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sábado, 26 de diciembre de 2015

De Viajes

                                     El Buscador De Oro
Charlie se internó en las montañas boscosas y, aunque nunca perdió el rumbo, si dejó muy atrás su cordura...
 Llevaba todo lo que tenía sobre el lomo de dos mulas; él montaba su viejo caballo. Fue explorador toda su vida. Ayudó a trazar mapas, a colonizar praderas, fue rastreador en el ejército, donde combatió a los nativos, a aquellos que se oponían al avance de la civilización, según le dijeron, porque Charlie nunca fue un tipo de pensar mucho, lo que lo hacía un buen soldado. Ya viejo se dedicó a buscar oro. Acampaba en los márgenes de inexplorados arroyuelos bajos y ahí pasaba gran parte del tiempo con la espalda doblada, zarandeando y lavando tierra, buscando los destellos amarillos del oro. A veces encontraba una pepita, después de días de esfuerzo, y volvía a renovarse su sueño y le parecía que en cualquier momento, de entre la tierra negra afloraría una gran veta, esa que llenaría sus manos de pesado oro; pero siempre se encontraba en otro arroyo, tal vez en la próxima montaña. 

Apenas sacaba algo como para comprar sus provisiones. Bajaba hasta algún pueblo y enseguida partía porque siempre estaba el temor de que alguien encontrara su oro. Al encontrar un arroyo que prometía, al igual que otros,  y trabajó más que nunca. Apenas descansaba y junto con la tierra que diluía el agua también se fue diluyendo su cordura. Comenzó a debilitarse, cada movimiento requería de un gran esfuerzo, le costaba enderezarse, pero como creía que estaba cerca, seguía hasta desfallecer. Ya con sus últimas energías echó una mirada sobre el rápido cauce del arroyo y sobre su orilla y, ¡allí estaba! Sus ojos casi se encandilaron con su brillo, se inclinó y la tomó, ¡una pepita del tamaño de su puño! Giró de felicidad y lanzó una carcajada, y la montaña le contestó con igual carcajada. Al terminar de girar cayó hacia atrás, más no soltó su tesoro. 

Un tiempo después otro explorador encontró su cuerpo, que ya era casi un esqueleto. El explorador se quitó el sombrero y se persignó. Observando el cadáver el hombre concluyó que el viejo había muerto espantando a algún animal, no encontraba otra explicación para el hecho de que el viejo hubiera muerto sujetando una roca común en la mano. 
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                                       Cruzando El Desierto
Cuando Abdel notó algo raro ya estaba perdido. Viajaba por el desierto montado en su camello. Miró en derredor, comprobó la dirección del viento, del sol; nada de eso le sirvió, estaba en una zona que no conocía y no sabía qué tan extensa era. Se encontraba en un mar de dunas, en un terreno sin vida moldeado por el viento y recalentado por el sol. Las dunas subían, bajaban, se desprendía arena de sus cimas y se mezclaba con el aire recalentado. Vastedad hacia todos lados, duna tras duna, ese era todo el paisaje. Decidió avanzar hacia el este. Subió y bajó frágiles crestas de arena suelta. Al alcanzar las cimas sólo veía el mismo paisaje extendiéndose hacia todos lados. Ni una mata de pasto se veía allí, hacia donde volteara veía desolación, y solamente el rumor del viento perturbaba el silencio por momentos.

Su camello ya estaba viejo, sus patas ya no tenían la misma firmeza que antes y bramaba hacia el cielo como clamando. Abdel se bajó para aliviar a su compañero de tantos años, de tantos viajes, dificultades, aventuras, y de contadas alegrías. Hombre y bestia, siempre bajo el sol ardiente, avanzaron esforzándose en cada paso; detenerse era la muerte. Por un instante Abdel creyó que caminaba solo, y giró buscando a su compañero sólo para ver después, con una sonrisa en el rostro, que su camello caminaba a su lado. 

Cuando las dunas se fueron haciendo más pequeñas Abdel tuvo esperanzas. Al divisar a la distancia el verdor de un oasis se hincó y agradeció elevando sus palmas al cielo. Alcanzó una línea de palmeras de dátiles. Un poco más adelante había plantas, hierbas, y pronto vio el brillo del agua. Se inclinó en la orilla y sumergió su cara, bebió un poco y nuevamente agradeció. 
Se volvió hacia su camello y notó que este no estaba bebiendo, solamente estaba parado allí, mirándolo con sus grandes ojos. “¿Qué le pasa?”, se preguntó Abdel. Giró la cabeza hacia el agua y siguió su curso con la mirada; estaba limpia y transparente. “Es agua buena” dijo Abdel, y al girar hacia su camello éste ya no estaba: había muerto kilómetros atrás.    
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                                     Conduciendo De Noche
Alejandro iba conduciendo su camión. Las tinieblas de la noche escondían el paisaje que estaba más allá de la ruta que iluminaban las luces del pesado vehículo. Tras un largo bostezo intentó sintonizar alguna radio que estuviera transmitiendo algo interesante, pero después de mover el dial del aparato para un lado y para el otro desistió y lo apagó. Ya no le quedaba café y los bostezos se sucedían uno tras otro. Sacudió la cabeza para despabilarse e intentó concentrarse en el camino.  La ruta seguía casi en línea recta y las luces parecían iluminar la misma imagen monótona kilómetro tras kilómetro. Al bostezar cerraba los ojos; la ruta se lo permitía, y el sueño atacó con más fuerza.

Ya estaba considerando detenerse para dormir cuando de pronto un enorme ciervo se atravesó delante del vehículo. El animal escapó de las ruedas por poco, y dando saltos se perdió en la oscuridad. Alejandro exhaló aliviado “Estuvo cerca”, pensó. Desde ahí ya no sintió sueño. La ruta cambió; ahora aquel tramo era bien conocido. De a poco el paisaje fue apareciendo. Primero fueron siluetas recortándose en un horizonte que iba aclarando, después se vieron más detalles: árboles, rocas, diferentes pastizales, plantaciones. El horizonte brilló, se iluminaron las nubes cercanas y el día empezó a crecer desde ese punto.  Alejandro observaba ese milagro diario desde la cabina, sin descuidar la ruta.

Cuando ya estaba bien claro divisó su hogar. Abandonó la ruta y un corto tramo después detuvo su vehículo y se bajó para abrir la portera de su propiedad. Después de pasar el vehículo, cuando la estaba cerrando, vio que de la casa salían unas personas. Eran su esposa y sus dos hijos. Les levantó la mano y quiso saludarlos con un ¡Hola! Bien alto, pero un sonido como de cañonazo lo estremeció terriblemente. Se desvaneció la claridad y al instante estaba rodando dentro de la cabina del camión y éste se desbarrancaba hacia un precipicio oscuro como todo el paisaje que cubría la noche. 

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Desde La Oscuridad

¡Hola! Les dejo otro cuento de terror y aprovecho para desearles a todos que tengan felices fiestas y un próspero año nuevo. Gracias.



Nunca volví a ver un cielo tan verduzco como aquel, y tampoco he vuelto vuelto a ver nubes tan bajas y amenazantes. Aquella tormenta traía algo muy malo; podía ser un tornado o piedras, tal vez las dos cosas. Y Roger y yo andábamos en un terreno abierto, en un campo...

lunes, 21 de diciembre de 2015

De Conductores

                                               El Auto
A Gustavo no le gustaba conducir a mucha velocidad, pero con aquel auto…
 Se había dado un gusto. Aunque era de segunda mano igual era muy veloz porque aquel auto tenía modificaciones de vehículo de carrera. Las modificaciones eran tantas que casi rayaba la ilegalidad conducirlo por la calle. Cuando Gustavo se lo mostró a su vecino este lo miró con asombro y envidia. Cuando levantaron el capó el vecino silbó maravillado y le dijo:

—Vaya bestia que tienes aquí, Gustavo. 
—Es un motor grande, sí. 
—¿A cuánto lo hiciste correr? 
—Todavía no lo probé a fondo. Tal vez lo haga hoy. 
—Se debe comer la carretera este auto. Te felicito.
—Muchas gracias. Cuando quieras salimos a dar unas vueltas.
—Te tomo la palabra. Hasta luego. 

Esa tarde Gustavo salió a la ruta. Al ver la cantidad de vehículos que circulaban recordó que ese día terminaba un fin de semana largo. No daba para correr allí. Era casi un desfile de suv, casas rodantes y autos familiares. Tomó otra ruta. En esta andaban camiones repletos de madera. “¿Todos los camioneros del país están pasando por aquí? ¡Diablos”, pensó Gustavo. Al tomar otra ruta esta si era menos transitada aunque era algo angosta y casi no tenía banquina y se extendía por largos trechos sobre terraplenes altos. Al divisar una recta larga comenzó a acelerarlo. Cuando llegó al último cambio iba a una gran velocidad. Al ver un cartel de curva fue bajando los cambios, pero con la curva a la vista le pareció que igual iba muy rápido. Ya era muy tarde para frenar, ya estaba en la curva. Sus reflejos y su habilidad apenas fueron suficientes, y la máquina lo ayudó bastante. Dejando ese tramo atrás suspiró fuerte “Estuvo cerca”. Siguió unos kilómetros y dio la vuelta. Después de la curva aceleró de nuevo en la recta. El motor rugía con fuerza variando su tono con cada cambio. Ya había alcanzado la mitad cuando de pronto escuchó: “No corras tanto, por favor”. ¿Y aquella voz de dónde había salido? ¿Lo había pensado? No podía ser, era una voz de mujer. Sabía que estaba solo, pero revisar el habitáculo con la vista fue inevitable. Desde ahí fue a una velocidad razonable. 

Cuando llegó a su casa no podía dejar de repetir aquellas palabras en su cabeza. Era como si se las hubieran dicho al oído, aunque a la vez parecían provenir de su mente. Si aquello tenía una explicación, esta era sobrenatural. ¿Cuál sería la historia de aquel auto? Lo compró en una automotora, y ahí fue a buscar una respuesta.  Pero tenía que pensar una buena excusa. Buscó al vendedor que lo atendiera y le comentó:

—Usted sabe que anda bien, pero hay un ruidito… que francamente me tiene desconcertado. ¿El dueño anterior competía mucho con él…? 
—Por lo que sé, no mucho, creo que mas bien andaba en rutas. De todas formas, el vehículo fue reconstruido casi completamente, es como nuevo. 
—¿Por qué lo reconstruyeron tanto? 
—Bueno, eh… tuvo un pequeño accidente. ¿No se lo mencioné al vendérselo? 
—No lo hizo. 
—Seguro lo olvidé porque todo está casi hecho a nuevo. 
—¿Sabe si se lastimó alguien en el accidente? 
—El accidente no fue gran cosa, como ya le dije, pero sí, el pasajero, que era la novia del conductor, ella murió.
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                                           Día De Ocio
Estaba aburrido, ocioso, entonces salí a conducir por unos caminos que hacía mucho tiempo no recorría. Algunas viviendas rurales que recordaba ahora estaban deshabitadas y eso me hizo sentir algo triste. Mi camioneta iba dejando una nube de polvo medio amarillenta al pasar. El camino estaba peor que antes. Mas adelante descubrí la razón cuando crucé por un camión, luego por otro y otro. En una zona donde antes solo había campo, se encontraba ahora una maderera. Pronto dejé atrás ese lugar. Aún tenía ganas de seguir conduciendo. No tenía ningún apuro, no iba a ningún lado y no recordaba tener algo que hacer. Solo recorría y recorría el camino mirando todo lo que podía. 

Llegué así a un tramo desconocido por mí. Que zona mas pintoresca que encontré. Había pequeñas plantaciones y en cada una de ellas una vivienda.  En una había girasoles y todos miraban hacia el astro rey. Después de esta, un maizal, de los más verdes que he visto.  Al pasar frente a un viñedo disminuí la velocidad. Racimos voluptuosos de uvas brillaban al Sol. Hileras e hileras de vides cargadas de uvas oscuras, hasta podía sentir su aroma. 
Al abandonar esa región me encontré en medio de una zona ganadera. Las numerosas casas y los mas numerosos alambrados me indicaban que eran pequeños productores. Eso me pareció magnífico. Así habría que distribuir la tierra, nada de grandes productores. Luego el camino se adentró entre dos montes. Casi todo ese tramo lo hice entre las sombras. Mas adelante, un puente. Allí me detuve a contemplar el arroyo que lo atravesaba. Era una corriente baja que corría entre piedras.  Observé un rato a una garza que recorría la otra orilla hasta que, probablemente fastidiada por mi presencia, la garza emprendió un pesado vuelo y se alejó siguiendo el arroyo.   Al quedar solo me dediqué a tirar piedras al agua; las piedras eran achatadas y redondeadas, como hechas para ese fin. 

El monte de las cercanías estaba muy silencioso y me dio ganas de marcharme. El tramo del camino rodeado por monte era mucho mas corto pasando el puente. Unos kilómetros mas y volví a estar rodeado de plantaciones. Que variedad de verdes había en aquella zona.   Todos parecían andar a caballo por allí. Los jinetes me saludaban al pasar. Cuando el camino desembocó en una ruta quedé algo confundido. ¿Qué ruta era aquella? Pensando, sentí de pronto que los puntos cardinales se acomodaban y me ubiqué.  Como el paseo ya me estaba aburriendo también, y el sol había bajado mucho (no me gusta conducir de noche), emprendí el regreso. No mucho después de llegar a mi hogar me llamó mi socio: 

—¿Ya terminaste? —me preguntó. Entonces recordé. Había olvidado completamente algo importante que debía hacer.  
—No lo hice —le contesté—. Hoy no tuve tiempo. 

domingo, 20 de diciembre de 2015

Pequeñas Historias

                                 Cuento Sobre El Medio Ambiente
Las motosierras rugían y después la tierra temblaba. Y así fue creciendo un gran claro en el bosque. Los árboles, unos colosos que se habían elevado hacia el cielo por más de doscientos años, estaban ahora tendidos en el suelo lodoso. Cuando apagaban las motosierras el bosque quedaba silencioso; los pájaros habían huido de allí...
Un camino construido por los leñadores partía el bosque en dos y unos camiones cruzaban por él llevándose pesados troncos ya despojados de sus ramas. Al ver pasar a los camiones Ignacio se restregaba las manos con un gesto de avaricia; más dinero para su bolsillo.

Una semana demoraron en destruir lo que la naturaleza creó durante mucho tiempo. Como se llevaron hasta las ramas, el lugar ahora se parecía a un páramo donde solo resaltaban algunas raíces expuestas y una pequeña porción de tronco.   Cuando llegó la primer lluvia en las zonas bajas se agrandaron los lodazales, y en las partes altas el agua abrió surcos por todas partes. A Ignacio no le gustó como quedó aquel paisaje pero pensó que era un mal menor; mas estaba equivocado, pues su casa se encontraba cerca de allí y el haber alterado aquel medio ambiente trajo consecuencias muy malas.

Tras un invierno lluvioso que erosionó y talló a su gusto el suelo desprotegido donde antes se alzara el bosque, se formaron cunetas inundadas y pequeñas lagunas lodosas. Después, cuando el clima fue calentando, esas zonas inundadas fueron invadidas por mosquitos. Nubes de mosquitos invadían la casa de Ignacio día y noche. Su familia tenía que mantener todo cerrado, esparcían dentro de la casa peligrosos insecticidas, y cuando estaban afuera se pasaban golpeando los brazos y la cara, aplastando mosquitos con cada golpe.  Cuando estaba el bosque había mosquitos pero nunca hubo tantos.

—Lindo favor le hiciste a tu familia cuando mandaste cortar todos los árboles —comentó con tono sarcástico la esposa de Ignacio mientras esparcía un insecticida por la casa. 
-¡Ah! Ahora protestas, pero cuando recibimos el dinero bien contenta que estabas, ¿no? —dijo él, sonriendo con algo de malicia en la mirada.
—Sí, pero no sabía que iba a pasar esto. De saberlo te hubiera pedido que dejaras el bosque como estaba. 
—¿Y cómo iba a saberlo yo?, ¿soy adivino acaso…? 

Y discusiones como esa tuvieron muchas, hasta que finalmente ella se marchó con los niños. Ignacio quedó solo, lamentando haber destruido el bosque. Cerca de su casa, en el páramo de restos de troncos y raíces expuestas por la erosión descontrolada del suelo, volaban nubes de mosquitos sobre el agua estancada.  
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                                     El Dueño Del Abrigo
Los invitados ya se habían ido. Sergio volvió a la sala, suspiró hondo y puso sus manos en la cintura al mirar todo el desorden que habían dejado sus amigos. Restos de comida en el suelo, manchas de bebidas en la mesa, vasos por todos lados, cigarros en las bandejas.   No importaba, no todos los días se cumplen años y estaba agradecido por tener tantos amigos y conocidos.  Por la mañana iba a ordenar todo, ahora estaba muy cansado. 

Al atravesar la sala vio que habían dejado un abrigo de cuero sobre un sofá, era un saco de hombre. Trató de recordar quién andaba con ese abrigo: “Vi con esto a… Claudio, sí. Ese despistado, cómo va a olvidarse del abrigo”, pensó.  Si es que Claudio no se daba cuenta lo iba a llamar durante el día.  El saco estaba arrugado sobre el sofá. Lo dobló con cuidado, lo dejó en el espaldar y fue rumbo a su cuarto caminando lentamente y bostezando. Se estaba por dormir cuando escuchó que golpeaban la puerta. ¿Quién podría ser a esa hora? Se calzó las pantuflas, bostezó un par de veces y salió rumbo a la puerta con los ojos semicerrados de sueño. Pero al llegar a la puerta se despabiló un poco y le resultó extraño que golpearan tan tarde. Sergio pensó que sería bueno tener una mirilla en la puerta, así sabría quién estaba afuera, pero no tenía, por lo que tuvo que preguntar: 

—¿Quién es? 
—Soy el padre de Claudio. Él dejó un saco de piel aquí. Es mío, quiero que me lo de. 
—¡Ah, sí! Ya se lo traigo, señor. 

Cuando fue a buscar el abrigo pensó que tenía que haberlo hecho pasar primero, pero después recordó que no conocía al padre de Claudio, por lo que concluyó que obró bien. Solo era el padre de un conocido, si fuera de un amigo sería otra cosa.  Al pasar frente a su cuarto escuchó que sonaba su celular. Miró hacia la puerta y dudó: “¿Atiendo o no? El tipo está esperando. ¡Bah! Que espere”, pensó, y fue a atender el celular: 

—¡Hola! 
—Sergio, soy Claudio. Recién me di cuenta que dejé mi saco ahí, ¿no? Es uno de cuero.
—Sí, está acá. Tu… —Claudio lo interrumpió porque enseguida exclamó.
—¡Menos mal! ¡Ese abrigo era de mi padre! El viejo lo amaba. Si dependiera de él lo hubiéramos enterrado con ese abrigo. 
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                                          El Asaltante
Fui a una casa de cambio que elegí entre varias. Cuando llegué había tres empleados, dos clientes y el guardia de seguridad. Era un local pequeño, sucursal de uno más grande. La señora que estaba primero trataba de susurrar los datos que le pedían, pero como el que la atendía parecía no ser de oído muy fino tuvo que repetirle todo con tono más alto. Aquello parecía incomodar a la señora, que seguramente era muy desconfiada, y tras guardar un dinero en el fondo de su cartera nos echó una mirada suspicaz al pasar. 

 Mientras atendían al otro cliente (un señor mayor bastante encorvado), me puse a mirar todo lo que había allí. El guardia lo notó y sentí su mirada sobre mí. Cuando escuché que daba unos pasos hacia el otro extremo lo examiné yo. Su postura, su andar, y su espalda ancha me decían que era un ex militar. El señor encorvado comenzó a discrepar por algo con el que lo atendía, y vi que este miró a los otros para que lo ayudaran. Uno de sus compañeros se acercó y se informó del asunto, opinando después: 

—Señor, a usted le faltan papeles, tiene que traer todo, ¿entendió? 
—Pero si la otra vez cobré así y no me complicaron —objetó el anciano. 

Vi que el guardia se fue acercando lentamente pero el que estaba atendiendo le hizo una seña y este empezó a retroceder. No lo necesitaban, después de todo el cliente solo era un viejo confundido. Pensé que el guardia debía ser alguien bastante facineroso, y gente así suele ser peligrosa. Repentinamente se abrió la puerta e ingresó rápidamente un tipo malencarado. Tenía la mano derecha metida en el bolsillo del abrigo y de allí empezó a salir un arma, pero aparentemente el bolsillo era muy angosto, lo que retrasó la acción, y ese error le costó caro.   Se escuchó un disparo y el tipo cayó, y al mismo tiempo el vidrio de una ventana fue atravesado por una bala. El tiro fue certero, a la cabeza. Cuando miré al guardia parecía un vaquero de las películas. 

En ese momento me sentí bastante agradecido con el ladrón, porque si no hubiera irrumpido en aquel momento, el del agujero en la cabeza bien pude ser yo, porque estaba allí para asaltar el local. 

sábado, 19 de diciembre de 2015

De Tiburones

El mar todavía oculta animales gigantescos en sus profundidades. En una ocasión vi a uno de esos monstruos, a un tiburón gigante, y ahora le temo al mar, le tengo terror.

La Cita

Por conquistar a una chica Alejandro había pagado muchas cenas, boletos de cine y tragos, y también había dicho muchos “Te quiero” sin sentirlo; pero ir a un velorio era nuevo para él. Recién era su segunda cita y él no conocía a Amanda como le hubiera gustado. “¿Y esta cómo se atreve a pedirme algo así?”, pensó...

viernes, 18 de diciembre de 2015

De Ciencia Ficción

                                          El Viejo Científico
“Quien ríe por último ríe mejor”, pensó Danilo mientras miraba de reojo a algunos de sus vecinos que, formando una ronda evidentemente hablaban de él porque lo miraban y después reían entre ellos. Muchas veces Danilo había visto eso y era porque él no encajaba allí, y la gente se mofa de lo diferente cuando no le teme. Pero eso estaba por cambiar.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Historias De animales


                                     El Árbol Del Cerdo
El árbol de peras era gigantesco y las preciadas frutas colgaban de innumerables ramas. El árbol generoso en peras se encontraba lejos de la casa de los dueños del campo y a ellos no les importaba que los chicos de la zona se sirvieran de él; pero en aquella parte había un gruñón que no era generoso...
 Era un cerdo macho colosal y tenía merecida fama de arremeter contra la gente. Esa tarde, cuando fui al lugar con un amigo, el cerdo estaba bajo el árbol, comiendo las peras que habían caído al suelo. Un alambrado de púas nos separaba del enorme porcino. El animal bajaba el hocico hasta las frutas caídas y después nos miraba mientras masticaba peras ruidosamente, nos miraba de frente y gruñía por la nariz, amenazante. 

Otro alambrado oblicuo al de púas pasaba al lado del árbol y desde allí se podía alcanzar muchas peras; pero aquel alambrado estaba bastante viejo y flojo, mas aun así creímos que sería suficiente para contener al cerdo del otro lado, aunque no nos daba tanta confianza como el de púas.

—¿Cruzaremos para ahí? —le pregunté a Leonardo, mi amigo.
—Sí, Franco, el chancho no puede pasar —me contestó confiado. 

Saltamos el alambrado y nos fuimos acercando de a poco. El animal, que no dejaba de vigilarnos con la vista, siguió comiendo tranquilamente como si nuestra presencia no le molestara. A falta de un recipiente donde poner las peras, nos sacamos las camisetas, las extendimos sobre el pasto y empezamos a poner sobre ellas las frutas que fuimos arrancando. Nos arriesgamos bastante trepando ramas para arrancar las de mejor color. Lo hicimos por turno, mientras uno las arrancaba de allá arriba y las arrojaba con cuidado hacia abajo, el otro las juntaba y las iba colocando sobre las camisetas.  

Cuando ya teníamos una buena cantidad y los dos estábamos en el suelo, el cerdo hizo su movimiento: De pronto metió el hocico bajo el último hilo inferior del alambrado y, demostrando una fuerza increíble y una gran inteligencia, levantó el alambrado y se fue arrastrando por debajo de él. 
Al ver aquella acción salimos disparados de allí porque hizo aquello muy rápido. Cuando caímos del otro lado del alambre de púas miramos hacia atrás. El cerdo comía ahora las peras que juntamos, y los ruidos que emitía nos parecían burlones. Después de terminar las que junté se echó de panza sobre mi camiseta y empezó a comer las otras. Y tuvimos que marcharnos así, sin peras y sin camisetas.  
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                                         El Pájaro Gigante 
Fabio y Enrique estaban sentados en el patio de una casa, tomando refresco en unos vasos grandes cargados de hielo. El calor era intenso y por la calle no circulaba casi nadie. Los dos estaban aburridos y no sabían de qué hablar. Seguían así cuando una camioneta que cruzó por la calle pareció llamar la atención de Enrique. Siguió al vehículo con la vista y después comentó : 

—Ahí va el “personaje” de la zona, don García.
—¿El personaje? ¿Por qué le dices así? —preguntó Fabio. 
—Porque lo es. ¿Quieres que te cuente por qué?
—Claro que sí.
—Bueno. Según cuenta García, una tarde cruzó encima de él algo extraordinario. Estaba sentado frente a su casa, así como nosotros, pero él estaba recorriendo el cielo con la mirada porque habían pasado varias bandadas de pájaros que habían llamado su atención. De pronto vio un pájaro que volaba lejos de allí, muy alto en el cielo, calculó él. Cuando volvió a mirar ese punto del cielo, el pájaro se veía mucho más grande; el ave volaba hacia él.  En un primer momento creyó que veía a un águila, pero el contorno del pájaro siguió creciendo y creciendo.  Unos segundos más y García quedó paralizado por el asombro. El ave era gigantesca, mucho más que la especie más grande conocida. El batir de sus alas negras y enormes producía un viento tan fuerte que García cayó de su silla y por poco no salió rodando. Y el gigantesco animal cruzó sobre él y siguió hacia el otro lado del cielo. 

“Cuando el asombro lo dejó reaccionar y fue a buscar su cámara de fotos, el pájaro gigante ya se había alejado demasiado; le sacó fotos pero no servían para demostrar su tamaño. Después el veterano contó su historia a cuanto conocido pudo y a cualquier extraño que lo escuchara. Más adelante, como nadie le creía, empezó a andar siempre con una cámara, y luego comenzaron sus excursiones por los cerros intentando hallar al pájaro gigante. 
—¡Vaya historia! Y, ¿tú crees que realmente vio un pájaro tan grande? 
—Lo que yo creo mi amigo, es que eres muy fácil de engañar con un cuento… 
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                                             El Caballo
Juan araba en el límite de su propiedad cuando un vecino le gritó:

—¡Juan! ¡Vas a matar a ese caballo si no le das descanso! ¡Si quieres te presto uno de mis bueyes!
—¡Gracias por el ofrecimiento, pero no! —gritó a su vez Juan—. ¡Ya no me queda mucho, y este caballo es aguantador! 

Juan sintió que su vecino lo seguía con la mirada, luego se marchó.  Aquel ofrecimiento no era tal; el vecino de Juan alquilaba los bueyes, y ese año no daba para estar pagando algo extra. Hombre y animal siguieron arando bajo un sol inclemente. El arado rudimentario abría la tierra y el calor la iba secando enseguida haciendo que los terrones despidieran un vapor asfixiante junto con el olor a tierra.  Caballo y hombre respiraban agitados. Ese día la tierra se había vuelto un horno. Volaban sobre aquel campo unas libélulas enormes que cada tanto posaban en las puntas de los pastos para quedar inmóviles en el calor del día.  Unos cuervos planeaban en círculos allá arriba. En el cielo se iban congregando unas nubes pero todas esquivaban al sol, que no dejaba de ver al hombre y al caballo que araban la tierra con sus últimas fuerzas. En intervalos irregulares Juan hacía una pausa e iba a palmearle la espalda al animal. 

 —Un poco más… ya falta poco, compañero —lo alentaba, y el caballo resoplaba.

Juan sostenía el arado con su voluntad. Un paso tras otro, terminaba un surco, empezaba otro, y la naturaleza que se había vuelto un horno. Finalmente terminaron la tarea y regresaron a su hogar caminando rumbo a un horizonte rojo. Por la noche, las nubes que se amontonaran en el día se organizaron para formar una tormenta. Y llovió sobre el campo arado, y Juan se alegró. 
En medio del aguacero nocturno resplandecieron de golpe unos relámpagos iluminando momentáneamente el cuerpo del caballo, este se encontraba tendido de lado en el corral, descansando al fin para siempre.   

martes, 15 de diciembre de 2015

El Pueblo Fantasma

Qué era aquel lugar o si realmente lo vi, no lo sé.  Ese día me levanté con ganas de manejar, pero no de manejar en el tráfico o en una ruta peligrosa, quería hacerlo en un camino tranquilo y pintoresco para ir mirando el paisaje. Salí en mi camioneta y tomé la ruta más apartada que conocía. Se conectaban con esa ruta algunos caminos de tierra pero ninguno me parecía interesante. 
Un camino de piedras aplanadas llamó mi atención y doblé allí...

Solo había campos vastos y sin gracia a diestra y siniestra. Después descubrí un local grande, un matadero o un lugar donde se trataba cuero, supuse, y cerca de este unas pocas casas.  Me detuve para decidir si seguía o daba vuelta. “¡Bah! Sigo nomás”, pensé. Había llenado el tanque para no volver pronto.  El paisaje no era muy diferente adelante, pero tras haber recorrido algunos kilómetros encontré otro camino que desembocaba en el que transitaba.  Ese sendero iba subiendo con el terreno y se perdía enseguida en una zona baja. Lo que había más adelante era un misterio. Me detuve y dudé. Tal vez era la entrada de una propiedad privada, aunque generalmente tienen porteras. Doblé allí igual, era lo suficientemente ancho como para dar la vuelta con algunas maniobras si resultaba ser la entrada a un establecimiento rural.

Al llegar a la cima vi que más adelante, allá abajo, el camino parecía desembocar en un extenso y muy alto bosque. Desde allí no se veía muy bien si se adentraba en el bosque o terminaba en el margen de este. Creí que sería lo segundo. Me equivoqué, continuaba entre los árboles, y estos no eran árboles cualquiera. Sé que hay ejemplares así pero aquellos parecían salidos de un cuento de ficción por lo formidables que eran. ¡Que extraordinaria altura y grosor tenían los troncos de aquellos árboles! Anduve un trecho y bajé a contemplar todo. Sombras, troncos descomunales y suelo cubierto de musgo. Enseguida mi entusiasmo se desvaneció. El lugar era completamente silencioso, ni un pájaro cantaba allí y todo parecía congelado, nada se movía, era como estar viendo un cuadro, una pintura.  Sentí una angustia bastante intensa estando allí. Volví al vehículo y seguí. 

Ya buscaba un lugar donde dar vuelta cuando vi que las sombras del lugar daban paso a una claridad de zona despejada. Salí a una pradera florida. “¿Flores en esta época?”, pensé. El paisaje estaba bañado en luz. Un arroyuelo que cruzaba en un costado reflejaba tanta claridad que parecía hecho de miles de espejos y cristales. Mas adelante hallé algunas plantaciones. Por lo que pude ver eran de zanahoria, remolacha, papa y algunas legumbres, todo en pequeñas cantidades, un poco de esto, un poco de aquello, todo entreverado. Supuse que vivirían por allí algunos agricultores naturistas.  En cualquier momento vería sus casas. Al divisar las viviendas quedé asombrado. Eran cabañas cubiertas completamente por enredaderas y en algunas crecía pasto en el techo. No me quedaron dudas de los habitantes eran naturistas. El pasto y las plantas en las paredes son aislantes naturales. Pero, ¿dónde estaban todos?   Dejé las pintorescas viviendas atrás sin ver a nadie. 

De pronto me di cuenta de que ya debía estar muy avanzada la tarde, miré el reloj y ya eran las seis, no le quedaba mucho al día.  Di la vuelta y al rato me sorprendí, ¿dónde estaban ahora las casas? No volví a cruzar por las viviendas ni por las plantaciones. ¿Me había perdido? No podía ser, el camino era casi recto.  Ahora en los costados solo había campos tan ordinarios como los del comienzo de mi viaje. No podía cerrar la boca de asombro. Completamente desconcertado e incrédulo aún, alcancé el borde del bosque cuando este ya estaba muy oscuro. Encendí las luces y lo crucé con el corazón en la garganta, completamente angustiado. Sentí un alivio enorme cuando salí de él. Subí por el camino, bajé y salí en el otro. Desde allí todo fue normal. Volví a cruzar por el local grande y las casas, después salí a la ruta. 

Aquello me resultó tan extraño que se lo conté a un amigo. Mi historia lo intrigó tanto que unos días después me acompañó para ver con sus ojos lo que le relaté; pero no pudimos volver al lugar. Encontré el camino de piedras aplastadas, el edificio grande, a las casas cerca de él, pero no hallé el camino que se internaba en el bosque.  Le preguntamos a alguien de la zona y nos aseguró que no había otro camino que desembocara en aquel y atravesara el bosque, y que no conocía lo que había más allá del bosque porque nadie se internaba en él. Cuando le pregunté por qué no quiso contestar.

lunes, 14 de diciembre de 2015

jueves, 10 de diciembre de 2015

La Mentira

Las caras sonrientes de sus medio hermanos solo aumentaron la desconfianza de Fabio. 
Sofía, Carlos y Dante lo recibieron con los brazos abiertos cuando llegó a la mansión. Él no esperaba que sus medio hermanos lo recibieran de esa forma, en realidad esperaba todo lo contrario...

miércoles, 9 de diciembre de 2015

La Aventura De Enrique

Enrique participaba de una montería. Atravesaban desde las primeras horas de la mañana una zona boscosa que lindaba con una aún más espesa. Los primos y los tíos de Enrique iban adelante porque marchaban a paso firme, pero él no estaba acostumbrado, y todas las matas de pasto, ramas y raíces expuestas se empeñaban en entorpecerle el paso. Más delante de los hombres iban los aullidos y ladridos de los perros de caza...
 Cada tanto sonaba un disparo y un ciervo o un jabalí que corría raudamente rodaba por el suelo y quedaba quieto de golpe, o al ser herido la jauría lo apresaba.

Una rama terminaba de azotarle la cara a Enrique (una rama que él había apartado con el rifle) y al voltear forzosamente notó de repente a un ciervo enorme que lo miraba desde la espesura. Se movió lentamente para no espantar al animal, mas cuando levantó el rifle el ciervo escapó, pero el ruido de su huida indicó que se detuvo un poco más adelante. Enrique creyó que aquella era su oportunidad. ¡Que sorpresa le iba a dar a sus parientes si cazaba algo!, un citadino como él…

Con eso en mente se adentró en la zona más espesa aunque esto implicó dejar de ver a los que caminaban adelante. Avanzó con gran sigilo, mirando en derredor, pero tras un rato no halló nada. Cuando quiso alcanzar nuevamente al grupo, divisó de nuevo al ciervo, y nuevamente este huyó antes de que apuntara su rifle. Y empeñado en seguir al animal se alejó más y más. El ciervo aparecía aquí y allá, siempre delante de él. Hacía ruido al huir y un instante después, nada, silencio, como si el animal estuviera esperando allí adelante.

Cuando sus piernas le hicieron tomar conciencia de lo mucho que había caminado volteó y se puso a escuchar. Con solamente oír algún disparo o el aullido de un perro se hubiera orientado; mas en lugar de eso escuchó una risita burlona que parecía desplazarse entre los árboles, y desde un lugar que no pudo determinar salió una voz áspera y susurrante que dijo:

—Ahora tú eres la presa. 

Tras oír aquello Enrique se empezó a desesperar. Y al sonar de nuevo la risita burlona se precipitó en desbocada carrera. De no estar tan asustado nunca hubiera podido realizar los saltos que hizo sobre troncos caídos, ni sería capaz de esquivar tantas ramas ni de correr tan rápido. Al alcanzar una zona más despejada se topó de golpe con sus parientes, que desde hacía rato habían notado su ausencia y lo buscaban. 
Al narrar su pequeña aventura, a los otros les pareció que debía ser cosa de algún duende o un grupo de ellos, o tal vez fue la broma pesada de un trasgo o de algún otro ser del bosque. 

Inmortales

Aunque el despliegue policíaco era formidable muchos agentes igual sintieron algo de temor. Estaban por irrumpir en la casa de un verdadero científico loco, y con lo avanzada que estaba la ciencia no sabían con qué se iban a topar...
 Las pruebas de que el doctor Austin realizaba experimentos ilegales eran claras pero se desconocía la naturaleza exacta de sus experimentos. Varios vehículos blindados y unas naves que se deslizaban por el cielo casi sin hacer ruido rodearon la solitaria mansión del doctor Austin.  Policías fuertemente armados, con cascos y armaduras resistentes pero ultra livianas se precipitaron enseguida hacia el edificio. Entre esos oficiales estaba Adrián, y él comandaba a un grupo que debía revisar el laboratorio de la casa, el lugar donde era más seguro se encontraría el científico; le habían encomendado la tarea mas difícil.

Pronto rodearon completamente el edificio, y de las naves que levitaban sobre el techo descendieron de sogas algunos oficiales.  Volaron la puerta y el grupo de Adrián entró primero. Los otros grupos empezaron a recorrer las habitaciones.  Una puerta herméticamente sellada bloqueaba la entrada al laboratorio. Una pequeña explosión y esa puerta se abrió. El polvo se disipó para mostrar una escalera que descendía hacia el aterrador laboratorio. Ingresaron al lugar con mucha cautela, apuntando hacia todos lados y comunicándose entre ellos con señas para no hacer ruido. Eran tantos los aparatos, probetas, frascos e implementos para experimentar los que había allí, que varias filas de aparadores formaban una especie de laberinto. 

Adrián fue el primero en verlo. Era el doctor Austin. Por su apariencia parecía estar muerto desde hacía semanas. Estaba sentado en el suelo, en un rincón, con la espalda recostada en la unión de dos paredes blancas, la cabeza caída con el mentón sobre el pecho. Pero para el sobresalto de los oficiales levantó la cabeza repentinamente y habló con una voz ronca y arrastrada: 

—Nunca quise hacer ningún mal. Solo quería que el ser humano tuviera la posibilidad de vivir más, de ser casi inmortal, y en muchos aspectos lo conseguí, pero como pueden ver, lo que inventé tiene graves efectos secundarios.
—¡Doctor Austin, está arrestado! ¡Muévase hacia aquí con las manos sobre la nuca! —le ordenó Adrián. 
—Los efectos secundarios son terribles —siguió el científico—. Los tejidos se deterioran pero la muerte no llega, y hay uno peor, la necesidad imperiosa de consumir tejidos humanos frescos: carne humana. Mi asistente… ataqué a mi asistente. ¡Pobre Barry! Yo no quería… 
—¡No lo voy a repetir de nuevo!  ¡Avance hacia aquí con las manos en la nuca! ¡Ahora! 

El doctor hizo caso omiso y Adrián dio la orden para que lo sometieran. Los policías dudaron. Aquello era un cadáver parlante, no podía estar vivo, pero tampoco estaba muerto. Adrián se los ordenó de nuevo con un gesto y obedecieron. Dos policías lo tomaron por los brazos, mas al instante el doctor se abalanzó sobre uno en un movimiento rapidísimo y con la ferocidad de una bestia lo atacó lanzando dentelladas, y a pesar de la protección con la que contaba el policía logró morderlo por encima del guante y lo lastimó. Otros compañeros se unieron a la lucha pero aquel cuerpo de apariencia decadente era muy fuerte. Adrián les ordenó que se apartaran, y ni bien lo hicieron efectuó varios disparos pero no tuvieron efecto. Mas la parte racional del científico volvió a tener el control de aquel cuerpo y dijo con aquella voz horrible: 

—¡A la cabeza! ¡Debe apuntar a la cabeza!

Ahora el disparo sí tuvo efecto; el doctor cayó hacia atrás y no volvió a moverse. Cuando llegaron los otros oficiales no se explicaban por qué le habían disparado a un cuerpo ya avanzadamente descompuesto.  Adrián no necesitaba explicar nada porque en los cascos todos tenían cámaras. Poco después un gran número de científicos tomó control del lugar haciendo que los policías se retiraran. Adrián no quedó conforme, algo le decía que aquello no iba a terminar allí. Del asistente del doctor apenas encontraron unas manchas de sangre y supusieron que lo había devorado completamente; pero se equivocaban. El cuerpo de Barry, el asistente, se tambaleaba en un campo lejano y sus pasos vacilantes iban rumbo a un pueblo. Y el policía mordido llevaba la infección hacia otra parte. 

lunes, 7 de diciembre de 2015

Golpe De Terror

No tenía muchas esperanzas de trabajar en aquella empresa de construcción porque se había presentado mucha gente. Por eso me sorprendí, aunque gratamente, cuando me llamaron para trabajar. Pasé primero por sus oficinas y me enteré que estaban construyendo en un hospital. Con tal de trabajar no me importaba donde fuera...

De Otros Tiempos Y Otra Realidad

                                                 El Volcán
La ciudad ignoraba el desastre que se cernía sobre ella. Comenzaba a amanecer cuando Horacio abandonó la fiesta, y con paso lento y tambaleante avanzó por las callejuelas empedradas rumbo a su hogar...
Nada en particular se había celebrado en aquella fiesta, solamente era otra más de las que organizaba su amigo Claudio. Una carreta de ruedas de madera pasó chirriando junto a Horacio; éste miró al conductor e hizo un gesto de incomodidad: le dolía un poco la cabeza por la resaca y el chirrido le resultaba irritante. 

Cerca de su casa, levantó la vista hacia el cielo, que ya estaba celeste, y los ojos le dolieron un poco, entonces se los cubrió con las manos al tiempo que bostezó largamente. Aún seguía así cuando se dio cuenta del cambió que había sufrido el paisaje que se veía sobre las casas de piedra de la ciudad. Abrió mas los ojos y miró, pestañeando. Más allá de los hogares, después de las vides, se elevaba un imponente volcán y de su cima salía una gigantesca columna de humo, que retorciéndose como una colosal serpiente llegaba hasta las nubes.  Había visto humear al volcán pero nunca de aquella forma. Horacio observó a la gente que andaba en la calle. Nadie parecía darle importancia al volcán. Un conocido, vestido con una larga toga, cruzó caminando frente a él. Saludó a Horacio inclinando la cabeza y éste respondió de igual forma, después señaló hacia el volcán:

—Está humeando bastante —comentó Horacio. El hombre volvió la cabeza hacia la cumbre y, tras una rápida mirada giró hacia Horacio.
—Está humeando un poco sí —observó aquel—. No creo que haya motivos para preocuparse, ese volcán está muerto desde que construyeron la ciudad. Que pases buen día, Horacio.

El conocido siguió pero él quedó mirando hacia la altura de aquella amenazante cima. Como se sentía cansado y con mucho sueño decidió confiar como los demás. Llegó a su casa y enseguida se acostó, cayendo inmediatamente en un profundo sueño.
Despertó de golpe, y con un movimiento brusco se sentó en la cama, alarmado. Desde la calle llegaban todo tipo de gritos y se escuchaba también el inconfundible sonido de un gran incendio. ¡El volcán!, pensó.  Salió del cuarto y fue hasta la puerta que daba a la calle, la abrió un poco y con temor espió hacia afuera.  Todo estaba ardiendo. Un río de lava corría por la calle, de las casas salían largas llamaradas, y en el interior de éstas la gente gritaba en su agonía. Algunos que habían subido a los techos, al ser alcanzados por el fuego se arrojaban al río de lava y apenas caían se incendiaban, se retorcían un instante y quedaban arrollados y negros, y vueltos combustible seguían ardiendo mientras la lava los empujaba calle abajo.

Horacio no soportó más el terror que le producía aquella escena, cerró la puerta y buscó dónde refugiarse. Corrió por las habitaciones; ninguna le parecía segura. Al abrir una puerta y cruzarla, salió en la casa de sus padres, la que estaba en una ciudad lejana, y al comprender que aquello era una pesadilla, despertó en su cama. Ya bien despierto volvió a horrorizarse, pues su pesadilla había sido causada no sólo por haberse acostado algo preocupado por el volcán, sino también por los gritos que llegaban desde afuera.      
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                                         La Escalera
Tenía la sensación de haber navegado por mucho tiempo cuando el barco llegó a la costa de Grecia. Conocía algo de aquel paisaje solo por fotos y por la televisión y ahora estaba allí, ¡que maravilloso! El barco atracó en un puerto pequeño que se hallaba en el borde de un acantilado altísimo de roca blancuzca. Desde el puerto ascendía una escalera tallada en la roca misma, y algunos turistas bajaban o subían por ella. Arriba, allá en lo alto, estaba un pueblo de casas blancas y el muro exterior de algunas se unía en vertical caída con el muro del acantilado. El mar era de color verdoso y apenas se movía. La gente vestía ropas claras y todos llevaban sombreros y lentes de sol.

La escalera me pareció muy angosta y empinada, pero como todos la usaban, por qué no hacerlo yo. Antes de subir el primer escalón miré hacia arriba; ahora nadie bajaba por ella, y de todas las personas que había en el puerto sólo yo iba a subir. Me pareció que era mejor así porque era muy angosta. Tras ascender un rato giré levemente y miré hacia abajo, todo en el puerto se veía pequeñito. El barco en el que había llegado ya no estaba y los demás turistas se habían dispersado por la costa, supuse. Todo eso lo vi con un rápido vistazo, porque al mirar hacia abajo me invadió un vértigo sumamente desagradable.

La situación pasó a ser inquietante. Con el vértigo que sentía no iba a poder bajar; sólo podría subir. Llegué a un tramo sumamente inclinado, y como temí caer hacia atrás empecé a subir sobre mis manos y mis pies. Más arriba los escalones se volvieron resbalosos; eran muy lisos y los cubría una substancia viscosa, haciendo que mi ascenso fuera terrorífico. Cuando vi el final de la escalera me invadió una desesperación por culminar aquel ascenso aterrador cuanto antes. El último escalón era absurdamente alto. Hice un esfuerzo y levanté el pie lo mas que pude, pero al apoyar sólo la punta resbalé al intentar subir y caí hacia atrás.  La sensación de caída fue espantosa, mas antes de impactar contra el puerto hice un gran esfuerzo y salí volando, y me alejé planeando sobre el mar: estaba soñando.
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                                             El Toro
Caminaba de pronto por una callejuela empedrada y estrecha con un claro aspecto antiguo. No tenía veredas y las puertas de las casas daban a la calle misma. Las ventanas estaban abiertas de par en par y en algunas se enfriaban al viento tartas y pasteles. La callejuela bullía de gente yendo y viniendo. Algunos hombres cargaban carretillas colmadas de frutas o verduras y las mujeres iban con atados de ropa sobre la cabeza o llevaban canastos. Pensé que era un pueblito muy simpático, aunque al pasar los otros peatones no me saludaban, incluso parecía que no me veían. Al pensar un poco más me di cuenta de algo: estaba soñando. 

Ya había tenido sueños lúcidos, y en cada uno me asombró lo real que se ve todo, y este era más asombroso aún; había gente en él, cosa que en otros sueños no sucedía. Entonces empecé a observar detenidamente a los que pasaban por mí. No distinguí ninguna cara conocida. Todos tenían rasgos normales, ¿cómo mi mente podía crear todo aquello? Cuanto observé se veía tan real, tenía tantos detalles… Estaba viviendo una ficción, aquello era un mundo irreal, lo sabía, pero hasta me movía y sentía mi peso como en la vigilia. Hice un pequeño experimento, intenté atravesar un muro con mi mano, no pude. Aquello era, con toda justicia, una realidad virtual. Seguía observando todo cuando de repente escuché un grito de terror: ¡Viene el toro! Y aquel aviso se propagó por toda la callejuela.

Al mirar hacia atrás, vi que la gente corría desesperadamente y entraban a sus casas. Detrás de ellos marchaba un ser monstruoso, un Minotauro oscuro, gigantesco, que avanzaba sobre dos patas mientras se inclinaba lanzando manotazos hacia la gente. Aquel gigante con cabeza de toro se movía rápidamente. El terror que infundía ese ser me llegó también y salí corriendo en dirección contraria. Cuando quise entrar a una casa la puerta se cerró impidiéndome el paso. Cuando volteé ya no había más nadie en la callejuela, solamente el monstruo, y este notó mi presencia y quedó mirándome fijamente. 

Ahora el Minotauro corría hacia mí emitiendo un grito atronador y espeluznante. Las puertas y ventanas se cerraban a mi paso y la criatura ya estaba cerca. Con estirar una de sus manos-patas hacia mí le bastaría para alcanzarme pero… aquello era un sueño, una pesadilla; si me alcanzaba me iba a despertar, supuse, o al menos el sueño cambiaría. Entonces me detuve y me volví hacia el monstruo; pero este no se detuvo ni desapareció. Llegaba a mí como un tren cuando alguien me tomó de un brazo y me jaló con fuerza hacia el interior de una vivienda.  Quien me había salvado era una muchacha. Cerró la puerta apresuradamente, la trancó con una madera enorme, y al volverse hacia mí me dijo:

—No debes permitir que te alcance; este no es un sueño como otros. 

Aquellas palabras me causaron tal impresión que en ese momento desperté. Desde esa experiencia temo regresar en sueños a la callejuela aquella. Sé que la mayoría de los sueños no son algo real, pero también sé, porque es un hecho, que hay gente que muere mientras duerme. 

domingo, 6 de diciembre de 2015

Seres De Otro Mundo

                                    Círculos En El Trigal
Iván no creía que aquello fuera obra de los extraterrestres. Estaba seguro de que era cosa de algunos pillos del pueblo y pensaba darles su merecido...

El Payaso

Había pasado muchas veces por aquella parte de la ciudad, por eso no sospeché nada. Era de día, un día radiante, la avenida estaba como siempre, con su hilera de árboles en un costado y un cantero central tapizado de pasto y algunas flores diminutas pero coloridas. No sospechaba nada pero por alguna razón miré todo a mi alrededor, después seguí mi camino. Mas adelante me pareció raro que no hubiera cruzado por nadie, y que en la sucesión de viviendas con muros bajos no hubiera nadie en el frente o entrando y saliendo de ellas. Cuando llegué a un puente que pasaba sobre un pequeño arroyo, chistaron desde abajo del puente...

sábado, 5 de diciembre de 2015

De Vecinos

                                              Mi Vecino
Figueroa (o como se llamara en realidad) sí que era un tipo extraño en todo sentido. Era rara su actitud y su aspecto. No había nada en él que resaltara demasiado, aunque su cabeza era bastante grande, pero era algo mas, había una cosa en él que no cuadraba pero no sabría explicar qué era...
Compró la propiedad que está al lado de la mía. Llegó el camión de la mudanza junto a un auto de vidrios ahumados, en él iba Figueroa. Mi nuevo vecino no se bajó del vehículo hasta que entraron todo. Yo observaba la mudanza desde mi patio. Cuando lo vi bajarse fui a saludar.    Tenía puesto un gorro de tela de esos medio ridículos, y el gorro no le quedaba ni un poco holgado, aunque son hechos con ese fin. Deduje que tenía una cabellera muy abundante bajo él, y ciertamente, un pelo negro y lacio que parecía una peluca caía sobre la gran frente de tipo. Sus ojos, nunca los vi, pues nunca salió sin sus lentes de sol, unos grandes, y ese día no fue una excepción. Tenía una quijada que se afinaba notablemente hacia la barbilla y su boca y su nariz eran pequeñas. La piel era, rara, sin imperfecciones visibles, por lo que supuse que se maquillaba.

Al notar eso se me fueron las ganas de saludarlo, pero como ya había caminado rumbo a él tuve que seguir. Por suerte me dejó la mano tendida (sus dedos eran bastante mas largos que los míos, aunque el tipo era mas pequeño), me saludó con un casi amago de reverencia. Enseguida noté que no le interesaba hacer amigos. Era mejor así.    Como yo me presenté, él tuvo que decir su nombre. Al escuchar su voz otra vez noté algo fuera de lo común, mas era muy difícil de definirlo. Solo diré que me pareció, artificial, aunque no sonaba igual a la de los programas esos que leen textos.

Era bastante delgado y el traje que tenía puesto le quedaba arrugado en varias partes. Mas a pesar de su delgadez parecía ser muy fuerte, lo calculé después. Por el tiempo que habían tardado los de la mudanza al dejar los muebles, se deducía que simplemente los habían amontonado en la sala. Figueroa tenía que acomodarlos solo.  Después de nuestro incómoda presentación cada uno entró a su hogar. Como las casas están muy cerca y el muro que las separa es bajo pude escuchar los ruidos que hacía adentro. Cada pocos segundos había un golpe, el de los muebles al ser depositados en el suelo sin mucho cuidado. Por esos sonidos imaginé que los levantaba como si nada y los llevaba por la casa. ¿Aquel flacucho? Eso fue otra cosa rara. 

Después pasé varias semanas sin verlo porque nunca salía al exterior. Durante la semana llegaban algunos repartidores a su hogar. Husmeando lo que llevaban averigüé que solo comía verduras.  En varios años salió muy poco, y las veces donde cruzamos alguna palabra eran mas raras. Pero unos días antes de que desapareciera para siempre, la llegada de un vehículo lo volvió mas comunicativo. Una furgoneta oscura amaneció casi frente a mi casa, y por lo tanto, muy cerca de la de él. Aparentemente enseguida ese vehículo despertó su curiosidad.   Al terminar el día la furgoneta seguía allí. A mí no me preocupó: “Debe ser un vehiculo que se averió y tal vez su dueño no tiene dinero ni para remolcarlo, o no le importaba mucho”, pensé (después comprobé que realmente se trataba de algo así, cuando finalmente lo remolcaron).  Figueroa quién sabe qué se imaginaba. Me sorprendió grandemente cuando fue a golpear mi puerta esa noche. Como quedé mudo de asombro él habló primero: 

—Hola, vecino. ¿Compró un vehículo nuevo? —me preguntó girando hacia la furgoneta. 
—Hola. No es mío. Apareció ahí ayer, no, hoy de mañana —le contesté dudando. 
—Que raro —opinó—. Buenas noches. 
—Buenas noches. 

Y se marchó mirando de soslayo a la furgoneta. “Que tipo mas desconfiado”, pensé. Al llegar un nuevo día la furgoneta seguía allí. Como tenía las ventanas ahumadas no se veía si había alguien adentro. Eso debió preocupar mas a mi vecino. Fue a golpear de nuevo mi puerta por la tarde. Estaba ladeado hacia la furgoneta, evidentemente no la perdía de vista bajo sus lentes oscuros:

—Vecino, ¿usted no va a hacer nada? —me preguntó. Era obvio que hablaba de aquel vehículo, pero igual le pregunté, para que mostrara sus cartas. 
—¿Hacer algo sobre qué? 
—Sobre ese vehículo de ahí. Si estuviera frente a mi propiedad le avisaría a la policía.
—Parte de ella está frente a su terreno, ¿por qué no denuncia usted? 
—¿Yo? Yo no. Adiós, vecino. 

Durante la madrugada escuché ruidos que venían de al lado. Al mirar por la ventana vi que Figueroa se marchaba. Al espiarlo me pareció que se le cayó algo antes de que subiera a su auto y se marchara, pero no vi bien por la esquina del muro. Salí a ver qué era, si realmente había volteado algo.   En efecto, era algo. Me incliné para mirar mejor. Era una máscara. Trastabillé hacia atrás y casi caí al querer enderezarme muy rápido. ¡Aquella era la cara de Figueroa! 

Tal parece que el vecino sí tenía motivos para ser desconfiado. Levanté la máscara agarrándola con mi pañuelo y la tiré en el tacho de basura mas cercano. ¿Quién era Figueroa? ¿Qué era?, mas bien, es un misterio para mí. Solo espero que nunca venga a reclamarme su máscara.
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                                        El Fantasma
Aún no había llevado a reparar el secarropas , y como hacía varios días que estaba lloviendo, las únicas prendas secas que encontré para ponerme eran de color blanco. Pasé el día con un pantalón y un pulóver blanco. Al oscurecer la lluvia se volvió una suave pero continua llovizna y el viento soplaba bastante fuerte. Que tristes se ven los campos con ese clima, el alma se siente pesada y la soledad parece pasearse en la vastedad. Gemían los árboles de la huerta, golpeaban algunas chapas del gallinero y algo goteaba constantemente no sé dónde.  Pero las noches así son buenas para dormir. Estaba “bajando” la cena, esperando un rato para no irme a dormir con el estómago lleno. De pronto, un ruido en el establo. Miré por la ventana pero no vi nada. ¡Que fastidio tener que salir una noche así! Mas tenía que ir a ver qué era. 

Acababa de comprarme un equipo para lluvia transparente, pensé que era buen momento para estrenarlo. El pantalón y la parte de arriba me quedaban un poco grandes, no importaba. Tomé mi cuchillo de campo y lo aseguré en mi cintura, me hice también de una linterna. Soplaba un viento fuerte que cambiaba de dirección con cada ráfaga, y como el impermeable me quedaba muy suelto se embolsaba, ondulaba y sacudía de un lado para el otro. La llovizna caía muy inclinada, punzante. Varias maldiciones después llegué al establo. Ya estaba presintiendo el problema. El cerdo problemático que había apartado en una división del establo no estaba. Una madera partida indicaba por dónde había huido el rebelde.  ¿Qué podía hacer ahora? Aunque lo hallara no iba a ser fácil traerlo. A un ternero se lo puede enlazar, pero a un cerdo… 

Se me ocurrió, conociendo lo glotón que era el animal, que tal vez lo podría atraer con comida. Volví a mi vivienda y metí en una bolsa negra un repollo grande y los restos de la cena, para que lo tentara mas. Y con mi bolsa en una mano salí de nuevo a la noche. No quise importunar a mi caballo, que debía estar cómodamente dormido en el galpón. Si el cerdo no estaba cerca, ¡al diablo! Que se fuera. El campo, empapado por la llovizna, se agitaba tanto como mi impermeable. Iluminaba las inmediaciones con la linterna, pero poco rato después ya no la necesité y la guardé en el bolsillo. El mismo viento que me molestaba ahuyentó a unas nubes, el cielo se abrió y asomó una luna llena amarilla. Eso iba a facilitar la búsqueda, pensé. 

Por un buen rato anduve caminando así, brillando como una señal luminosa, porque mi ropa blanca bajo un impermeable transparente, arrugado y movedizo, resplandecía con fuerza ante los rayos lunares que impregnaban ahora todo el campo.  Hasta la bolsa negra donde llevaba el repollo devolvía algo de luz. La búsqueda fue en vano. Regresé a mi casa de muy mal ánimo. El bribón apareció por la mañana; al parecer la vida salvaje no era para él.

Unos días después escuché algo que me hizo reír. El relato era de segunda mano, no le había sucedido al narrador, sino a un conocido, aunque el testigo del hecho no era un extraño para mí, pues se trataba de mi vecino de campo (nuestros campos son linderos pero las casas están lejos, por eso lo llamo así). Resultó que mi vecino, una noche de llovizna y mucho viento, escuchó que sus cerdos estaban inquietos (seguramente mi cerdo fue hasta allí para molestarlos, es lo mas probable). Cuando mi vecino fue a revisar no descubrió nada. Como había salido la luna echó un largo vistazo en derredor y, vio algo que lo espantó: Era el fantasma blanco y resplandeciente de un hombre, y para aumentar su terror, el fantasma llevaba en una mano una cabeza humana negruzca que sostenía de los cabellos.  

Historias Sobre El Agua

                                        Agua Para Todos
El pueblo estaba reseco y todo clamaba por agua. Cualquier viento más fuerte que una brisa levantaba una nube de polvo y ésta cubría al pueblo y se mantenía vagando por las calles o girando en algún pequeño remolino de esos que se forman cuando la tierra está muy caliente. El sol quemaba desde el amanecer y los días eran largos, calurosos, polvorientos y sobre todo secos, sin el menor rastro de humedad. Las gallinas del lugar caminaban pesadamente con las alas y los picos abiertos y buscaban la sombra de algún árbol que las salvara del calor. Los perros pasaban el día jadeando y a la gente no le iba mucho mejor.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Brujas

El pueblo ya empezaba a verse desde aquel punto del sendero pero algo que estaba en el costado de este fue lo que llamó la atención de Leonard.  Era una estaca larga carcomida por el fuego y en su base se acumulaba un montón circular de cenizas blancas.  Al acercarse comprobó que era una hoguera, y que habían quemado a alguien en ella...
Leonard había llegado hasta allí a pie, tras días de atravesar parajes salvajes completamente desolados e inquietantes: sombríos y callados bosques de árboles inmensos, terrenos abruptos llenos de acantilados y peñascos, y entre ellos valles melancólicos donde vientos sibilantes se paseaban impunemente. Ahora se hallaba en el borde de aquel pueblo, y era obvio que habían tenido problemas con una bruja, aunque aparentemente lo habían solucionado; pero no era así.

Al entrar en una callejuela, los que andaban en ella lo miraron desconfiados. Todos parecían campesinos; vestían humildemente y algunos cargaban herramientas de labranza. Al ver pasar al forastero cuchicheaban entre ellos, examinándolo con la vista de pies a cabeza. El rumor sobre el forastero recién llegado recorrió rápidamente las callejuelas. Sin dudas todos deseaban preguntarle qué hacía allí, pero como cargaba una espada y un par de trabucos, y parecía ser peligroso, nadie se animaba, aunque su mirada no era la de un hombre ruin, mas los lugareños eran desconfiados. Finalmente lo encararon dos hombres que llevaban mosquetes. Ensayando su voz más firme uno de ellos le preguntó:

—¿Quién es usted y a qué ha venido a este pueblo, señor? 
—Me llamo Leonard, y voy a donde me lleven mis piernas y mis ganas de recorrer el mundo. No vengo por ningún asunto, solo vi el pueblo y me arrimé, señores. ¿Les basta eso?

Hubo un momento de silencio donde los tres se examinaron. La gente que andaba por allí se apartó temiendo una pelea, y por la apariencia del forastero no le tuvieron mucha fe a aquellos dos.  Ellos tampoco se tenían fe, solo eran campesinos, y como además Leonard parecía sincero, el tipo bajó el tono y dijo:

—No queremos molestarlo. Normalmente somos más hospitalarios por aquí, pero es que usted ha venido en mal momento, señor. Ayer quemamos a una bruja, y entre las llamas esta juró que sus compañeras las iban a vengar, y la gente está asustada. 
—Ya veo. Yo tampoco busco problemas, aunque a veces me veo envuelto en ellos. Espero que esta vez no sea así. 

Después de ese encuentro, que para él no fue nada, dejó que lo guiara el aroma a pan recién horneado, algo que no probaba desde hacía tiempo.  Y tras intercambiar unas pieles de lobo por unas hogazas de pan, un par de quesos y una bota de vino, se sentó contra una pared y comió mientras observaba el atardecer.  Apenas se puso el sol, en el horizonte aún claro aparecieron unos puntos oscuros que desde lejos se podrían tomar por una bandada de pájaros, pero eran las brujas que se aproximaban volando. No iban sobre escobas, volaban montadas sobre algo parecido a un silla, y todas lanzaban risotadas de malicia. Cuando los primeros pobladores advirtieron a las brujas y corrieron alertando a todos, Leonard ya estaba pronto para enfrentarlas y sostenía sus dos trabucos con los cañones hacia arriba. 

Pronto cundió el pánico. La gente entraba corriendo a sus viviendas y se escuchaba como trababan las puertas y ponían maderas en las ventanas. “¿Nadie las va a enfrentar?”, pensó Leonard. Corrió por la calle, ya estaba vacía. Ahora la oscuridad extendía sus alas sobre el pueblo. Las carcajadas de las brujas alcanzaron las casas. Sentadas en aquellos objetos, las brujas cruzaban volando sobre los techos, descendían hasta las calles, se elevaban nuevamente, siempre lanzando sus risotadas aterradoras. Su intención era causar terror, luego atacar los hogares; pero un hombre en aquel lugar no tenía miedo.

Un fogonazo estalló en un rincón oscuro y una bruja cayó a la calle, y cuando se estaba levantando entre maldiciones, una espada surcó en abanico el aire, a la altura del cuello de la bruja, y ese fue su fin.  Después Leonard corrió hacia otro lugar. Una bruja lo había observado desde la altura, y como un ave rapaz se lanzó en picada hacia él, mas cuando estaba por alcanzarlo él se arrojó al suelo haciéndola pasar de largo. El otro trabuco escupió fuego y fue certero, luego la espada terminó el trabajo. Cuando recargaba sus trabucos una puerta se abrió y lo invitaron a pasar: 

—Venga, entre. Son demasiadas brujas para un hombre, aunque sea alguien como usted.

A Leonard no le gustó la idea de esconderse pero el hombre tenía razón; eran muchas. Entró y ayudó a trancar la puerta.  En el interior, acoquinadas contra una pared, un par de mujeres rezaban a media voz; una era mayor y la otra muy joven. El hombre que lo invitara a pasar era uno de los que lo habían encarado esa tarde. Fuera, a las carcajadas de las brujas se sumaron ahora los gritos de algunas personas. Resonaban detonaciones de mosquete, clamores, gritos de terror; el caos dominaba todo el pueblo. Esa situación duró unas dos horas, luego las brujas se fueron. Su poder para volar era limitado. Después vino la larga espera hasta el amanecer. Cuando los pobladores volvieron a salir a la calle vieron el horror que habían dejado las brujas. Todos los que fueron arrebatados de sus hogares estaban ahora tendidos en la calle. Las invasoras también habían tenido sus bajas pero eran pocas.

Unas horas después, una larga procesión de gente en carretas o caballos se alejaba del pueblo. Pero no todos pensaban huir y abandonar sus hogares. Un gran grupo se reunió a planear su defensa, y entre ellos estaba Leonard, que aunque nunca buscaba problemas se había visto envuelto en varios, y en el pasado había sido cazador de brujas. 

martes, 1 de diciembre de 2015

África

¡África! ¡No podía creer que estaba allí! Partí junto a los Thompson en un vehículo todo terreno descapotado. Pronto vimos la vida salvaje de la cuna de la humanidad. Primero divisamos unas jirafas, después  unos elefantes que sacudían las orejas al vernos y levantaban su trompa como saludando; luego James Thompson me aclaró que estaban irritados...
  El sol nos quemaba y el vehículo levantaba una nube de polvo rojizo, y en algunas partes había que cuidarse de los arbustos que podían alcanzarnos con sus espinas; ¡pero que importaba, estábamos en África! Me encontraba muy emocionado como para que algo me molestara. Atravesamos una zona muy vasta con poca vegetación que se parecía más a un desierto que a la sabana. Pero el paisaje fue cambiando y empezamos a ver pastizales, más árboles, y pronto el camino estuvo completamente rodeado de espinosas acacias. 

Cuando hicimos una pausa me enteré que los Thompson tenían la intención de fotografiar leones, lo que me inquietó un poco mas no opiné porque era su invitado, además iban con nosotros dos guías fuertemente armados y eso me daba algo de seguridad. Uno de los guías me dio un machete. Enseguida lo probé en unas ramas, y al cortarlas de un golpe me sentí todo un Tarzán. James y su esposa sólo llevaban sus cámaras y una mochila; yo también cargaba una, ellos me la habían dado. Seguramente mi supervivencia hubiera sido imposible sin aquella mochila y el machete que me dio el guía.   
Dejamos el vehículo atrás y empezamos a seguir un sendero. Los guías iban adelante, atentos; a veces se inclinaban y observaban algo en el suelo. Uno de ellos encontró unas huellas y las seguimos largo rato.  Íbamos por donde el pasto estaba corto. Pequeños grupos de árboles espinosos no nos dejaban ver muy lejos y fácilmente podrían ocultar cualquier animal.   Me estremecí al escuchar unos rugidos lejanos. Cuando miré a los Thompson ellos estaban sonriendo.

—No te preocupes, Claudio —me dijo James—. Hemos hecho esto muchas veces. Los leones de esta zona están acostumbrados a ver gente. 
—Si tú lo dices… pero igual es un poco atemorizante.
—Nos pasaba lo mismo las primeras veces. 

Aún no veíamos ni un león cuando los guías se volvieron hacia nosotros con cara de preocupados y uno de ellos dijo una palabra que no entendí, y señaló hacia un gran matorral.

—Hay una manada de búfalos africanos ahí adelante —me aclaró James.

Quedamos inmóviles por un instante. El corazón me empezó a latir fuerte. Sorpresivamente el matorral se agitó, sonó el estruendo de decenas de pisadas, y una manada de búfalos arremetió contra nosotros a toda velocidad. Aquellos animales inmensos, musculosos, de cuernos puntiagudos, parecían una tropa infernal que había surgido de la nada. Después fue todo confusión. Sé que corrí con todas mis fuerzas, me adentré en un matorral buscando un árbol que me salvara, y recuerdo que uno de los animales me seguía. Cuando me alcanzó me hizo dar varias vueltas en el aire, luego, oscuridad. Cuando recobré la conciencia estaba tirado bocabajo. Me di vuelta y me incorporé a medias. Estaba solo. Me dolía casi todo el cuerpo pero podía moverme sin dificultad. 

Supongo que el animal me dio por muerto al verme inconsciente. Palpé mi cuerpo con el temor de que mis dedos se encontraran con una herida sangrante, mas por suerte no la hallé. Milagrosamente la punta de la cornamenta no me alcanzó, no sé cómo. Me levanté y escuché: no había nadie cerca de allí. Gritar no era una opción inteligente en aquel lugar. Mirando en derredor encontré el machete. A pesar de la embestida la mochila estaba bien firme en mi espalda. Por lo menos tenía cosas, mas lamentablemente no tenía ni la más remota idea de hacia dónde ir.

Cuando creí rumbear hacia el lugar donde me había separado, se me interpuso un cerco de espinas; no podía haber cruzado por aquel lugar. Estaba completamente perdido. Por suerte mi instinto de conservación es fuerte, lo descubrí ese día. Enseguida procuré una rama recta para fabricarme una lanza. Corté una de un machetazo y le hice una punta aguda pero fuerte. No quería enfrentarme a un león con una lanza de madera pero era mejor que tener sólo el machete. Si me topaba con otro búfalo solo podía huir de el.
El sol ya se estaba acercando al horizonte. Tenía que encontrar un refugio. Caminé sigilosamente mirando hacia todos lados. Hallé un árbol enorme. Primero consideré treparme en él mas recordé que las noches en la sabana son muy frías, y que igual quedaba expuesto a los leones porque estos podrían trepar fácilmente allí. 

 Revisé la mochila y encontré un encendedor. Tenía también una cantimplora llena de agua, unos dulces, una linterna y un par de bengalas.  La prioridad ahora era encontrar leña. Por suerte era muy abundante allí, aunque era espinosa. Desgajé unos troncos caídos y los arrastré hasta ubicarlos frente al árbol. Quería hacer una fogata grande que disuadiera a las fieras y me brindara calor. Mientras cargaba leña el sol iba bajando cada vez más y para empeorar el asunto empecé a escuchar más rugidos: se acercaba la hora de la cacería. 

Sabía que debía juntar una gran cantidad de leña para que pudiera durar toda la noche. Antes de que muriera el día encendí la fogata con una de las bengalas . Enseguida me sentí más aliviado. Me senté recostado al tronco y me preparé para pasar una noche inquietante.  Apenas las tinieblas cubrieron todo, la luz de la fogata reveló unos ojos que me espiaban. Por encima del chisporroteo del fuego podía escuchar que rozaban ramas, y esporádicamente veía un par de ojos que enseguida desaparecían entre las sombras. El fuego disuadía a las fieras mas no se alejaban mucho. La luz de la linterna no los inquietaba, sólo los mantenía en las sombras. Ahora mi situación era igual a la del hombre primitivo, cuando no éramos exterminadores de bestias sino sus presas. La noche fue horriblemente larga. Vi pasar por el cielo toda una constelación de estrellas. Cerca del alba, uno de los leones que me acechaban fue más temerario y se dejó ver. Me incorporé y encendí la bengala que me quedaba, acompañando esa acción con unos gritos para disuadirlo. Funcionó. 

Al llegar la mañana las bestias aún no se retiraban. Ahora podía verlas, se paseaban entre los matorrales: estaba atrapado.  Ya no quedaba mucha leña. Subir al árbol ahora era una buena opción. Mientras subiera uno a la vez supuse que podría repelerlos con la lanza, si subían varios estaba perdido. Usé la mochila como vaina para el machete y también até a ella la lanza; necesitaba las dos manos para trepar. Cuando el fuego se extinguió del todo comenzó el ataque. Tal como suponía, el primer león trepó con relativa facilidad. Le dí un lanzazo en la cara y lo hice arrojarse hacia abajo.  Por lo menos ese no me iba a molestar más, porque luego de la caída se alejó hacia los matorrales a paso ligero; pero quedaba el resto de su familia.  Avanzó el día y los leones seguían rodeando el árbol. Debían estar muy hambrientos o suponían que la presa era muy fácil; mas otro averiguó que no era tan así al recibir un piquete en el hocico cuando trepaba hacia mí. 

No tenía ganas de comer pero sabía que necesitaba energía. Estaba comiendo un dulce cuando escuché un sonido que me produjo una alegría enorme: era una bocina. Los Thompson recorrían aquella zona en el todoterreno. Grité con fuerza para indicarles mi posición, y un momento después terminó mi casi mortal aventura en África.