¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

sábado, 5 de diciembre de 2015

Historias Sobre El Agua

                                        Agua Para Todos
El pueblo estaba reseco y todo clamaba por agua. Cualquier viento más fuerte que una brisa levantaba una nube de polvo y ésta cubría al pueblo y se mantenía vagando por las calles o girando en algún pequeño remolino de esos que se forman cuando la tierra está muy caliente. El sol quemaba desde el amanecer y los días eran largos, calurosos, polvorientos y sobre todo secos, sin el menor rastro de humedad. Las gallinas del lugar caminaban pesadamente con las alas y los picos abiertos y buscaban la sombra de algún árbol que las salvara del calor. Los perros pasaban el día jadeando y a la gente no le iba mucho mejor.

Las huertas se iban secando, iban muriendo las plantas, y con ella la esperanza de la gente de que viniera la lluvia. Pero no todo estaba perdido pues agua había, pero había que sacarla de las entrañas de la tierra. Y para eso llegó Esteban y su equipo. Esteban trabajaba para una organización sin fines de lucro que financiaba la construcción de pozos de agua profundos. 
Bajo la ansiosa mirada de la gente del pueblo una máquina taladró la tierra reseca. Nadie se perdía de aquel espectáculo, ni los perros, y a ese gentío se sumó un personaje curioso.   Alguien que parecía ser un vecino del lugar, un viejo arrugado que vestía de blanco, se acercó a Esteban y le preguntó:

—¿Cuánto tarda esto, más o menos? Si es que funciona, claro, porque la seca es fuerte ¡Jeje!
—Para mañana ya van a tener agua, después que instalemos la canilla. En el subsuelo es abundante —le contestó Esteban mientras secaba el sudor de su frente porque el calor había aumentado de pronto. 

El vecino lo miró desconfiado y siguió preguntando:

—¿Y cuánto le va a costarle a cada uno esto? Porque nada es gratis, ¿no?
—No les va a costar nada, sí es gratis, la canilla va a ser de todos. 
—Es lo que escuché, pero quería estar seguro, vio, porque nunca nos dan nada…

Después el hombre se apartó un poco y miró hacia el cielo entrecerrando los ojos, luego se marchó a paso firme. Parecía ser el único que no estaba contento con aquella obra. Esteban observó a la gente y a sus miradas ansiosas. Cuánto necesitaban aquel vital elemento, agua, algo tan básico que muchas veces, cuando se la obtiene con facilidad, cuando no falta, no se la aprecia como se debería, no se la cuida; pero cuando falta se clama por ella y muchas cosas que antes parecían importantes dejan de serlo ante esa necesidad básica.

La perforación fue todo un éxito y dieron enseguida con el vital elemento. Al otro día Esteban terminaba de hacer los últimos ajustes a la canilla. La gente ya hacía una larga cola cargando bidones y baldes vacíos. Cuando el preciado líquido fluyó chorreando hasta la tierra reseca que la absorbió enseguida, se escuchó una exclamación general y unos ¡viva! de alegría: ahora tenían agua potable.  Esteban también sonreía, y al voltear hacia una calle que iba ascendiendo, vio que el viejo con el que hablara el día anterior se alejaba por ella. Al llegar a la cima, el aire vibrante y recalentado por el sol borroneó la figura del viejo y éste desapareció de pronto. La sequía se había marchado.
                                          - - - - - - - - - - - -
                                          Agua Mala
Aquello tenía que ser la causa de la enfermedad de varias de las vacas. El agua del arroyo estaba estancada en el lugar donde bebía el ganado. Estaba lloviendo muy poco y en esos días el calor era intenso. Normalmente el ganado toma cualquier agua sin que le traiga problemas, pero aquella lucía muy mal; algo que parecía aceite flotaba en la superficie, y ante los rayos del sol esa substancia se diluía en varios colores.
  
—¿Qué podemos hacer? —me preguntó Gabino, mi socio. 
—Tal vez si sacamos aquellas piedras y escarbamos un poco para que el agua corra se solucione el asunto.
—Pero el caudal va a bajar más —repuso Gabino. 
—¿Qué otra cosa propones? 

Gabino se sacó el sombrero, miró el cauce sucio, luego el cielo, y al fin me apoyó. La tarea no era menor porque el calor pegaba fuerte pero tenía que hacerse.  El cielo estaba bastante nublado pero desde hacía varios días se presentaba así y no confiábamos que lloviera pronto. Primero fuimos a un monte cercano y cortamos palos largos y fuertes para usarlos de palanca. En el arroyo, unas rocas grandes que normalmente se encontraban bajo agua ahora enlentecían  la corriente hasta estancarla. Empezamos a mover las rocas. Gabino apalancaba y yo tiraba. A las más pequeñas las levanté en peso. Apalancar, tirar, levantar piedras, y el sol quemándonos los hombros. Grande fue nuestra decepción cuando vimos que aquello apenas daba resultado. El agua empezó a moverse pero lentamente, y aquella especie de aceite multicolor se estiraba apenas hacia la parte que despejamos.  Ahora teníamos que escarbar. 

A pico, azadón y pala ensanchamos y profundizamos la parte angosta del arroyuelo. La corriente empezó a fluir mejor. ¡Lo habíamos logrado! Era un pequeño triunfo contra la seca. Pero la madre naturaleza decidió hacernos una broma, y cuando mirábamos orgullosos nuestro trabajo, tronó desde varios puntos, y cuando miramos ya se acercaba una tormenta. ¡Todo aquel trabajo y estaba por llover! 
Pero igual agradecimos la lluvia. Y un año después, cuando hubo seca nuevamente, el arroyo no se estancó tanto.   
                                            - - - - - - - - - - - -
                                El Dinero o El Agua
Ya casi sin energías, Adam se tambaleaba a cada paso. El sol quemaba desde el cenit del cielo, y el desierto soportaba su luz enceguecedora que lo teñía todo de amarillo. El aire recalentado desdibujaba todo el paisaje, y Adam seguía caminando por aquel horno, enterrando sus botas de vaquero en la arena caliente.  Después que él robó un banco, el sheriff y sus hombres lo habían perseguido largamente. Finalmente pudo escapar a estos al adentrarse en lo profundo del desierto, pero ahora luchaba contra la naturaleza. Su caballo había muerto kilómetros atrás y ya no tenía agua. Con cada respiración el desierto le iba quitando la vida, y sus labios se resquebrajaban y le ardía la garganta, y la sed lo desesperaba.  Sobre la espalda cargaba su mal habida bolsa de dinero, la cual entregaría en ese momento por un vaso de agua, ¡por medio vaso incluso!; mas seguía cargándola sobre su hombro porque aún se negaba a abandonarla. 
  
Cada tanto desparramaba una mirada por aquel paisaje reseco y polvoriento donde sólo había arena, algún que otro arbusto achaparrado y espinoso, cactus, rocas y sol, todo calcinándose bajo el calor. Creyó ver una sombra alada cruzar cerca de él, levantó la vista y vio a unos buitres volando en círculo, esperando que se rindiera, pero Adam no quería morir, y el espíritu de algunos hombres es testarudo.  Entre el aire vibrante del desierto, alcanzó a ver una vegetación verde, entonces sus ganas de vivir lo impulsaron. Al sonreír le sangraron los labios de tan resecos que estaban ¡Pero qué importaba! Más adelante estaba la salvación.  
Una línea verde de árboles partía desde unas montañas lejanas, allá en el horizonte, y serpenteaba por el desierto hasta perderse de vista.  Adam llegó hasta el margen de los árboles y avanzó apartando ramas mientras escuchaba el canto de una corriente.  Finalmente vio brillar el vital elemento. Un arroyuelo cristalino y fresco corría rumoroso entre las rocas y en sus orillas rozaba las ramas de algún que otro sauce. Entró al agua y comenzó a beber como loco, entre gritos de euforia. Sin que lo notara, dejó caer la bolsa de dinero y rápidamente la corriente la fue arrastrando. Ya saciada su sed, al enderezarse, se acordó de dinero y buscó en vano en derredor, ya no estaba.

Elevó la mirada al cielo y con un juramento maldijo su suerte, al bajar la vista, el arroyo, los árboles, todo había desaparecido y tenía los pies enterrados en la arena ardiente. Y ahora sentía la misma sed que lo había acosado casi todo el camino. La bolsa con el dinero estaba a su lado. Ahora tenía lo que más quería, pero iba a morir.    
                                  - - - - - - - - - - - - - 
                                        La Plantación
Dionicio atravesó la huerta corriendo y fue hasta la laguna. Allí estaba Pedro, su patrón, y el problema era evidente.  Peces de todos los tamaños flotaban panza arriba en las orillas, o el agua los había arrimado hasta la tierra y estaban de lado, duros y con los ojos grises, algunos ya olían mal. 

—¿Qué ha pasado aquí, don Pedro? —preguntó Dionicio. 
—No sé, cuando vine de mañana vi esto, ¡da lástima! Y lo peor es que hasta no saber qué los mató no podemos usar el agua de aquí en la huerta, y ya viste que anda lloviendo menos —le respondió Pedro con grandes ademanes de preocupación. Después se quedó mirando un punto de la laguna sin saber qué más decir; estaba molesto. 
—Que problema, tantos peces… ¿Qué quiere que vaya haciendo, don? 
—Pienso que lo que tenemos que hacer primero es ver qué contaminó la laguna. Tal vez si das una vuelta por la orilla puedas ver algo, no sé, puede ser que hayan tirado algo… Yo voy a llamar a un veterinario que conozco, o puede ser que sea mejor preguntarle al ingeniero, voy a ver. 

Pedro recorrió una gran extensión de la laguna con la vista, en todas partes había algún pez muerto blanqueando la panza. Dionicio empezó a recorrer la orilla. Vio a peces que creía que no había allí. De haberlo sabido le hubiera pedido a Pedro que lo dejara pescar algún día, ahora ya era tarde. Una laguna relativamente pequeña y había albergado tanta vida.  En una parte, donde la orilla se elevaba hasta un alambrado que delimitaba la propiedad de Pedro, Dionicio encontró varias marcas de corrientes de agua que bajaban hasta la laguna, y los lechos de esos diminutos cauces estaban húmedos. ¿Cómo podía ser si no había llovido? Después recordó. No mucho más allá de la subida comenzaba una plantación grande. Tenía que tratarse de los pesticidas que arrojaban sobre aquella plantación, que seguramente había sido regada abundantemente luego. Dionicio subió la cuesta. Apoyado en el alambre contempló la vastedad de la verde plantación. 

Cuando le planteó su teoría a Pedro aquel estuvo de acuerdo, era la explicación más probable. Pero, ¿qué hacer para remediar aquello? No había una solución a la vista. Un tiempo después la huerta también desapareció porque Pedro tuvo que vender el lugar. Al quedar sin trabajo Dionicio buscó otro y terminó en la plantación vecina. Mucho tiempo después Dionicio recorrió una zona de aquel verdor uniforme con la vista y añoró la época cuando aquello era una huerta hermosa y variada, y cuando la laguna, ahora una extensión oscura y quieta de agua fangosa estaba llena de vida.   

3 comentarios:

Ongie Saudino dijo...

Agua, líquido vital. Como se expresó en uno el primer cuebto, no se le da mucha importancia si se le tiene en abundancia, pero cuando no está... El mundo necesita de agua, nosotros también. Muy bien hecho master, aparte de entretener y disfrutar también has dado lecciones, me has puesto a pensar sobre el asunto, jaja!. Espero que todo el que lea estas historias reflexione y piense igual. Espero la próxima historia!. Saludos desde Venezuela!

Jorge Leal dijo...

Muchas gracias, Ongie. Pues sí, en estos y algunos otros cuentos intento, no digo enseñar, mas bien sería transmitir algo, y si a uno solo le sirve, me doy por satisfecho. Sobre el agua siempre fuí bastante consciente. Cuando era niño en mi barrio no había agua potable, aunque prácticamente todos tenían pozos y era agua limpia; mas en algunas secas se complicaba la cosa. Por suerte el de mi casa nunca se secó del todo, y hasta le dábamos a los vecinos en esas épocas. Y si uno piensa que hay gente que hace kilómetros por unos litros... Si será importante. ¡Saludos!

Anónimo dijo...

Muy buenos crean conciencia sobre la importancia del preciado líquido.
Stephanie

Publicar un comentario

¿Te gustó el cuento?