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lunes, 30 de noviembre de 2015

Historias Difíciles De Creer

                                            La Verdad
En el puerto de un río, un pescador deportivo le contaba a unos amigos:

—… En serio, tenía que ser algo enorme. Estaba lejos de aquí, en mi bote, en medio del río. Aquella parte es muy profunda, y por lo rápido que pasaban flotando algunos trozos de camalote se notaba que había bastante corriente allí. Tiré mi carnada pensando en sacar algo grande, pero los minutos pasaban y nada se interesaba en ella. Por el calor que hacía se me fueron terminando las cervezas de la conservadora. Ya estaba pensando en irme cuando sentí el tirón. No fue muy fuerte, mas cuando intenté jalarlo ¡Barbaridad!..
Aquella cosa apenas se movía del fondo. La caña se arqueó, crujió, y temí que el sedal reventara en cualquier momento. El pez no tiraba mucho, era el peso lo que me impedía subirlo a la superficie. Se me pasaban imágenes de peces por la mente, pero aquello no podía ser ninguna de las especies que conocía. Tenía que ser algo de por lo menos, sesenta, setenta kilos, y probablemente me quedo corto. Tras un rato de tire y afloje, se soltó de pronto; el anzuelo estaba doblado. Enseguida pensé que cuando se los contara a ustedes no me iban a creer. 
—En eso tienes razón ¡Jajaja! —le dijo uno de sus amigos, y los otros, que habían escuchado al pescador sonriendo, estallaron en risas también. 
—Con ustedes no se puede —les dijo el pescador. Incrédulos.

En otra parte del mismo puerto, un tipo que practicaba buceo le narraba a un grupo de amigos: 

—… Les digo la verdad. Primero creí que era la corriente arrastrándome, por en esa parte profunda de este río es muy fuerte, pero no era eso. Algo me jalaba con fuerza. Me encontraba en el fondo buscando almejas de río. Miré hacia atrás pero no vi nada. El agua estaba algo turbia pero daba para ver si había algo a mi lado intentando arrastrarme, mas no vi nada. Era como una fuerza invisible. Luché desesperado para zafarme de aquello, y de repente, ya no me jalaba. No sé qué fue. Cuando revisé el equipo vi que tenía el cinturón para el lastre rasgado. 
—Yo opino que fue una sirena invisible —comentó uno de sus amigos, para la risa de los otros. 
—Les dijo que es verdad, partida de incrédulos.
                                         - - - - - - - - - - -
                                            La Niebla
—Les voy a contar lo que me pasó durante la peor noche que viví en el mar —dijo Jacobo, y al ver que había captado la atención de todos dejó sobre la mesa la jarra que acababa de vaciar. 

Lo acompañaban unos amigos y cada uno había relatado algún cuento o historia entretenida. Se hallaban en una taberna ubicada cerca de un puerto. Desde la enorme ventana del lugar se veía una porción del océano y en el horizonte de este cruzaban algunos barcos que se veían pequeñitos. Detrás de la barra había un enorme pez espada disecado.

—Fue cuando trabajé en un bote pesquero —comenzó su relato Jacobo—. Andábamos buscando atunes. En esa época desechábamos los peces de menor tamaño que ese de ahí —afirmó Jacobo señalando al pez disecado—. Hoy en día peces menores van a parar igual a las bodegas de los barcos; los tiempos han cambiado, pero en fin… Hacía varios días que no veíamos tierra ni desde lejos y no nos habíamos cruzado con ninguna embarcación. Después de la cena fui a tirar los restos. El mar estaba tranquilo. La mitad del cielo nocturno mostraba una infinidad de estrellas, la otra mitad, no se veía. Había como una gran muralla oscura avanzando hacia nosotros: era niebla. 

“Fui a avisarle al capitán y enteré a los otros. Cuando volví a la cubierta principal la niebla ya nos envolvía. El capitán accionó la sirena y empezamos a navegar dentro de aquella nube. Mis compañeros estaban también en cubierta. Las niebla se tragaba las luces a pocos metros. Desapareció el cielo, el mar, casi todo el barco, y mis compañeros eran figuras borrosas. De repente, oímos risas. ¿De dónde venían? De muy cerca, y a la vez de un lugar indefinido. Aquellas risas distintas parecían tener algo en común, estaban dirigidas hacia nosotros, como si lograran vernos. Uno de mis compañeros tropezó a mi lado, y las risas estallaron brevemente, burlonas y exageradas.   Ser visto por algo que uno no ve, si se está enterado de la situación, es algo muy intimidante; pero cuando no se sabe qué es lo que nos está viendo la cosa es mucho peor, créanme. 

“—¡Bajen todos y tápense los oídos para no escuchar esas risas!, ¡ahora! —nos ordenó el capitán. 
“—Pero capitán, ¿qué son esas risas? ¿Son sirenas? —preguntó alguien. 
“—¡Bajen ahora mismo! ¡Y no las escuchen! —repitió sin contestarle. 

“Ya abajo nos tapamos los oídos como pudimos. Yo doblé una almohada sobre mi cabeza. Cuando la retiraba un poco para sentir si había pasado, las risas diabólicas seguían allí. Eso duró gran parte de la noche. Cuando se detuvieron la niebla se había retirado. Como aparentemente el capitán sabía algo fuimos a preguntarle. Lo encontramos tirado cerca del timón con una gran sonrisa espeluznante congelada en su rostro inerte. Se sacrificó por nosotros, no se tapó los oídos por seguir timoneando —terminó su relato Jacobo. 
—¡Que cuento te has inventado, Jacobo! —dijo después uno de los que estaba en la mesa. 
—Sí, ¡Jaja! Un cuento… —murmuró Jacobo. 

3 comentarios:

  1. Jajaja un pez enorme y el otro una sirena cuando la realidad era un buzo y un pescador esa estuvo buena. Uhi que horror eso de las risas lo imagine y ha de ser horrible una experiencia así...

    Stephanie

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    1. A veces la verdad es difícil de creer. Una vez vi un pez que, o era la tararira mas grande que se ha registrado, o era un pez de los que se suponen extintos. Es verdad pero los pescadores no tienen mucha credibilidad, y si además lo dice alguien que ha escrito cientos de cuentos de ficción... ¡Jaja! Pero es verdad. Gracias. Saludos!!

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