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sábado, 14 de noviembre de 2015

Historias En El Campo

                                   Volando En La Tormenta
Mientras yo cenaba, afuera se desataba una tormenta infernal. El aparador con la cristalería temblaba y el viento hacía traquetear las puertas como si fuera a irrumpir dentro de la casa de un momento a otro. El cielo nocturno tronaba y los relámpagos iluminaban todo uno tras otro. Pero lo que más me preocupaba era el viento. Tuve que acortar la cena y busqué mi linterna, previendo que podía cortarse la luz. Pasaba frente a una ventana cuando una luz blanca entró por ella, luego vino el estallido del rayo. Cayó muy cerca, y como imaginaba, se cortó la luz. Como el viento estaba paralelo a la ventana, miré hacia afuera confiando en que ninguna rama desprendida por la tormenta la iba a romper.   Los árboles se inclinaban en un escenario mareante para mis ojos, pues se sucedían momentos de oscuridad profunda y luces blancas de relámpagos que mostraban el desorden causado por la tormenta...


 Algunas ramas o plantas arrancadas del suelo pasaban girando en el aire. Por breves instantes el viento amainaba y los árboles se enderezaban un poco, pero enseguida volvían a inclinarse al igual que la lluvia.  El ruido era muy fuerte, y entre un soplido continuo se mezclaban silbidos agudos y algo como un ronquido grave. 

Cuando estaba por retirarme, algo salió de la oscuridad y pasó volando frente a mí en el momento que iluminaron todo una seguidilla de relámpagos. El aliento casi se me cortó y luego mi corazón golpeó con fuerza mi pecho. Lo que vi tenía forma de persona pero su cara parecía una capucha de disfrazado, una tela sobre la cara, y de sus piernas y brazos se desprendía algo que el viento hacía volar más rápido, por lo que supe que no era un hombre. Aquel instante fue aterrador. Luego todo quedó oscuro, y cuando nuevos relámpagos prestaron su luz de nuevo, aquello ya había pasado. Fui a acostarme sumamente intranquilo. ¿Qué había visto? ¿Era un fantasma? Pero yo no creía en fantasmas, mas sí estaba seguro de haberlo visto. Era un misterio. Pero a la mañana siguiente el misterio se aclaró. La tormenta se había ido.  Al acercarme a la propiedad de mi vecino este se arrimó para hablar de temporal:

—¿Cómo lo trató la tormenta? —me preguntó. 
—Estuvo fuerte. Todavía ni pasé por los naranjos pero estoy seguro que el estrago fue grande —le respondí. 
—A mí el viento me acostó el maizal, pero como usted sabe la mayoría de las plantas se enderezan con los días, eso si, voy a tener que hacer otro espantapájaros, porque el que tenía ahí debe haber volado lejos porque no lo encontré.

Eso fue lo que vi. Lo que se desprendía de los brazos y las piernas era el pasto que lo rellenaba. Más tarde lo encontré enredado en un naranjo en mi propiedad.
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                                          Sequía Y Lluvia 
La muerte miraba a través de las cuencas vacías de los esqueletos de animales. La sequía castigaba aquella tierra. Un viento cálido y seco soplaba sin cesar y los campos estaban amarillos, y el aire recalentado por el sol se llenaba de polvo. 

Jaime salió a mirar la tierra de su familia por última vez. Caminando bajo el sol de la tarde, el niño tomó el sendero que iba hasta la plantación y desde lo alto de una loma contempló el paisaje reseco, lleno de retoños muertos y donde aún saltaban algunas langostas; otros de los males que empujaban a su familia a irse del campo.   En el cielo limpio volaban algunos cuervos; para ellos la temporada era buena porque por la falta de agua y alimento muchos animales morían, y pronto sus esqueletos blanqueaban sobre el campo. 

Con la mano en la frente para hacer sombra a sus ojos, el Jaime desparramó su mirada por las tierras aledañas. Allá a lo lejos se veía la casa de los Pereira, ahora abandonada, y más allá la de los Echeverría, o lo que quedaba de ella.  Seguía contemplando todo cuando le pareció que lo llamaban, miró hacia su casa y vio a su madre agitando el brazo. Debido al viento que soplaba no entendió lo que su madre decía, pero igual supo que ya era hora de partir. 
Con las maletas gordas de equipaje, toda su familia salió rumbo a la ruta. Tras esperar una hora bajo el sol llegó el ómnibus y se marcharon. Llegaron a la capital durante la madrugada. Cuando salieron de la terminal de ómnibus llovía copiosamente, y Jaime y su familia caminaron largo trecho bajo el agua. 

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                                Salvados Por Una Víbora 
Fabricio y Emiliano ya se alejaban por el campo cuando escucharon que su abuelo les gritaba algo. Voltearon hacia la casa y vieron que les indicaba una dirección señalando con el brazo, pero en ese momento soplaba un viento bastante fuerte y no lograron entender que les decía. Como ninguno quería volver a preguntar, pues creyeron que se trataba de alguna recomendación poco importante, gritaron al unísono:

—¡Está bien, vamos a volver antes de mediodía! 

El viejo tampoco entendió lo que le dijeron porque era algo sordo, y sumando a eso el viento que soplaba, le pareció que sus nietos habían entendido el mensaje. Les levantó la mano como despidiéndose y entró a la vivienda. Los hermanos estaban visitando a su abuelo, y esa vez sus padres no estaban allí, por lo que planeaban pasear más de lo que normalmente les permitían. Así, atravesaron el campo de su abuelo hasta que llegaron a un arroyo. Como la mañana estaba algo fría no se atrevieron a bañarse y se conformaron con tirar piedras al agua. Luego costearon dicho arroyo y lo atravesaron en un cruce bajo donde resaltaban algunas piedras que les sirvieron de puente al saltar de una a otra. Desde allí caminaron en línea recta, adentrándose en un pastizal bastante alto.

—Camina por donde yo voy pisando —le indicó Fabricio a su hermano. Él era el mayor.
—¿Cuánto falta para ver el monte? —preguntó Emiliano. 
—Faltan como… diez preguntas tuyas, si es que hoy no estás más preguntón ¡Jaja!
—No me hace gracia. Mamá dice que eras como yo cuando tenías mi edad. 
—Mentira, mentiroso cara de oso.
—No empieces con eso, Fabricio. 
—¡Jaja! Está bien. Vamos más rápido, que si no estamos en la casa a mediodía el abuelo se va preocupar, y quién sabe sino llama a mamá y papá. 

Y así, entre bromas y risotadas repentinas, los hermanos siguieron su caminata. Cuando el terreno empezó a ascender el pasto se fue haciendo más corto, y al llegar a la cima divisaron el monte. Desde aquella posición se veía una parte del río, allá a lo lejos, entre el verde oscuro de los árboles apretujados. Cruzaban sobre aquel paisaje unas bandadas de garzas blancas, mientras otros pájaros menos llamativos entraban y salían de la fronda desde todos lados. 
Los hermanos quisieron ver aquello más cerca. Cruzaron un alambrado que marcaba el límite del campo de su abuelo. Los árboles apretujados y enredados ahora estaban mas cerca. Se habían alejado unos pocos pasos del alambrado cuando algo que se revolvió en el pasto los hizo detenerse abruptamente. Era una víbora bastante grande. Se enroscó rápidamente y, con la cabeza entre varias vueltas de su lustroso cuerpo quedó mirando a los hermanos mientras sacaba su lengua bifurcada y la movía en el aire. Los dos retrocedieron varios pasos ante el reptil amenazante. Y como si aquel desagradable encuentro hubiera sido poco, cuando aún veían a la víbora escucharon un estruendo que se iba acercando, y al girar la mirada vieron espantados que un toro enorme corría a toda prisa contra el alambrado y rumbo a ellos. No lo notaron antes porque el animal estaba en una depresión del terreno. El grito que habían contenido al toparse con el reptil lo lanzaron ahora. Dieron unas zancadas hacia el alambrado y lo cruzaron a toda prisa, apenas a tiempo para escapar de la embestida del toro, que al verse burlado quedó bufando y escarbando el suelo con las patas delanteras.

Los dos regresaron temblando de miedo, y agradecieron la suerte que tuvieron al toparse con la víbora, porque de no detenerse y retroceder el toro los hubiera alcanzado. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Esa no me la esperaba, un espantapájaros. Fue buena... Logro tenerme intrigada.

Stephanie

Jorge Leal dijo...

¡Jaja! Es que al final este cuento no es de terror. ¡Muchas gracias por comentar también aquí, Stephanie! ¡Saludos!

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