¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

jueves, 7 de enero de 2016

El Prisionero

Miguel se irguió de golpe y giró la cabeza hacia todos lados, confundido. Se encontraba en una isla diminuta donde apenas había plantas. Estaba amaneciendo. El horizonte que se alzaba más allá del mar aún oscuro se iba incendiando mientras el sol ascendía. Miguel se puso de pié y exploró el mar con la vista, luego desparramó la mirada sobre la isla. No entendía cómo había sobrevivido al naufragio del barco en el que él navegaba...
 
Esa noche lo habían despertado unos gritos de alarma: “¡El barco está escorando mucho… se va a hundir!”, gritaba alguien. Cuando Miguel acudió a la parte más baja de la nave el agua ya le daba por las rodillas a los hombres que luchando por salvar el barco y con él sus vidas, colocaban maderas sobre el casco y las apuntalaban. 

—¿Qué ha pasado? —preguntó Miguel a un marinero—. ¿Hemos encallado?
—No… no sé, algo hizo un agujero en el casco, entra mucha agua, y si sigue así…

El agua subía y subía, rompía las maderas, saltaban chorros, y las voces enronquecidas de algunos marineros gritaban palabras de aliento mientras otros menos optimistas decían que debían evacuar el barco. Miguel fue de los que se quedó abajo y trató de reparar el casco hasta último momento. La cubierta inferior se inundó completamente y el agua lo envolvió, después todo quedó oscuro. Creyó que había muerto pero ahora estaba allí, en una isla. Recorrió el lugar con la esperanza de hallar a algún compañero mas estaba solo. En su búsqueda encontró un manantial de agua dulce que bajaba entre rocas para luego unirse al mar. Cerca del manantial había algunas plantas pero ninguna era comestible. La isla era tan pequeña que se podía apreciar toda su extensión fácilmente. 

Hurgando en la playa encontró varios tablones viejos, y como el sol ya comenzaba a calentar demasiado armó un improvisado refugio con ellos, afirmando un extremo en la arena y recostando el otro en una roca.  Tendido allí evaluó su situación. Por lo menos tenía agua fresca, aunque no había visto algo que le sirviera para comer, pero aún así podría sobrevivir muchos días.    Sobre cómo había sobrevivido, cómo había llegado hasta allí, era un misterio para él. Y cuando por la tarde fue a tomar agua el misterio aumentó: sobre la roca había un pez, aún vivo, y al lado de este encontró un viejo puñal de cabo de plata, que a pesar de ser viejo lucía bastante lustroso y estaba afilado. ¿Quién había dejado aquello allí? 

Volvió a recorrer la isla, esta vez frenéticamente, miró atentamente hacia el mar, gritó, pero nada, estaba solo. Como ya empezaba a sentir hambre, abrió el pescado y lo comió crudo, pero no sin antes examinarlo detalladamente y echar rápidas miradas de desconfianza a su entorno. Llegó la noche y con ella una sensación extraña: le parecía que lo observaban. Había experimentado esa sensación unas noches antes, estando en la cubierta principal del barco, y alcanzó a ver algo que se sumergía de golpe en el agua.  Al recordar eso escudriñó el mar oscurecido y creyó ver algo en la playa, pero cuando fue hasta allí ya no estaba. Al otro día, un nuevo pescado. Esta vez lo cortó en tiras y lo puso a secar al sol tras remojarlo en el agua salada del mar. Los días transcurrían tan calientes que tenía que permanecer en su refugio la mayor parte del tiempo, y era en esos momentos cuando su proveedor misterioso le llevaba algo. 

Cuando empezaba a aburrirse del pescado encontró una caracola enorme que contenía algas comestibles.  Y así pasaron muchos días, semanas. Por la noche sentía que lo observaban mas esa presencia no lo inquietaba. Una tarde, se estaba bañando en el mar cuando vio a su proveedor; ya estaba intuyendo de qué se trataba. Se había sumergido con los ojos abiertos y miraba el fondo, entonces, un ser que nadaba ágilmente cruzó allá abajo: era una sirena. La vio fugazmente porque la sirena pronto se perdió en el azul del agua. ¡Una sirena lo había salvado, y lo alimentaba! Inevitablemente concluyó que aquel ser se había enamorado de él, también había presentido eso. Se sintió muy afortunado, gracias a ella había sobrevivido a un naufragio y ahora vivía relativamente bien en una isla pequeña y desolada, cosa que no podría hacer sin la ayuda de la sirena. 

Después de esa ocasión volvió a verla a diario. Ella, aunque era tímida, ahora se dejaba ver todos los días aunque siempre de forma fugaz. Una tarde, cuando el cielo se encontraba nublado y Miguel daba un paseo por su diminuta playa. De pronto divisó la vela de un barco, luego todo el casco. Lo invadió entonces la desesperación de quien espera ser rescatado y gritó y sacudió los brazos como un loco, y tuvo la fortuna de que lo vieran. 

Por la noche, Miguel reposaba en un camarote del barco cuando su calma fue interrumpida abruptamente. “¡El barco se hunde!”, gritó alguien, y se escuchó las correrías de los marineros. Entonces Miguel comprendió: era la sirena. 

5 comentarios:

  1. Pobre Miguel, ese amor era una "atraccion peligrosa", seguramente nadie se salva y ahora tiene que cargar con dos naufragios en los que, muchas personas posiblemente fallecieron. Pero no es su culpa que una sirena psicópata se haya enamorado de el. Me hace pensar que las sirenas no son tan buenas como parecen. En alguna forma, su situacion es aun peor, ya que la sirena hunde los barcos, le da comida y lo ama, pero no es capaz de siquiera dejarse ver completamente o interactuar con el, lo que me hace suponer, no se porque se me ocurrió, que la sirena lo trata más como una mascota que como a un enamorado. Pero bien, en ninguna parte dice que las sirenas no puedan ser tan perversas y maliciosas incluso estando enamoradas, si es que lo estaba. Un excelente e intrigante relato master, te quedó genial!. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La sirena iba a interactuar con él pero mas adelante, le estaba dando tiempo al tiempo ¡Jaja! Y no te olvides que no es una mujer. Gracias por tus divertidos comentarios, Ongie. Te espero por aquí. Un abrazo.

      Eliminar
  2. Saludos,Jorge. Pobre Miguel...

    Stephanie

    ResponderEliminar
  3. Jorge me gustaria ser rescatado por una sirena jeje pero en mi pais no tenemos mar solo rios enbravecidos..un saludo hermano genial este otro blog..tu tocayo el guardabosques

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ahí te puede rescatar alguna vieja del agua ¡Jaja! Es mejor sin mar, no hay peligro de tsunamis. Gracias. ¡Saludos!

      Eliminar

¿Te gustó el cuento?