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miércoles, 9 de diciembre de 2015

La Aventura De Enrique

Enrique participaba de una montería. Atravesaban desde las primeras horas de la mañana una zona boscosa que lindaba con una aún más espesa. Los primos y los tíos de Enrique iban adelante porque marchaban a paso firme, pero él no estaba acostumbrado, y todas las matas de pasto, ramas y raíces expuestas se empeñaban en entorpecerle el paso. Más delante de los hombres iban los aullidos y ladridos de los perros de caza...
 Cada tanto sonaba un disparo y un ciervo o un jabalí que corría raudamente rodaba por el suelo y quedaba quieto de golpe, o al ser herido la jauría lo apresaba.

Una rama terminaba de azotarle la cara a Enrique (una rama que él había apartado con el rifle) y al voltear forzosamente notó de repente a un ciervo enorme que lo miraba desde la espesura. Se movió lentamente para no espantar al animal, mas cuando levantó el rifle el ciervo escapó, pero el ruido de su huida indicó que se detuvo un poco más adelante. Enrique creyó que aquella era su oportunidad. ¡Que sorpresa le iba a dar a sus parientes si cazaba algo!, un citadino como él…

Con eso en mente se adentró en la zona más espesa aunque esto implicó dejar de ver a los que caminaban adelante. Avanzó con gran sigilo, mirando en derredor, pero tras un rato no halló nada. Cuando quiso alcanzar nuevamente al grupo, divisó de nuevo al ciervo, y nuevamente este huyó antes de que apuntara su rifle. Y empeñado en seguir al animal se alejó más y más. El ciervo aparecía aquí y allá, siempre delante de él. Hacía ruido al huir y un instante después, nada, silencio, como si el animal estuviera esperando allí adelante.

Cuando sus piernas le hicieron tomar conciencia de lo mucho que había caminado volteó y se puso a escuchar. Con solamente oír algún disparo o el aullido de un perro se hubiera orientado; mas en lugar de eso escuchó una risita burlona que parecía desplazarse entre los árboles, y desde un lugar que no pudo determinar salió una voz áspera y susurrante que dijo:

—Ahora tú eres la presa. 

Tras oír aquello Enrique se empezó a desesperar. Y al sonar de nuevo la risita burlona se precipitó en desbocada carrera. De no estar tan asustado nunca hubiera podido realizar los saltos que hizo sobre troncos caídos, ni sería capaz de esquivar tantas ramas ni de correr tan rápido. Al alcanzar una zona más despejada se topó de golpe con sus parientes, que desde hacía rato habían notado su ausencia y lo buscaban. 
Al narrar su pequeña aventura, a los otros les pareció que debía ser cosa de algún duende o un grupo de ellos, o tal vez fue la broma pesada de un trasgo o de algún otro ser del bosque. 

4 comentarios:

  1. A mi me encuentran por la peste jajaja porque me moriría del susto...
    Stephanie

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    1. ¡Jajaja! Eso crees tú, puede que algún día te sorprendas a ti misma. Gracias. Saludos!!

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  2. Al verse en peligro, el ser humano puede llegar a hacer cosas que no haría en circunstancias normales. Como es el caso de Enrique, al saber que era amenazado por un duende, despertó su instinto de supervivencia. No se que haría yo en una situación como la de Enrique, seguramente me paralizaría y sería mi fin. Es increíble, si Enrique hizo todo ese asombroso escape siendo un citadino, ¿que habría hecho un habitante del campo, acostumbrado a la naturaleza, con reflejos y fuerzas mayores a la del citado en este cuento?. Seguramente se habría convertido en superman, jaja!. Esto demuestra que, por más que las personas seande laciudad, tienen aunque sea una conexión mínima con la naturaleza y un instinto primitivo. Una excelente historia, ya creía que Enrique no la contaba, pero al ver que quería vivir me alegré de que no fuera víctimq del misterioso ser. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

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    1. Deduzco que eres bastante joven entonces, porque sino ya habrías pasado por algo complicado, eso o tienes mucha suerte ¡Jaja! Es mejor así. Muchas gracias por tus entretenidos comentarios. ¡Saludos!

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