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sábado, 30 de enero de 2016

Cuentos De Terror Para Niños

                                         Persiguiendo Luces
Ese verano estaba haciendo mucho calor y las noches eran muy pesadas. Cuando caía el sol los vecinos sacaban sus sillas al patio y trataban de refrescarse bebiendo alguna bebida fría. Como había tanta gente afuera los niños de la cuadra aprovechábamos para jugar hasta tarde. En esa época en las calles de la zona no había alumbrado público y las únicas luces que iluminaban el lugar eran las de los frentes de las casas, y no todas tenían focos o no los encendían....
A los niños no nos importaba porque la combinación de luces y sombras hacían mas divertidos algunos juegos, sobre todo las escondidas. La calle estaba asfaltada pero en los costados era de tierra y había mucho espacio. Sumado a eso, en la cuadra había un enorme terreno baldío cuyo fondo daba a un campo.

Esa noche de calor insoportable nos divertíamos cazando luciérnagas en el terreno baldío. Varios amigos y yo andábamos con frascos para meter en ellos a las luciérnagas; jugábamos a quién juntara más y después las liberábamos. Del otro lado de la calle, frente al baldío se encontraban unas viviendas que tenían unas luces bastante potentes, mas como aquel terreno era muy grande mayormente permanecía oscuro. Tratábamos de permanecer en las zonas más claras pero a veces nos alejábamos al perseguir una luciérnaga. Una por demás esquiva me fue apartando del grupo. Cuando estaba por alcanzarla esta volaba más alto para escaparse y yo salía tras ella. Así me alejé bastante de los otros.  Estaba por volver a la claridad porque la luz intermitente de aquel insecto volador se apagó de pronto para no encenderse más, cuando de pronto vi dos puntos luminosos que brillaban juntos. Aquellas luces estaban a pocos pasos de mí y se mantenían como a la altura de mi pecho. No eran del mismo color que las luciérnagas pero creí que era así porque se trataba de otra variedad de luciérnaga, no lo pensé mucho.

Me acerqué cauteloso para que no volaran mas alto. Cuando vi que no se separaban me di cuenta de mi error infantil: no era lo que yo pensaba, eran dos ojos encendidos, emanaban su propia luz. Estaba muy oscuro pero desde aquella distancia noté un contorno, era un cuerpo humano más pequeño que yo. Se me erizaron todos los cabellos de terror cuando me pareció ver que aquella cosa de ojos luminosos estaba abriendo una boca enorme. Grité con todas las fuerzas de mis pulmones y huí corriendo. Mis amigos no vieron nada pero cuando pasé a los gritos al lado de ellos salieron corriendo también. Nunca supe qué fue lo que vi. Mis padres enseguida dijeron que la vista me había jugado una mala pasada y que en realidad no vi nada. 
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                                        Noche De Luna Llena
La familia de Rodrigo estaba visitando a unos parientes que vivían en una zona rural. Rodrigo tenía doce años y nunca había viajado fuera de la ciudad; el campo era algo completamente nuevo para él. Fueron en una camioneta que alquilaron para ese fin. Como su padre se perdió varias veces por el camino llegaron casi al anochecer. Sus parientes tenían una familia muy numerosa, y enseguida un montón de niños rodearon a Rodrigo. Se apartaron de los mayores y empezaron a conversar entre todos. Aquellos chiquillos tenían algo de picardía en la mirada y no paraban de sonreír. Uno tras otro le preguntaban cosas de la ciudad y se mostraban sorprendidos por sus respuestas. Eso le gustó a Rodrigo y por eso empezó a exagerar algunas cosas, después directamente empezó a inventarlas para hacer su conversación más interesante: 

—En la cima de los edificios se pueden tocar las nubes de tan altos que son —les decía. 
—¿Tú tocaste alguna vez una nube? —le preguntó hablando con un dedo en la boca una de las tres niñas que integraban el grupo.
—Sí, montones de veces —contestó Rodrigo sin dudarlo.
—¿Y cómo son? —lo interrogó el menor de los hermanos.
—Son casi como el algodón pero te dejan las manos mojadas —les mintió descaradamente.

Los otros parecían creerle todo lo que decía y eso lo incentivó a seguir narrando cosas asombrosas sobre la gran ciudad donde vivía. Los locales a su vez empezaron a contarle cosas que lo hicieron dudar, pero como no sabía nada sobre el campo se las creyó, aunque por un momento le pareció que le estaban mintiendo como él a ellos. 

Más tarde en la noche cenaron todos juntos. Después los más chicos salieron al patio a seguir conversando. Había luna llena. Rodrigo no pudo disimular su asombro por lo clara que estaba la noche debido a la luna; en la ciudad nunca la había visto así. En el patio, que era muy grande, había varios árboles grandes que creaban enormes sombras entre la claridad que brindaba la luna. Se sentaron a conversar en unos bancos cortos de madera rústica que los más grandes arrimaron para formar una ronda donde todos podían verse las caras. Los perros de aquel hogar se paseaban entre ellos dándoles coletazos. A Rodrigo también lo impresionó bastante el silencio que dominaba ahora a toda aquella región. Esa falta de ruidos lo hacía girar la cabeza cada tanto hacia las sombras de los árboles. Uno de sus parientes notó eso y le preguntó sonriendo:

—¿Le tienes miedo a los hombres lobo?
—¿Qué? ¿A los hombres lobo? Claro que no, esos solo existen en las películas, o en los cuentos, ¡jaja! —le contestó Rodrigo.
—Nosotros sabemos varias historias y no son cuentos —le dijo la más grande de las niñas.
—Sí, son cosas que le ha pasado a gente que conocemos —afirmó otro.

Seguidamente se pusieron a narrarle cuanto cuento de terror se sabían, y el mayor hasta inventó uno que se le ocurrió en el momento. Hasta esa noche él había considerado que los hombres lobo solo eran ficción, pero ahora, bajo la luna llena y en aquel paisaje silencioso ya no le pareció tan improbable que existieran.  A los otros les gustó lo asustado que se veía su pariente de la ciudad y aprovecharon el momento para desquitarse de sus mentiras. Hasta los más pequeños lo habían notado, y a pesar de que ellos también le habían inventado cosas les parecía que aún no estaban a mano porque él había empezado. Uno de los chiquillos había comenzado a narrar otra historia cuando los perros lo interrumpieron a ladridos. Los de la casa sabían que solo eran cuentos pero como solamente eran niños también se estaban asustando, por eso cuando los perros ladraron repentinamente todos se sobresaltaron. Los perros, que eran tres, después de ladrar quedaron mirando hacia el mismo lado a la vez que gruñían. Estaban erizados y levantaban el labio superior enseñando los colmillos. Toda la parentela de chiquillos buscaron con la mirada el punto que señalaban los perros. En el árbol más alejado resaltaba una silueta extraña que estaba levantada sobre sus patas traseras mientras tenía las de adelante muy altas apoyadas contra el tronco del árbol. Aquello tenía hocico y repentinamente volteó hacia ellos.

Todos gritaron al mismo tiempo y después salieron corriendo rumbo a la casa. Al llegar a donde estaban los mayores les dijeron que habían visto a un hombre lobo y describieron cómo lo vieron. Rodrigo también juró verlo. No les creyeron eso pero igual salieron a investigar porque evidentemente algo habían visto. El dueño del lugar regresó sonriendo un rato después. Se habían llevado un buen susto por estar mintiéndose entre ellos. Lo que vieron fue a un enorme perro mastín que era de otra vivienda que había no muy lejos de allí. Era un animal muy manso pero le gustaba cazar comadrejas. Había perseguido una hasta aquel árbol y se había parado sobre sus patas traseras para intentar alcanzarla.
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                                           En El Bosque
La madre de Ariel se había enfermado y al caer la noche su padre todavía no regresaba. Hace muchos años que ocurrió esto. Vivían en una cabaña que estaba muy apartada del pueblo más cercano. La madre de Ariel se sintió mal por la tarde y al llegar la noche tuvo que acostarse. Él solo tenía doce años y no sabía qué hacer. Salía al portón y observaba el camino que se adentraba en el bosque esperando ver de un momento a otro la silueta de su padre sobre el único caballo de la familia; pero este no aparecía. Si fuera de día enseguida hubiera corrido hasta el pueblo en busca del doctor de la zona, pero estaba de noche y el bosque por donde cruzaba el camino tenía fama de estar embrujado y era peligroso. Al entrar de nuevo a su hogar su madre le preguntó si su padre ya llegaba y él negó con la cabeza. Ella estaba acostada, tenía la frente empapada en sudor y se refrescaba la cabeza con un paño mojado. Viéndola así él decidió:

—Mamá, voy a ir hasta el pueblo.
—No, no. Solo por ese camino y ahora de noche, ni pensarlo.
—Pero mamá, si papá todavía no volvió es muy probable que lo haga recién mañana, y tú necesitas que el doctor venga hoy.
—Igual, no voy a dejar que vayas solo y a pie, de ninguna manera. Hay animales y quién sabe que otras cosas... No puedes ir.
—Pero yo no tengo miedo, y si uno no tiene miedo no le pasa nada. Por favor, deja que vaya.  Llevaría varias antorchas para que duren todo el camino, e iría con mi cuchillo, y con la honda. Voy a ir. Mamá, y si no voy y luego tú empeoras, ¿cómo crees que me sentiría si te pasa algo? Yo voy a esta bien.
—No me gusta pero está bien, ve, pero con mucho cuidado. 
—Bueno. Voy a volver con el doctor. ¿Necesitas algo ahora?
—No, estoy bien. 

Se despidieron y Ariel fue por sus cosas. Colocó varias antorchas en un cesto de mimbre delgado y largo y se ató el cesto a la espalda como si fuera una mochila. También se cruzó en el hombro su bolso de cuero; en él llevaba piedras y un cuchillo. A la honda la iba a llevar en la mano. Tenía una puntería extraordinaria con aquella honda primitiva y esta le daba bastante confianza. Finalmente encendió una de las antorchas en una vela y salió de la cabaña. La noche no estaba del todo oscura pero en cuanto se adentrara en el bosque eso iba a cambiar por las sombras de los árboles. Pronto estuvo rodeado de árboles y sombras. El camino era angosto y serpenteante, doblaba aquí y allá y en algunos tramos parecía desaparecer. Ariel trataba de no perder de vista las huellas de caballo que había en el camino porque si se desviaba por un sendero se iba a perder. La llama de la antorcha se movía hacia todos lados y hacía que las sombras de los alrededores se movieran también. 

Cuando la primer antorcha empezó a iluminar menos le pareció que la oscuridad se quería abalanzar sobre él. Encendió otra antes de que se apagara y la oscuridad retrocedió hasta el bosque. Siguió caminando valientemente. De pronto escuchó pisadas no muy lejos de él. Eran pisadas sutiles, sigilosas, pero las escuchó igual porque tenía muy buen oído. Enseguida pensó que aquello era un lobo. Sin hacer movimientos bruscos, cargó una piedra en la honda y entonces sí, la agitó velozmente sobre su cabeza y soltó una de las tiras para que la piedra saliera proyectada hacia donde creía que estaba el lobo. Un grito agudo del lobo indicó que el tiro fue certero. Seguidamente los pasos de la bestia se alejaron velozmente por el bosque hasta que ya no los escuchó. Desde ahí siguió con más confianza todavía, pero pronto esta se le terminó.

Más adelante en el camino, de pronto le chistaron ¡Chiss! ¡Chiss! Quiso creer que era una lechuza, aunque había escuchado a muchas y no sonaban así. Al escuchar de nuevo el chistido se le erizó la piel de miedo. Como no sabía de dónde venían aquellos ruidos movió la antorcha rápidamente hacia un lado del camino y después hacia el otro, y en este último vio una cara que se asomaba detrás de un tronco. Era la cara arrugada y llena de verrugas de una bruja. Entonces la bruja lanzó una carcajada sacudiendo la cabeza e inclinándola  hacia atrás para enseguida esconderse del todo tras el tronco. Ariel pensó que una bruja era demasiado para su honda, y por un momento lo dominó el terror. Pero de pronto pensó en su madre y volvió a tener valor. Encendió otra antorcha y se alejó de allí con una en cada mano. Alcanzó a ver entre las tinieblas que la bruja, encorvada y rengueando pero moviéndose velozmente, se desplazaba de árbol en árbol siguiéndolo pero sin mostrarse mucho. Estaba vestida con una especie de túnica negra toda rota y harapienta. Un tramo más adelante volvió a chistarle para asustarlo, mas esta vez él le gritó:

—¡Si te me acercas te prendo fuego, bruja! ¡Seguro que esos harapos toman llama enseguida! 

Escuchó que la bruja se detuvo. Como él suponía, la muy malvada le tenía miedo al fuego y las antorchas la hicieron dudar. Ariel siguió con el oído atento al menor ruido. Al escuchar que la bruja lo seguía nuevamente sintió que el terror lo iba dominando de nuevo. Por suerte en ese momento vio una luz que venía por el camino, y enseguida sintió el retumbar de un galope. ¡Era su padre! Entonces la bruja se alejó rezongando por la oscuridad del bosque. Cuando Ariel le contó lo que pasaba los dos fueron hasta el pueblo en el caballo. No mucho después volvieron a la cabaña acompañados por la carreta del doctor. Al amanecer su madre ya estaba mucho mejor. 

15 comentarios:

  1. Estupendas historias amigo, con espléndidos finales y un muy buen argumento. Durante la infancia ocurren muchas situaciones que, o bien podrían olvidarse o quedan bien grabadas y sería una muy buena historia para contar en un futuro. En el caso de estos chicos, seguramente jamás olvidarán estas experiencias y puede que hasta se rían de ellos mismos, jaja!. Estos cuentos reflejaron muy bien la inocencia, alegría, aventura y valentía de los niños. Me gustaron mucho estas historias, master!. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

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    1. Muchas gracias, Ongie. Son cuentos pensados para niños pero igual sirven para todos. En la literatura abundan las historias que fueron pensadas para niños pero que nos gustan a todos, como "El Hobbit", o los "Cuentos de La Selva" del maestro Quiroga; yo hasta ahora los leo y me encantan. ¡Saludos!

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  2. Que tal Jorge? buenos cuentos..lo que le paso a los niños suele pasar jaja..saludos..Willy

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    1. Sí, a veces, y a los no tan niños también ¡Jeje! Gracias. Saludos!!

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  3. Saludos, Jorge. Muy buenas estas historias. La niñez una etapa tan genial.

    Stephanie

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  4. Hola, Stephanie. Que bueno que les gustó igual estos cuentos para niños. Gracias por comentar. Un abrazo.

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  5. Mi favo4ito el niño mentiroso de la ciudad sin duda

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  6. Que tal Jorge muy buenos están si son para niños me imagino que sera peor para los mayores jaja, buena esa de Ariel.

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  7. Hola Ariel. Para grandes tendría algunas diferencias pero muy pocas porque siempre escribo con la intención de que sea para todo público. ¡Saludos!

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  8. Dario soy Jorge me había olvidado de poner mi nombre ja, buena esa de Ariel dije por el cuento que estubo muy bueno lo que hiso.

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  9. Excelente como siempre, que bueno que volviste a escribir ya te extrañaba,gracias Jorge, me recordaste mi infancia en un rancho sin electricidad y con muchos relatos de terror

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  10. Hola Jorge que bueno que estás de regreso muy buenos relatos me remitieron a mi niñez

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  11. Te agradezco los comentarios, María.
    Escribir y publicar aquí son dos cosas diferentes. Desde que empecé, nunca dejé de escribir. En estos días voy a subir varios cuentos cortos. Te espero por aquí. Saludos!!

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  12. Hola Jorge! Muy buenos cuentos!!! La verdad me encantaron c:, espero que sigas escribiendo cuentos haci! Te felicito! ⌒.⌒

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    1. Hola. Muchas gracias. Voy a seguir escribiendo mientras viva, o mientras me funcione el cerebro ja. Publicar aquí es otra cosa. Pero ya hay cientos de cuentos, igual voy a subir otros, también algunos videos con historias narradas por mí, próximamente. saludos!!

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