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miércoles, 25 de noviembre de 2015

Sobre Las Estaciones Del Año

                                         En Primavera
—... Este día primaveral y esas golondrinas que pasan por ese cielo tan azul me hicieron recordar algo: mi viaje de Europa hacia acá, cuando era muchacho —comentó de pronto Manolo a Óscar, su nieto.

—¿Por qué te hizo recordar eso, abuelo? —preguntó Óscar. 
—Porque el día que llegué era muy parecido a este.
—¿Fue muy largo el viaje, abuelo? Cuéntame. 
—Está bien.

Abuelo y nieto se encontraban en el fondo del terreno, sentados a la sombra de unos tangerinos que perfumaban una briza agradable y tibia. Los otros árboles, sin follaje aparente aún, empezaban a cubrirse de brotes verdes diminutos. En el cielo trinaban las golondrinas anunciando el comienzo de la primavera, y más abajo volaban gorriones que iban y venían con ramitas en los picos para construir sus nidos, y esos gorriones cada tanto se trenzaban en disputas con sus vecinos cuando uno intentaba robar material de un nido ajeno, pero esos enfrentamientos eran puro pamento y enseguida cada uno volvía a lo suyo. Manolo se sintió feliz por el interés de su nieto y comenzó a narrar su viaje así:

—Vine en barco y fue un viaje largo y duro. La gente se amontonaba en las cubiertas inferiores. Allí abajo, entre el aire viciado prácticamente no había comodidades y el lugar estaba casi siempre en penumbras, pues con tantos bultos y equipaje el riesgo de un incendio causado por una vela o una lámpara descuidada era grande. Aunque fuera de madrugada siempre había alguien tosiendo o hablando y los niños que añoraban sus hogares lloraban amargamente, algunas mujeres también.   Por todo eso me gustaba pasar el tiempo en la cubierta superior, y apoyado en la baranda contemplé hermosos amaneceres de nubes incendiadas, atardeceres con el mar dorado y noches de luna cubiertas de reflejos de plata.

“En una ocasión nos embistió una tormenta y creí que aquel iba a ser nuestro fin. Empeoró de noche. El barco se hamacaba horriblemente. Caían las cosas de los estantes, se escuchaban rezos, los gritos de los marineros que daban órdenes, y por supuesto, el terrible estruendo de la tormenta.  Todos pasaron varias horas de angustia. El barco era muy grande pero parecía que la tormenta tenía fuerza de sobra como para tragárselo entero y enterrarlo en las profundidades de eterna oscuridad. Pero por suerte la tempestad pasó y cuando llegó la mañana todavía seguíamos flotando, aunque el susto no fue menor. Desembarcamos un día muy parecido a este, también era el comienzo de la primavera. Cuando pisé este suelo miré hacia arriba y vi a un montón de golondrinas que también iban llegando". Concluyó su relato el abuelo, con los ojos brillantes de recuerdos.
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                                     Trabajando En Verano
Ese verano lo pasamos casi todo el día doblados bajo el sol, cosechando papas. Los surcos de plantas verde oscuro parecían interminables.  Inclinados sobre los surcos chorreábamos sudor y las gotas caían sobre la tierra que al ser revuelta emanaba vapor. Nadie podía enderezarse sin atraer la mirada del capataz. Y así íbamos avanzando, de lado, con las manos negras de tierra, la cintura dolorida y el sol que nos quemaba la espalda. En esa época yo era apenas un muchacho y aunque estaba acostumbrado a los trabajos duros nunca olvidaré aquel verano por lo duro que fue.

En esa cosecha fui junto a dos amigos. Los dos eran trabajadores duros pero esa vez protestaron más de lo normal y tenían buenas razones.   Los días se sucedían calurosos, la comida era salada y poca y las jornadas eran largas, nos parecían interminables. Durante las jornadas algunas nubes burlonas cruzaban cerca del sol cada tanto y veíamos su sombra moviéndose sobre algún campo cercano, pero nunca sobre nosotros; suerte de peón rural. Cada tanto alguna víbora se escabullía entre las plantas y un peón daba un salto o se apartaba rápido; cosas del oficio. 

Sacabamos papas de la tierra, la embolsábamos, la cargábamos sobre el hombro, y a medio día las comíamos mezcladas con  fideo y algún escaso trozo de carne ¡Papas y más papas! Los camiones cargados de papas iban y venían y nosotros doblados bajo aquel sol de verano, y la mirada del capataz cuando alguien se enderezaba, y el sudor que caía sobre la tierra que emanaba vapor, y todos los días era lo mismo. Finalmente terminó la cosecha.  Ya en mi hogar, caí sobre la cama luego de darme un baño. Dormí tanto que sólo pudo despertarme el hambre.

—¿Qué hay para comer? —le pregunté a mi madre.
—Ensalada de papas.
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                                             En Otoño
Ya había comenzado el otoño pero hacía un día muy agradable. Después de almorzar salí al frente de mi casa y me puse a observar todo. La luminosidad del día, la temperatura, las hojas enrojecidas de los árboles de las veredas, me transportaron de pronto a los otoños de mi niñez. Fue como cuando uno aspira algún aroma que inmediatamente nos hace evocar algo, y no solo recordamos imágenes, también revivimos sentimientos. Puede ser que el aroma de una torta te lleve hasta la vieja casa de tus abuelos o al hogar de tu infancia. Algo de aquel día había despertado sentimientos agradables en mí. Tal vez con la intención de mantenerlos, salí a la calle y empecé a caminar. Un viento repentino barría por momentos las hojas que ya se acumulaban en las veredas y otras temblaban en las ramas delgadas de los árboles. Al pasar frente a la casa de un vecino, que ese mediodía se encontraba tomando sol acodado en su muro bajo, tras saludarme este me dijo: 

—Que lindo día hace hoy, lástima que no va a durar mucho este tiempo según meteorología.
—¿Qué dicen esos? —le pregunté. 
—Que más hacia la tarde se va a nublar, va a enfriar rápido y va a llover. 
—No creo que le acierten hoy —opiné mirando el cielo celeste donde no se veía ni una nube.

No me parecía que el día fuera a cambiar tanto. Aún me dominaba un sentimiento agradable. Cuanto más avanzaba más quería seguir. Dejé atrás el barrio y enderecé rumbo a la ruta. Ahora casi todo el paisaje era campo. Los pastos aún estaban verdes pero ya lucían más apagados. Al alcanzar un puente bajé hasta el arroyuelo que lo atravesaba. Unos pececitos nadaban contra una corriente baja llena de reflejos de sol. ¡Que día otoñal más agradable! Seguí por la ruta y, al alcanzar la cima de una cuesta divisé, a lo lejos, una pared de nubes oscuras que iba surgiendo del horizonte. Allí decidí regresar. 

 Había avanzado poco cuando el viento se hizo más intenso y constante. Aún había sol pero el día cambiaba rápidamente. Los pastos del campo se sacudían inquietos. Al voltear me sorprendió lo mucho que había avanzado la pared de nubes, me perseguía a gran velocidad. Allá arriba el viento debía estar mucho más fuerte. Apuré el paso pero la tormenta era más rápida que yo. No demoró en cubrir todo el cielo y cuando ocultó el sol se puso más frío.

Ahora todo estaba gris. Mojarme con aquel frío no iba a ser nada bueno. Empecé a trotar, y el viento a soplar más fuerte. Algunas goteras enormes comenzaron a marcarse en la carretera. Caían pesadamente sobre mi espalda, sobre mi cabeza; eran goteras enormes pero aún aisladas. Llegué a mi barrio corriendo. Al instante de entrar a mi casa se desató una lluvia torrencial. Como una hora después me senté frente a la ventana a sorber una taza de café. La lluvia resbalaba por el vidrio, caía sobre el tejado con un rumor sordo y despertaba ahora en mí otros recuerdos y sentimientos, cosas que viví en mis primeros otoños. 
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                                              El Invierno
Hacía una noche horrible. Caía desde la mañana una lluvia helada y soplaba mucho viento. Después de cenar agregué más leña a la estufa y me senté a un lado de ella a leer un libro de cuentos. En la calle no andaba nadie y casi no pasaban vehículos. El viento hacía traquetear algo en el techo. Mirando hacia arriba pensé que durante el día lo iba a revisar, eso si paraba de llover.  Aquello me distraía de la lectura. Traté de concentrarme y volví a imaginar lo que estaba leyendo. No mucho después sentí mucho olor a humo. Las llamas de los leños se sacudían bajas como si una fuerza invisible quisiera aplastarlas. Había mucho viento y la lluvia no ayudaba, además la estufa ya tenía menos tiraje, tenía que haberle sacado el hollín.  Otra vez estaba distraído. 

Me esforcé nuevamente en la lectura. Un cuento con bastante suspenso me había atrapado, pero de pronto escuché como una exhalación que venía de afuera. Era el ruido del viento, pero, ¿por qué ahora aullaba? Seguramente había cambiado de dirección y desde ese ángulo aullaba en algún lugar, ¿pero dónde sería? En mi mente salí a la calle y recordé las casas vecinas. “Volví” a mi sillón cuando el libro casi se me cayó de las manos. El maldito tiempo me distraía constantemente. Cuando pensé en eso recordé que esa noche entraba el invierno. Miré el reloj de la pared, ya pasaba de las doce. “Gracias por importunarme, señor Invierno”, pensé con sarcasmo “¿Qué más planea hacer para distraerme?”. Apenas terminé de pensar eso algo golpeó la puerta. No solo fue un golpe, también hubo como un rasguño y fue en varios puntos de la puerta, e inevitablemente imaginé que eran varias manos.  

Me levanté, dejé el libro en el sillón, tragué saliva, carraspeé para acomodarme la garganta porque se me estaba cerrando un poco por el susto, y finalmente pregunté quién era. No respondieron.  Fui hasta mi cuarto, porque desde su ventana podía ver lo que estaba frente a la puerta. Cuando miré a través de la persiana descubrí lo que era.   El viento le había arrancado un gajo grande a uno de mis árboles y lo había hecho chocar contra la puerta y arañarla. Entonces me reí aliviado. Que tontería asustarme por aquello. Pero si cuando pregunté quién era, una voz me hubiera contestado “El Invierno”, creo que hubiera muerto del susto allí mismo. 

4 comentarios:

  1. Jaja!. Que buenas te quedaron estas historias amigo!. Sobre todo la de las papas y la del invierno. Parece que los personajes tiene bastante nostalgia sobre lo que vivieron durante su juventud, durante sus primeras estaciones. Muy buenos relatos vivieron estos personajes.Se ve que los disfrutaron....sobre todo el de las papas. Jaja!. Lo siento, ese cuento si que me pareció bueno. Magnífico amigo!. Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

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    1. Al de las papas lo he corregido varias veces, lo escribí hace tiempo, por eso va mejorando. La verdad, disfruto mas escribiendo cuentos así que los de terror, aunque después de varios de estos, vuelvo al terror ¡Jaja! Muchas gracias. Un abrazo.

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  2. Siempre lo he dicho recordar es vivir, diferentes tus historias a lo que acostumbramos pero muy buenas...

    Stephanie

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    1. Gracias. Disfruto mucho cuando escribo cosas así. Seguramente hay algunos lectores que creen que solo escribo cuentos de terror, pero no podrían estar mas equivocados ¡Jaja! Lo primero que yo escribí fué poesía, unos intentos de canciones ¡Jeje! No publico cosas así porque los blogs de poesía no dan un duro, y un poema puede ser algo tan apreciado por mí como un cuento largo, y no voy a estar exponiendo a esos "hijos" a este mundo tan hostil por nada. Saludos, Stephanie.

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