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martes, 17 de noviembre de 2015

Solo De Víboras

                                        En Una Noche Fría
El monte que se alzaba cerca de la casa de Mariano e Isabel estaba silencioso y sombrío. La noche se había presentado fría a pesar de ser verano. Una luna menguada parecía estar fija en un punto del cielo e iluminaba una naturaleza inmóvil, expectante. Dentro de la casa había la misma quietud, solo una cosa la perturbaba y era algo que se movía silenciosamente por las habitaciones. La voz de Isabel, la esposa de Mariano, lo despertó por la madrugada:


—Mariano, en la cama anda algo.

Él se movió, y como todavía estaba medio dormido pensó unos segundos antes de preguntar: 

—¿Qué dices, que anda algo en la cama? —pero ella no contestó.

No necesitó preguntar de nuevo. Algo se deslizó bajo la frazada y le rozó la pierna. Era algo frío ¡Una víbora! Quiso quedar inmóvil, pero un nuevo contacto con el reptil lo hizo levantarse de un salto con un grito. Cuando encendió la luz la víbora estaba ahora en el suelo e intentaba huir. Mariano no se lo iba a permitir, no después de aquel susto, además no podía dejar que se escondiera en otra parte de la vivienda.  Tomó una manta que estaba doblada sobre una silla y se la arrojó encima. El animal se enroscó bajo la manta. Un adorno feo y pesado que tenían sobre una cómoda le sirvió de arma. Después de varios golpes al cuerpo que se retorcía bajo la manta, distinguió el bulto de la cabeza y aquel fue el fin de la víbora. Cuando levantó la manta para examinarla enseguida notó que era venenosa. El frío la había llevado hasta allí y no le fue difícil trepar hasta la cama baja buscando calor.

—Es venenosa —observó Mariano—. Si no me hubieras avisado nos muerde. ¿Y cómo es que no empezaste a gritar cuando la sentiste? ¿Isabel?

Mariano temió lo peor, pero al ver la cara de su esposa se dio cuenta que solo estaba paralizada de miedo, y con unos ojos muy grandes miraba al reptil que aún se movía.   
                                         - - - - - - - - - - - - - - - 
                                             La Víbora
El hombre iba caminando por un sendero del monte, y el reptil intentaba atravesarlo. Mauro había viajado por el río. Un canoero lo dejó en una playa que a esa hora del día estaba muy caliente. En el límite de la playa se levantaba el monte; Mauro buscó su sombra. El sendero que debía atravesar era muy largo, y como no tenía apuro se echó a descansar bajo la frescura de la fronda. Dejó en el suelo el bolso que cargaba y se entregó a una siesta. Desde el río llegaba una brisa agradable que mantenía lejos a los mosquitos, y los ruidos del monte le invitaron a dormir.

Al despertar el sol todavía estaba alto pero ya no hacía tanto calor. Levantó su bolso, se lo echó al hombro y tomó el sendero que iba subiendo por el monte. Creyó que la siesta le iba a sentar bien pero no fue así porque hasta el bolso le parecía mas pesado. Pensó que cuando llegara a su rancho ahí sí iba a descansar bien.Cuando Mauro vio a la víbora se detuvo enseguida; el reptil atravesaba transversalmente el sendero, y cuando su cabeza ya se iba internando entre los árboles en el otro lado su cola estaba lejos de asomarse de tan larga que era. Y aquel cuerpo escamoso pasó casi sin serpentear. Finalmente todo el largo del reptil quedó del mismo lado del monte. Por la forma en que se afinaba la cola mauro supo que era venenosa.

Aunque estaba acostumbrado a andar en el monte la impresión fue fuerte. Esperó un momento y siguió. Pero apenas había avanzado unos pasos escuchó un rumor. Al buscar la causa supo que la víbora se había vuelto hacia el sendero y ahora lo observaba con la cabeza erguida, probando el aire con la lengua bifurcada. El hombre apuró el paso. Ahora inevitablemente miraba hacia aquel lado del monte. Cuando creyó que la había dejado atrás, la vio desplazarse rápidamente entre las raíces de los árboles. Pensó que aquello no era normal; la víbora lo estaba siguiendo.  La cabeza del animal se movía de un lado al otro mientras avanzaba, se aplanaba contra el suelo cubierto de hojas, pasaba sobre las ramas, y siempre con la lengua probando el aire iba tras el hombre que ya corría por el sendero. 

Finalmente Mauro salió de la fronda; en el campo limpio se sintió más seguro. Todavía le quedaba un trecho largo. Que una víbora enojada se te arrime es una cosa, pero nunca había escuchado que una persiguiera tanto a una persona. Al divisar su hogar apuró el paso. Al entrar tenía la camisa pegada al cuerpo, estaba empapado en sudor. Dejó el bolso en un rincón y le pidió a su esposa que le diera agua: 

—¿Qué te ha pasado, Mauro? —le preguntó ella al extenderle una jarra de agua fresca. 
—¡Es increíble! Una víbora venenosa me siguió en el monte por casi toda la picada. Iba como rastreándome…
—¡Hay, que horrible! ¿No sería el… el Diablo?
—¡Nada de eso, mujer! Era un animal nomás. Pero es muy raro que me siguiera. 
—Yo decía nomás. Nunca escuché que siguieran a alguien y… ¿qué trajiste en el bolso?
—Algunas cosas que compré en el pueblo. No hubiera comprado todo hoy, porque del río hasta acá se me hizo pesado...
—Parece que se está moviendo... —lo interrumpió ella. 

Cuando los dos estaban mirando el bolso, una víbora empezó a salir de él. Era similar a la del sendero, y esta era una hembra. Se había metido en el bolso cuando Mauro tomaba su siesta. Eso era lo que había seguido el macho. Mauro la echó de la casa sin matarla, aunque ganas no le faltaban, porque gracias a ella había vivido unos momentos aterradores.  
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                                         Las Aliadas
Octavio escuchó que algo se movía en el pasto y clavó su mirada en él. Levantó el azadón que cargaba y lo bajó con fuerza sobre un ser que se arrastraba por el pasto. El golpe fue calculado y resultó muy certero: una víbora con la cabeza separada del cuerpo se retorció entre la hierba.

—¡Una desgraciada menos! —exclamó Octavio. 

Él odiaba a las víboras y había decidido que las iba a erradicar de su propiedad. Consideraba que eran animales inútiles, buenos sólo para dar un susto o morder a algún peón, o a él mismo, pero él siempre andaba atento. En su propiedad tenía varios cultivos y zonas de pastoreo para vacas. Solía recorrer los senderos con un azadón o un palo largo en el hombro, y culebra que se le atravesara terminaba muerta. Llegó a pagarle a su gente por cada víbora que capturaran. Cada tanto llegaba hasta la casa algún peón sosteniendo el largo cuerpo de un reptil que aún se movía, y Octavio lo felicitaba y le preguntaba cómo lo había hecho. Se divertía escuchando las historias de cómo habían capturado a las víboras, y muchas de sus anécdotas trataban sobre esos animales que tanto odiaba. Con el tiempo cada vez eran menos las que se veían por allí, y aquel medio ambiente se alteró.  Una tarde, un peón cruzó corriendo el patio del establecimiento y fue a llamar a Octavio: 

—¡Venga jefe, es un desabre! ¡Los graneros…! —dijo muy alarmado el peón.
—¿Qué pasó en los graneros? ¿Un incendio…?
—No. Ratones, montones de ratones. Venga a ver usted. 

Y fueron hasta los graneros. Cuando Octavio echó un vistazo, una masa gris oscura de ratones hormigueaba entre los restos de los granos ya arruinados; había perdido toda una cosecha. 
Al eliminar a las víboras que se alimentaban de ratones, éstos aumentaron su número enormemente. Había eliminado a sus aliadas. 

4 comentarios:

  1. Muy buenos tus cuentos como siempre. Ewww no se que es peor los ratones o las víboras jajaja...

    Stephanie

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    1. Gracias. Los ratones pueden ser peores, pero tampoco me gustan las víboras, solo asadas ¡Jaja! ¡Saludos!

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  2. Historias sobre víboras, esos animales no me caerían tan mal si no fueran peligrosas. Vaya, Octavio si que fue imprudente, aunque claro, lo comprendo perfectamente, ya que, son peligrosas es verdad, pero también estan los ratones. Bueno, ninguno de los dos me cae bien, talvez las vivorass sean sabrosas, no las he probado, jaja. Espero la próxima historia!. Saludos desde Venezuela!.

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    1. Algo seguro es que los ratones y las ratas con sus pestes han matado a mucha mas gente que las víboras. Pero francamente, aunque escribí esto (fue para un blog mío que tenía cuentos ecológicos), no me convence que las víboras sean un aliado muy importante en el control de estas plagas, si son bichos que comen una vez por semana cuando mucho, y si se tiene en cuenta lo rápido que se reproducen las ratas... Sé que hay gente que deja que las víboras anden en los galpones; yo en todo caso criaría gatos, o búhos ¡Jeje! Gracias. Saludos!!

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