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viernes, 27 de noviembre de 2015

La Promesa


Aníbal acababa de cenar y estaba levantando la mesa. Justo cuando llevaba un plato hacia el fregadero, un tiro entró por la ventana y dio en la pared, apenas delante de su cabeza...
Instintivamente se agachó. En el vidrio de la ventana había un hueco con una circunferencia toda resquebrajada, era el orificio por donde entró la bala. Aníbal quedó expectante. No hubo otro tiro. Al ruido del disparo lo había ocultado la música que sonaba en la radio, pero de haber sido de cerca igual lo hubiera escuchado, era un disparo desde lejos, supuso Aníbal, pero no sabía desde que tan lejos.

Atravesó la cocina gateando y fue hasta su cuarto a buscar el rifle. Mientras lo cargaba trató de entender aquello. ¿Habían intentado matarlo? ¿Quién había sido? No tenía ningún enemigo jurado, por qué iba a tenerlo si solo era un simple productor rural. Se le ocurrió que podía ser alguien disconforme por algún negocio, pero después pensó que era una exageración. ¿Había alguien que le guardaba mucho rencor y él no lo sabía? Dedujo que su mejor oportunidad para aclarar el asunto era atrapar o por lo menos ver a su responsable.  Se le ocurrió que no podía tratarse de una bala perdida porque su vivienda tenía luz afuera y era bien visible en toda la zona. Y quién iba a andar cazando de noche por allí, entre campos de ganado y plantaciones familiares. Había unos bosques con caza  en la zona pero no creyó que la bala pudiera llegar de tan lejos. Sabía que cualquier rifle podía hacer un disparo que llegara hasta allí pero en ese caso la trayectoria no sería recta, y a juzgar por los agujeros que vio aquella había viajado recto.

Apagó las luces y salió por la puerta del frente. La noche estaba oscura. Corrió hasta el árbol del patio y desde allí escudriñó las tinieblas. Trató de afinar el oído. Lo único que perturbaba el silencio de los campos y las plantaciones cercanas era el ladrido distante de un perro. Dedujo que seguramente el perro, que era de los dueños de la propiedad vecina (una familia amiga), había reaccionado ante el tiro.  Especulando todo eso se deslizó furtivamente por las sombras. Avanzaba, se resguardaba tras algo y escuchaba, se agachaba casi al ras del suelo para escudriñar el horizonte, pero no descubrió nada.   Se imaginó que el tirador estaba mas lejos de lo que el pensaba ,o tras el disparo había quedado quieto en el lugar. Si aquello era un juego de paciencia él lo iba a ganar porque eso era lo que le sobraba.

En el silencio del campo el tirador podía delatarse al pisar una rama seca de arbusto o al enredarse en los pastos secos. Tan vigilante estaba que hasta escuchó el paso desparejo de una comadreja que pasó por la oscuridad buscando alimento. En un campo lejano balaba una vaca y vio las luces de una camioneta pasando por el viejo y maltrecho camino que había como a un kilómetro de allí. Pero a pesar de su paciencia no escuchó ni vio a el tirador ni a nada que indicara su presencia en el lugar. Al regresar a su casa miró el agujero en la pared, y frente a él, con los ojos llenos de furia, juró que cuando descubriera al responsable no lo iba a perdonar.

No habló del suceso con nadie. Era un asunto entre él y el tirador.   Los días siguientes, cuando andaba en el caserío de la zona haciendo compras o cuando iba a la ciudad a vender sus productos, examinó con la mirada a todos sus conocidos sin hallar a un sospechoso. Por las noches rondaba su propiedad a horas distintas, así aumentaban sus chances de sorprenderlo por si volvía. Pero no volvió, y el tiempo pasó sin que descubriera nada. Y transcurrieron cuatro años.

Un día, cuando Aníbal cazaba en un bosque de la zona, se encontró con otro cazador. Este descansaba bajo unos sauces mientras veía el curso limpio de un arroyuelo. Aníbal era un gran conversador cuando de caza se trataba y no desperdiciaba ninguna ocasión para hacerlo. Como ya estaba algo cansado le pareció una buena idea hacerlo allí, junto al desconocido.   Primero saludó desde lejos para después acercarse a preguntarle cómo le había ido. El desconocido, que tampoco era tímido cuando de caza se hablaba, rápidamente le comentó lo que había vivido durante esa jornada.    Así Aníbal supo que el forastero (que se presentó como Raúl) hacía tiempo que no andaba por allí, aunque anteriormente había tenido buenas jornadas en el lugar. Se sentó también frente a la corriente. Conversando, Aníbal reparó en el rifle del otro: 

—Vaya rifle el que tiene, nunca había visto uno igual.
—No me extraña, es un rifle de francotirador. Me lo regaló mi cuñado. Es mi tesoro.
—Lindo juguetito. Y dígame, ¿es legar tenerlo, cualquiera puede?
—Bueno, no podría tenerlo pero, si lo llevo bien escondido no pasa nada ¡Jaja!
—Me lo imaginaba. ¿Tiene mucha potencia?
—Es una bestia, y vea lo que es esta mira. No es de las que venden en cualquier comercio. Solo tenía un pequeño detalle que no me gustaba y por eso lo hice ajustar; el gatillo era, para mi gusto, demasiado sensible. 
—Ah si. ¿Muy blando era?
—Sí, para mí que era una falla. Sería bastante raro en un producto de esta calidad pero puede pasar. Lo dejé así hasta que un día se me escapó un disparo. Fue aquí, en este bosque mismo.
—Que peligro si se andaba junto a otros, ¿andaba solo usted?
—Sí, andaba solo. Fue hace como cuatro años... sí, cuatro años. Había caminado casi todo el día y al anochecer me recosté un poco para descansar antes de irme, para no manejar con sueño. Cuando desperté estaba molido y este bosque se me hizo espeso. De pronto, unos ronquidos y ruido a que escarbaban. Un jabalí, pensé. Al rifle lo llevaba colgado en la espalda y con seguro, como corresponde, mas al escuchar a ese bicho lo volví a tomar en mis manos. Escuché que se alejó pero hacia un rumbo no muy distinto al que yo iba, por eso seguí atento. Iba atravesando una enramada, ya casi en el límite de bosque cuando el rifle se me resbaló y al sujetarlo de golpe ¡pam! Se disparó, y como no lo había agarrado bien se me cayó al suelo igual.
—Así que eso fue hace cuatro años. ¿Y mas o menos hacia dónde cree usted que se le escapó?
—Hacia aquel rumbo... ¿por qué me pregunta? —el tipo se dio cuenta de que había cometido una imprudencia.
—Se lo pregunté porque hace cuatro años una bala casi me partió la cabeza. Era de noche y mi casa está hacia allá. Fue su disparo.
—No bromee. ¿En serio? Discúlpeme, creí que había dado en la nada, en la tierra. Usted entiende que fue un accidente, ¿no?  
—¡Jajaja! Claro que sí, tranquilo, entiendo. Lo que me da gracia es que solo fue un accidente, pero yo creí que fue algo contra mí ¡Jajajaja! Y si viera todo el tiempo que anduve desconfiado, calculando esto o aquello, si sería fulano o mengano, y solo fue un accidente ¡Jajaja!

Raúl se disculpó nuevamente y, como Aníbal seguía a las carcajadas, después se rió también, aunque con pocas ganas. 
Raúl nunca salió de aquel bosque, y hasta ahora está enterrado en él.  Aníbal supo que solo fue un accidente pero para él una promesa era una promesa, y él siempre las cumplía. 

2 comentarios:

  1. Pobre Raúl pago caro el accidente

    Stephanie

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    Respuestas
    1. Se lo merecia ¡Jaja! Yo hubiera hecho lo mismo que Aníbal ¡Jaja! En serio (O_o)

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