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sábado, 5 de diciembre de 2015

De Vecinos

                                              Mi Vecino
Figueroa (o como se llamara en realidad) sí que era un tipo extraño en todo sentido. Era rara su actitud y su aspecto. No había nada en él que resaltara demasiado, aunque su cabeza era bastante grande, pero era algo mas, había una cosa en él que no cuadraba pero no sabría explicar qué era...
Compró la propiedad que está al lado de la mía. Llegó el camión de la mudanza junto a un auto de vidrios ahumados, en él iba Figueroa. Mi nuevo vecino no se bajó del vehículo hasta que entraron todo. Yo observaba la mudanza desde mi patio. Cuando lo vi bajarse fui a saludar.    Tenía puesto un gorro de tela de esos medio ridículos, y el gorro no le quedaba ni un poco holgado, aunque son hechos con ese fin. Deduje que tenía una cabellera muy abundante bajo él, y ciertamente, un pelo negro y lacio que parecía una peluca caía sobre la gran frente de tipo. Sus ojos, nunca los vi, pues nunca salió sin sus lentes de sol, unos grandes, y ese día no fue una excepción. Tenía una quijada que se afinaba notablemente hacia la barbilla y su boca y su nariz eran pequeñas. La piel era, rara, sin imperfecciones visibles, por lo que supuse que se maquillaba.

Al notar eso se me fueron las ganas de saludarlo, pero como ya había caminado rumbo a él tuve que seguir. Por suerte me dejó la mano tendida (sus dedos eran bastante mas largos que los míos, aunque el tipo era mas pequeño), me saludó con un casi amago de reverencia. Enseguida noté que no le interesaba hacer amigos. Era mejor así.    Como yo me presenté, él tuvo que decir su nombre. Al escuchar su voz otra vez noté algo fuera de lo común, mas era muy difícil de definirlo. Solo diré que me pareció, artificial, aunque no sonaba igual a la de los programas esos que leen textos.

Era bastante delgado y el traje que tenía puesto le quedaba arrugado en varias partes. Mas a pesar de su delgadez parecía ser muy fuerte, lo calculé después. Por el tiempo que habían tardado los de la mudanza al dejar los muebles, se deducía que simplemente los habían amontonado en la sala. Figueroa tenía que acomodarlos solo.  Después de nuestro incómoda presentación cada uno entró a su hogar. Como las casas están muy cerca y el muro que las separa es bajo pude escuchar los ruidos que hacía adentro. Cada pocos segundos había un golpe, el de los muebles al ser depositados en el suelo sin mucho cuidado. Por esos sonidos imaginé que los levantaba como si nada y los llevaba por la casa. ¿Aquel flacucho? Eso fue otra cosa rara. 

Después pasé varias semanas sin verlo porque nunca salía al exterior. Durante la semana llegaban algunos repartidores a su hogar. Husmeando lo que llevaban averigüé que solo comía verduras.  En varios años salió muy poco, y las veces donde cruzamos alguna palabra eran mas raras. Pero unos días antes de que desapareciera para siempre, la llegada de un vehículo lo volvió mas comunicativo. Una furgoneta oscura amaneció casi frente a mi casa, y por lo tanto, muy cerca de la de él. Aparentemente enseguida ese vehículo despertó su curiosidad.   Al terminar el día la furgoneta seguía allí. A mí no me preocupó: “Debe ser un vehiculo que se averió y tal vez su dueño no tiene dinero ni para remolcarlo, o no le importaba mucho”, pensé (después comprobé que realmente se trataba de algo así, cuando finalmente lo remolcaron).  Figueroa quién sabe qué se imaginaba. Me sorprendió grandemente cuando fue a golpear mi puerta esa noche. Como quedé mudo de asombro él habló primero: 

—Hola, vecino. ¿Compró un vehículo nuevo? —me preguntó girando hacia la furgoneta. 
—Hola. No es mío. Apareció ahí ayer, no, hoy de mañana —le contesté dudando. 
—Que raro —opinó—. Buenas noches. 
—Buenas noches. 

Y se marchó mirando de soslayo a la furgoneta. “Que tipo mas desconfiado”, pensé. Al llegar un nuevo día la furgoneta seguía allí. Como tenía las ventanas ahumadas no se veía si había alguien adentro. Eso debió preocupar mas a mi vecino. Fue a golpear de nuevo mi puerta por la tarde. Estaba ladeado hacia la furgoneta, evidentemente no la perdía de vista bajo sus lentes oscuros:

—Vecino, ¿usted no va a hacer nada? —me preguntó. Era obvio que hablaba de aquel vehículo, pero igual le pregunté, para que mostrara sus cartas. 
—¿Hacer algo sobre qué? 
—Sobre ese vehículo de ahí. Si estuviera frente a mi propiedad le avisaría a la policía.
—Parte de ella está frente a su terreno, ¿por qué no denuncia usted? 
—¿Yo? Yo no. Adiós, vecino. 

Durante la madrugada escuché ruidos que venían de al lado. Al mirar por la ventana vi que Figueroa se marchaba. Al espiarlo me pareció que se le cayó algo antes de que subiera a su auto y se marchara, pero no vi bien por la esquina del muro. Salí a ver qué era, si realmente había volteado algo.   En efecto, era algo. Me incliné para mirar mejor. Era una máscara. Trastabillé hacia atrás y casi caí al querer enderezarme muy rápido. ¡Aquella era la cara de Figueroa! 

Tal parece que el vecino sí tenía motivos para ser desconfiado. Levanté la máscara agarrándola con mi pañuelo y la tiré en el tacho de basura mas cercano. ¿Quién era Figueroa? ¿Qué era?, mas bien, es un misterio para mí. Solo espero que nunca venga a reclamarme su máscara.
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                                        El Fantasma
Aún no había llevado a reparar el secarropas , y como hacía varios días que estaba lloviendo, las únicas prendas secas que encontré para ponerme eran de color blanco. Pasé el día con un pantalón y un pulóver blanco. Al oscurecer la lluvia se volvió una suave pero continua llovizna y el viento soplaba bastante fuerte. Que tristes se ven los campos con ese clima, el alma se siente pesada y la soledad parece pasearse en la vastedad. Gemían los árboles de la huerta, golpeaban algunas chapas del gallinero y algo goteaba constantemente no sé dónde.  Pero las noches así son buenas para dormir. Estaba “bajando” la cena, esperando un rato para no irme a dormir con el estómago lleno. De pronto, un ruido en el establo. Miré por la ventana pero no vi nada. ¡Que fastidio tener que salir una noche así! Mas tenía que ir a ver qué era. 

Acababa de comprarme un equipo para lluvia transparente, pensé que era buen momento para estrenarlo. El pantalón y la parte de arriba me quedaban un poco grandes, no importaba. Tomé mi cuchillo de campo y lo aseguré en mi cintura, me hice también de una linterna. Soplaba un viento fuerte que cambiaba de dirección con cada ráfaga, y como el impermeable me quedaba muy suelto se embolsaba, ondulaba y sacudía de un lado para el otro. La llovizna caía muy inclinada, punzante. Varias maldiciones después llegué al establo. Ya estaba presintiendo el problema. El cerdo problemático que había apartado en una división del establo no estaba. Una madera partida indicaba por dónde había huido el rebelde.  ¿Qué podía hacer ahora? Aunque lo hallara no iba a ser fácil traerlo. A un ternero se lo puede enlazar, pero a un cerdo… 

Se me ocurrió, conociendo lo glotón que era el animal, que tal vez lo podría atraer con comida. Volví a mi vivienda y metí en una bolsa negra un repollo grande y los restos de la cena, para que lo tentara mas. Y con mi bolsa en una mano salí de nuevo a la noche. No quise importunar a mi caballo, que debía estar cómodamente dormido en el galpón. Si el cerdo no estaba cerca, ¡al diablo! Que se fuera. El campo, empapado por la llovizna, se agitaba tanto como mi impermeable. Iluminaba las inmediaciones con la linterna, pero poco rato después ya no la necesité y la guardé en el bolsillo. El mismo viento que me molestaba ahuyentó a unas nubes, el cielo se abrió y asomó una luna llena amarilla. Eso iba a facilitar la búsqueda, pensé. 

Por un buen rato anduve caminando así, brillando como una señal luminosa, porque mi ropa blanca bajo un impermeable transparente, arrugado y movedizo, resplandecía con fuerza ante los rayos lunares que impregnaban ahora todo el campo.  Hasta la bolsa negra donde llevaba el repollo devolvía algo de luz. La búsqueda fue en vano. Regresé a mi casa de muy mal ánimo. El bribón apareció por la mañana; al parecer la vida salvaje no era para él.

Unos días después escuché algo que me hizo reír. El relato era de segunda mano, no le había sucedido al narrador, sino a un conocido, aunque el testigo del hecho no era un extraño para mí, pues se trataba de mi vecino de campo (nuestros campos son linderos pero las casas están lejos, por eso lo llamo así). Resultó que mi vecino, una noche de llovizna y mucho viento, escuchó que sus cerdos estaban inquietos (seguramente mi cerdo fue hasta allí para molestarlos, es lo mas probable). Cuando mi vecino fue a revisar no descubrió nada. Como había salido la luna echó un largo vistazo en derredor y, vio algo que lo espantó: Era el fantasma blanco y resplandeciente de un hombre, y para aumentar su terror, el fantasma llevaba en una mano una cabeza humana negruzca que sostenía de los cabellos.  

1 comentario:

Anónimo dijo...

Jumm que habrá pasado con Figueroa. Este ultimo me hizo reír jaja el fantasma blanco...
Stephanie

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