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miércoles, 16 de diciembre de 2015

Historias De animales


                                     El Árbol Del Cerdo
El árbol de peras era gigantesco y las preciadas frutas colgaban de innumerables ramas. El árbol generoso en peras se encontraba lejos de la casa de los dueños del campo y a ellos no les importaba que los chicos de la zona se sirvieran de él; pero en aquella parte había un gruñón que no era generoso...
 Era un cerdo macho colosal y tenía merecida fama de arremeter contra la gente. Esa tarde, cuando fui al lugar con un amigo, el cerdo estaba bajo el árbol, comiendo las peras que habían caído al suelo. Un alambrado de púas nos separaba del enorme porcino. El animal bajaba el hocico hasta las frutas caídas y después nos miraba mientras masticaba peras ruidosamente, nos miraba de frente y gruñía por la nariz, amenazante. 

Otro alambrado oblicuo al de púas pasaba al lado del árbol y desde allí se podía alcanzar muchas peras; pero aquel alambrado estaba bastante viejo y flojo, mas aun así creímos que sería suficiente para contener al cerdo del otro lado, aunque no nos daba tanta confianza como el de púas.

—¿Cruzaremos para ahí? —le pregunté a Leonardo, mi amigo.
—Sí, Franco, el chancho no puede pasar —me contestó confiado. 

Saltamos el alambrado y nos fuimos acercando de a poco. El animal, que no dejaba de vigilarnos con la vista, siguió comiendo tranquilamente como si nuestra presencia no le molestara. A falta de un recipiente donde poner las peras, nos sacamos las camisetas, las extendimos sobre el pasto y empezamos a poner sobre ellas las frutas que fuimos arrancando. Nos arriesgamos bastante trepando ramas para arrancar las de mejor color. Lo hicimos por turno, mientras uno las arrancaba de allá arriba y las arrojaba con cuidado hacia abajo, el otro las juntaba y las iba colocando sobre las camisetas.  

Cuando ya teníamos una buena cantidad y los dos estábamos en el suelo, el cerdo hizo su movimiento: De pronto metió el hocico bajo el último hilo inferior del alambrado y, demostrando una fuerza increíble y una gran inteligencia, levantó el alambrado y se fue arrastrando por debajo de él. 
Al ver aquella acción salimos disparados de allí porque hizo aquello muy rápido. Cuando caímos del otro lado del alambre de púas miramos hacia atrás. El cerdo comía ahora las peras que juntamos, y los ruidos que emitía nos parecían burlones. Después de terminar las que junté se echó de panza sobre mi camiseta y empezó a comer las otras. Y tuvimos que marcharnos así, sin peras y sin camisetas.  
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                                         El Pájaro Gigante 
Fabio y Enrique estaban sentados en el patio de una casa, tomando refresco en unos vasos grandes cargados de hielo. El calor era intenso y por la calle no circulaba casi nadie. Los dos estaban aburridos y no sabían de qué hablar. Seguían así cuando una camioneta que cruzó por la calle pareció llamar la atención de Enrique. Siguió al vehículo con la vista y después comentó : 

—Ahí va el “personaje” de la zona, don García.
—¿El personaje? ¿Por qué le dices así? —preguntó Fabio. 
—Porque lo es. ¿Quieres que te cuente por qué?
—Claro que sí.
—Bueno. Según cuenta García, una tarde cruzó encima de él algo extraordinario. Estaba sentado frente a su casa, así como nosotros, pero él estaba recorriendo el cielo con la mirada porque habían pasado varias bandadas de pájaros que habían llamado su atención. De pronto vio un pájaro que volaba lejos de allí, muy alto en el cielo, calculó él. Cuando volvió a mirar ese punto del cielo, el pájaro se veía mucho más grande; el ave volaba hacia él.  En un primer momento creyó que veía a un águila, pero el contorno del pájaro siguió creciendo y creciendo.  Unos segundos más y García quedó paralizado por el asombro. El ave era gigantesca, mucho más que la especie más grande conocida. El batir de sus alas negras y enormes producía un viento tan fuerte que García cayó de su silla y por poco no salió rodando. Y el gigantesco animal cruzó sobre él y siguió hacia el otro lado del cielo. 

“Cuando el asombro lo dejó reaccionar y fue a buscar su cámara de fotos, el pájaro gigante ya se había alejado demasiado; le sacó fotos pero no servían para demostrar su tamaño. Después el veterano contó su historia a cuanto conocido pudo y a cualquier extraño que lo escuchara. Más adelante, como nadie le creía, empezó a andar siempre con una cámara, y luego comenzaron sus excursiones por los cerros intentando hallar al pájaro gigante. 
—¡Vaya historia! Y, ¿tú crees que realmente vio un pájaro tan grande? 
—Lo que yo creo mi amigo, es que eres muy fácil de engañar con un cuento… 
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                                             El Caballo
Juan araba en el límite de su propiedad cuando un vecino le gritó:

—¡Juan! ¡Vas a matar a ese caballo si no le das descanso! ¡Si quieres te presto uno de mis bueyes!
—¡Gracias por el ofrecimiento, pero no! —gritó a su vez Juan—. ¡Ya no me queda mucho, y este caballo es aguantador! 

Juan sintió que su vecino lo seguía con la mirada, luego se marchó.  Aquel ofrecimiento no era tal; el vecino de Juan alquilaba los bueyes, y ese año no daba para estar pagando algo extra. Hombre y animal siguieron arando bajo un sol inclemente. El arado rudimentario abría la tierra y el calor la iba secando enseguida haciendo que los terrones despidieran un vapor asfixiante junto con el olor a tierra.  Caballo y hombre respiraban agitados. Ese día la tierra se había vuelto un horno. Volaban sobre aquel campo unas libélulas enormes que cada tanto posaban en las puntas de los pastos para quedar inmóviles en el calor del día.  Unos cuervos planeaban en círculos allá arriba. En el cielo se iban congregando unas nubes pero todas esquivaban al sol, que no dejaba de ver al hombre y al caballo que araban la tierra con sus últimas fuerzas. En intervalos irregulares Juan hacía una pausa e iba a palmearle la espalda al animal. 

 —Un poco más… ya falta poco, compañero —lo alentaba, y el caballo resoplaba.

Juan sostenía el arado con su voluntad. Un paso tras otro, terminaba un surco, empezaba otro, y la naturaleza que se había vuelto un horno. Finalmente terminaron la tarea y regresaron a su hogar caminando rumbo a un horizonte rojo. Por la noche, las nubes que se amontonaran en el día se organizaron para formar una tormenta. Y llovió sobre el campo arado, y Juan se alegró. 
En medio del aguacero nocturno resplandecieron de golpe unos relámpagos iluminando momentáneamente el cuerpo del caballo, este se encontraba tendido de lado en el corral, descansando al fin para siempre.   

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Que cerdo tan listo jajaja los dejo hacer todo el trabajo... Jajaja a mi también me engaño... Ahora con seriedad vamos a denunciar a Juan por maltrato animal... jajaja

Stephanie

Jorge Leal dijo...

El del cerdo no es cuento, es algo que me pasó. El desgraciado levantó el alambre con el hocico para arrastrarse por debajo. Y cuando crucé el otro alambre a toda prisa me hice un tajo en el brazo y no me di cuenta hasta un rato después, y era un tajo grande. No lo sentí por el apuro ¡Jaja!
Hay trabajos que también matan a humanos; la necesidad siempre es una porquería. Gracias, Stephanie. Un abrazo.

Ongie Saudino dijo...

Los animales pueden llegar a ser muy inteligentes, incluso los cerdos tienen astucia. Jaja!, así que por culpa de un cerdo listo te quitaste un buen tajo del brazo, es comprensible que no lo hayas sentido, la adrenalina estaba en ti. Quien sabe si las peras que el animal se estaba comiendo al principio del cuento fueron de otros desfortunados, que tambien hicieron el trabajo solo para alimentarlo. Lo del pájaro, fue un invento,¿verdad?. Pero lo cierto es que Juan se pasó con el pobre caballo, el desdichado animal puso todo su esfuerzo y vida en lo que sería su último trabajo. Excelentes y entretenidas historias master!. Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

Jorge Leal dijo...

Pues sí, creo que ese cerdo era mas listo que agresivo. Y después de todo me dejó algo mas valioso que es una buena anécdota.
Lo del pájaro lo inventó en el momento ¡Jaja! El cuento del caballo, la verdad, cuando lo escribí no creí que culparían a Juan. Debe ser porque lo vi solo desde el punto de vista de la gente humilde del campo. Pero igual, es solo un microcuento ¡Jaja! Muchas gracias, Ongie. ¡Saludos!

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