—Está bien, señor.
—¡Que bueno! Pero no me sigas diciendo señor, que no soy tan viejo ¡Jajaja!

Y esa navidad se formó una nueva familia. 

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gusto como lo terminaste...

Stephanie

Jorge Leal dijo...

Hola Stephanie. Gracias. Como habrás visto, no continué el cuento "Fuera De La Tierra". Lo que sucede es que ahora no quiero pasar muchos días sin publicar aquí, y esa historia no está terminada. Cuando lo esté la subo de corrido. ¡Saludos!

Anónimo dijo...

Amigo me cayeron algunas gotas de los ojos,que seran? jeje..maestro cuento corto y profundo,excelente,me gusto. .Willy

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