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domingo, 3 de enero de 2016

Basura De Mar

 Romario pronto se iba a encontrar en graves problemas. Su situación por el momento no era muy mala pero eso podría cambiar en unos pocos meses...
Se había quedado sin trabajo, no encontraba otro y los ahorros de su cuenta bancaria iban disminuyendo. Tenía que encontrar otra fuente de ingresos y pronto.
Se levantó temprano a pensar. Su casa estaba frente al mar y el sol iba surgiendo de él de a poco. Bajó hasta la playa por un sendero escalonado y al llegar a la arena se detuvo a suspirar. Le encantaba el olor de las mañanas, eso lo revitalizaba. La playa estaba desierta, solo algunas gaviotas deambulaban por ella o revoloteaban sobre las olas. Romario empezó a caminar. Algo se le tenía que ocurrir, algún negocio que necesitara poca inversión, cualquier cosa. En el punto en el que se encontraba no pensaba desechar nada. Caminaba automáticamente. Le surgía alguna idea, la descartaba, pensaba en otra, tampoco le servía.

Mientras él seguía con sus planes el sol seguía con los suyos y se fue separando cada vez mas del mar azul. El calzado se le hundía en la arena y varias veces las olas lo alcanzaron. Que importaba, tenía problemas mucho más graves. Si mas adelante perdía su hogar desde ahí su vida sería un tobogán y ya no podría recuperarse. Ya es difícil conseguir cualquier trabajo sin una dirección de domicilio, y ni hablar de los trabajos de oficina. Andaba con tantas ideas en la mente que no notó a una enorme caparazón de caracol que las olas habían arrastrado hasta allí, y cuando su pie izquierdo chocó violentamente con ella de su boca brotaron varias maldiciones. Miró la caparazón mientras seguía maldiciendo. Nunca había visto una tan grande. La levantó, era pesada y estaba intacta. Enseguida pensó: “Hay gente que vive lejos del mar que compra estas cosas”. Después sacudió la cabeza negando su propia idea y arrojó la caparazón a un lado. Era algo que se podía vender solo a un precio muy bajo para el trabajo que implicaba encontrar buenos ejemplares. Pero de pronto recordó, había otra cosa con la que podía negociar: vidrio de mar.

Un viejo que había vivido toda la vida en aquella zona le había hablado sobre una playa escondida repleta de vidrio de mar. Y hacía un tiempo él había ojeado en un diario digital un artículo sobre eso. El vidrio de mar es básicamente basura, vidrio que fue a parar al mar que después de décadas de ser fraccionado y arrastrado por las fuerzas de las corrientes, el lento desgaste que sufre lo pule a la perfección formando hermosos trozos que a veces terminan en algunas orillas. La interesante historia de cómo fueron creados ha convertido a esos simples trozos de vidrio en artículos coleccionables. Romario pensó que si el viejo no había exagerado su historia podía contar con mucho de aquel material. No le parecía que fuera un negocio muy duradero porque cuando aumentara la oferta el precio se iba a desplomar, pero hasta que durara tal vez podría sacarle buen dinero y eso sería un éxito.

Casualmente, el lugar en cuestión estaba hacia donde él caminaba. Avanzó apurando el paso, todavía estaba lejos. De a poco fue creciendo una barrera oscura que cortaba la playa de arena. Sus pasos ahora eran ansiosos. El enorme promontorio de rocas oscuras era azotado por unas olas blancas bastante furiosas. Tierra adentro la formación rocosa iba declinando y empezaba a mezclarse con algo de vegetación. Observando el terreno que subía Romario comprendió por qué casi nadie conocía aquella playa. De todas formas empezó a subir. Tuvo que afirmarse con las manos en algunos tramos. Por mitad del camino pensó que estaba haciendo una locura, y al voltear hacia abajo estuvo seguro de que estaba loco, pero igual siguió. Al alcanzar la cima se detuvo a descansar un momento. La vista desde allí era increíble, hasta podía ver una ciudad que se hallaba a muchos kilómetros de allí. Mas él se encontraba en aquel lugar por otra cosa. Al alcanzar el otro borde un silbido escapó de sus labios. Era una playa pequeña, la cortaba del otro lado otra formación rocosa y su orilla no era de arena, era de rocas redondeadas, cantos y, ¡vidrio de mar brillando por todos lados! La playa tenía forma de herradura y los vidrios brillaban tanto ante el sol que todo el lugar parecía una enorme joya. 

Por aquel lado el descenso no era muy difícil. Los vidrios eran hermosos, sobre todo los de color y había ejemplares de buen tamaño. Estaba muy avanzada la tarde cuando regresó a su casa muerto de hambre y cansancio, y con los bolsillos a punto de romperse por la carga que llevaba. Durante los días siguientes hizo varios viajes al lugar. Después empezó con el mercadeo. Fotografió algunas partes de la playa con sus joyas (sin revelar dónde estaba el lugar) y las subió a varias páginas web que creó. También se unió a foros de gente que coleccionaba esos objetos. Cuando obtuvo cierta presencia en ese nicho empezó a vender. El dinero no pudo llegar en mejor hora. Su plan fue todo un éxito. El negocio le duró más tiempo del que pensó y cuando empezó a decaer ya tenía otro.

3 comentarios:

  1. Romario tuvo mucha suerte, vidrios de mar. Creo que no había escuchado de ellos antes, seguramente me encuentro alguno y lo desecho creyendo que es basura gracias a mi ignorancia. Bueno, al menos Romario ganó dinero gracias a los vidrios de mar. ¿También se aplica con botellas?. Muy buena historia, master. Se muestra que piensa en todo, al ver que el negocio del vidrio cayó, ya tenia otro. Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!.

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    1. Las botellas son basura nomás ¡Jaja! Sí hay gente que colecciona eso pero no creo que haya muchos que lo compren; si se los usa en artesanías puede ser que se vendan. Es un cuento ¡Jaja! Yo prefiero el cuarzo. En mi país hay ágatas a montones, es común encontrarlas en los caminos, en las calles de los barrios, son muy corrientes mas igual me gustan. Un pequeño hobbie. Gracias Ongie. ¡Saludos!

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  2. Saludos, Jorge... Romario tuvo bastante suerte; gracias por continuar regalándonos tus cuentos...

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