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domingo, 15 de noviembre de 2015

Historias De Cuenteros

                              Una Aventura En El Río
Hacía mucho tiempo que aquellos amigos no se reunían. Tras muchos años se encontraron una tarde. Después de tomar un café salieron al jardín y se sentaron en unas sillas de mimbre bajo un parral. La parra sobre sus cabezas estaba cargada de uvas blancas y los últimos rayos del sol las transparentaban con un tono amarillento. Unas avispas volaban por allí y en las flores del fondo aún andaban algunas mariposas.  Aquel entorno invitaba a recordar tiempos pasados, y como ya habían preguntado por sus familias, conocidos y el trabajo, lo que seguía ahora era evocar viejas anécdotas...
 
El dueño del lugar se llamaba Vicente, y su amigo Julio, los dos eran veteranos y estaban canosos. Vicente se acomodó en la silla de mimbre haciéndola crujir; Julio siguió a una avispa con la mirada y comentó que el jardín era hermoso:

—Sí, lo planté yo mismo. Está parra tiene años —comentó Vicente mirando hacia arriba.
—Hermoso lugar —observó Julio. 
—Me halaga que lo creas así porque sé que eres un hombre de mundo y supongo que has visto muchas cosas bellas en la naturaleza, ¿no?
—Sí, he vivido, como suele decirse, y he visto muchas cosas, y no todas eran lindas, en la naturaleza he pasado momentos aterradores. 
—Ya lo creo. Oye, cuéntame cuál fue tu aventura más singular —le pidió Vicente. 
—Está bien, aunque no sé si me creerás. Me pasó cuando era un minero ilegal. Lo que hacía junto a Lorenzo, mi socio, un tipo que no llegaste a conocer, no me parecía algo realmente ilegal. Andábamos por zonas remotas buscando oro, cuando lo encontrábamos sacabamos lo que podíamos; claro, sin pagarle nada al dueño del lugar, pero como era alguien que ni conocíamos no nos parecía que estuviéramos tomando algo. Como fuera, hallamos en la costa de un río una tierra con bastante oro. Estuvimos días cavando, zarandeando tierra, lavándola en las bateas, y al final conseguimos una buena cantidad del preciado metal.  Cuando fuimos a retirarnos del lugar nos topamos con otro minero como nosotros que nos informó que estaban patrullando los caminos.  Entonces recurrimos al plan B, que era salir por el río. Después de dejar el oro en otro lado volveríamos por el vehículo.

“Nuestro bote no era el ideal para andar en aquellas aguas rápidas y más de una vez creí que nos íbamos a hundir. Cruzamos por una parte donde emergían unas rocas enormes y allí corrimos verdadero peligro. Luchando a brazo partido sin desfallecer con los remos conseguimos salir de aquellas aguas blancas que se arremolinaban formando trampas mortales. Al final de la tarde estábamos exhaustos. Ahora nos encontrábamos en una parte muy ancha y mansa del río. La corriente apenas nos movía y el agua brillaba tanto como el oro que llevábamos. 

“Allí decidimos descansar. Nos acostamos en el bote y dejamos que la mansedumbre de la corriente y el canto de las ranas de las orillas nos arrullaran.   Más tarde, cuando ya estaba de noche, me despertó una sacudida del bote. Una Luna creciente estaba sobre nosotros. Me senté y creí ver algo sobre la superficie. Me sobresalté porque parecían ser cabezas de personas que flotaban en el agua. Eran siete u ocho y todas se hundieron a la vez.  Desperté a Lorenzo y le conté lo que acababa de ver. “Deben ser nutrias lo que viste”, me dijo, y me convenció. Al recordar las cabezas ya no me parecían humanas, aunque para ser de nutrias me resultaban un poco grandes. 

“Tratando de determinar en dónde estaba la costa Lorenzo vio algo, lo mismo que yo. Al mirar hacia donde me indicó ya se iban sumergiendo. “No son nutrias, creo que son sirenas”, me dijo muy alarmado. Entonces me imaginé un grupo de sirenas nadando bajo el bote en la oscuridad y me aterré. Supongo que habrás escuchado alguna historia sobre sirenas que hunden botes, ¿no? Sin decir más tomamos los remos y empezamos a palear hacia la costa. Resultó que estábamos en una parte sumamente ancha, en una especie de lago que formaba el río. Cuando todavía nos faltaba mucho nos empujaron de lado, corregimos el curso con golpes de remos y seguimos. Después me pareció que avanzábamos muy lento, se lo dije a Lorenzo y supe que él tenía la misma sensación. Las sirenas debían estar agarradas del bote.  Nos pusimos a tantear con los remos y toqué algo. Cuando fui a retirar el remo algo lo estaba agarrando. Tiré con fuerza y vi al brazo que lo sostenía. Parecía humano pero tenía algo entre los dedos, una membrana como la de los patos, y su piel era de un color que no pude distinguir con aquella luz de Luna.
La sirena soltó el remo enseguida. Nuevamente estábamos más livianos y remamos como nunca lo volveremos a hacer en nuestras vidas. Apenas chocamos contra una playa tomamos nuestras cosas y saltamos a tierra, corriendo un tramo largo por las dudas, pero, resultó que no habíamos tomado todo. Faltaba el frasco con el oro. Cuando volvimos corriendo hacia el bote este ya se internaba varios metros en el agua; las sirenas lo estaban remolcando. Cuando amaneció no había ni rastro del bote en la superficie —terminó así su historia Julio. 
—Vaya aventura que tuvieron. Sirenas… quién lo diría.
—¿No me crees?
—Te creo, sí. 
—Entonces con los años te has vuelto bastante crédulo —comentó Julio y se echó a reír.
                                                - - - - - - - - - - - - - 
                                 Navidad De Terror
 Después de la abundante cena navideña la familia fue a sentarse en la sala. Los niños ya se habían ido a acostar y los más pequeños dormían en la falda de sus madres.

—Que lindo es pasar la navidad así, en familia —comentó el más viejo de los presentes.
—Y que feo es estar lejos y solo esta noche, pero prefiero pasar las fiestas solo a estar con compañías extrañas, como me pasó una vez cuando era camionero —dijo de pronto Mario, a quien todos en la familia llamaban tío, aunque obviamente no todos eran sus sobrinos. 
—Creo que se viene un cuento. Menos mal que los niños ya no andan aquí —dijo en tono de broma un sobrino de Mario, y todos rieron.
—¡Pero que sobrino mal pensado que tengo! ¡Jaja! Este es un cuento de navidad, es para todos… digo, cuento no, es algo que viví. 
—Claro, claro. Cuente tío, pero que sea un cuento corto, quise decir, una historia corta, que ya todos están con sueño.
—Pues al escucharme lo van a perder.

Mario terminó de un sorbo lo que le quedaba en una copa, la dejó en una mesita y empezó su historia después de mirar a todos como cerciorándose de que le prestaban atención:

“Ya era el atardecer del veinticuatro de diciembre y yo todavía estaba rodando en la ruta. Manejaba un camión que en esa época ya era viejo, así que imagínense cómo sería. Exigí bastante al vehículo y cuando llegó la noche vi las pocas luces del pueblo remoto donde tenía que descargar lo que llevaba. Apenas vacié el camión me largué de allí deseando llegar pronto a mi casa, aunque sabía que no iba a ser hasta la madrugada.  Sí que me sentí solo en aquella carretera; sólo había campos, bosques y aisladas luces de casas rurales muy apartadas entre si, y adelante ruta y mas ruta.

“Para empeorar el asunto, me di cuenta que el motor se estaba recalentando. Me detuve, y linterna en mano fui a revisarlo. Al radiador le faltaba agua, ¡que descuido de mi parte, no llevaba más agua en el camión. Cuando pensé en buscar un arroyo que hubiera por allí, miré hacia un costado y vi las luces de una casa que no había notado. Aunque no quería molestar una noche como esa, muy a mi pesar me arrimé a aquel hogar a pedir agua. Después que golpeé las manos toda una familia salió por la puerta: 

“—¿Qué desea? -preguntó el hombre.
“—Disculpe la molestia. El radiador del camión precisa agua y no tengo. Si pudieran darme un poco les agradecería. 
“—No molesta, es más, pase y cene con nosotros. Nadie debería estar solo tan cerca de navidad. 
“—Muchas gracias, señor, pero no quiero irrumpir en una reunión familiar, gracias igual, muy amable.
“—Solo estamos nosotros: mi esposa y mis dos hijos, y hay mucha comida. Le ruego que nos acompañe. Seguro que un camionero tiene muchas anécdotas divertidas que contar, y nos alegraría la noche. Por esta zona no hay mucha gente… 

“Y con esos argumentos me convenció y entré. En la mesa había de todo, mas me pareció extraño que aquellos manjares no desprendieran ningún aroma. La luz también era extraña y había algo raro en aquella gente. Apenas me senté todo quedó oscuro y silencioso. Había guardado la linterna en el bolsillo. Cuando la encendí vi que estaba solo, y al pasear la luz por la habitación ésta lucía diferente: era una casa abandonada.  Aunque la situación me impresionó terriblemente, por alguna razón no me asusté mucho. Cuando salí de allí me topé con un bidón lleno de agua. Miré hacia la casa abandonada y agradecí —terminó su historia Mario. 

4 comentarios:

  1. Hola master, estas historias te quedaron interesantes. Sirebas y fantasmas en la navidad. Aunque tengo una duda, lo que le contó Julio a Vicente era cierto?. Digo, como mencionó que su amigo se había vuelto crédulo. Buenes historias amigo. Espero la próxima historia!. Saludos desde Venezuela!.

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    1. Hola, Bienvenido a este blog, Ongie. Era mentira de Julio. Te espero por aquí. Gracias. ¡Saludos!

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  2. Muy buenos estos y lastima que no tengo un tío que me cuente cuentos digo historias jajaja aunque para eso están tus blogs ;)

    Stephanie

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    1. Entonces supongo que mis sobrinos tienen suerte ¡Jaja! En realidad nunca les narro nada, pero si hago muchas bromas. Muchas gracias, Stephanie. Te estás convirtiendo en la mejor lectora del blog. ¡Salu2!!

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