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sábado, 26 de diciembre de 2015

De Viajes

                                     El Buscador De Oro
Charlie se internó en las montañas boscosas y, aunque nunca perdió el rumbo, si dejó muy atrás su cordura...
 Llevaba todo lo que tenía sobre el lomo de dos mulas; él montaba su viejo caballo. Fue explorador toda su vida. Ayudó a trazar mapas, a colonizar praderas, fue rastreador en el ejército, donde combatió a los nativos, a aquellos que se oponían al avance de la civilización, según le dijeron, porque Charlie nunca fue un tipo de pensar mucho, lo que lo hacía un buen soldado. Ya viejo se dedicó a buscar oro. Acampaba en los márgenes de inexplorados arroyuelos bajos y ahí pasaba gran parte del tiempo con la espalda doblada, zarandeando y lavando tierra, buscando los destellos amarillos del oro. A veces encontraba una pepita, después de días de esfuerzo, y volvía a renovarse su sueño y le parecía que en cualquier momento, de entre la tierra negra afloraría una gran veta, esa que llenaría sus manos de pesado oro; pero siempre se encontraba en otro arroyo, tal vez en la próxima montaña. 

Apenas sacaba algo como para comprar sus provisiones. Bajaba hasta algún pueblo y enseguida partía porque siempre estaba el temor de que alguien encontrara su oro. Al encontrar un arroyo que prometía, al igual que otros,  y trabajó más que nunca. Apenas descansaba y junto con la tierra que diluía el agua también se fue diluyendo su cordura. Comenzó a debilitarse, cada movimiento requería de un gran esfuerzo, le costaba enderezarse, pero como creía que estaba cerca, seguía hasta desfallecer. Ya con sus últimas energías echó una mirada sobre el rápido cauce del arroyo y sobre su orilla y, ¡allí estaba! Sus ojos casi se encandilaron con su brillo, se inclinó y la tomó, ¡una pepita del tamaño de su puño! Giró de felicidad y lanzó una carcajada, y la montaña le contestó con igual carcajada. Al terminar de girar cayó hacia atrás, más no soltó su tesoro. 

Un tiempo después otro explorador encontró su cuerpo, que ya era casi un esqueleto. El explorador se quitó el sombrero y se persignó. Observando el cadáver el hombre concluyó que el viejo había muerto espantando a algún animal, no encontraba otra explicación para el hecho de que el viejo hubiera muerto sujetando una roca común en la mano. 
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                                       Cruzando El Desierto
Cuando Abdel notó algo raro ya estaba perdido. Viajaba por el desierto montado en su camello. Miró en derredor, comprobó la dirección del viento, del sol; nada de eso le sirvió, estaba en una zona que no conocía y no sabía qué tan extensa era. Se encontraba en un mar de dunas, en un terreno sin vida moldeado por el viento y recalentado por el sol. Las dunas subían, bajaban, se desprendía arena de sus cimas y se mezclaba con el aire recalentado. Vastedad hacia todos lados, duna tras duna, ese era todo el paisaje. Decidió avanzar hacia el este. Subió y bajó frágiles crestas de arena suelta. Al alcanzar las cimas sólo veía el mismo paisaje extendiéndose hacia todos lados. Ni una mata de pasto se veía allí, hacia donde volteara veía desolación, y solamente el rumor del viento perturbaba el silencio por momentos.

Su camello ya estaba viejo, sus patas ya no tenían la misma firmeza que antes y bramaba hacia el cielo como clamando. Abdel se bajó para aliviar a su compañero de tantos años, de tantos viajes, dificultades, aventuras, y de contadas alegrías. Hombre y bestia, siempre bajo el sol ardiente, avanzaron esforzándose en cada paso; detenerse era la muerte. Por un instante Abdel creyó que caminaba solo, y giró buscando a su compañero sólo para ver después, con una sonrisa en el rostro, que su camello caminaba a su lado. 

Cuando las dunas se fueron haciendo más pequeñas Abdel tuvo esperanzas. Al divisar a la distancia el verdor de un oasis se hincó y agradeció elevando sus palmas al cielo. Alcanzó una línea de palmeras de dátiles. Un poco más adelante había plantas, hierbas, y pronto vio el brillo del agua. Se inclinó en la orilla y sumergió su cara, bebió un poco y nuevamente agradeció. 
Se volvió hacia su camello y notó que este no estaba bebiendo, solamente estaba parado allí, mirándolo con sus grandes ojos. “¿Qué le pasa?”, se preguntó Abdel. Giró la cabeza hacia el agua y siguió su curso con la mirada; estaba limpia y transparente. “Es agua buena” dijo Abdel, y al girar hacia su camello éste ya no estaba: había muerto kilómetros atrás.    
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                                     Conduciendo De Noche
Alejandro iba conduciendo su camión. Las tinieblas de la noche escondían el paisaje que estaba más allá de la ruta que iluminaban las luces del pesado vehículo. Tras un largo bostezo intentó sintonizar alguna radio que estuviera transmitiendo algo interesante, pero después de mover el dial del aparato para un lado y para el otro desistió y lo apagó. Ya no le quedaba café y los bostezos se sucedían uno tras otro. Sacudió la cabeza para despabilarse e intentó concentrarse en el camino.  La ruta seguía casi en línea recta y las luces parecían iluminar la misma imagen monótona kilómetro tras kilómetro. Al bostezar cerraba los ojos; la ruta se lo permitía, y el sueño atacó con más fuerza.

Ya estaba considerando detenerse para dormir cuando de pronto un enorme ciervo se atravesó delante del vehículo. El animal escapó de las ruedas por poco, y dando saltos se perdió en la oscuridad. Alejandro exhaló aliviado “Estuvo cerca”, pensó. Desde ahí ya no sintió sueño. La ruta cambió; ahora aquel tramo era bien conocido. De a poco el paisaje fue apareciendo. Primero fueron siluetas recortándose en un horizonte que iba aclarando, después se vieron más detalles: árboles, rocas, diferentes pastizales, plantaciones. El horizonte brilló, se iluminaron las nubes cercanas y el día empezó a crecer desde ese punto.  Alejandro observaba ese milagro diario desde la cabina, sin descuidar la ruta.

Cuando ya estaba bien claro divisó su hogar. Abandonó la ruta y un corto tramo después detuvo su vehículo y se bajó para abrir la portera de su propiedad. Después de pasar el vehículo, cuando la estaba cerrando, vio que de la casa salían unas personas. Eran su esposa y sus dos hijos. Les levantó la mano y quiso saludarlos con un ¡Hola! Bien alto, pero un sonido como de cañonazo lo estremeció terriblemente. Se desvaneció la claridad y al instante estaba rodando dentro de la cabina del camión y éste se desbarrancaba hacia un precipicio oscuro como todo el paisaje que cubría la noche. 

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola, Jorge... Muy buenos como siempre. Vaya que tuvimos pérdidas después me preguntan porque siempre ando de negro pero si siempre estoy de luto jajaja. Por lo menos Abdel se salvo, ahora un minuto de silencio por Charlie, por el camello y por Alejandro. Jajaja...

Stephanie

Ongie Saudino dijo...

Vaya, lo que hace el oro, la fiebre del oro es algo terrible, puede llevar al ser humano a convertirse en una verdadera bestia. Llegando a realizar actos que atenten contra su vida y la de los demas. Parece que Abdel tendrá que continuar su camino por el desierto en solitario, ya que su fiel compañero no pudo resistir. Me dio mucha tristeza cuando el pobre camello murió, pero al menos Abdel lo vio por última vez antes de partir. Alejandro si que tuvo mala suerte, en un momento dado se quedó dormido. Algunas veces pasa, que estamos haciendo algo y por el cansancio no sabemos que nos quedamos dormidos hasta que despertamos. Ya no podrá ver a su familia. Grandes historias master!. Me hiciste sentir mal por los personajes!. Pero tiene que haber variedad, no siempre tienen que tener un final feliz, aunque me hagan sentir tristeza!. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

Jorge Leal dijo...

Tengo que mezclar algunos finales así para que haya variedad, como bien dices. Además necesito escribir algunos así para ampliar mis recursos literarios. Muchas gracias por estar pendiente, Ongie. ¡Saludos!

Jorge Leal dijo...

Estos cuentos son ficción, pero como muchos tratan sobre cosas que pueden pasar, a veces incluyo a la muerte, que es lo único seguro en esta vida, lamentablemente. Gracias por tu comentario, Stephanie. ¡Saludos!

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