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sábado, 30 de enero de 2016

Cuentos De Terror Para Niños

                                         Persiguiendo Luces
Ese verano estaba haciendo mucho calor y las noches eran muy pesadas. Cuando caía el sol los vecinos sacaban sus sillas al patio y trataban de refrescarse bebiendo alguna bebida fría. Como había tanta gente afuera los niños de la cuadra aprovechábamos para jugar hasta tarde. En esa época en las calles de la zona no había alumbrado público y las únicas luces que iluminaban el lugar eran las de los frentes de las casas, y no todas tenían focos o no los encendían....

viernes, 29 de enero de 2016

Perseguido Por El Peligro

En mi desventura, escapé de la sartén para caer en el fuego (lo de terminar en el fuego por poco no fue literal)...
Me perseguía el franquismo. Por esos días aún no había una resistencia organizada, por eso opté por abandonar mi tierra, España.  Viajé escondido en la parte de atrás de un camión. De esa forma llegué al puerto de Málaga. Recorrí el puerto buscando un barco que me llevara. Gracias a un compatriota que se hacía llamar Paco, conseguí un lugar entre la tripulación de un viejo velero francés. Cuando el barco partió eché una última mirada a mi España ¡Adiós! Allí quedaba todo mi pasado. Enseguida me ordenaron hacer una multitud de tareas. Los marineros franceses nunca me hablaban a no ser para ordenarme algo y apurarme con su, ¡alé, alé!, que pronto llegó a fastidiarme. Con mi coterráneo el asunto era diferente; a veces hablábamos largo y tendido sobre nuestra tierra, sobre su comida, su gente, y tratábamos de adivinar qué iba a pasar con ella, cómo iba a sobrevivir al franquismo. 
Pasaron los días y el barco seguía surcando el vastísimo mar. 

Cruzamos cielos azules, grises, rosáceos, y navegamos en mares tormentosos bajando y subiendo olas descomunales y erizadas de lluvia.  Uno de los tripulantes, un tal Pierre, siempre me miraba fieramente. Sus compañeros, en conversaciones que tenían a mis espaldas pero que alcanzaba a escuchar y entender a medias, le decían que no podía derrotarme en una pelea, animándolo indirectamente a que me enfrentara. 

—Francisco, ten cuidado con el tío este… —me dijo un día Paco—, que es de armas tomar y bastante traicionero también. 
—Pues gracias por la advertencia, pero aquí cómo hago para evitarlo… Voy a estar pendiente, y si se me viene ya veré cómo me las arreglo. Pero te aseguro que no se la voy a hacer fácil —le dije a Paco. 

Y un día se animó. Pateó el balde que yo estaba utilizando para limpiar la cubierta y soltó un montón de insultos en francés. Los otros estaban prontos para ver la pelea; el capitán no se encontraba en la cubierta principal. De haber estado no sé si hubiera detenido la contienda porque también me despreciaba sin razón. Creí que el francés iba a usar sus puños, pero dando un paso hacia atrás sacó un puñal de la cintura. Entonces eché mano a la navaja albaceteña que siempre cargaba en el bolsillo, y comenzó el duelo. Mis sentidos se aguzaron. Lo vi tirar la primer puñalada y me hice a un lado, respondiendo inmediatamente con una mía, pero el tipo era hábil y la esquivó. Después de varios lances y esquives, la albaceteña se hundió en el pecho de mi rival, que al instante emitió un quejido y cayó hacia atrás, muerto ya el desgraciado. 

Los otros marineros quedaron callados y quietos un momento, para después abalanzarse sobre mí con furia; pero cuando ya me creía perdido, el sonido de un disparo detuvo a todos.  El capitán había aparecido en escena cargando un fusil. Tras poner orden hizo que me amarran al mástil principal. Me había salvado sólo por el momento. Me iban a dejar allí hasta que decidieran mi castigo, que de seguro era la muerte. 

Amarrado al mástil, vi el día decrecer hasta que el sol se apagó al hundirse en el mar “Mi último atardecer”, pensé. Pero cuando la noche había ennegrecido todo, una silueta furtiva se acercó a mí. Era Paco. Me desató y, susurrando, me dijo que huyera en uno de los botes, que no podía quedarme allí. Me aseguró que el capitán le tenía aprecio porque navegaba con él hacía muchos años, y aunque lo iban a castigar por haberme liberado, su vida no peligraba, en cambio la mía no tenía futuro si me quedaba allí.  Bajé al agua el bote que Paco me había preparado y empecé a remar. Pronto estuve en medio de la nada. Mar y cielo eran la misma oscuridad. Subí los remos y traté de dormir. Derivé en el mar tres días. Mi coterráneo había dejado en el bote unas garrafas con agua y algo de comida, una lona , un puñal, y me dejó también una pistola (Aún la conservo y atesoro como el regalo de quien me ayudó tanto).  Una mañana me despertó el griterío de unas aves.

 Unas gaviotas planeaban en el cielo. Me senté y miré en derredor. Enseguida divisé una costa. Más allá de ella se elevaba una zona verde. Remé hacia aquel lugar como si remara hacia mi salvación (No sabía que mi vida seguía en peligro). Cuando pisé la arena grité de alegría. Frente a mí, después de una franja de palmeras, se extendía una selva tupida y sombría. El primer alimento que divisé fueron unos cocos. Bastante trabajo me dio abrirlos, pero el agua que tenían valía la pena.  Hacía calor. Por la tarde me mantuve bajo la sombra de la selva, luego, antes de que cayera la noche, arrastré el bote tierra adentro para dormir sobre él. Avanzada la noche, llegó hasta mí el sonido lejano de unos tambores. La isla en la que me encontraba no estaba deshabitada. Había salido la luna y el mar estaba lleno de reflejos. Siguiendo el sonido caminé por la playa hasta que vi un resplandor que se filtraba entre la selva. Avancé entre los árboles hasta que pude ver la escena que se desarrollaba en torno a una gran hoguera. 

Un grupo de aborígenes danzaba de forma extravagante siguiendo el ritmo de unos tambores primitivos. Tenían la cara pintada y adornos de plumas y pieles en la cabeza, y aquel maquillaje les daba una apariencia demoníaca. Pero no fue eso lo que me asustó. Me horroricé al ver lo que se asaba en el fuego: ¡Eran cuerpos humanos! Estaba compartiendo la isla con caníbales.

Me alejé de allí sin perder tiempo. Al parecer mi retirada no fue tan silenciosa como creí, porque cuando estaba metiendo el bote en el agua, una multitud de indígenas salió de las sombras y arrojaron hacia mí una lluvia de lanzas. Por suerte la distancia era aún bastante amplia y ninguna de las lanzas me acertó. Respondí con unos disparos y eso los asustó, se refugiaron en la selva y así pude abandonar aquella isla de caníbales, salvándome por poco de las llamas. Después derivé una semana completa hasta que me rescató un buque italiano. Estuve unos meses en el mar y finalmente llegué a América del sur, para luego establecerme en Uruguay. 

domingo, 17 de enero de 2016

Santiago y La Casa Embrujada (segunda parte)

¡Hola! Para los nuevos en el blog, esta historia es, como resulta obvio, la continuación de "Santiago Y La casa Embrujada", pero para entender esa primero hay que leer "Juego De Payasos" y todas sus partes. Y para entender más el universo de esa historia tendrían que leer también: "Desierto Infernal" y "Cazador De Fantasmas". Gracias.


Después de la limpieza en el gimnasio Santiago volvió a repasar con gusto los libros que le diera Ambrosio.  Empezó a usar en todo momento un amuleto protector colgado al cuello y con una cadena de plata bendecida se hizo dos pulseras. También se aprovisionó de agua bendita en la iglesia de su zona. Si su destino era ser un exorcista era mejor estar preparado en todo momento; pero a pesar de eso no pudo evitar sorprenderse al saber cuál iba a ser su próximo trabajo...

viernes, 15 de enero de 2016

En El Hospital

Alejandro ni vio al rival que lo golpeó. Solo sintió un dolor muy fuerte en la pierna y se vio girando en el aire hacia atrás. Inmediatamente el juez del partido pitó y pidió que lo llevaran en camilla. Un doctor lo examinó rápidamente en un costado del campo de fútbol y dijo que debían llevarlo al hospital. Eso no le gustó nada pero la pierna le dolía demasiado como para protestar y no había otra solución...
Él y su equipo de fútbol se encontraban jugando de visitantes en un pueblo bastante apartado de la ciudad más próxima. Se iban a marchar ese mismo día pero ahora Alejandro tenía que quedarse allí, en un hospital, y él odiaba y le temía a los hospitales. Cuando lo bajaron de la ambulancia Alejandro levantó la cabeza para ver la fachada del edificio. Era de arquitectura antigua, lucía muy viejo y parecía más una casa del horror que un centro de salud. 

Le tomaron unas placas en una habitación que le resultó escalofriante. El aparato de rayos X era viejo, enorme y producía unos sonidos inquietantes. Después le enyesaron la pierna, para conducirlo luego hasta un cuarto donde lo dejaron solo. Pensó que su mala fortuna continuaba porque le tocó el último cuarto de un largo corredor aterrador. Antes de marcharse del pueblo todos sus compañeros fueron a visitarlo, mas ninguno se quedó. Ya le habían avisado a su familia pero iban a llegar recién por la mañana. Alejandro maldijo su suerte; con el miedo que le tenía a los hospitales y tener que pasar toda la noche en aquel, solo. 

La noche lo encontró con los ojos bien abiertos. En el edificio había un silencio de mausoleo. El pueblo era tan chico que normalmente había pocas personas internadas allí, y justo ese día no había nadie más, por lo que la actividad en el lugar era casi ninguna. El silencio del edificio lo tenía atento a no sabía qué, pero sentía que tenía que vigilar su entorno. Al tener los sentidos aguzados por el miedo a veces escuchaba algunas voces lejanas, o unos pasos apagados pasaban por el corredor. Los calmantes que le dieron le fueron quitando claridad a su mente e intentaban dormirlo pero el hombre se resistía. Luchó varias horas con el sueño mas al final este siempre vence sin que uno se de cuenta. Cuando despertó alguien iba entrando en la habitación.  Era una enfermera de cabellos rubios. Ella sonrió y le dijo: 

—Hola. Me llamo Laura. Vine a ver si está bien. ¿Le duele mucho la pierna? Puedo darle más calmantes.
—Estoy… estoy bien, gracias —contestó Alejandro, desconfiado. Le pareció que la sonrisa de la enfermera era rara, que tenía algo mal. ¿Sería una enfermera de verdad o era una aparición que de pronto se iba a transformar en algo horrible?

Como ya no tenía voluntad para luchar contra el sueño se durmió apenas le contestó. Despertó de nuevo cuando ya había amanecido. Un poco más tarde entró a la habitación una enfermera que le llevaba el desayuno. No era la misma que había entrado por la noche. Entonces Alejandro quiso sacarse la duda, aunque temía que confirmaran que por la noche lo había visitado algo, algún fantasma u otra cosa terrible. 

—Buen día —saludó Alejandro a la mujer—. ¿La otra enfermera ya se fue del hospital? Laura, la rubia. Vino a verme de noche…
—¿Una rubia que se llama Laura? —preguntó la enfermera con cara de confundida y extrañada. 

Enseguida pasaron un montón de conclusiones aterradoras por la mente de Alejandro: ¿Si no era una enfermera qué era aquella cosa que le sonrió? Tal vez trabajó allí pero ya había muerto hacía años, ¿o era el Diablo, o la Muerte…?

Pero todas esas especulaciones resultaron absurdas, solo eran el fruto de su miedo irracional a los hospitales, porque la enfermera, tras razonar unos segundos se rió y le dijo:

—¡Ah! Fue Ana. Como aquí todos la llamamos así había olvidado que se llama Ana Laura. Escuché que se había teñido el pelo de rubio, pero como ayer no la vi, cuando usted dijo que era una rubia me confundí. Sí, su turno ya terminó, trabaja de noche. 

jueves, 14 de enero de 2016

El Sueño

Cuando reconocí la fachada de la casa la sorpresa me impactó, y seguramente palidecí. Hacía unas noches había soñado con aquel lugar y no fue un sueño agradable, fue una pesadilla muy fea que nunca podré olvidar...

miércoles, 13 de enero de 2016

El Jardín

Orlando observaba el paso furtivo de su gato; el felino estaba explorando el jardín. La sombra del lugar era sumamente agradable. Revoloteaban mariposas y zumbaban algunas abejas entre las plantas con flores.  El gato seguía el vuelo de los insectos con la mirada, se detenía cada pocos pasos, olfateaba el aire; ahora era todo un cazador.  Su dueño, que tomaba té con masas bajo las sombras de los árboles altos del jardín, se regocijaba al ver la actitud de su mascota pensando que en aquel nuevo lugar ambos iban a ser felices. 
El gato giró la cabeza de pronto y quedó mirando fijamente hacia un lugar ; Orlando no veía nada allí, solo un claro del jardín...
Entonces el hombre creyó que tal vez se trataba de algún insecto pequeño que él no lograba ver desde donde se encontraba.   El gato acomodó el cuerpo, se agazapó, y tras permanecer inmóvil unos segundos saltó repentinamente. Cayó en el lugar que parecía vacío y se trenzó en una lucha contra un rival invisible para los ojos de su dueño. Rodó por el terreno entre gritos y ronquidos hasta que finalmente quedó sobre sus patas, con el lomo arqueado y el pelo erizado. Después corrió hacia Orlando, subió a la mesa de un salto, giró el cuerpo y quedó mirando rumbo al lugar donde hacía un instante se había batido con algo. 

Orlando quedó asombrado. ¿Qué había pasado allí? ¿Se volvió loco su gato? Le acarició el lomo para calmarlo y lo revisó para asegurarse de que no estuviera herido. Un rato después se presentó en el lugar la ama de llaves de Orlando. Ahora el gato comía una masa, pero sin dejar de vigilar hacia el jardín. Mientras la mujer ponía todo en una bandeja, Orlando le comentó: 

—“Bigotes” acaba de tener una reacción por demás curiosa. Se abalanzó contra el aire y hasta luchó, y lo más curioso es que aparentemente perdió la contienda ¡Jajaja! 
—¡Dios me libre de ver algo así! Los gatos perciben más cosas que nosotros. Creo que en este jardín hay algo…
—¿Qué cosa? —le preguntó él, curioso.
—No sé, señor, algo. Puede que solo sean cosas mías. Con su permiso… —y se retiró hacia la casa.

Hombre y gato observaron largamente todo lo que abarcaban con la vista del enorme jardín. Recién acababan de mudarse a la propiedad aquella. Había adquirido la casa (que era grande y muy vieja) con sus muebles, y en la biblioteca había algunos libros.  Revisándolos de cerca por primera vez (la noche que siguió al incidente del jardín), Orlando descubrió que había un tema predominante entre los libros: duendes. Aparentemente el antiguo dueño estaba obsesionado con esos seres mitológicos. La mayoría de los libros eran de cuentos cortos de duendes y no aportaban mucha información porque eran ficción. Leyendo los relatos inevitablemente recordaba la pelea de su gato con algo invisible, porque en algunos cuentos decían que los duendes pueden hacerse invisibles ante el ojo humano, aunque ciertos animales los ven. Cuando llegó la mañana “Bigotes” había desaparecido. Con no poca preocupación lo buscó por todo el jardín sin hallarlo, pero siguió insistiendo. 

Cuando una ráfaga de viento sacudió el jardín, entre el rumor de ramas que se rozaban creyó escuchar unas risitas apagadas pero chillonas, y una voz que venía de todas partes y de ninguna susurró: "Este es nuestro jardín". 

El Pueblo

Aquellos vándalos que viajaban en moto creyeron haber encontrado el lugar ideal para hacer sus fechorías.  El pueblo estaba lejos de las rutas transitadas, se encontraba en medio de la nada y era pequeño.  Primero lo observaron desde lejos, sin bajar de sus motos.  No vieron que vehículo alguno llegara o partiera de allí; la mayoría pensó que era mejor así...

viernes, 8 de enero de 2016

El Intruso

La nave espacial en la que viajaban, aunque era inmensa, era tan sólo otro punto diminuto en la vastedad insondable del espacio. Y a pesar de que se desplazaba a una increíble velocidad parecía estar suspendida en el oscuro fondo del espacio. Dentro de ella Jerry (el capitán de la nave) acababa de despertar. Salió de su cubículo y vio que los otros aún dormían. Todavía no llegaba la hora de levantarse pero él ya estaba harto de dormir. Mientras se desplazaba hacia la zona de aseo vio por el rabillo del ojo que bajo la cavidad que formaba uno de los varios tableros de la nave, había un cuerpo tendido en todo su largo, casi oculto en aquella cavidad...
Jerry no hizo ningún gesto que indicara lo mucho que lo había sorprendido aquel hallazgo. Siguió caminando e ingresó en la cabina de aseo como si nada. Esperó un momento mientras planeaba cómo proceder y luego retornó a la zona en donde estaban los cubículos de dormir. Al pasar frente al cuerpo oculto cruzó sin mirar. Ya en la cabina dormitorio presionó el botón que accionaba el alarma que despertaba a todos. Los cuatro hombres que dormían, que eran el resto de la tripulación, pronto estuvieron fuera de sus cubículos y fueron hasta donde estaba él.

—Escuchen con atención —comenzó a decirles—. Acabo de ver un intruso, a un ser que está oculto bajo el tablero de navegación secundario. Creo que no se dio cuenta de que yo lo vi.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó uno de los tripulantes. Los otros se miraban entre si, ya algo asustados. 
—Vamos a tomar los aturdidores eléctricos, porque un proyectil sería muy peligroso dentro de la nave, y vamos a ir juntos a confrontar a esa cosa. Pero primero quiero verificar si mientras dormíamos fuimos abordados por alguna nave.
—Pero de ser así hubieran sonado las alarmas —objetó otro tripulante.
—Supuestamente sí, pero de alguna forma esa cosa igual entró y no nos enteramos.

Jerry consultó en una pantalla que se desplegó después de pasar su mano frente a un censor. Efectivamente, habían sido abordados como él suponía. Una animación computarizada les mostró que un objeto extraño y pequeño había entrado en contacto con la nave.  
El capitán se volvió hacia sus hombres, que ya estaban armados, tomó un arma para él e hizo que lo siguieran. Avanzaron con mucha cautela. Cerca del tablero él les hizo una seña y los cinco rodearon el tablero con rapidez, prontos para atacar al intruso; pero éste ni se movió. Se acercaron más y comprobaron que era un cadáver y que parecía ser humano. Era imposible identificarlo porque estaba medio derretido y no tenía ropa.  Tras un rápido examen con un aparato médico confirmaron que era un ser humano, pero, ¿quién era, de dónde había salido? ¿Aquel era el cuerpo del intruso o era el de un tripulante y el invasor estaba entre ellos “disfrazado” de él? 

jueves, 7 de enero de 2016

El Prisionero

Miguel se irguió de golpe y giró la cabeza hacia todos lados, confundido. Se encontraba en una isla diminuta donde apenas había plantas. Estaba amaneciendo. El horizonte que se alzaba más allá del mar aún oscuro se iba incendiando mientras el sol ascendía. Miguel se puso de pié y exploró el mar con la vista, luego desparramó la mirada sobre la isla. No entendía cómo había sobrevivido al naufragio del barco en el que él navegaba...
 
Esa noche lo habían despertado unos gritos de alarma: “¡El barco está escorando mucho… se va a hundir!”, gritaba alguien. Cuando Miguel acudió a la parte más baja de la nave el agua ya le daba por las rodillas a los hombres que luchando por salvar el barco y con él sus vidas, colocaban maderas sobre el casco y las apuntalaban. 

—¿Qué ha pasado? —preguntó Miguel a un marinero—. ¿Hemos encallado?
—No… no sé, algo hizo un agujero en el casco, entra mucha agua, y si sigue así…

El agua subía y subía, rompía las maderas, saltaban chorros, y las voces enronquecidas de algunos marineros gritaban palabras de aliento mientras otros menos optimistas decían que debían evacuar el barco. Miguel fue de los que se quedó abajo y trató de reparar el casco hasta último momento. La cubierta inferior se inundó completamente y el agua lo envolvió, después todo quedó oscuro. Creyó que había muerto pero ahora estaba allí, en una isla. Recorrió el lugar con la esperanza de hallar a algún compañero mas estaba solo. En su búsqueda encontró un manantial de agua dulce que bajaba entre rocas para luego unirse al mar. Cerca del manantial había algunas plantas pero ninguna era comestible. La isla era tan pequeña que se podía apreciar toda su extensión fácilmente. 

Hurgando en la playa encontró varios tablones viejos, y como el sol ya comenzaba a calentar demasiado armó un improvisado refugio con ellos, afirmando un extremo en la arena y recostando el otro en una roca.  Tendido allí evaluó su situación. Por lo menos tenía agua fresca, aunque no había visto algo que le sirviera para comer, pero aún así podría sobrevivir muchos días.    Sobre cómo había sobrevivido, cómo había llegado hasta allí, era un misterio para él. Y cuando por la tarde fue a tomar agua el misterio aumentó: sobre la roca había un pez, aún vivo, y al lado de este encontró un viejo puñal de cabo de plata, que a pesar de ser viejo lucía bastante lustroso y estaba afilado. ¿Quién había dejado aquello allí? 

Volvió a recorrer la isla, esta vez frenéticamente, miró atentamente hacia el mar, gritó, pero nada, estaba solo. Como ya empezaba a sentir hambre, abrió el pescado y lo comió crudo, pero no sin antes examinarlo detalladamente y echar rápidas miradas de desconfianza a su entorno. Llegó la noche y con ella una sensación extraña: le parecía que lo observaban. Había experimentado esa sensación unas noches antes, estando en la cubierta principal del barco, y alcanzó a ver algo que se sumergía de golpe en el agua.  Al recordar eso escudriñó el mar oscurecido y creyó ver algo en la playa, pero cuando fue hasta allí ya no estaba. Al otro día, un nuevo pescado. Esta vez lo cortó en tiras y lo puso a secar al sol tras remojarlo en el agua salada del mar. Los días transcurrían tan calientes que tenía que permanecer en su refugio la mayor parte del tiempo, y era en esos momentos cuando su proveedor misterioso le llevaba algo. 

Cuando empezaba a aburrirse del pescado encontró una caracola enorme que contenía algas comestibles.  Y así pasaron muchos días, semanas. Por la noche sentía que lo observaban mas esa presencia no lo inquietaba. Una tarde, se estaba bañando en el mar cuando vio a su proveedor; ya estaba intuyendo de qué se trataba. Se había sumergido con los ojos abiertos y miraba el fondo, entonces, un ser que nadaba ágilmente cruzó allá abajo: era una sirena. La vio fugazmente porque la sirena pronto se perdió en el azul del agua. ¡Una sirena lo había salvado, y lo alimentaba! Inevitablemente concluyó que aquel ser se había enamorado de él, también había presentido eso. Se sintió muy afortunado, gracias a ella había sobrevivido a un naufragio y ahora vivía relativamente bien en una isla pequeña y desolada, cosa que no podría hacer sin la ayuda de la sirena. 

Después de esa ocasión volvió a verla a diario. Ella, aunque era tímida, ahora se dejaba ver todos los días aunque siempre de forma fugaz. Una tarde, cuando el cielo se encontraba nublado y Miguel daba un paseo por su diminuta playa. De pronto divisó la vela de un barco, luego todo el casco. Lo invadió entonces la desesperación de quien espera ser rescatado y gritó y sacudió los brazos como un loco, y tuvo la fortuna de que lo vieran. 

Por la noche, Miguel reposaba en un camarote del barco cuando su calma fue interrumpida abruptamente. “¡El barco se hunde!”, gritó alguien, y se escuchó las correrías de los marineros. Entonces Miguel comprendió: era la sirena. 

miércoles, 6 de enero de 2016

Formas Extrañas

¡Hola! Esta es la tercer parte de este cuento: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2015/11/fuera-de-la-tierra.html


Amanecieron en aquella plataforma rocosa. La espesa niebla de allá abajo empezó a disiparse con la luz del día. Mientras los otros tiritaban o trataban de calentarse las manos con su aliento Álvaro observó atentamente la retirada de la niebla...
En parte se disipaba pero mayormente se alejaba hacia el otro extremo del paisaje, por lo que era muy probable que mas adelante el clima fuera más húmedo. Dejando esas especulaciones a un lado se volvió hacia sus iguales y les recomendó que era mejor moverse un poco antes de seguir bajando. Todos habían pasado una noche muy mala, con frío, cansados y con pocas esperanzas de sobrevivir en un lugar completamente desconocido. Él único que casi disfrutaba de aquello era Álvaro. De estar solo su emoción no sería poca, ¡un nuevo planeta! Para alguien que disfrutaba conociendo nuevos paisajes y aceptando sus desafíos aquel era el máximo reto; mas como no estaba solo y también pensaba en ellos su emoción estaba contenida. Entraron en calor levantando los pies y agitando los brazos, y con los primeros rayos tibios de aquella estrella volvieron a descender. Por suerte para todos ese último tramo fue menos inclinado. Cuanto más se acercaban al terreno horizontal más se les revelaba un paisaje extraño digno de una historia de ficción.

Las formas que más resaltaban se parecían a un árbol pero sin hojas ni ramas, solo tenían un tronco grueso, gris y perfectamente cilíndrico como de un metro de ancho por tres o cuatro de alto en los ejemplares mas grandes, y encima de esa base estaba lo más raro, una superficie circular cóncava bastante profunda de un diámetro de varios metros. Aquellas cosas parecían copas gigantes. También había algunas pequeñas que parecían fuentes para pájaros. Álvaro enseguida entendió el fin de aquellas formas, era una adaptación para recolectar agua de la niebla; todas las diminutas gotas que captara la superficie cóncava se deslizaba después hacia el centro. Entre esas formas se encontraban otras que eran bajas, redondeadas y sin un tronco aparente, eran muy parecidas a una roca pero se diferenciaban de estas porque eran blancas. Y entreveradas entre esas cosas, aquí y allá se elevaban unos cuerpos rectilíneos de pocos centímetros de diámetro pero que alcanzaban mas de diez metros de altura. Ante el primer vistazo esto último era parecido a una caña de bambú de la Tierra, mas tenía notables diferencias.

Los cambios de temperatura en aquel planeta eran bruscos. Cuando alcanzaron el terreno horizontal aquella estrella tan parecida al sol ya los estaba agobiando. Algunos se encaminaron hacia la sombra de las “copas gigantes” pero Álvaro los detuvo diciéndoles:

—¡Esperen! No sabemos si esas cosas son vegetales o animales, podrían ser cualquier cosa. Creo que son plantas pero hay que estar seguros.

Tras esa advertencia todos desparramaron nuevas miradas sobre aquel paisaje que ni la ciencia ficción había imaginado. Álvaro se aproximó con cautela a una bien grande, tomó unas rocas del suelo y se las arrojó. No reaccionaba, era un vegetal. Les hizo una seña para que se ubicaran bajo la sombra mientras él siguió examinando aquella cosa. Aquel extraño árbol no desprendía ningún olor que resaltara. El tronco estaba recubierto por algo que parecía ser un tipo de corteza impermeable y resistente. Tenía que elegir una buena piedra para cortar un trozo y ver las propiedades de aquella corteza. Rocas era lo que no faltaba en el lugar y algunas eran claramente de origen volcánico, lo que no le resultó nada extraño porque el lugar era en muchos aspectos parecido a la Tierra. Tomó unas rocas de color rojo y superficie lisa. Le pareció que era cuarzo de un grano intermedio, buen material para fabricar objetos filosos. Empezó a golpear piedra contra piedra y así obtuvo varias lascas mas filosas que una navaja. Paola se acercó a ofrecerle ayuda. Él le agradeció y miró hacia los otros. Tenía que hacer que trabajaran aunque estuvieran cansados. Le dijo a Paola que tomara las lascas afiladas y él tomó unas rocas grandes, fue hasta la sombra donde estaba el resto del grupo y arrojó las piedras en el suelo, luego les dijo:

—De estas piedras pueden obtener pedazos muy afilados, y un filo es una herramienta fundamental cuando no se tiene más nada. Sé que están cansados, pero cuánto más tiempo pase va a ser peor. Solo golpeenlas en este ángulo para que se desprendan lascas. ¿Ven? Así. Voy a seguir explorando.
—¿Y qué vamos a hacer con esto? ¿Vamos a cortar un bistec? —preguntó con sarcasmo un tipo que se llamaba Anselmo.
Álvaro lo observó seriamente y le dijo:
—No te pido que me sigas, haz lo que quieras. Seguramente tienes otro plan en mente, ¿no?

El sujeto se levantó lentamente, caminó hasta Álvaro y después de mirarlo a los ojos un instante se inclinó para tomar una piedra, se sentó de nuevo y comenzó a golpearla. “El típico fanfarrón”, pensó Álvaro “Habla y se pavonea pero al final no actúa. Tengo que ver qué otros recursos hay por aquí”. Primero probó el filo de sus cuchillos primitivos en la corteza del árbol copa. Después de cortar una sección se podía desprender grandes trozos con facilidad. “¡Excelente!”, pensó. Aquel material podía servirles como aislación para construir cosas. Debajo de esa corteza había algo no menos bueno, unas fibras delgadas bastante resistentes que se amontonaban formando una capa de varios milímetros por toda la superficie del tronco. Con esas podrían fabricar cuerdas y tal vez hasta ropa. Su imaginación volaba pensando en las posibles aplicaciones. Tenía que ver qué otras cosas le ofrecía el lugar. Fue rumbo a una de las formaciones redondeadas y blancas. Como no reaccionó a sus pedradas la examinó más de cerca. Paola caminaba detrás de él, casi pegada a su espalda. Aquella cosa tenía una superficie muy porosa. Acercó una mano a la cosa y a milímetros de esta percibió algo que lo hizo sonreír. Paola estaba expectante. Le preguntó:

—¿Es otro tipo de planta?
—Es probable, pero me inclino a creer que no. Me resulta muy parecido a algunos tipos de coral. Creo que es una colonia de microorganismos lo que forma esto. Arrima tu mano hasta aquí y siente una cosa. ¿Lo sientes? 
—¿Está respirando?
—Más bien, emanando algún gas. Yo apostaría que es oxígeno. Si es así estamos respirando en gran parte gracias a estas cosas. Hablando de eso, me resulta increíble que el aire aquí sea tan parecido al de la Tierra, porque aunque estas cosas produzcan oxígeno, el porcentaje de este y de otros gases podría ser muy diferentes y eso sería un problema para nosotros. Se me ocurre que tal vez los Sapos se vieron obligados a modificar un poco este mundo para que fuera apto para los humanos. Sería bastante lógico que le hayan exigido eso porque sin algunas condiciones dejarnos aquí sería lo mismo lanzarnos al espacio. Lástima para nosotros que esos otros extraterrestres no fueron mas estrictos con los Sapos. Si por lo menos nos hubieran dado algunas herramientas... Pero no importa, las vamos a fabricar.  Veamos esas otras cosas largas que parecen bambú. Camina con cuidado, mejor ve detrás de mí.
—¿Habrá agua por aquí? Tengo una sed terrible, se me reseca la boca.
—Agua te aseguro que hay, solo hay que hallar el modo de extraerla y esperar que sea bebestible.

Él también sentía mucha sed pero no era la primera vez en su vida que se encontraba en esa situación. Había estado en lugares mas secos. Aquel paisaje parecía no tener agua pero si fuera así aquellas plantas no serían tan grandes. La noche allí era larga y la niebla muy espesa, y plantas tan especializadas como las “copas gigantes” seguramente hasta retenían agua en algún lado como lo hacen los cactus, pero que fuera potable era otro asunto. Después de cerciorarse que eran plantas examinaron a las delgadas y largas. Eran de madera dura. Álvaro le hizo un corte a una y olió el tajo con precaución, después pasó un dedo por la humedad que emanaba y humedeció con eso una parte de la piel de su brazo y esperó unos minutos. No hubo ninguna reacción, era seguro manipular esa madera. Al derribar una descubrió que eran como un tubo de paredes gruesas, y hacia la punta eran mas blandas y notó que era así porque estaban formadas por una especie de hoja arrollada. La hoja se arrollaba de forma elíptica y al desenvolverse formaba como un embudo que capturaba niebla por las noches. Al extender una hoja vieron que era de considerables dimensiones, y que por lo tanto debía captar bastante agua. Era razonable suponer que esta se encontraba en la raíz porque los tallos eran bastante secos.

Paola tenía mucha voluntad y quiso ayudarlo a escarbar; él tuvo que insistir muchas veces para que ella lo dejara hacer el trabajo solo. No quería que ella se deshidratara mas de lo que estaba. No fue fácil escarbar en aquella tierra tan dura utilizando solo una roca aplanada y sus manos. Pero el esfuerzo valió la pena y encontró algo a unos cuarenta centímetros de profundidad. Era una única raíz blanquecina que tenía forma de rábano pero con las dimensiones de un balón de fútbol. Cuando logró sacarla de la tierra la agitó, no escuchó ruido a agua, esta se encontraba entre la pulpa de la raíz. Ahora solo tenían que averiguar si servía para comer. Volvieron junto a los otros.

—¿Qué es esa cosa? —lo interrogó uno enseguida.
—Es una raíz de esas cosas largas. Hay que cortar varias porque los tallos sirven como bastón y también como armas si lo necesitamos. Hasta no averiguar si estas raíces sirven no hay que sacar otras. Conserven la parte blanda de arriba, son hojas que nos van a resultar muy útiles, tengo una idea de cómo usarlas. Cuando todos tengan un bastón hay que partir hacia allá.
—¿Y por qué hacia allá y no hacia otro lado? —preguntó Anselmo. 
—Porque hacia ahí está la montaña y ya sabemos lo que hay, y hacia los lados el paisaje debe ser muy similar a este, además, la niebla se retiró hacia allá.
—Bien, solo preguntaba. Cortemos unos bastones entonces.

Mientras los otros salían con paso lento a hacer lo suyo Álvaro y Paola comprobaron si aquella cosa era comestible. La piel era sumamente dura, eso era bueno, porque si algo tiene veneno no necesita protegerlo. La pulpa de adentro resultó ser bastante similar en apariencia a la de algunas frutas, medio blanca y jugosa. Al ver aquello se relamieron los labios instintivamente. Desprendía un olor dulzón, agradable. Al mojarse un poco la piel del brazo tampoco hubo una reacción mala. Probarlo era lo más difícil. Era sumamente arriesgado extrapolar sus conocimientos sobre plantas terrestres a aquellas desconocidas. Tenía que confiar también en su instinto. Y había otra cosa. Si los extraterrestres consintieron que los dejaran allí era porque existían plantas y animales que los humanos podían comer, era una exigencia mínima. Respiró hondo y tocó un trozo de aquella pulpa jugosa con su lengua. Tenía un sabor muy agradable. Comió un trozo pequeño y esperó. El resto de los sobrevivientes regresaron con sus bastones y le preguntaron si aquello se podía comer. Les dijo que era muy probable que sí pero aún tenía que esperar, más convenía que desenterraran otros.

El día ya estaba muy avanzado y él se hallaba bien. Aquellas raíces eran una buena fuente de agua y alimento. Por precaución les recomendó a todos que solo tomaran el jugo y que escupieran la pulpa. Igual quedaron sedientos pero aquello les repuso bastante las energías. Avanzaron alejándose de la montaña. Resultaba evidente que la presencia de vida iba aumentando rumbo a aquella dirección. Aparecieron nuevas plantas, estas con un aspecto mas familiar porque eran como pastos, aunque eran grises como casi todo lo que crecía allí. Álvaro se percató también de otra cosa: rastros dejados por animales grandes.
Continúa aquí: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2016/02/depredadores-entre-la-niebla.html

domingo, 3 de enero de 2016

Basura De Mar

 Romario pronto se iba a encontrar en graves problemas. Su situación por el momento no era muy mala pero eso podría cambiar en unos pocos meses...
Se había quedado sin trabajo, no encontraba otro y los ahorros de su cuenta bancaria iban disminuyendo. Tenía que encontrar otra fuente de ingresos y pronto.
Se levantó temprano a pensar. Su casa estaba frente al mar y el sol iba surgiendo de él de a poco. Bajó hasta la playa por un sendero escalonado y al llegar a la arena se detuvo a suspirar. Le encantaba el olor de las mañanas, eso lo revitalizaba. La playa estaba desierta, solo algunas gaviotas deambulaban por ella o revoloteaban sobre las olas. Romario empezó a caminar. Algo se le tenía que ocurrir, algún negocio que necesitara poca inversión, cualquier cosa. En el punto en el que se encontraba no pensaba desechar nada. Caminaba automáticamente. Le surgía alguna idea, la descartaba, pensaba en otra, tampoco le servía.

Mientras él seguía con sus planes el sol seguía con los suyos y se fue separando cada vez mas del mar azul. El calzado se le hundía en la arena y varias veces las olas lo alcanzaron. Que importaba, tenía problemas mucho más graves. Si mas adelante perdía su hogar desde ahí su vida sería un tobogán y ya no podría recuperarse. Ya es difícil conseguir cualquier trabajo sin una dirección de domicilio, y ni hablar de los trabajos de oficina. Andaba con tantas ideas en la mente que no notó a una enorme caparazón de caracol que las olas habían arrastrado hasta allí, y cuando su pie izquierdo chocó violentamente con ella de su boca brotaron varias maldiciones. Miró la caparazón mientras seguía maldiciendo. Nunca había visto una tan grande. La levantó, era pesada y estaba intacta. Enseguida pensó: “Hay gente que vive lejos del mar que compra estas cosas”. Después sacudió la cabeza negando su propia idea y arrojó la caparazón a un lado. Era algo que se podía vender solo a un precio muy bajo para el trabajo que implicaba encontrar buenos ejemplares. Pero de pronto recordó, había otra cosa con la que podía negociar: vidrio de mar.

Un viejo que había vivido toda la vida en aquella zona le había hablado sobre una playa escondida repleta de vidrio de mar. Y hacía un tiempo él había ojeado en un diario digital un artículo sobre eso. El vidrio de mar es básicamente basura, vidrio que fue a parar al mar que después de décadas de ser fraccionado y arrastrado por las fuerzas de las corrientes, el lento desgaste que sufre lo pule a la perfección formando hermosos trozos que a veces terminan en algunas orillas. La interesante historia de cómo fueron creados ha convertido a esos simples trozos de vidrio en artículos coleccionables. Romario pensó que si el viejo no había exagerado su historia podía contar con mucho de aquel material. No le parecía que fuera un negocio muy duradero porque cuando aumentara la oferta el precio se iba a desplomar, pero hasta que durara tal vez podría sacarle buen dinero y eso sería un éxito.

Casualmente, el lugar en cuestión estaba hacia donde él caminaba. Avanzó apurando el paso, todavía estaba lejos. De a poco fue creciendo una barrera oscura que cortaba la playa de arena. Sus pasos ahora eran ansiosos. El enorme promontorio de rocas oscuras era azotado por unas olas blancas bastante furiosas. Tierra adentro la formación rocosa iba declinando y empezaba a mezclarse con algo de vegetación. Observando el terreno que subía Romario comprendió por qué casi nadie conocía aquella playa. De todas formas empezó a subir. Tuvo que afirmarse con las manos en algunos tramos. Por mitad del camino pensó que estaba haciendo una locura, y al voltear hacia abajo estuvo seguro de que estaba loco, pero igual siguió. Al alcanzar la cima se detuvo a descansar un momento. La vista desde allí era increíble, hasta podía ver una ciudad que se hallaba a muchos kilómetros de allí. Mas él se encontraba en aquel lugar por otra cosa. Al alcanzar el otro borde un silbido escapó de sus labios. Era una playa pequeña, la cortaba del otro lado otra formación rocosa y su orilla no era de arena, era de rocas redondeadas, cantos y, ¡vidrio de mar brillando por todos lados! La playa tenía forma de herradura y los vidrios brillaban tanto ante el sol que todo el lugar parecía una enorme joya. 

Por aquel lado el descenso no era muy difícil. Los vidrios eran hermosos, sobre todo los de color y había ejemplares de buen tamaño. Estaba muy avanzada la tarde cuando regresó a su casa muerto de hambre y cansancio, y con los bolsillos a punto de romperse por la carga que llevaba. Durante los días siguientes hizo varios viajes al lugar. Después empezó con el mercadeo. Fotografió algunas partes de la playa con sus joyas (sin revelar dónde estaba el lugar) y las subió a varias páginas web que creó. También se unió a foros de gente que coleccionaba esos objetos. Cuando obtuvo cierta presencia en ese nicho empezó a vender. El dinero no pudo llegar en mejor hora. Su plan fue todo un éxito. El negocio le duró más tiempo del que pensó y cuando empezó a decaer ya tenía otro.

viernes, 1 de enero de 2016

En Un Nuevo Planeta

¡Hola! Esta historia es la continuación del cuento "Fuera De La Tierra". Para leer la primer parte pincha http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2015/11/fuera-de-la-tierra.html Gracias.


      Álvaro calculó que hacía poco más de dos días que viajaban por el espacio en la nave de los extraterrestres. Especulaba eso cuando todos sintieron algo muy extraño...
Fue algo parecido a lo que se siente en un elevador si no se está acostumbrado pero multiplicado varias veces. Sus compañeros prisioneros no se explicaban qué había pasado; él se imaginó que acababan de cruzar por alguna especie de portal o agujero negro. Lo que experimentaron fue un cambio repentino de gravedad que sintieron como una sensación horrible. Aquel efecto pasó rápidamente. Álvaro sabía que a dónde fueran tenía que ser a muchos años luz, y que para no pasar cientos de años viajando aquella raza extraterrestre tenía que haber desarrollado alguna forma no lineal de viajar. Aquellos seres inmundos habían logrado algo que para los humanos todavía era ficción. Un portal era el medio mas probable y cuando sintió aquello no le quedaron dudas.

Por eso le dijo a los otros que ya estaban por llegar. Cuando un tipo le iba a preguntar por qué creía eso, la puerta se abrió y varios Sapos que estaban armados les ordenaron que caminaran. Él también había deducido que la nave debía ser inmensa. Caminaron un buen rato por una serie de corredores extraños cuyas paredes oscuras manaban humedad. Los corredores se parecían a las galerías de una mina pero obviamente aquel era un ambiente controlado. Estaba claro que aquellos extraterrestres disfrutaban de la humedad. Antes de que lo capturaran, desde hacía unas semanas Álvaro había notado que en el cielo se formaban tormentas extrañas. Los Sapos estaban adaptando el clima a su gusto. Por todo eso sospechó ahora que los iban a dejar en un planeta muy seco. Si estaban reubicando a los humanos allí era porque aquel planeta no les servía o en todo caso les servía menos que la Tierra. Eso eran malas noticias. Él sabía que sin agua no se sobrevive mucho.

Los Sapos los amenazaban con las armas para que siguieran avanzando. Por el camino se cruzaron con muchos integrantes de esa especie y todos volteaban hacia ellos mostrando aquella sonrisa descomunal y asquerosa. No necesitaban pasearlos así, la nave tenía todo un sistema de elevadores y salas enteras que se movían de lado por toda la estructura; los llevaban de esa forma para que todos vieran como desterraban a los últimos humanos. La humillación llegó a su fin. Alcanzaron un salón que era parte de otra nave y apenas entraron esta se desprendió de la principal. El descenso fue brusco, tuvieron que sentarse en el suelo. Después notaron que la trayectoria de la nave se estabilizó. Tras un rato de vuelo la nave se posó en lo que sería su nuevo lugar. Se abrió una puerta enorme y se presentó ante ellos un paisaje rojizo y estéril que parecía un desierto rocoso. Los Sapos los obligaron a salir y cuando sus prisioneros estuvieron fuera se echaron a reír con sus voces graves y reverberantes. Cerraron la puerta y la nave se elevó dejándolos solos. Ver a sus captores alejarse fue un alivio para todos pero a la vez comprendieron que los abandonaban para que murieran allí.

Álvaro era el más consciente de eso. Habían cumplido con su obligación de no exterminarlos a todos pero no les daban medios para sobrevivir. Dejarlos en un mundo desconocido sin herramientas, materiales ni conocimientos sobre el lugar era casi lo mismo que matarlos; cumplían con la ley pero igual se salían con la suya. 

Apenas los Sapos se perdieron de vista todos miraron en derredor. Hacía calor y el aire era delgado y muy seco. Enseguida todos notaron cierta dificultad para respirar. También se sintieron pesados y era porque ese planeta era un poco mas grande que la Tierra. Álvaro supo inmediatamente que aquello enseguida iba a ser un problema. No era lo mismo que cuando se tiene sobrepeso o cuando se carga algo. Ahora sus órganos también pesaban mas. Calculó que con el tiempo se acostumbrarían porque la diferencia se notaba que era poca; pero por mientras tendrían muchos problemas. Paola, la que lo ayudó a entender la situación cuando los Sapos lo llevaron a su nave, se paró muy cerca de él y lo miraba como buscando una respuesta. Un tipo alto y de pelo enmarañado que se llamaba Spencer, después de girar de nuevo hacia todos lados comentó:

—Parece que los desgraciados nos dejaron en Marte.
—Si fuera así no estaríamos respirando —le aclaró Álvaro—. Además no nos sentiríamos tan pesados. Este planeta es algo más grande que la Tierra, aunque me animo a afirmar que muchas de sus características son casi iguales. Ya he experimentado un aire así en zonas altas, y la presión atmosférica no puede ser muy distinta. Seguramente le exigieron esas condiciones a los Sapos.
—¿Y por qué el suelo es rojizo? —preguntó Paola. 
—Sin dudas por la presencia de óxido de hierro. 
— ¿Y ahora qué hacemos? —preguntó una mujer que se notaba muy angustiada.
—Sobrevivir —le contestó Álvaro—. Tengo una propuesta. Hacia todos lados el horizonte se ve muy bajo, por lo que deduzco que estamos sobre una meseta. Propongo que bajemos de aquí porque de noche probablemente esta parte se va a poner muy fría. Como en este momento tenemos que elegir cualquier rumbo, lo mejor es caminar dándole la espalda al sol, digo, a esa estrella, el sol debe estar muy lejos de aquí. ¿Qué les parece? ¿A alguien se le ocurre otra cosa?

Se cruzaron muchas miradas, nadie tenía otra idea. Comenzaron a caminar hacia dónde Álvaro propuso. Él se retrasó un poco para observar a todos. De alguna forma todos ellos habían sobrevivido a la guerra con los extraterrestres y eso seguramente los había forjado mentalmente; pero aquel planeta iba a ser su mayor desafío. Marchaban pesadamente, con los brazos colgando de los hombros medios caídos. Álvaro les dijo varias veces que trataran de caminar lo mas erguidos que pudieran para que después no les doliera la columna. Sus cuerpos estaban sintiendo el aumento de gravedad. La estrella que iluminaba aquella desolación todavía estaba muy alta. Los días eran más largos allí.

Tal como Álvaro había intuido, estaban en una meseta y llegaron al borde de esta. Acercarse al borde producía vértigo. Era una caída casi vertical de mas de mil metros. Hacia la derecha el precipicio seguía casi con el mismo ángulo pero a la izquierda se veía más accesible, fueron hacia ahí. Alcanzaron una parte donde el descenso era posible pero peligroso. Mas adelante no se veía nada mejor. María, una de las diez mujeres, dio un paso lento hacia el borde y retrocedió agarrándose la cabeza:

—¡Ni loca bajo por ahí! —Exclamó. 
—Como no sabemos cuándo vamos a encontrar recursos —le dijo Álvaro—, hay que hacer lo mas difícil mientras tengamos energías. Si de noche nos congelamos aquí mañana vamos a estar muy mal, eso si sobrevivimos al frío. Mañana vamos a estar deshidratados, sin energía... Hay que hacerlo ahora. Miren allá abajo, hay una buena plataforma a mitad de camino. Si la luz del día no da para llegar hasta abajo nos quedamos ahí hasta que amanezca.
—Pero no podemos bajar por ahí, la roca se ve que es dura y es muy inclinado —objetó María al echar otro corto vistazo hacia abajo. 
—Es muy inclinado para bajar caminando, por eso hay que hacerlo sentado, con los pies hacia adelante, es el método mas seguro. Toquen la roca del suelo. ¿Notan lo áspera que es? Su superficie debe ser porosa, eso hace que uno no se resbale. Les voy a mostrar. Fíjense en la separación de mis manos.

Y comenzó a descender. Paola fue la primera en seguirlo. Parecía una locura pero era mas fácil de lo que parecía. Mas de todas formas la posibilidad de que alguno resbalara era alta, y si eso pasaba iba a arrastrar con él al que estuviera abajo. Teniendo eso en cuenta nuestro experto empezó a bajar de forma oblicua, hacia un lado, y al verlo los otros también empezaron a descender así para seguirlo. Ahora si alguien caía no iba a arrastrar a los otros. Al alcanzar una saliente en la roca sugirió que descansaran allí. La saliente era larga pero tenía menos de medio metro de ancho.

 Parados allí algunos empezaron a entrar en pánico. Un tipo llamado Jared quedó paralizado en la cornisa. Solo podían seguir el descenso por la parte derecha de esta, y como Jared había sido de los últimos en llegar solo cuatro podían avanzar y los otros estaban atrapados porque el ancho no daba para que cruzaran por allí si el tipo no avanzaba; podrían cruzar si este los ayudaba pero quién iba a confiar en alguien que había entrado en pánico. El tipo quedó con los ojos cerrados y la espalda pegada a la roca y no razonaba con sus compañeros de destierro. Álvaro intervino gritándole al asustado sujeto:

—¡Arrójate al vacío! ¡Hazlo!
—¡No quiero morir! —gritó entonces el Jared.
—¡Entonces muévete! ¡Si te quedas parado ahí es seguro que vas a morir, pero si desciendes con nosotros tienes muchas chances de vivir! ¿¡Cuál prefieres, la muerte segura ahí o lo otro!? Y si no te mueves nos vas a matar a todos nosotros. ¿Quieres hacerle el trabajo a los Sapos? ¿No? ¡Entonces muévete! ¡Si vamos a morir que sea intentando vivir!

Jared respiró hondo varias veces, abrió los ojos y empezó a moverse. Volvieron al descender sentados, avanzando lentamente por la pared inclinada. 
Poco a poco, desde la altura donde se encontraban avanzó una sombra hacia el paisaje que tenían adelante. En algunas partes pudieron bajar de pie por algunas cornisas inclinadas. La luz ya había disminuido bastante cuando todavía les faltaba un buen trecho para llegar a la base grande. Ese último trecho fue mas peligroso por la escasez de luz pero todos lograron alcanzar la base. Allí Jared le agradeció a Álvaro: este le restó importancia al asunto y recorrió el lugar pensando en algo. Debido a la actividad física no habían notado el ya notable descenso de la temperatura, al bajar el ritmo cardíaco lo sintieron. Todos entendieron que más arriba debía ser mucho peor. Su salvador pensaba en cómo mejorar la situación de todos. En el lugar había muchas rocas sueltas.

—Oigan, propongo que hagamos un pequeño muro de este lado. Da seguridad y corta un poco el frío. Hay que hacerlo rápido. Rocas grandes en la base, busquen las mas aplanadas, como esa. Muy bien, ahí, formando como un semicírculo en esta parte.

Entre todos construyeron el muro bastante rápido. No había tiempo para otra cosa, tampoco tenían mas materiales. Se acostaron todos apretujados, era la mejor forma para retener el calor corporal. El frío se intensificó con la oscuridad. Después de un par de horas de noche el cielo se fue aclarando y en el horizonte empezó a asomar una “luna” bastante mas grande que la nuestra. Cuando ese satélite alcanzó una altura considerable la claridad mostró todo casi como si estuviera de día. Estaba claro pero algunas sombras podrían engañar a la vista, y con aquel frío los sobrevivientes estarían algo torpes y eso sería fatal, por eso de todas formas tenían que esperar el día. Álvaro se encontraba en el borde de aquella montonera humana temblorosa. Se levantó y contempló el paisaje. Era algo espectacular. Allá abajo, hasta donde alcanzaba la vista, se había formado una densa niebla y desde la altura aquello parecía un paisaje cubierto por una capa de algodón que medio resplandecía ante la luna. Era como si un cielo nublado hubiera descendido hasta el suelo. Aquella niebla se veía sumamente compacta, hasta parecía sólida. Allá cada tanto, a la distancia, alguna zona elevada y puntiaguda sobrepasaba aquella atmósfera fantasmal que se empeñaba en cubrirlo todo. Observando asombrado el paisaje fantástico comprendió que aquello era bueno y malo a la vez. La niebla es una forma de precipitación y si se las ingeniaban podían obtener agua de ella; por otra parte, si en ese planeta había depredadores esos seguramente usaban la niebla a su favor. Pronto lo iban a averiguar.
Tercera parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2016/01/formas-extranas.html