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sábado, 19 de diciembre de 2015

De Tiburones

El mar todavía oculta animales gigantescos en sus profundidades. En una ocasión vi a uno de esos monstruos, a un tiburón gigante, y ahora le temo al mar, le tengo terror.
 Partí de un puerto que no quiero mencionar (porque no deseo tentar a algún curioso que después intente de ver al monstruo, porque de tener menos suerte que yo nunca va a salir de aquel abismo) junto a otros turistas y los buzos que eran nuestros guías. Íbamos en un barco pequeño pero bastante rápido que iba dejando detrás de si una larga estela de espuma blanca. El cielo estaba azul y el mar lucía calmo. Un grupo de delfines nos siguió largo rato, aparecían dando saltos o nadando rápidamente bajo la superficie y asomándose a cortos intervalos. Su velocidad era asombrosa, parecían torpedos de tan rápido que iban y cuando saltaban en el barco se escuchaba una exclamación de júbilo, y todos querían sacarle fotos a aquellos simpáticos acompañantes, y los delfines también parecían disfrutar de aquello. Nos seguían también unas gaviotas que, ya fuera revoloteando, agitando las alas casi sin moverse del lugar, planeando en el aire o posándose sobre la cabina para que le sacaran fotos, todo entre griteríos, se hicieron tan familiares en aquel viaje como las personas que iban en él. Cuando el barco ancló no alcanzábamos a ver ninguna costa. Los marineros bajaron un par de botes de goma y fuimos hasta el lugar donde íbamos a bucear.

Por lo que vi, yo era el turista con más experiencia en buceo. ¡Que ironía!, porque al final fui el único que tuvo problemas.  Iba a ser una inmersión bastante profunda (para ser de turistas), por lo que llevábamos dos tanques de aire cada uno. En la última charla de seguridad el buzo encargado nos dijo:

—Cerca de aquí hay un abismo, traten de no acercarse mucho a él porque en esa parte hay corrientes traicioneras que pueden succionarlos. 
Y nunca pierdan de vista al grupo —agregó otro.

Nos sumergimos en el mar azul. El agua estaba clara. Abajo había un fondo arenoso salpicado por aquí y por allá de corales de distintas especies. Cardúmenes de peces, numerosos algunos, mezquinos otros, nadaban cambiando de rumbo repentinamente hacia cualquier lado. Un mero enorme y oscuro pasó lentamente entre el grupo alarmando a tres principiantes que empezaron a patalear para alejarse hasta que los buzos los calmaron con señas. Y cuando apareció un tiburón pequeño el grupo se apretó como la hacen las ovejas asustadas. “Pobres turistas inexpertos”, pensé. No sabía que después yo iba a estar mucho más asustado. Aquello ya empezaba a aburrirme. Los buzos estaban demasiado ocupados tratando de calmar a todos con señas. Me aparté del grupo sin que lo notaran, y cuando me vieron ya era muy tarde. 

Apenas me acerqué al abismo, que era más bien como un inmenso pozo, pues alcanzaba a ver sus bordes, una corriente muy fuerte me arrastró de golpe, y me llevaba hacia el abismo. La profundidad del lugar creaba una fuerza que me succionaba sin remedio hacia abajo como si aquellas oscuridades me reclamaran. Traté de luchar contra ella pero fue inútil. Cuando mi cabeza estaba a la altura del borde vi que los buzos nadaban hacia mí. Mis esfuerzos sólo sirvieron para que descendiera más lento, aunque gracias a eso evité que mis tímpanos se rompieran por la presión del descenso. La presión en esa profundidad es terrible y de no estar bien físicamente hubiera sido mi fin.

La más absoluta oscuridad me envolvió rápidamente, y como había dado vueltas en aquella negrura por un momento estuve mareado. Cuando me recuperé la corriente había dejado de arrastrarme hacia la profundidad. Miré hacia arriba y había una enorme grieta de claridad. La sensación de flotar en una oscuridad tan cerrada, con una profundidad colosal que se perdía allá abajo en una noche eterna era completamente aterradora.   Pero aún en las peores situaciones se tiene algo de claridad, e intuí que mi salvación era pegarme a la pared vertical del abismo para así evitar la corriente al ascender. Todo estaba oscuro pero por cómo se veía la boca del abismo supe que este se ensanchaba horriblemente hacia los costados. La entrada sobre mí era apenas una abertura hacia un lugar de proporciones gigantescas. Por suerte había sido succionado en una parte donde el borde seguía bajando casi como una pared, lo vi en el primer tramo antes de que desapareciera la luz.

En el cinturón del traje tenía una linterna.  La apunté hacia donde creía se encontraba la pared pero resultó que se hallaba muy lejos como para iluminarla. Tras nadar un poco alcancé a ver la roca. Parecía la pared de un edificio gigantesco y negro. Empecé a subir lentamente (subir rápido es tan malo como bajar rápido). Prácticamente iba escalando aquella pared porque me impulsaba aferrándome a las rocas salientes que alcanzaba a iluminar. La estrategia era mantenerme pegado a ella para así evitar la succión. Repentinamente, una nueva corriente y una conmoción en el agua me arrojó contra la pared y quedé con el pecho pegado a la roca. ¿Qué era aquello, de dónde venía dicha corriente? No era la misma que me había llevado hasta allí, era de algo que iba pasando. Giré el cuerpo, sin poder separarme de la pared, y al apuntar la linterna iluminé una parte del cuerpo de un tiburón gigantesco, colosal, un animal de pesadilla que creí que solo existía en los cuentos de ficción o en las películas; un tiburón gigante, colosal. Vi sus dientes, asomaban como los de un tiburón blanco pero aquel monstruo era mucho más grande. Un ojo negro, redondo, me miró al pasar. Pasó y pasó a mi lado hasta que por fin asomó una cola gigantesca de varios metros de largo y después desapareció en la oscuridad. Me había paralizado de terror. Pude apagar la linterna un momento después. Y allí quedé, medio apoyado en la roca, temblando de miedo y frío.  ¿Por qué no me atacó? Tal vez acababa de comerse una ballena, porque de quererlo podría, o tal vez me confundió con un insignificante pez luminoso, un bocado no digno de un tiburón de aquel tamaño, o pudo ser por mi ubicación, por estar contra la pared del abismo. Después seguí subiendo. En el borde del abismo temí que la corriente me arrastrara de nuevo hacia la profundidad, pero como salí en un lugar diferente no lo hizo. 

Estoy seguro de que aquel tiburón era una especie supuestamente extinta. Si esos tiburones colosales existen, quién asegura que no hay otros monstruos ocultos en las profundidades inexploradas.
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                                        La Carnada
Me encontraba en el cielo de los pescadores: en el río Amazonas. Era la primera vez que iba y estaba sumamente entusiasmado. Había ido junto a un par de amigos y nos acompañaban tres turistas más. Contando con el capitán y sus dos ayudantes en total éramos nueve. Nos aventuramos en aquel fantástico río en un bote de generosas proporciones, sin embargo solo era un punto en medio de aquel agua oscura y oscilante. Las dimensiones del Amazonas son increíbles. Cuando creía que habíamos dejado todo rastro de civilización atrás, en algún recodo aparecía otro pueblo. Eso me pasó varias veces. Finalmente llegamos a una zona realmente apartada y allí empezamos a pescar.

Al atardecer ya habíamos sacado peces de todo tipo y tamaño. Algunos bagres eran tan grandes que terminamos con los brazos acalambrados pero contentos como los niños el día de reyes. Como corresponde, habíamos liberado a los pescados, a todos menos a un par de enormes “pacú” que después uno de los del bote nos preparó como cena. La noche llegó con un cielo completamente despejado y vimos el cielo más estrellado que contemplamos jamás en nuestras vidas. 

Dormimos con el bote anclado en medio del río. No fue fácil dormirme por todas las emociones que había vivido durante el día. Me despertaron antes del amanecer. Desayunamos viendo como el sol se elevaba sobre el negro contorno de la selva, después volvimos a pescar. 

Nuestros compañeros turistas eran tres alemanes que por el sol estaban colorados como tomates. Se veía que no tenían mucha experiencia pero de todas formas sacaban peces; extrañamente esa mañana yo no sacaba ninguno. Mis dos amigos empezaron a bromear con eso y cada vez que sacaban uno inventaban una nueva broma para burlarse de mí. Me hacían reír mucho pero a la vez empecé a preocuparme. Nos íbamos ese día y nos hallábamos en el lugar más magnífico del mundo en cuanto a pesca se refiere, y yo que no sacaba ni uno. Creí que podía ser por la carnada. Puse una mas grande. De pronto, un tirón repentino. Cuando tiré fuerte para engancharlo, aquello tiró con tanta fuerza que literalmente salí volando del bote. Vi todo como en cámara lenta. Pasé varios metros sobre el agua en posición horizontal, y al soltar la caña después impacté con la superficie como un pez volador. El impulso era tan grande que avancé un buen trecho bajo el agua. Por suerte no me desmayé sino me hubiera ahogado.

Me impulsé hacia la superficie y emergí emitiendo un gemido. Como el capitán estaba muy atento el bote ya estaba girando hacia mí. En seguida vinieron a mi mente todos los peligros que se deslizan por las oscuras aguas del Amazonas; y sumado a eso ahora había otra preocupación: el animal que me había sacado del bote. Sabía que en esas corrientes andaban tiburones toro pero ni el más grande de esa especie podría sacarme del bote de aquella forma. 

Aquellos instantes fueron terribles para mí. Me sentía una carnada viva que flotaba y en cualquier momento iba a desaparecer bajo la superficie. Mis amigos ya estiraban sus brazos hacia mí cuando mis pies hicieron contacto con algo. Por un instante quedé apoyado sobre algo que sentí tan sólido como el suelo, pero a diferencia del suelo esa superficie raspaba y mucho, y se movía. “¡Es la piel de un tiburón!”, pensé horrorizado. El bote se sacudió de golpe cuando me estaban levantando y por poco no caigo de nuevo. Todos los que estaban en cubierta se habían sacudido por el tremendo golpe, y uno de los alemanes lanzó un grito al tiempo que apuntaba hacia el agua. Cuando los otros fueron a ver ya no había nada. Él vio solo una parte del lomo del animal pero calculaba que debía ser por lo menos tan ancho como el bote; yo lo confirmé porque cuando mis pies hicieron contacto con su más que áspera piel los tenía bastante separados y aquella superficie era tan ancha que me pareció que era algo plano. El capitán no quiso permanecer ni un instante más allí y yo respiré aliviado por eso, todos lo hicimos.

No sé qué clase de tiburón era. Varios años después, durante unas vacaciones en Australia, tuve la oportunidad de tocar a un tiburón blanco de cinco metros que habían capturado, el pez estaba muerto en el puerto. Su piel era como una lija pero ni se acercaba a lo que sentí en el Amazonas. Deduzco que lo que me tiró al agua debía ser algo tres o cuatro veces más grande.  

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encanto como terminaste la primera historia "Si esos tiburones colosales existen, quién asegura que no hay otros monstruos ocultos en las profundidades inexploradas."

Stephanie

Jorge Leal dijo...

Sin dudas debe haber animales inmensos en las profundidades, ya han descubierto algunos. Tiburones, no creo; el megalodón no vivía en las profundidades, pero podría haber otra especie grande, no lo descarto. Por eso no me gusta el mar ¡Jaja! Gracias, Stephanie. Un abrazo.

Ongie Saudino dijo...

El mar esta lleno de misterios, según leí, el 70 o 69% del mar todavía no ha sido explorado, por lo tanto existe la posibilidad de que hayan enormes criaturas prehistoricas ocultas. Yo veía los tiburones en libros y documentales y creía que su piel era lisa, pero veo que no es así. Habráb tiburones que superen al actual tiburon blanco?, mejor conocido como gran blanco?. Bueno, con el tiempo se sabrá, espero. Fascinante historia amigo!. Me haces desconfiar mas del mar, jajaja!. Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

Jorge Leal dijo...

Si tocas un tiburón (preferentemente muerto) vas a ver que es peor que una lija si lo haces en dirección hacia la cabeza. Si hay mas grandes que el blanco no voy a ser yo el que los descubra, a no ser que anden en el campo ¡Jaja! Detesto el mar.
¡Ongie, te deseo felices fiestas, que pases muy bien junto a los tuyos!

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