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lunes, 7 de diciembre de 2015

De Otros Tiempos Y Otra Realidad

                                                 El Volcán
La ciudad ignoraba el desastre que se cernía sobre ella. Comenzaba a amanecer cuando Horacio abandonó la fiesta, y con paso lento y tambaleante avanzó por las callejuelas empedradas rumbo a su hogar...
Nada en particular se había celebrado en aquella fiesta, solamente era otra más de las que organizaba su amigo Claudio. Una carreta de ruedas de madera pasó chirriando junto a Horacio; éste miró al conductor e hizo un gesto de incomodidad: le dolía un poco la cabeza por la resaca y el chirrido le resultaba irritante. 

Cerca de su casa, levantó la vista hacia el cielo, que ya estaba celeste, y los ojos le dolieron un poco, entonces se los cubrió con las manos al tiempo que bostezó largamente. Aún seguía así cuando se dio cuenta del cambió que había sufrido el paisaje que se veía sobre las casas de piedra de la ciudad. Abrió mas los ojos y miró, pestañeando. Más allá de los hogares, después de las vides, se elevaba un imponente volcán y de su cima salía una gigantesca columna de humo, que retorciéndose como una colosal serpiente llegaba hasta las nubes.  Había visto humear al volcán pero nunca de aquella forma. Horacio observó a la gente que andaba en la calle. Nadie parecía darle importancia al volcán. Un conocido, vestido con una larga toga, cruzó caminando frente a él. Saludó a Horacio inclinando la cabeza y éste respondió de igual forma, después señaló hacia el volcán:

—Está humeando bastante —comentó Horacio. El hombre volvió la cabeza hacia la cumbre y, tras una rápida mirada giró hacia Horacio.
—Está humeando un poco sí —observó aquel—. No creo que haya motivos para preocuparse, ese volcán está muerto desde que construyeron la ciudad. Que pases buen día, Horacio.

El conocido siguió pero él quedó mirando hacia la altura de aquella amenazante cima. Como se sentía cansado y con mucho sueño decidió confiar como los demás. Llegó a su casa y enseguida se acostó, cayendo inmediatamente en un profundo sueño.
Despertó de golpe, y con un movimiento brusco se sentó en la cama, alarmado. Desde la calle llegaban todo tipo de gritos y se escuchaba también el inconfundible sonido de un gran incendio. ¡El volcán!, pensó.  Salió del cuarto y fue hasta la puerta que daba a la calle, la abrió un poco y con temor espió hacia afuera.  Todo estaba ardiendo. Un río de lava corría por la calle, de las casas salían largas llamaradas, y en el interior de éstas la gente gritaba en su agonía. Algunos que habían subido a los techos, al ser alcanzados por el fuego se arrojaban al río de lava y apenas caían se incendiaban, se retorcían un instante y quedaban arrollados y negros, y vueltos combustible seguían ardiendo mientras la lava los empujaba calle abajo.

Horacio no soportó más el terror que le producía aquella escena, cerró la puerta y buscó dónde refugiarse. Corrió por las habitaciones; ninguna le parecía segura. Al abrir una puerta y cruzarla, salió en la casa de sus padres, la que estaba en una ciudad lejana, y al comprender que aquello era una pesadilla, despertó en su cama. Ya bien despierto volvió a horrorizarse, pues su pesadilla había sido causada no sólo por haberse acostado algo preocupado por el volcán, sino también por los gritos que llegaban desde afuera.      
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                                         La Escalera
Tenía la sensación de haber navegado por mucho tiempo cuando el barco llegó a la costa de Grecia. Conocía algo de aquel paisaje solo por fotos y por la televisión y ahora estaba allí, ¡que maravilloso! El barco atracó en un puerto pequeño que se hallaba en el borde de un acantilado altísimo de roca blancuzca. Desde el puerto ascendía una escalera tallada en la roca misma, y algunos turistas bajaban o subían por ella. Arriba, allá en lo alto, estaba un pueblo de casas blancas y el muro exterior de algunas se unía en vertical caída con el muro del acantilado. El mar era de color verdoso y apenas se movía. La gente vestía ropas claras y todos llevaban sombreros y lentes de sol.

La escalera me pareció muy angosta y empinada, pero como todos la usaban, por qué no hacerlo yo. Antes de subir el primer escalón miré hacia arriba; ahora nadie bajaba por ella, y de todas las personas que había en el puerto sólo yo iba a subir. Me pareció que era mejor así porque era muy angosta. Tras ascender un rato giré levemente y miré hacia abajo, todo en el puerto se veía pequeñito. El barco en el que había llegado ya no estaba y los demás turistas se habían dispersado por la costa, supuse. Todo eso lo vi con un rápido vistazo, porque al mirar hacia abajo me invadió un vértigo sumamente desagradable.

La situación pasó a ser inquietante. Con el vértigo que sentía no iba a poder bajar; sólo podría subir. Llegué a un tramo sumamente inclinado, y como temí caer hacia atrás empecé a subir sobre mis manos y mis pies. Más arriba los escalones se volvieron resbalosos; eran muy lisos y los cubría una substancia viscosa, haciendo que mi ascenso fuera terrorífico. Cuando vi el final de la escalera me invadió una desesperación por culminar aquel ascenso aterrador cuanto antes. El último escalón era absurdamente alto. Hice un esfuerzo y levanté el pie lo mas que pude, pero al apoyar sólo la punta resbalé al intentar subir y caí hacia atrás.  La sensación de caída fue espantosa, mas antes de impactar contra el puerto hice un gran esfuerzo y salí volando, y me alejé planeando sobre el mar: estaba soñando.
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                                             El Toro
Caminaba de pronto por una callejuela empedrada y estrecha con un claro aspecto antiguo. No tenía veredas y las puertas de las casas daban a la calle misma. Las ventanas estaban abiertas de par en par y en algunas se enfriaban al viento tartas y pasteles. La callejuela bullía de gente yendo y viniendo. Algunos hombres cargaban carretillas colmadas de frutas o verduras y las mujeres iban con atados de ropa sobre la cabeza o llevaban canastos. Pensé que era un pueblito muy simpático, aunque al pasar los otros peatones no me saludaban, incluso parecía que no me veían. Al pensar un poco más me di cuenta de algo: estaba soñando. 

Ya había tenido sueños lúcidos, y en cada uno me asombró lo real que se ve todo, y este era más asombroso aún; había gente en él, cosa que en otros sueños no sucedía. Entonces empecé a observar detenidamente a los que pasaban por mí. No distinguí ninguna cara conocida. Todos tenían rasgos normales, ¿cómo mi mente podía crear todo aquello? Cuanto observé se veía tan real, tenía tantos detalles… Estaba viviendo una ficción, aquello era un mundo irreal, lo sabía, pero hasta me movía y sentía mi peso como en la vigilia. Hice un pequeño experimento, intenté atravesar un muro con mi mano, no pude. Aquello era, con toda justicia, una realidad virtual. Seguía observando todo cuando de repente escuché un grito de terror: ¡Viene el toro! Y aquel aviso se propagó por toda la callejuela.

Al mirar hacia atrás, vi que la gente corría desesperadamente y entraban a sus casas. Detrás de ellos marchaba un ser monstruoso, un Minotauro oscuro, gigantesco, que avanzaba sobre dos patas mientras se inclinaba lanzando manotazos hacia la gente. Aquel gigante con cabeza de toro se movía rápidamente. El terror que infundía ese ser me llegó también y salí corriendo en dirección contraria. Cuando quise entrar a una casa la puerta se cerró impidiéndome el paso. Cuando volteé ya no había más nadie en la callejuela, solamente el monstruo, y este notó mi presencia y quedó mirándome fijamente. 

Ahora el Minotauro corría hacia mí emitiendo un grito atronador y espeluznante. Las puertas y ventanas se cerraban a mi paso y la criatura ya estaba cerca. Con estirar una de sus manos-patas hacia mí le bastaría para alcanzarme pero… aquello era un sueño, una pesadilla; si me alcanzaba me iba a despertar, supuse, o al menos el sueño cambiaría. Entonces me detuve y me volví hacia el monstruo; pero este no se detuvo ni desapareció. Llegaba a mí como un tren cuando alguien me tomó de un brazo y me jaló con fuerza hacia el interior de una vivienda.  Quien me había salvado era una muchacha. Cerró la puerta apresuradamente, la trancó con una madera enorme, y al volverse hacia mí me dijo:

—No debes permitir que te alcance; este no es un sueño como otros. 

Aquellas palabras me causaron tal impresión que en ese momento desperté. Desde esa experiencia temo regresar en sueños a la callejuela aquella. Sé que la mayoría de los sueños no son algo real, pero también sé, porque es un hecho, que hay gente que muere mientras duerme. 

6 comentarios:

  1. Vaya, vaya. Sueños, creo que todos hemos soñado aunque sea una vez en la vida. Creo que no he tenido sueños lùcidos, generalmente no sueño mucho. La mente es un lugar increíble y misterioso, con todas sus cosas extrañas. Había leido que la el cerebro no puede crear rostros, todos los rostros desconocidos que observamos en sueños son de personas que hemos visto aunque sea de reojo. En las calles, en los lugares concurridos... No olvidamos esos rostros, nuestro cerebro los guarda y nos los muestra en sueños. Muy interesante y entretenido amigo!. Espero la próxima historia!.¡Saludos desde Venezuela!

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    1. Pues yo sueño MUCHO y recuerdo casi todo. Sueños lúcidos he tenido un montón y los recuerdo. Igual que al personaje, me sorprende lo real que se ve todo. Efectivamente, siempre es gente que vimos alguna vez, pero en mi cuento no era un sueño común, es, ficción ¡Jaja! Por aquí te espero, Ongie. ¡Saludos!

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  2. Este último cuento me acuerda uno de zombies del otro blog. Estaban muy buenos. El del volcán me lo imaginé como lo ocurrido en Pompeya.
    Stephanie

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    1. Seguramente te recuerda a "Los Ocupantes De Cuerpos". Me gusta crear pequeños "universos literarios", por eso hay cuentos que tienen cosas en común. Muchas gracias. Saludos.

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  3. En mis sueños todo es bruma.... no son claros solo tormentosos siempre.... sera porque leo mucho a jorge leal ?? ^_^

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  4. Sí, son los efectos secundarios ¡Jaja! Gracias, Belén. Saludos!!

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