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domingo, 22 de noviembre de 2015

Mares Peligrosos

                                    La Embarcación Fantasma
El bote surcaba una parte muy profunda del océano.  Sobre la cubierta estaba Rómulo, su esposa y los Selaya, que eran cuatro, el matrimonio y sus dos hijos. Rómulo no disfrutaba mucho del mar, pero los habían invitado y era gratis, cómo negarse. Los Selaya escuchaban música a todo volumen y cada uno tenía una bebida en la mano. Estaban en la cubierta, tendidos en reposeras frente a la barandilla de estribor. Aquel viaje ya se le estaba haciendo muy largo a Rómulo, quería estar en tierra cuanto antes. Fue hasta la cabina del capitán para preguntarle cuánto faltaba para llegar a la isla que era su destino.  La puerta de la cabina estaba abierta y adentro no había nadie...
 Rómulo sintió olor a pescado, y en el suelo había algo de agua. El rastro de agua salía de la cabina e iba hasta la barandilla. Aquello era raro. Al volver con su esposa y esta le preguntó: 

—¿Qué te dijo el capitán? 
—No estaba. 
—¿Estará abajo? —preguntó ella, levantando la vista hacia la ventana de la cabina. 
—Supongo que sí, lo raro es que no dejó a su ayudante, o como se llame, timoneando el bote. 
—Debe tener algo como un piloto automático, ¿no? 
—No tengo ni la menor idea.

Ambos supusieron que el capitán volvería en cualquier momento. Fueron a babor y siguieron observando el horizonte donde unas nubes pardas se iban aglomerando sobre un mar que empezaba a tomar el mismo color. La música que escuchaban los Selaya estaba muy alta, y el bote al surcar las olas también producía ruido, pero a pesar de eso Rómulo creyó escuchar algo diferente, mas como estaba hablando con su esposa no volteó. Cuando ella terminó una frase, él miró hacia atrás y, los Selaya ya no estaban. Las reposeras encontraban más contra la barandilla y se hallaban en desorden.

—¡Desaparecieron! —exclamó Rómulo. 
—No seas tonto, habrán bajado sin que nos demos cuenta.
—¡No! Hace un instante estaban ahí. ¿Y por qué sus asientos están así?
—No veo nada raro, simplemente los dejaron desordenados, gran cosa. Voy a bajar también. ¿Qué te pasa hoy? —y tras decir eso ella bajó a la cubierta inferior.

Él se afirmó en la barandilla y miró hacia abajo. No podían haber caído todos a la vez, y de ser así estarían flotando, no podrían hundirse tan rápido. Cuando su esposa volvió a la cubierta con el rostro muy pálido él supo que algo muy malo estaba pasando.

—No hay nadie, busqué en todos lados. El capitán tampoco está, ni su ayudante. 
—¿Pero qué está pasando? ¡Nadie desaparece así como así!

De pronto varios tentáculos enormes se elevaron velozmente del agua contra el casco de bote, y sin darles tiempo ni a gritar apresaron a Rómulo y su esposa, y con la misma velocidad los hundieron en el océano: era un calamar gigante. Y el bote pasó a ser otra embarcación fantasma. 
                                       - - - - - - - - - - - - - - -
                                             La Isla
Fernando subió a la cubierta superior de su lujoso bote y lo que vio lo dejó completamente pasmado. El sol terminaba de emerger en el horizonte del mar y el agua reflejaba tanta luz como miles de espejos ondulantes, mientras el cielo cercano al astro rey se había puesto rojo. Parecía que el día se elevaba desde las profundidades. Fernando había visto muchos amaneceres como aquel, lo que lo dejó pasmado fue el enorme contorno de una isla que se elevaba por estribor no muy lejos del bote.  Al anochecer había anclado en mar abierto y ahora había una isla frente a él. 

En el bote también estaba Ana, su esposa. Estaban viajando rumbo al caribe. Realizar aquel viaje en su bote era toda una aventura porque el mar puede ser peligroso, y sus profundidades todavía son misteriosas. Enseguida fue a revisar la soga del ancla. Si estaban desanclados podían haber derivado casi toda la noche.  Para comprobarlo tiró de la soga, estaban anclados.  ¿Qué podía haber pasado? 

En esa época no había GPS, y navegar era un poco más complicado.   Fernando entró en la cabina del bote y se puso a revisar sus mapas y la carta de navegación que había seguido hasta el comienzo de la noche.     El bote estaba bien, no corrían ningún peligro pero no se explicaba cómo había terminado frente a una isla estando anclado, con buen tiempo y en un mar calmo. Seguía consultando sus mapas y los aparatos cuando su esposa apareció desperezándose en la cabina:

—¿Cómo quieres tus huevos? —le preguntó ella, estaba preparando el desayuno. 
—¿Qué? —él seguía inmerso en sus cálculos.
—Tus huevos, ¿cómo los quieres? ¿O vas a comer otra cosa?
—No sé, hazlos como quieras. Estoy revisando nuestra ruta. Al subir me encontré con una sorpresa. 
—¿Cuál? 
—Mira hacia estribor. 

Ana se acercó a la ventanilla para mirar mejor. 

—¿Derivamos, dónde estamos ahora? —se preocupó Ana. 
—Todavía no sé, pero no te preocupes, puede ser que nos hayamos desviado un poco. 
—¿Qué isla es esa? 
—Si lo supiera no seguiría buscando en mis mapas, ¿no? Pienso que tal vez es… —Fernando calló al notar algo inquietante. Al contestarle a su esposa volteó hacia la isla, y ahora podría jurar que era más alta.  

Tomó su binocular y salió a estribor. Los reflejos en el mar habían disminuido un poco y la isla se veía mejor.  No tenía árboles ni plantas, parecía ser rocosa, y distinguió entre las rocas algo de coral muerto, y, ¿aquello eran rocas? 
El binocular se le cayó de las manos por la sorpresa; estaba pasando algo extraordinario: la isla se movía. No era un movimiento lento, avanzaba rápido a medida que se sumergía, y esa acción causaba ahora mucho ruido, como si estuvieran cerca de una rompiente. Antes de hundirse del todo emergió de nuevo, se elevó más adelante y al volverse a hundir se produjo un tremendo estrépito de agua desplazada y se levantaron unas olas grandes. Luego parte del mar bajó junto con aquello y por un instante se formó un remolino gigantesco. No era una isla, era parte del lomo de un animal colosal, un animal absurdamente gigantesco. 

El bote de Fernando se quedó meciendo por la convulsión provocada por aquel ser gigante. Después de aquel momento asombroso y aterrador, Fernando y Ana se miraron estupefactos.  Él se preguntó enseguida cómo podía existir un animal así (porque le había quedado claro que aquello era un animal) sin que se supiera de él. La respuesta le llegó inmediatamente. El mar estalló por todos lados y se elevaron junto con una gran cantidad de agua dos mandíbulas gigantescas y aterradoras, y tenían dientes puntiagudos tan grandes como el bote mismo. Todo pasó en un instante. Tras un nuevo estallido de agua las mandíbulas se cerraron, desapareciendo para siempre al bote y a sus tripulantes. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Pobre de Romulo y de Fernando... El mar sus misterios y su inmensidad hay que temerle...

Stephanie

Jorge Leal dijo...

A mí no me gusta el mar. He escrito muchos cuentos donde los personajes andan en botes y barcos pero yo nunca anduve en uno, y no tengo ningún interés en hacerlo. Soy de agua dulce nomás ¡Jaja! Saludos!!

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