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jueves, 10 de diciembre de 2015

La Mentira

Las caras sonrientes de sus medio hermanos solo aumentaron la desconfianza de Fabio. 
Sofía, Carlos y Dante lo recibieron con los brazos abiertos cuando llegó a la mansión. Él no esperaba que sus medio hermanos lo recibieran de esa forma, en realidad esperaba todo lo contrario...
Él era el fruto de un amor oculto del padre de ellos y había viajado hasta allí para reclamar la parte de la herencia que le tocaba. Ya cerca de la muerte al viejo se le dio por corregir algunas cosas: lo reconoció como hijo y lo incluyó en el testamento. La fortuna a repartir era inmensa, pero los ricos cuanto mas tienen mas quieren, y ahora en vez de dividir todo entre tres debían hacerlo entre cuatro. Por eso él suponía que se iban a mostrar hostiles, pero para su sorpresa se mostraron hospitalarios. Insistieron para que se quedara en la mansión de la familia y lo trataron como a un hermano.

Lo invitaron a sentarse en un salón muy vasto y los empleados que habían tomado sus maletas partieron por uno de los pasillos que desembocaba allí. Los cuatro estaban en unos sillones muy lujosos, todo en aquel inmenso salón era así, y hacia donde se mirara se veía algo costoso y antiguo. Carlos, el mayor, tenía treinta años, Dante veintisiete y Sofía veinticuatro. El menor allí era Fabio, que solo tenía veinte. Él trató de evaluarlos disimuladamente. Sin dudas eran unos ricos mimados que a diferencia de él no sabían lo que era ganarse la vida con esfuerzo. Le preguntaban cosas, se mostraban interesados, se lamentaban por no haberlo conocido antes; pero todo aquello le sonaba a falso. Un pensamiento lo alarmó bastante: “¿No será que estos están planeando matarme aquí?”. Pensó en esa posibilidad. Varias personas sabían que él iba a estar allí y sus medio hermanos estaban enterados; la repartición de bienes se iba a efectuar al otro día, estaba involucrada en el asunto una firma de abogados y varios contadores, gente de las empresas de su padre, mucha gente; matarlo ese día allí sería una estupidez. Cualquier cosa que le hicieran iba a despertar justificadas y lógicas sospechas sobre ellos. Solo podrían salvarse si no hallaban pruebas o si lo que encontraban no servía para juzgarlos.

También consideró que tal vez solo estaban siendo hipócritas porque de todas formas él igual iba a recibir su parte, o podían estar fingiendo amistad para después hacerlo caer en algún negocio malo y así sacarle el dinero que consideraban suyo. Fabio creyó mas probable que se tratara de alguna de sus últimas teorías. Como fuera, no les iba a creer, y aquel trato, aunque falso era mejor que un enfrentamiento. Tomaron el té allí, después salieron a recorrer el jardín, y cuando el día estaba languideciendo le mostraron el interior de la casa. Cuando terminó el recorrido, que fue bien largo, Favio halló algo raro; durante el recorrido ninguno le dijo cuál era su cuarto, y habían pasado por una multitud de habitaciones. Pensó que lo habían olvidado. Fueron a cenar en otro salón igual de vasto y lujoso que el primero. Ya se estaba habituando a aquella farsa, pero unas miradas rápidas entre ellos y unos gestos disimulados le indicaron que se estaban burlando de su forma de comer. Él fingió no notarlo y siguió disfrutando aquel verdadero festín. 

Después tuvieron una sobremesa bastante larga donde los tres siguieron fingiendo interés en él. En un momento dado se le ocurrió que estaba jugando con fuego y que no debió aceptar quedarse en aquel lugar. Mas volvió a pensar que serían muy tontos si lo mataban, y aquellos eran cualquier cosa menos tontos.  Ya muy cerca de la medianoche los hermanos empezaron a bostezar, entonces Carlos dijo:

—Bueno, me parece que es hora de acostarse. Mañana nos espera una jornada tediosa.
—Sí, yo ya estoy cansada —afirmó Sofía después de bostezar delicadamente.
—Pero primero acompañemos a Fabio a su cuarto —propuso Dante.

Y los cuatro se alejaron por una serie de corredores. Los empleados ya se habían acostado. La mansión estaba muda y la atmósfera ahora parecía cargada de misterio. En las paredes de los pasillos había retratos que parecían seguirlos con la mirada. Durante el recorrido que le dieron mas temprano habían pasado frente a una abertura que era el comienzo de una escalera que ascendía formando una curva y enseguida se perdía de vista tras un muro. Se detuvieron frente a aquella escalera y Carlos le indicó que tenía que subir. Fabio se adelantó varios escalones, calculando que así no podrían empujarlo escaleras abajo. De nuevo se preocupó por haber aceptado aquella invitación. ¿Qué tramaban aquellos?
La escalera doblaba ascendiendo hasta llegar a un descansillo y en él había una puerta. 

—Esa es tu habitación. Estás en tu casa. Que duermas bien —le dijo Carlos.
—Descansa bien, hermano —le deseó Dante. 
—Hasta mañana —dijo por último Sofía.
—Gracias, hasta mañana —se despidió Fabio, y entró a la habitación. 

La puerta rechinó y la sintió pesada, como si no la usaran nunca. Encendió la luz y antes de cerrar la puerta se despidió de sus hermanos con la mano. Quedó al lado de la abertura, escuchando. Los tres seguían en el descansillo. Murmuraron algo entre ellos y después los escuchó bajar rápidamente las escaleras. Enseguida pensó que eso no podía significar nada bueno. Pegó la espalda a la puerta y observó lo que había en el cuarto. Lo habían acondicionado bastante bien pero se notaba que no lo habían usado ni limpiado por muchos años. Enseguida se le cruzó por la mente que aquel era un cuarto embrujado.

Carlos, Sofía y Dante volvieron al salón donde cenaron y se sirvieron una copa. Confiaban en que Fabio no iba a salir vivo de allí. La habitación le había pertenecido a una tía abuela que estaba completamente loca y por eso la habían recluido muchos años allí. Esa mujer murió en aquel cuarto y después este quedó embrujado con su fantasma. Su ahora difunto padre les había advertido severamente que nunca entraran allí por la noche, y les aseguraba que un empleado de la casa lo había hecho y murió de espanto; seguramente el corazón no le había aguantado tanto terror. Por eso confiaban que Fabio también iba a morir así. Sabían que inmediatamente sospecharían de ellos pero no tendrían pruebas sólidas. Tenían entendido que de día no pasaba nada en el cuarto, e incluso si algún investigador de mente abierta descubría lo del fantasma, ¿cómo iba a usar eso en contra de ellos? ¿Qué pruebas podría presentar ante un jurado? Confiaba que iban a salir impunes. Juntaron sus copas y brindaron.
Por la mañana, cuando repasaban entre ellos lo que iban a decirle a la policía, para su desconcierto Fabio apareció desperezándose con cara de satisfecho. 

—Que bien dormí —les dijo—. ¿Ya sirvieron el desayuno?
—No, lo están haciendo ahora, es en el otro salón —le dijo unos segundos después Sofía.

Sus hermanos se habían quedado mudos de asombro. Los cuatro fueron hasta la mesa servida y Fabio empezó a comer encantado por el variado desayuno. Los hermanos se miraban sin decir una palabra. No entendían qué había pasado. Después del desayuno Fabio salió a pasar por el jardín. Los hermanos aprovecharon su ausencia para hablar. Fueron hasta una enorme ventana que daba al jardín:

—¡Que cuarto embrujado ni nada! —protestó Dante—. Ese durmió mejor que nosotros.
—Pero entonces papá nos mintió —opinó Sofía, mirando desconcertada a uno y otro. 
—¿Eso te sorprende? Teníamos otro hermano y por años no nos dijo nada. El viejo era un mentiroso, aunque no me explico por qué inventó lo del cuarto —dudó Carlos.
—Será porque no queria que entraramos —dedujo Dante.
—Obvio, pero el asunto es por qué. Como sea, ya no vamos a poder deshacernos de este palurdo —se lamentó ahora Carlos.
—Me desagrada tanto tener que compartir nuestro dinero con él —dijo Sofía llena de rencor, y señaló con la mirada hacia el jardín—. Mírenlo cómo se pasea tranquilamente, como si mereciera estar aquí.

Durante el almuerzo Fabio les dijo que se iba a ir ese día después de recibir su parte, y les pidió si podían decirle a alguien que retirara sus maletas del cuarto. No pusieron objeciones porque ya no lo querían ver allí y pensaron que de nada servía retenerlo en aquella habitación. De tarde fueron todos juntos hasta la oficina de los abogados y allí permanecieron varias horas. Eran tantas las propiedades y negocios de su difunto padre que repartirlos requería un montón de papeles. Todo estuvo listo cuando ya se había hecho noche. Cuando salieron de la oficina Fabio le dio un abrazo a cada uno al despedirse. Se estaba por subir a un coche cuando pareció recordar algo y volvió junto al trío para decirles:

—Quiero hacerles una pregunta, me mata la curiosidad. ¿Por qué dejaron todas aquellas joyas en la habitación donde me quedé? ¿Son reales? Porque son muchas, y aquellas piedras son tan grandes... Y díganme una cosa, ¿las dejaron allí para probarme? ¿Creían que yo iba a sacar algunas? ¿Fue como una prueba?
—No, no, de ninguna manera. Solo son joyas falsas que el viejo tenía ahí no sé por qué, supongo que tendrían un valor sentimental —le contestó Carlos enseguida.
—Ah. Gracias por aclarármelo. Nos vemos pronto. Adiós —se despidió finalmente Fabio.

Los tres vieron al vehículo alejarse, lo despidieron con la mano. Inmediatamente especularon entre ellos:

—Ahí está la explicación de por qué el viejo no queria que entraramos a aquel cuarto —dijo Carlos con la mirada empequeñecida por la codicia y el rencor.
—Debe ser algo que papá acumuló sin declarar —supuso Sofía.
—Pero claro, el viejo siempre tenía un plan B —aseguró Dante—. Habrá escondido eso durante tantos años que hasta lo olvidó. Vamos a revisarlo.

Y partieron presurosos rumbo a la mansión. Ya en esta apuraron sus pasos por la escalera que subía hasta el cuarto. Entraron casi pechándose y dejaron la puerta abierta, e inmediatamente se pusieron a revisar todo. Buscaban frenéticamente cuando Carlos se irguió de pronto y les dijo:

—¿Si hay tantas joyas por qué la servidumbre que limpió esto no dijo nada?

En ese mismo momento la puerta se cerró con fuerza, la luz empezó a parpadear y algunos objetos empezaron a moverse. Los tres se sintieron unos tontos y sus corazones se llenaron de terror al comprender que iban a morir de una forma horrible.

Durante la noche anterior, Fabio se dio cuenta de que estaba en una habitación embrujada y enseguida intentó salir pero no pudo abrir la puerta. Las luces empezaron a parpadear y una silla que había al lado de la cama comenzó a sacudirse como si alguien se moviera frenéticamente sobre ella. Pero para su suerte en uno de sus bolsos tenía cosas que lo ayudarían a salir de allí. Desde que tenía tres años se había criado solo con su abuela. La anciana era por demás supersticiosa y creía que era bueno estar preparada para todo. Siempre cargaba varios crucifijos que hacía bendecir por cuánto cura encontraba, también solía llevar agua bendita en su bolso y sabía rezarle a una multitud de santos. Ella siempre le decía a su nieto que tenía que llevar alguna protección a donde fuera. Para aquella ocasión le metió varias cosas en el bolso.

Fabio buscó desesperadamente el mejor crucifijo de su abuela. Se lo colgó en el cuello, metió en el bolsillo una bolsa pequeña con trozos de hostias y aferró con sus dos manos un frasco con agua bendita. Ahora la luz se apagaba y encendía y recorría la habitación un viento fétido y helado sacudía todo a su paso. Tenía varios elementos para protegerse pero el cuarto estaba demasiado contaminado con una energía fantasmal muy peligrosa. No iba a poder resistir mucho. Pensó rápido. Echó agua bendita en la cerradura y gracias a eso pudo abrir la puerta. Por el rabillo del ojo alcanzó a ver a una aparición horrenda que temblaba y sacudía sus brazos y piernas sobre la cama. Salió justo a tiempo. Suponía que el fantasma no podía salir de aquella habitación pero por las dudas “selló” la puerta con migas de hostias. Se repuso del terrible susto en el descansillo y allí planeó cómo vengarse de aquellos tres. 

14 comentarios:

  1. Me tuvo tensa toda la historia por la intriga... Jorge, estuvo excelente como todas tus historias...
    Stephanie

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    1. Te agradezco el comentario. Como no tenía mucho de terror traté de darle por lo menos algo de suspenso.

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  2. Todo lo que les sucedio por ambiciosos. Buena venganza, la duda me queda es lo que le tocaba a ellos se lo dieron a Fabio????
    Saludos

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    1. Todo quedó para él porque ninguno de los tres tenía hijos. Fabio bien podría darme algo, ya que fui yo el que liquidó al trío, ¿no? ¡Jaja! Gracias, Yenny. Saludos!!

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  3. Fue muy inteligente Fabio, debo anotar lo de estar siempre preparado para situaciones sobrenaturales, uno nunca sabe cuando se va a encontrar con algún fantasma. Lo que hace el dinero, tanto que los hermanos intentaron deshacerse de Fabio y quedarse con todo, pero al final no podrán disfrutar nada. La codicia y avaricia nunca aon buenas compañeras, no vya a ser que por andar de codicioso se termine pereciendo a manos de un fantasma. Una historia intrigante, misteriosa y que deja todo claro; muy buena master.¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

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    1. Conviene estar preparado sí. Yo siempre ando con amuletos, agua bendita y... No, mentira ¡Jajaja! Por si acaso hay que andar con alguna navaja cuando mucho, por si hay algún envoltorio que no se puede abrir con las manos ¡Jeje!
      Muchas gracias, Ongie. ¡Saludos!

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    2. Ay Jorge yo me había imaginado que el espíritu de la tía se había apoderado del cuerpo de Fabio .pero al final el desenlace fue mucho mejor.gracias y saludos

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    3. ¡Jaja! Supuse que era una de las cosas que se iban a imaginar. Gracias a ti por comentar. ¡Saludos!

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  4. Bien ahi Jorge tenes un arsenal de cuentos de todo tipo sin perder tu esencia..y algunos con giro inesperado como este.Fuerza maestro,nos leemos. Willy

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  5. Que guay Jorge, espectacular

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  6. haha mi protección para malos momentos es una navaja que me regalo mi abuelo.... y mira que me ha salvado en varias ocasiones de situaciones peligrosas muy buena historia amigo sigue así.

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    1. No está de mas andar con algo filoso por si se presenta alguna situación: pelar una naranja o abrir un paquete ¡Jaja! Gracias. Saludos.

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  7. Buena historia.. Me encanto.

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