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sábado, 28 de noviembre de 2015

Lejos De La Guerra

                                      Lejos De La guerra
Alexandre y sus padres estaban siempre asustados. Aunque vivían en una zona remota de Francia temían que los invasores alemanes aparecieran allí en cualquier momento...
Sabían que los alemanes avanzaban por Francia como una plaga de langostas que se disemina devorando todo a su paso. Con la retirada de su ejército los invasores habían avanzado por todas las ciudades y los pueblos y casi todos los franceses estaban bajo la voluntad de ellos. Era invierno y la nieve cubría casi todo el paisaje, que alrededor de la casa era mayormente bosque.

Cuando Alexandre y su padre salían a cazar avanzaban con sigilo, vigilando su entorno continuamente. Revisaban las trampas que tenían colocadas en puntos conocidos, y a veces volvían a la casa con una liebre o una codorniz. Cuando no había carne, escarbaban en el huerto congelado y cosechaban algunas papas, y al juntarlas con rábanos y alguna cebolla hacían una sopa desabrida. Los bosques de los alrededores parecían asustados también, pues estaban silenciosos y blancos, y hasta el viento parecía haber huido hacia otro lugar.

Cuando hablaban lo hacían en voz baja, pero casi siempre estaban callados. Alexandre leía y releía unos libros de cuentos cortos que eran su único entretenimiento. Y en esos largos momentos de silencio Alexandre leía y soñaba, viajaba a los lugares de los cuentos, a aquellos sitios maravillosos donde no había guerra. Y atravesaba selvas junto a osados aventureros, o recorría ciudades soñadas, o valles verdes donde sonaba el tintineo de algunos cencerros y donde pastaban blancos rebaños de ovejas. Se adentraba a veces, en sus lecturas, en enormes jardines coloridos y llenos de luz, y al seguir unos senderos de piedra se topaba de pronto con inmensas casas de aspecto antiguo. Conocía a los personajes de los cuentos como a su familia misma y tenía en su mente una imagen clara de todos. Una tarde silenciosa y fría como todas, cuando Alexandre se encontraba leyendo frente a la chimenea, unos golpes en la puerta lo estremecieron de pronto.

—¡Alexandre! —gritó su madre, y tendió una mano hacia él, indicando que se aproximara a ella. 
—Silencio —susurró el padre del muchacho—. Ocúltense en el rincón. 

El padre de Alexandre, escopeta en mano, estaba dispuesto a morir defendiendo a su familia. Pero tras asomarse a la ventana, se volvió hacia ellos con una sonrisa:

—¡No son alemanes, son el ejército aliado! 
     
Efectivamente, fuera de la casa había un grupo de soldados de los aliados, y traían provisiones; la guerra había terminado. 
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                                        Hacia Un Lugar Ideal
Marco iba a la cabeza de un lastimoso grupo de gente. Todos iban a pie, cargando sobre sus espaldas las pocas pertenencias que tenían. Hombres jóvenes, ancianos, mujeres y niños marchaban cabizbajos debido al cansancio de días de caminata y la preocupación por un futuro incierto que pesaba sobre todos. Algunos eran guerreros veteranos que aún seguían a Marco, el general, y cargaban sus espadas y lanzas. Llegaron a un bosque antiguo de árboles gigantescos que ensombrecían el suelo cubierto de musgo y líquenes. Marco se volvió hacia su gente y con un gesto le indicó a sus guerreros que permanecieran alerta. El bosque era inquietante. Los búhos los veían pasar y lanzaban su característico canto, el más triste de todos. Cada tanto algún animal arisco huía de repente haciendo que todos voltearan, sólo para ver ramas que se agitaban y un rumor perdiéndose en la espesura.  Al caer la tarde acamparon a orillas de un pequeño arroyo. Marco y dos de sus soldados salieron a cazar con arco, los otros se abocaron a juntar leña y levantar las tiendas.

Ardían dos fogatas cuando Marco y los otros arqueros salieron de entre las sombras cargando un jabalí y un ciervo.  No mucho rato después las presas se asaban a fuego lento. Uno de los soldados se acercó a Marco, que miraba el fuego como casi todos, sólo los niños dormían.

—General, ¿cuándo llegaremos a destino? —le preguntó el soldado. 
—No sé exactamente cuándo, tal vez mañana, pasado… pronto, eso es seguro. 
  
Buscaban un lugar, que según un sabio, no conocía la guerra ni la miseria, y en donde todos vivían en paz. El sabio les dijo a Marco que el lugar estaba en la cima de una montaña y le hizo un mapa del lugar. Hacia allí iban, marchando esperanzados dejando atrás la guerra y sus demonios. Desarmaron el campamento al amanecer. Cerca del mediodía el bosque se fue volviendo menos espeso y pronto vieron la falda de la montaña que no era muy alta. Acamparon nuevamente, esta vez en una pradera verde y hermosa.  Marco ascendió la montaña junto con cinco hombres, los más fuertes; si encontraban aquella ciudad ideal regresarían por los otros. La montaña no era muy empinada y sólo en algunas partes tuvieron que trepar con las manos. 
Llegaron al fin a la cima. Hasta donde veían solamente había rocas, no crecía ni una planta allí y un viento frío cruzaba aullando lastimosamente.

—¿Nos ha engañado el sabio? —preguntó uno de los soldados. 
—No, él tenía razón. ¿Acaso han visto un lugar más pacífico que este en su vida? —le contestó Marco, y lanzó una carcajada.

Comprendió que aquel lugar ideal no existía, debían construirlo, y que donde hubiera gente nunca sería perfecto: la paz absoluta sólo existe en los lugares deshabitados, inertes. Bajó de la montaña con esa revelación. Él y su  gente se quedaron en la pradera y levantaron un pueblo allí, y vivieron en relativa paz por muchos años. 

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias, Stephanie. Estos cuentos son un claro ejemplo de como muchas veces las obras que el autor adora, no gustan mucho a los lectores ¡Jaja!, me refiero a los del otro blog. ¡Saludos!

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