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lunes, 29 de febrero de 2016

De Payasos

Lorenzo bajó el volumen de la tele, dejó el control en el apoyabrazos del sofá y escuchó. Vivía en un pueblo tan pequeño que ruidos como aquel eran extraños ya entrada la noche. “¿Se acerca un desfile?”, pensó, eso era más raro todavía...

domingo, 28 de febrero de 2016

El Anticuario

Lo primero que hicimos al bajar del auto fue mirar la fachada de la mansión. El señor Hamilton, mi mentor, levantó la vista hacia los ventanales y yo hice lo mismo. El frente de la mansión era una extraña mezcla entre la opulencia y la decadencia. El señor Hamilton me había enseñado a observar todo. La mansión tenía una cornisa gótica donde resaltaban unas cabezas deformes de animales. Las ventanas eran pequeñas, con cortinas que incluso desde lejos se veían muy gruesas... y de pronto una de esas cortinas se movió como si alguien que nos observaba se hubiera ocultado rápidamente para no ser descubierto...

sábado, 27 de febrero de 2016

El Guitarrista

Aquel lugar me intimidaba bastante pero Mario era un amigo y tenía que ir. Y no lo voy a negar, sentía mucha curiosidad por saber qué le había pasado. Los conocidos no se ponían de acuerdo sobre la versión y era mejor saberlo de primera mano...

lunes, 22 de febrero de 2016

El Paciente Uno

Javier creyó por un momento que la casa se le venía abajo. El ruido aquel lo despertó y por un momento estuvo confundido, después se dio cuenta de que debía ser un helicóptero. El fondo de su terreno daba al predio de un hospital, y en aquella parte había un pequeño helipuerto. Como ya habían perturbado su sueño, y además era muy curioso, fue hasta la ventana para ver qué pasaba. Era sumamente raro que un helicóptero aterrizara allí porque era una ciudad chica, así como su hospital...

viernes, 19 de febrero de 2016

Tren Hacia el Terror

Una media luna menguante resaltaba los rieles de la gran curva que estaba por tomar un tren de carga.  En ambos lados de la vía crecían sendos matorrales, y en el de la parte externa de la curva se hallaba escondido Pablo...

martes, 16 de febrero de 2016

Payasos Zombies

El cuartel de bomberos donde trabajaba Ramón recibió una llamada. Engancharon el transporte de la lancha porque la llamada era sobre un ahogado. Atravesaron la ciudad con las sirenas encendidas pero sin mucha prisa porque ya no esperaban hallarlo vivo...

Los Constructores

Manuel sabía que algo no estaba bien con su vida pero no hallaba nada raro en ella, excepto por aquella planta. Le tenía mucho aprecio porque se la había regalado su madre cuando él se mudó a su nuevo hogar. Era una planta que requería bastante cuidado; él le mojaba las hojas y la regaba con la proporción justa. A pesar de eso un día la encontró medio arrugada por falta de agua...
No se explicaba qué había pasado porque recordaba haberla atendido bien diariamente, pero a la vez reconocía que no podía ponerse así en unas horas, la había descuidado mucho más, días. ¿Qué había pasado entonces? Él era profesor de filosofía, pero no de los que estudian y luego enseñan solo por un sueldo, a él le gustaba aplicarla en su vida.

Se sentó en el fondo de su casa a pensar sobre el asunto. Allí tenía una reposera y un matamoscas. Como tenía un parral sobre él a veces tenía que ahuyentar a alguna avispa, pero seguir el vuelo de una con la vista no lo distraía, y en su pequeño paraíso podía filosofar tranquilamente. 

Allí había un hecho: la planta no había sido atendida por varios días. Por otro lado recordaba haberlo hecho puntualmente. ¿Qué era lo más lógico? Desconfiar de sus recuerdos aunque le pareciera una locura. Comenzó a recordar todo lo que había hecho los días pasados. Parecía su rutina normal pero había algo que no estaba bien. Manuel, con los ojos cerrados, se golpeaba suavemente una palma con el matamoscas. Pronto se dio cuenta de lo que estaba mal: nada estaba mal y eso era lo que estaba mal. Eran recuerdos de una rutina perfecta. ¿Qué probabilidades había de que no le hubiera pasado nada lo suficientemente singular o curioso como para no recordarlo? Diariamente atravesaba un tránsito muy complicado, ¿como podía ser que no hubiera ocurrido ningún incidente, ninguna imprudencia?, el clásico peatón que cruza de pronto a mitad de cuadra, o el auto que adelanta peligrosamente... algo. Y en la secundaria, ¿ningún alumno se había atrasado, o contestado una cosa sin levantar la mano, o arrojado un papel a un compañero...?, ¿y entre sus colegas?, ¿ni un chisme ni comentario que resaltara? Recordaba haber manejado, dado clases, pero casi no había detalles. Evocando montones de recuerdos llegó a la conclusión de que los incompletos tenían una semana.

Ahora venía lo más difícil: ¿Por qué recordaba las cosas así? La respuesta quería presentarse pero no la planteaba porque parte de él la creía absurda. Nuevamente la planta fue la clave. También recordaba haberla regado pero las pruebas demostraban que no fue así. No le gustaba pero la respuesta estaba allí: los recuerdos de toda la semana eran falsos, solo eran una ilusión. Pero esa planteaba incógnitas mucho más profundas como qué había hecho todos esos días. La noche lo encontró filosofando sobre esos asuntos. Necesitaba más pruebas para sacar más conclusiones. Las encontró al abrir la heladera. El yogur ya estaba agrio. También notó que le quedaban cosas que ya se le tenían que haber terminado. Caminó por su hogar observando todo con mucha atención. Pasó el dedo por una mesa para comprobar cuánto polvo tenía. Todo indicaba que no había vivido allí. Era algo alarmante. ¿Dónde había estado todos esos días, y qué había hecho? Por la mañana, como era domingo salió a dar un paseo a pie. Al pasar frente a la vivienda de una vecina escuchó que esta rezongaba con su perro:

—¡Tony! ¡Quieto, quieto!, ¡abajo! Espera a que te sirva la comida. ¡Ni que hubieras estado una semana sin comer!

A Manuel esas palabras le resultaron como un alarma. ¡También le estaba pasando a otra gente! Después de almorzar volvió a su lugar de pensar. Suponiendo que era mucha la gente que se ausentaba de sus hogares, ¿a dónde iban todos?, y, ¿cuánto tiempo hacía que pasaba eso con diferentes personas? Si estaban en alguna especie de estado enajenado no era muy probable que conducieran, tenían que ir a un lugar cercano. Enseguida recordó las enormes barracas que habían levantado hacía un tiempo en los alrededores de su ciudad, y según había escuchado, de todas las ciudades. 

Anteriormente ya había pensado para qué eran, porque no se les veía ningún cartel que indicara eso. Picado por la curiosidad fue hasta la barraca más próxima. Solo tenía carteles que prohibían el paso. Estaba evaluando cómo saltar la cerca cuando de adentro del galpón empezaron a sonar ruidos de máquinas y enseguida comenzaron a retumbar muchos pasos pesados que transmitían una gran vibración al suelo. Manuel corrió hasta su auto. La puerta del colosal galpón se abrió y de ella brotaron al trote unos robots de unos cuatro metros de alto. Algunos tenían dos patas mecánicas, otros cuatro o seis. Enseguida los robots empezaron a dispararle a los autos que iban por la ruta. Él se salvó por poco. descubrió aquello demasiado tarde. 

Por el retrovisor alcanzó a ver a uno de los seres que manejaba una de las máquinas. No era un humano. Usaban una especie de casco pero por el tamaño (por lo grande) se notaba que eran otra especie, además tenían cuatro brazos. Lo que manejaban no parecía algo hecho en otro mundo, aunque tampoco parecía ser tecnología terrestre. Eran máquinas que los humanos habían construido. Mientras huía a Manuel se le ocurrieron un montón de cosas. Si aquellos seres querían apoderarse de la Tierra y tenían los medios como para controlar las mentes humanas, ¿por qué en vez de hacerlos construir algo simplemente no hacían que todos se mataran? Seguramente porque también querían dominar a los humanos. Tal vez sus trucos mentales solo funcionaban unos días. Pero lo más importante ahora era otro asunto, ¿cómo los enfrentaban? 

domingo, 14 de febrero de 2016

De Fantasmas

                                           El Pasajero
Todo comenzó cuando un ómnibus se descompuso justo frente a mi casa. Era un vehículo viejo de esos inmensos, largos y altos a pesar de ser solo de un piso. Unos mecánicos estuvieron trabajando en él casi toda la tarde pero al llegar la noche se fueron y aquel gigantón seguía allí. Me preocupó un poco que se fueran dejando al vehículo sin que nadie lo cuidara...
Es una zona tranquila pero nunca se sabe. Supuse que lo dejaron tranquilamente porque vieron que en las casas de mis vecinos había perros y estos andaban sueltos. Esa noche los perros estaban muy activos y se la pasaron ladrando. Al parecer no se acostumbraban a la presencia de aquel enorme ómnibus porque era hacia él que ladraban. Gracias a ese concierto ya pasaban de las doce y yo no podía dormir.

En mi desvelo se me ocurrió que podía ser que sí anduviera alguien porque los ladridos se mezclaban ahora con algunos gruñidos. Fui hasta la ventana de la sala para espiar. Abrí un poco la persiana con los dedos y miré hacia afuera. Pensé que si había alguien era detrás del ómnibus, porque en la vereda no había nadie. Grande fue mi susto al notar que a la vez que yo espiaba, me espiaban a mí. En una de las ventanillas del vehículo había una cortina descorrida parcialmente, y por allí se asomaba un rostro terriblemente pálido que me estaba mirando. Me aparté inmediatamente y me llevé la mano al pecho. El corazón me latía irregularmente. Al instante supe que se trataba de un fantasma. No lo sabía solo por la apariencia de aquella cara, era principalmente por la sensación que me había transmitido.

Volví a acostarme aunque sin esperanzas de dormir. Al rato, golpearon frenéticamente la puerta. No consideré que pudiera ser el fantasma, no lo creí capaz de salir del ómnibus. Atisbé por la mirilla, no había nadie. Todavía creía que había sido alguien de carne y hueso. Abrí la puerta y salí a la vereda, ambos lados de la calle estaban desiertos. Por lo rápido que respondí, a alguien solo le daría tiempo de ocultarse detrás de aquel mastodonte, calculé. Al levantar la vista hasta las ventanillas, aquella cara fantasmal me estaba mirando de nuevo. Entré corriendo a mi casa. Me había asustado de nuevo pero igual tuve que espiar por mi ventana. Ahora parecía que estaba hablando, vi que articulaba su boca. La piel se me erizaba y un escalofrío me subió por la espalda. Volví a acostarme y ya no me levanté cuando golpearon de nuevo. 
Temprano por la mañana volvieron los mecánicos, y pasado el mediodía lo hicieron arrancar y se lo llevaron. Respiré aliviado. Después sentí algo de lástima por el fantasma porque al parecer quería decirme algo.
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                                             En La Nieve
Denis señaló hacia una masa de nubes que empezaba a asomar rápidamente en un costado de la montaña nevada. 

—¡Es una tormenta de nieve y viento! —le comunicó Denis en voz alta a Jeff, su compañero de escalada. 
—¿Crees que nos va a golpear? —preguntó entonces Jeff.
—Sin ninguna duda. Tenemos que descender. 

Estaban escalando una montaña toda blanca de nieve. El viento helado no se hizo esperar y empujaba una nieve que caía de lado. Ahora la montaña entera gemía y aullaba desde sus aristas y todo se estaba tornando blanco, el cielo y la tierra allá abajo. Denis y Jeff levantaron la vista hacia la cima que no iban a alcanzar y, vieron a la vez que alguien situado bastante más arriba que ellos sacudía los brazos cruzándolos delante de la cabeza y volviéndolos a abrir. Sin dudas quería que lo socorrieran. Tenía un abrigo rojo pero por instantes se desvanecía en el blanco reinante por culpa de la tormenta. 

—¡Necesita ayuda, tenemos que ir! —gritó Denis.
—¡Vamos! —lo apoyó su compañero. 

Esa parte era más inclinada. Los pies se hundían en la nieve aún no compactada, y existía el peligro de resbalar y luego rodar hacia la muerte. Ya no se veía la cima, todo se confundía en el mismo blanco. Parecía que la tormenta intentaba derribar la montaña. Cuando levantaban la vista veían al hombre de rojo por un instante mas enseguida desaparecía en la blancura rugiente. Denis tiró del abrigo de su compañero para llamar su atención, y le gritó desde muy cerca: 

—¡Ya teníamos que haberlo alcanzado! 
—¡Es lo que estaba por decirte! ¡Y no veo huellas por ningún lado…! 
—¡Tienes razón, no me di cuenta de eso!

Al buscar con la vista, el otro estaba ahora mucho más arriba. Los estaba engañando, y no había forma de que alguien subiera tan rápido. Los dos comprendieron que estaban viendo a una aparición y no a un hombre. Sabían que muchos escaladores sucumbieron allí y era lógico suponer que no todos eran gente buena.  Al hacerlos subir los estaba conduciendo hacia su fin. Pero nuestros montañistas no eran principiantes. Ya no podían bajar por la tormenta pero podían hacer otra cosa. Se pusieron a cavar un refugio en la ladera y así escaparon del  viento cruel. Cuando pasó la tormenta descendieron. Durante todo el trayecto restante sintieron que los observaban desde arriba.  
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                                            La Señora
Orlando caminaba tranquilamente por la madrugada, paseando por la ciudad. Al descubrir un bar entró a tomar unas copas.  El lugar era agradable (para lo que son los bares), y como ya era muy tarde no faltaba el borracho dormido sobre una mesa, que de todas es preferible al borracho “pesado” que se arrima a balbucear cosas que nunca vivió. Cuando Orlando notó que el cantinero quería cerrar se levantó para irse, pero en ese momento el cantinero le pidió un favor: 

—Oiga, ¿podría llevar a José a su casa? Si no es mucha molestia… Es solo para acompañarlo por si el veterano se cae. Vive a una cuadra y media de aquí, cuando mucho. Casi siempre lo llevo yo pero hoy tengo que quedarme sacando cuentas. Es un buen tipo, no es complicado ni nada, se lo aseguro. 
—Sí, yo lo llevo, no pasa nada —aceptó Orlando. 

El cantinero despertó a José, que en un primer momento se mostró confundido, como todo el que es despertado de pronto, pero enseguida reaccionó y se levantó tambaleando. 

—Yo lo acompaño, don —le dijo Orlando—. El hombre aquí me dijo que su casa está hacia allá y es justo hacia donde voy. 
—Vaya con él, yo le pedí que lo acompañara hasta su casa porque yo no puedo —le explicó el cantinero. 
—Yo estoy bien —dijo José arrastrando las palabras-, puedo irme solito nomás. 

Y el viejo hizo un gesto como de militar al despedirse. Pero Orlando pensó rápido: 

—Don, yo igual voy por esos rumbos, y quién sabe si no es usted el que me termina llevando, porque me siento mareado de más. 
—Ah, bueno, si es así pues, vamos —aceptó al fin el viejo. 

El hogar de José realmente estaba cerca. Orlando lo ayudó a abrir la puerta, y tomándolo de un brazo lo llevó hasta un sofá. José quedó dormido apenas se recostó. Cuando Orlando fue a marcharse, al girar vio a una señora mayor que lo miraba seriamente. 

—Hola —la saludó Orlando, al reponerse de la sorpresa, porque no la había escuchado entrar a la sala—. Yo vine a acompañar a Juan, el cantinero me lo pidió…

La señora no hizo ni un gesto, solo dio media vuelta y se alejó por un corredor. Orlando supuso que la señora actuó así porque ya debía estar fastidiada de las borracheras de su marido. Unos días después volvió al bar. Allí estaba nuevamente José, y al reconocerlo le invitó un trago. En la mesa había otro hombre, y José retomó algo que le estaba contando, y al escuchar aquello Orlando se impresionó profundamente. José dijo:

—… No es solo una sensación, es algo más fuerte. Te aseguro que, aunque mi esposa murió hace ya tres años y ahora vivo solo, cuando estoy en casa todo el tiempo siento su presencia. 

Malas Intenciones

Nos conocíamos desde hacía algunas semanas pero uno ignoraba lo que realmente era el otro y cuáles eran sus intenciones...

viernes, 12 de febrero de 2016

Miedo A Los Muñecos

Era una pequeña fiesta como cualquier otra hasta que a los anfitriones se les ocurrió jugarle una inocente broma a uno de sus invitados...

jueves, 11 de febrero de 2016

Un Suceso Inesperado

Sebastián creyó que aquella iba a ser solo otra zambullida más, pero ese día se encontró con algo que solo conocía por cuentos...
Practicaba buceo desde que era niño y nunca se había topado con algo como aquello, aunque sí conocía muchas historias pero no creía que fueran ciertas. Zarpó del puerto temprano por la mañana. Después de navegar largamente pero sin alejarse mucho de la costa llegó al fin al banco de coral que era su destino. Ancló el bote y se puso su traje de buzo. Llevaba bastante equipo encima porque además de los tanques de aire contaba también con una cámara para sacar fotografías submarinas que era muy grande.  Cuando estuvo listo se arrojó al agua y enseguida vio un mundo multicolor pletórico de vida submarina. 

Los corales tenían diversos colores e incontables formas: algunos parecían ramas de árboles, otros tenían intrincados patrones, como laberintos en miniatura que se desparramaban por las rocas o se amontonaban hacia arriba formando como unos tubos. Y entre todos esos corales nadaba una infinidad de peces. Cardúmenes enteros iban de aquí para allá, se escondían entre el coral, asomaban tímidamente y volvían a salir, mientras algunos más grandes nadaban lentamente más alejados del fondo. 

Allí también nadaban tiburones de arrecife y estos cambiaban continuamente de dirección curvando sus aerodinámicos cuerpos.  Sebastián sabía que no representaban un gran peligro para él pero tenía que mantenerlos vigilados. Otra cosa eran los tiburones blancos, pero rara vez se los veía en aquella zona. 

el buzo se encontraba sacando fotos con su enorme cámara cuando notó algo que llamó su atención. Unos tiburones pequeños nadaban en círculos en torno a algo que estaba detrás de una pared de coral. 
Creyó que seguramente había algún pez herido allí pero igual fue a ver de qué se trataba. La sorpresa que se llevó no fue poca: no era un pez, era una sirena. Tenía la cola enganchada en un coral afilado, y de tanto forcejear por zafarse le había salido un poco de sangre; era un hilo nada más que se disipaba en el agua pero para un tiburón aquello era una invitación a comer. 

Al ver que la sirena estaba en apuros sacó su cuchillo de buceo y, vigilando a la vez a los tiburones intentó cortar el coral que la aprisionaba.   En un primer momento la sirena se asustó con su presencia e intentó huir en vano, pero después pareció comprender que pretendía ayudarla y dejó de agitar los brazos desesperadamente.  Los tiburones seguían rondando y en los círculos que describían algunos se acercaban más hasta casi rozarlos. Ninguno medía más de dos metros pero aparecían de todos lados y eran muchos. Se movían inquietos cambiando de dirección con rápidos movimientos. 
  
Sebastián pretendía cortar el coral con su cuchillo más este era duro. Usando sus manos también logró arrancar una parte pero la sirena aún estaba atrapada.   De pronto los tiburones se alejaron, y un momento después ya no quedaba ninguno. Sebastián supo que aquello no era bueno: habían huido de algo. Empezó a mirar hacia todos lados y lo vio. Nadaba hacia ellos un enorme tiburón blanco. El gigantesco pez pasó unos metros encima de ellos y los cubrió con su sombra. Se alejó un poco y luego giró bajando más. Todavía los estaba examinando. Como todo depredador, era cauteloso. Se acercó con la boca medio abierta y les pasó al lado, amenazante. En ese instante Sebastián lo atacó con el cuchillo y le hizo una raya en la piel. El animal evidentemente sintió aquello, porque giró bruscamente y al hacerlo casi los golpea con su enorme cola. Aquella herida no era nada para el tiburón pero dejaba en claro que no eran unas presas fáciles. 

Tras dar un par de vueltas más el colosal pez finalmente se alejó.  
Después Sebastián liberó completamente a la sirena, y esta, como agradeciendo, nadó en derredor de él girando y ondulando su cuerpo y su larga cabellera, después se alejó para perderse en un azul que se iba oscureciendo con la distancia. Cuando volvió a su bote estaba muy emocionado; las sirenas no eran solo un cuento, realmente existían. Después se sintió algo tonto al darse cuenta de que teniendo una cámara no le sacó ni una foto.    

miércoles, 10 de febrero de 2016

De Víboras

                                  Un Misterio Rastrero
No entiendo por qué me ocurrió aquello porque no le temía a las víboras. Me habían hablado bastante sobre aquella laguna y tenía muchas ganas de ir pero no se presentaba la ocasión. Por eso cuando me encontré caminando rumbo a ella me sentí muy emocionado. El monte que había que atravesar resultó ser muy espeso y enmarañado. La espesura no me daba tregua y en cada paso tenía que agacharme o levantar un pie para pasar sobre una rama. Parecía que toda la espesura quería cruzarse delante de mí, ramas y más ramas que casi se entrecruzaban entre si para cortarme el pao. Por un momento llegué a sentirme algo claustrofóbico pero seguí. Así llegué a un arroyuelo de cauce bajo y sombrío cuyo fondo parecía ser de arena.

martes, 9 de febrero de 2016

Una Historia De Pescador

Al atardecer, en una playa arenosa unos pescadores se reunieron en torno a una fogata que ardía con fuerza.
Anselmo, un pescador veterano, tomó un trago de caña empinando la botella y arrugó la cara como si le hubiera desagradado, mas después se echó otro trago. Tras arrugar de nuevo su cara llena de surcos labrados por el sol, miró a cada uno de los presentes y comenzó su historia...
 -Un día salí a pescar, como siempre, aquí en el Río de La Plata, en mi bote a remos. En cuanto a la pesca el día estuvo flojo como pantalón de payaso. El mar se encontraba planchado, sereno, y no picaba nada. En el cielo no había ni una nube. Abajo y arriba todo era azul. El bote se mecía apenas. ¡Que aburrimiento me invadió de golpe! Fue casi como un desgano, no, más bien, fue un desgano. Entonces subí los remos y me acosté para tomar una siesta corta para más tarde regresar a tierra. 

Los otros pescadores lo escuchaban expectantes. El sol se hundió en el mar. Unas gaviotas que revoloteaban por el lugar se alejaron volando rumbo al puerto. Las llamas de la fogata bailoteaban de un lado para el otro. La botella de caña pasaba de mano en mano.

"No se cuantas horas estuve durmiendo -continuó Anselmo-, supongo que muchas. Me desperté en medio de la noche. El cielo estaba encapotado y oscuro, no titilaba ni una estrella, nada que me ayudara a guiarme. Entonces me di cuenta de que estaba perdido.   Pásenme la botella que se me seca la garganta -dijo Anselmo estirando el brazo hacia otro pescador, luego de otro trago y una nueva morisqueta continuó-. El mar había cambiado totalmente, estaba embravecido, y al poco rato era el peor que vi en mi vida. Mi bote saltaba por encima de las olas. Algunas medían más de diez metros de altura.
-¡¿Más de diez metros de altura?! -exclamó de pronto uno de los pescadores.
-Eso fue lo que dije. ¿Usted está trabajando de loro, que repite lo que digo?
-Continúe su historia don Anselmo -lo animó otro, haciendo un gesto de reproche al que interrumpió.
-Bueno, sigo. Estuve toda la noche subiendo y bajando olas, cada ola parecía una montaña, no sé cómo mi bote aguantó, será porque lo construí con corchos de botellas de vino.   
-¿Dónde consiguió tantos corchos, Anselmo? -preguntó otro de los presentes.
-Me hacen otra pregunta boba como esta y no cuento más mi historia -amenazó Anselmo, y continuó- .Cuando amaneció no tenía ni idea de dónde estaba. Remé hasta que vi una costa. La costa era crispada, así la veía yo a la distancia, también divisé a una mujer que tenía el brazo hacia arriba; se estaría despidiendo de alguien supuse. Seguí remando y, a medida que me acercaba, la mujer se iba  haciendo más y más grande, como si creciera, y seguía con el brazo para arriba, y empecé a notar que tenía algo en esa mano.

Anselmo hizo una pausa. Luego comenzó a formarse una sonrisa en su rostro.

-Resultó que la mujer era la Estatua De La Libertad; lo crispado más allá de la costa eran los edificios vistos desde la distancia. Había llegado hasta los Estados Unidos.

domingo, 7 de febrero de 2016

Desde El Cuento

Carlos había escuchado que si se habla mucho sobre un ser sobrenatural, en determinadas circunstancias se lo puede “llamar” a ese ser sin quererlo, pero lo que él estaba haciendo era leer un cuento. ¿Sería posible que un ser mitológico estuviera ahora frente a él?...
A Carlos le gustaba leer, sobre todo cuentos cortos. Se concentraba tanto en la lectura al imaginarse todo con tanta claridad que por momentos hasta olvidaba dónde se encontraba. En esos días estaba devorando un libro de cuentos sobre el mar.  Como tenía varios hermanos y en su casa rara vez había silencio, frecuentemente buscaba la soledad de las arboledas cercanas o iba hasta la orilla del río y allí leía sin distracciones. Se encontraba ahora bajo unos sauces, en la orilla del río. En la fronda de la rivera cantaban pájaros y chillaban rabiosamente las cigarras, pero él no escuchaba eso porque en su mente andaba navegando por mares embravecidos y tempestuosos plagados de seres míticos. Carlos estaba sentado sobre un tronco. Los sauces a su alrededor se mecían plácidamente e iba y venía ese olor que siempre hay en los ríos. 

Estaba leyendo una historia de sirenas, y de pronto un chapoteo lo hizo volver a la orilla del río y levantar la cabeza para buscar con la vista el origen del ruido. Enseguida descubrió la fuente del chapoteo, era una muchacha preciosa nadando a unos metros de él. ¿Cómo había llegado hasta allí sin que lo notara? Él sabía que se sumergía tanto en la lectura que se desconectaba de su entorno, pero no entendía cómo había llegado hasta allí sin distraerlo antes. Inevitablemente pensó que veía a una sirena que había surgido de pronto llamada por su imaginación, pero, ¡eso era absurdo! Supuso que no la había escuchado antes porque aquella lectura tan interesante lo había abstraído más de lo que era normal en él. Tenía que ser eso. La muchacha flotaba en el mismo lugar agitando los brazos lateralmente y una cabellera negra y larguísima se desparramaba en el agua y ondulaba mientras ella no dejaba de sonreír. Carlos estaba tan sorprendido que no sabía qué decir. Ella fue la primera en saludar:

—¡Hola!
—Hola.  
—¿Eres de la zona? —preguntó ella. 
—Sí, de aquí cerca —respondió Carlos señalando con su mano sobre el hombro. 
—Yo estoy visitando a unos parientes. Que hermoso río. ¿No te vas a bañar? El agua está muy buena. 
—Voy a entrar ahora. 

Carlos dejó el libro sobre el tronco y se quitó la camisa. Ahora la idea de la sirena era solo algo absurdo que se le ocurrió por culpa de su gran imaginación. “Sirenas, que tontería. Aquí estamos en un río, no en el mar, y, solo son un mito”, pensó Carlos, aunque cuando se iba metiendo al agua recordó unos cuentos donde las ubicaban en ríos, y aquella invitación a nadar sonaba como las trampas que las sirenas le tendían a los incautos que cautivaban con su aparente belleza. Pero no iba a perder aquella oportunidad por una suposición fantasiosa. Se metió al agua. Esa parte era profunda y desde el principio no daba pie, no tocaba el fondo. No le gustaba nadar en lugares así, pero si ella lo hacía por qué no él. Cuando se le iba acercando la muchacha empezó a nadar hacia el medio y él la siguió. En medio del cauce ella volteó hacia el muchacho, dejó escapar una risa corta y se sumergió. Carlos quedó flotando en el lugar y miró hacia todos lados esperando que de un momento a otro ella emergiera. La muchacha no aparecía por ningún lado. Entonces la idea de la sirena vino a él con más fuerza. Ya sintiendo algo de miedo empezó a nadar hacia la orilla. En ese momento dos manos muy fuertes, frías y de tacto viscoso lo sujetaron firmemente de los pies para hundirlo luego hacia la oscuridad del fondo, hacia su muerte.  

sábado, 6 de febrero de 2016

El Ajo Sobre Todo

Parecía, me decía mi olfato, que aquellos dos ya habían comido algo muy condimentado por la mañana. Como si eso fuera poco, aquella pareja de veteranos (un matrimonio seguramente) sacaron de pronto de un recipiente grande unos emparedados que hicieron con milanesas a la napolitana, y estaban cargadas de ajo...
Íbamos en un pequeño compartimiento de tren. Intenté abrir la ventana pero por supuesto, la desgraciada estaba atascada; nunca tuve mucha suerte.  No me molestaba el ajo en algunas comidas, pero soportar su olor varias horas… La pareja se había aprovisionado de un buen número de milanesas al pan y me ofrecieron una con un gesto muy sincero. ¡Bah! Ya las estaba olfateando, por qué no comer una. Les agradecí y le hinqué el diente . Supuse que así el olor me afectaría menos; si se combate fuego con fuego… Y resultó, además estaba deliciosamente condimentada y la carne era muy tierna, y hasta el pan estaba delicioso.

El tren paró en una estación. Cuando emprendió su marcha, la puerta corrediza de nuestro compartimento se abrió y nos saludó una muchacha excepcionalmente hermosa. La pobre hizo un gran esfuerzo al sonreír pero era obvio que el olor a ajo le había golpeado la nariz. La vi mirar de rojo al guarda que cargaba su equipaje, con la mirada le pedía: “Quiero ir a otro compartimento, por favor”, pero aquel era el único donde había espacio. Atravesó la atmósfera de ajo y se sentó frente a mí. Sí que era bella, me impresionó profundamente la perfección de su rostro y la limpieza de su mirada. Pensé que aquello no podía ser solo belleza física, también debía serlo de espíritu. Me pareció que intentaba con todas sus fuerzas disimular el desagrado que le producía la atmósfera del el compartimento. Una persona antipática no lo disimularía, ni una que se creyera superior por su belleza. Normalmente se respeta a alguien que se considera un igual. Ella vestía ropa muy fina, de obvia calidad; por otro lado las nuestras no lo eran, especialmente la mía porque demostraba a las claras que era un obrero, sin embargo nos respetaba lo suficiente como para creer que si notábamos su incomodidad eso podría avergonzarnos. Eso indicaba claramente que no se sentía superior en ningún aspecto. Tenía que ser un alma muy buena, educada y respetuosa. 

Sentí que el cuerpo se me hacía más liviano y cuando la miraba a los ojos sentía que nos conectaba una energía. Aquello era amor a primera vista. 
Ella miraba por la ventanilla, tal vez deseando el aire puro de afuera. Intenté abrir la ventana de nuevo, era inútil. Ella me agradeció el esfuerzo con una sonrisa, después volvió a mirar hacia afuera. Me imaginé que se sintió algo apenada por dejar atisbar el desagrado que le producía el maldito olor a ajo. Quise comenzar una conversación pero no lo hice al darme cuenta que mi aliento debía ser terrible. ¿Le estaría dando una primer impresión mala? Seguramente sí. Aunque si hubiera sido ella la que acababa de tragarse una milanesa muy condimentada no me importaría, ¿o sí? Aquella belleza con aliento a ajo… habría que ver. ¿Estaría perdiendo al amor de mi vida por una tontería? ¿Habría alguna diferencia si la atmósfera fuera otra? Nunca lo sabré. Se bajó sin que pudiera hablarle. 

Por eso desde entonces no como nada que tenga mucho ajo, porque el amor a veces es algo sutil, tímido, y el olor a ajos no lo es. 

Desde El Cielo

“Una tormenta se debe estar acercando”, pensó Ovidio. Dedujo eso al escuchar los silbidos de unos patos que pasaron volando de madrugada. Solo para huir de las tormentas estos animales vuelan de noche. Otra pista era el calor insoportable que lo agobiaba desde la tarde. Y durante el día había medio escuchado una conversación ajena en el mercado, hablaban de tornados y tormentas. Después el vendedor le iba a comentar algo al sobre el asunto pero un cliente lo interrumpió...
 Volvió a su casa con la intención de mirar los noticieros mas no lo hizo, como normalmente no los miraba lo olvidó. Después de acostarse recordó el asunto. Supuso que las mujeres del mercado habían exagerado; pero pensó que si podía venir una tormenta grande.

El ventilador, puesto al máximo, zumbaba en la penumbra de la habitación sin poder espantar del todo al calor agobiante. Ovidio estaba acostado boca arriba, con los ojos bien abiertos. Demasiada calor como para dormir. Pasaban los silbidos de unos patos, luego otros. “La cosa debe ser grande, pero mientras no venga mucho viento...”, pensó. La misma pesadez de la noche lo agobió tanto que al final lo hizo dormir. Durmió mal, envuelto en su sudor. Cuando llegó la mañana sentía que no valía nada. El calor y el dormir poco lo tenían amodorrado. Después de bañarse arrastró los pies hasta la cocina. Cuando se estaba preparando unos huevos notó por el ruido que había mucho tránsito en la calle. Con la taza de café bajo los labios, levantó la persiana de la ventana para mirar; aquello parecía un desfile. Las casas rodantes resaltaban entre montones de camionetas y autos. Aquello era raro. Ni en semana santa pasaban por allí tantos de esos vehículos. ¿Acaso todo el mundo sabía algo que él ignoraba? 

Ovidio era algo ermitaño, y como trabajaba en su casa no necesitaba salir mucho. Televisión casi no miraba y menos los noticieros porque para él eran de mal gusto. Durante su tiempo de descanso leía o escuchaba música en su ya viejo radio-grabador, o hacía las dos cosas.   Normalmente no le importaba estar desinformado pero ahora empezaba a sentir que esa desinformación le podía costar caro. De todas formas no se preocupó mucho. Cuando terminara su desayuno iba a encender la tele. No necesitó ver ningún noticiero. El ruido del tránsito era fuerte, pero por encima de este empezaba a resaltar otro. ¿Qué era? Salió de la casa.

 Al alcanzar el patio giró lentamente la cabeza hacia el sur. Era un escenario espantoso que él nunca creyó posible que existiera fuera de la ficción de la literatura o las películas. Todavía estaba lejos pero avanzaba rápido. Varios tornados, una fila de ellos, se retorcían en el fondo de una avanzada de nubes aterradoras. Los gigantescos tornados giraban a velocidades increíbles danzando entre ellos, algunos colisionaban y formaban un revoltijo de tempestad y viento nunca antes visto. Otros surgían de la descomunal masa de nubes y bajaban hasta la tierra rugiendo, todo esto entre relámpagos que cruzaban ese escenario de pesadilla.  Aquella tormenta infernal se veía de lejos como se ve un grupo de montañas, pero esta se acercaba. 

Ovidio entró corriendo a la casa. Juntó a toda prisa algunas cosas y las llevó al garaje donde tenía su camioneta. Por el apuro, le pareció que la puerta de garaje se levantaba lentamente. El ruido de aquello había aumentado varias veces su intensidad y ya era lo único que se escuchaba. No le quedaba mucho tiempo, si no huía de allí pronto iba a desaparecer. Circulaban tantos vehículos en la calle que no lo dejaban salir. Los conductores sonaban las bocinas, se gritaban entre ellos, y los que volteaban hacia la titánica tormenta se desesperaban horriblemente. Hacían eso por el apuro del momento, no pensaban que sus bocinas y gritos ya no podían escucharse por el ruido infernal que avanzaba hacia ellos.

 La tormenta todavía estaba lejos pero su rugido ya era casi insoportable. Y Ovidio que no podía salir a la calle. La distancia entre los vehículos era muy poca y su camioneta era grande. El paisaje ya se oscurecía y con el viento volaban todo tipo de desechos. Dos tipos que pasaban en un camión pequeño se compadecieron de su situación. El conductor le hizo señas para que subiera. Ovidio hubiera preferido ir en su camioneta mas no tenía otra opción. El camión frenó un poco para que él subiera atrás. Arrojó sus bolsos y trepó la baranda. Detrás de ellos los conductores casi enloquecían de apuro y de miedo. Todos estaban desesperados por huir.  Para el mal de todos, la montonera de vehículos no los dejaba avanzar rápido y la tormenta era muy veloz. Por suerte para Ovidio el conductor conocía la zona, y aunque este no entendió del todo las señas que él le hizo por el retrovisor, igual dobló en una calle menos congestionada, y después al tomar otra pudieron avanzar más rápido. 

Cuando salieron de la ciudad la tormenta había llegado a ella. Los tornados iban de aquí para allá arrasando con todo, nada podía salvarse de aquello. Edificios enteros se hacían pedazos y pasaban a formar parte de los miles de objetos que, volando en aquella locura destruían otras cosas al alcanzarla. Las casas se levantaban en el aire y se desintegraban en pequeños trozos. La destrucción era total. Cuando se alejaron más vieron que la inimaginable estampida de tornados se concentraba solo en la ciudad sin avanzar. Muchos kilómetros después pararon en una gasolinera para cargar combustible y enterarse de las noticias. No eran nada buenas. Los dueños del local y algunos viajeros miraban una televisión con cara de asustados.  Se enteraron que algo similar estaba pasando en varias ciudades en diferentes partes del mundo. Algo así era inconcebible. Los meteorólogos no entendían nada, según ellos aquello no podía estar pasando, era imposible; si embargo las ciudades seguían siendo destruidas y con ellas millones de vidas. 

—¡Qué increíble! —exclamó Ovidio—. Lo veo pero apenas lo creo. Es como si la naturaleza quisiera destruir a los humanos. Algo nunca visto. 
—en realidad ya pasó algo así —comentó un tipo que también miraba las noticias—. No con tornados, con otra fuerza de la naturaleza. 
—¿De qué está hablando? —le preguntó Ovidio. 
—Estoy hablando del gran diluvio. 
Lo que escucharon aquello quedaron pensando. Estaban viviendo otro fin del mundo. 

miércoles, 3 de febrero de 2016

Depredadores Entre La Niebla

¡Hola! Esta es la cuarta parte de este cuento: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2015/11/fuera-de-la-tierra.html


Los veintiún sobrevivientes avanzaban lastimosamente por aquel planeta que no los vio nacer. A medida que avanzaban el suelo se iba haciendo más oscuro por la mayor presencia de materia orgánica. Las plantas que se parecían a pastos tenían hojas anchas y eran de color gris claro.  Allí vieron a los primeros animales. Los descubrió una de las mujeres y enseguida se apartó con cautela...
Eran una especie muy parecida a los escarabajos pero de cuatro patas y unos diez centímetros de largo. Pronto vieron a otros. Para confundirse con las plantas también eran grises. Álvaro observó al primero. No tenía ninguna defensa obvia a parte de su camuflaje. El grupo había hecho una pausa, y al prestar atención a los pastos que los rodeaban notaron que estos escarabajos eran muy abundantes e instintivamente se juntaron más. ¿Serían peligrosos? 

Álvaro observó el entorno del animal. Los pastos estaban mordisqueados por todas partes y sin dudas era obra de aquellos seres; eran herbívoros. Usando su bastón apartó a uno hasta una parte despejada de la tierra. Tenía que comprobar si aquellos seres podrían servirles de alimento. Cuando levantó el bastón se dio cuenta de que los invasores ahora eran ellos; apenas habían llegado y ya estaban talando árboles y ahora iba a matar a la primer especie animal compleja que veían. Pero tenía que hacerlo. Bajó con fuerza la punta del bastón pero no obtuvo el resultado que esperaba. El golpe solo medio enterró al escarabajo en la tierra. Un segundo golpe resbaló en el lomo del animal. Blandió el bastón como un garrote y al acertarle con el borde de la punta al fin pudo romper la caparazón. Examinó entonces el interior de aquel ser; la carne era amarillenta y olía muy mal. No servían pero por lo menos eran inofensivos. Igual a nuestro aventurero aquello no le gustó nada.
Los depredadores evolucionan junto a las presas. Si aquellos pequeños animales tenían esa coraza tan dura, la mordida de lo que quisiera comerlos tenía que ser muy poderosa.

A pesar del agotamiento desde ese tramo todos empezaron a andar mas atentos. Eso era bueno, si querían sobrevivir debían aumentar la atención hacia su entorno. Un poco después, la exclamación, casi grito de uno de los hombres hizo que los del grupo giraran hacia un animal que avanzaba perezosamente por los pastos. Medía como un metro y medio de largo y se parecía bastante a una tortuga porque tenía caparazón y era bastante aplanado. La protección que ostentaba en el lomo era medio rojiza, mientras el resto de su piel lucía un tono amarillento. Aquellos colores lo hacían resaltar bastante en aquel medio. Tenía patas gruesas y muy cortas. Qué comía no fue un misterio porque en ese momento estaba masticando ruidosamente a un escarabajo del pasto. Él a su vez volteó hacia los visitantes y ambas especies se quedaron mirando por primera vez. Álvaro calculó que si aquellas cosas eran su alimento su carne probablemente era desagradable. Los colores de aquel acorazado también indicaban eso. Mas evidentemente su promesa de mal sabor no disuadía a todos los depredadores de allí, porque por algo tenía aquella protección. Después de observarlos un rato el acorazado animal siguió buscando sus sustento sin darles mayor importancia.

—Parece que no es peligroso si no se lo molesta —observó Álvaro—. Hay que seguir hasta hallar un lugar despejado. No quiero dormir en el territorio de esas mandíbulas, por las dudas.
—¿Crees que en este planeta haya dinosaurios, digo, animales grandes parecidos a los dinosaurios? —le preguntó afligida una mujer que se llamaba Carol.
—No sé, espero que no. Vamos.

Los del grupo avanzaron ahora más juntos. Aquella extraña vegetación se hacía cada vez más espesa. Caminado lastimosamente llegaron a una parte donde había árboles muy similares a las palmeras de la Tierra. Ahora el paisaje se asemejaba más a lo que solía mostrar o describir la ficción. Aquellas plantas no eran tan fuertes como las primeras; parte de la vegetación estaba caída y seca o en proceso de descomposición. Pero los primeros organismos que vieron no desaparecieron del todo. Álvaro observó que había pozos escarbados por algún animal que llegaban hasta las raíces de las plantas altas y delgadas. Si aquello comía algo que era bueno para los humanos habían buenas posibilidades de que su carne fuera comestible.

Cuando finalmente llegaron a un claro los del grupo se sentaron a descansar. Álvaro rodeó todo el lugar examinándolo. No vio ningún sendero de animal que llegara hasta allí, eso era bueno. Lamentó exigirle más a sus compañeros de destierro pero tenían que juntar leña:

—Sé que están cansados y quieren descansar más, pero créanme, cuando se les enfríe el cuerpo les va a costar hasta levantarse. El único descanso que serviría ahora sería su durmieramos varias horas, y para dormir más tranquilos hay que tener fuego. Debemos hacer por lo menos cuatro fogatas. Una acá, otra allá y en los costados. También hay que arrancar cortezas y pasto para poner en el suelo. Usen sus bastones para mover las cosas antes de agarrarlas por si algo se oculta bajo ellas, y utilicen las lascas de piedra para cortar lo que necesiten pero tengan cuidado de no cortarse ustedes. Los hombres juntamos la leña y las mujeres lo demás, ¿les parece bien? Mañana vamos a estar mejor porque vamos a tener agua. Después nos abocaremos a eso, primero estas cosas.

Todos estaban completamente agotados pero hicieron un último esfuerzo. Álvaro pensaba usar a los árboles-copa pequeños para recolectar agua. Habían llevado con ellos las hojas de los árboles bambú, que eran grandes, flexibles y fuertes. Solo tenían que colocarlas sobre aquellos “cuencos” que crecían allí para que la niebla se condensara y se fuera acumulando en el fondo. Todos hicieron sus tareas moviéndose lastimosamente. La mayor gravedad del planeta los estaba perjudicando. Caminaban cabizbajos y se quejaban al levantar algo, mas la esperanza de pasar una noche más confortable los animaba a seguir. 

Cuando Álvaro estaba moviendo un tronco seco que estaba caído, de una cavidad que estaba bajo el tronco salió corriendo un animal con características similares a los armadillos. Al instante Álvaro supo que aquel era el animal que escarbaba hasta las raíces comestibles. Sin pensarlo más corrió tras la criatura y al alcanzarla se lanzó sobre ella. Confió en su instinto y este no le falló. El animal medía unos cincuenta centímetros de largo y también tenía una protección en el lomo. Era muy fuerte pero al tomarlo de los costados pudo sujetarlo hasta alzarlo del suelo. En la parte de abajo también era muy similar a un armadillo. Paola corrió a ayudarlo:

—¿Crees que eso sirva para comer? —le preguntó Paola.
—Es muy probable que sí. Mira, lo voy a acomodar para que le des en la cabeza con tu bastón. No creo que lo mate pero lo va a atontar lo suficiente. Vamos, es pesado... ¿Lista? ¡Dale!

Paola le asestó un buen golpe y el animal dejó de patalear. Álvaro terminó la desagradable tarea con una de las lascas de piedra. Al examinarlo siguió pensando que era comestible. Los otros lo rodearon mientras lo hacía. Querían saber si serviría para comer. Les dijo que casi seguramente sí. Eso los motivó y siguieron juntando leña. Ya estaba casi de noche cuando Álvaro juzgó que ya era suficiente leña. En el centro del claro colocaron sobre el suelo las corteza de árboles y sobre estas pasto, esa aislación los iba a proteger del frío del suelo, y tenían cortezas extras para cubrirse. Encender el fuego fue fácil para nuestro aventurero gracias a las mismas piedras que usaban para cortar las cosas. Hicieron cuatro fogatas en torno a donde iban a dormir. Al cortar en trozos al animal terminó de convencerse que era bueno para comer. Pudo sacarle unos diez kilos de carne. Había suficiente para que todos comieran un buen trozo. Como no sabía qué tipo de depredadores había por allí hubiera preferido cocinarlo en otra parte pero ya no había tiempo para eso. Los sobrevivientes aprovecharon para masticar más raíces y así hidratarse un poco. 

Al contemplar aquel cielo estrellado todos sintieron una nostalgia tremenda por su planeta. Estaban quién sabe a qué distancia de su origen y nunca más iban a regresar. El firmamento se encontraba muy despejado y allá arriba titilaban una infinidad de estrellas. Inevitablemente se preguntaban si alguna de aquellas sería el Sol. El humo de las fogatas se elevaba perezosamente y aún a poca altura comenzaba a dispersarse. Las ensoñaciones terminaron cuando la niebla llegó de pronto y desde el primer momento ocultó casi completamente hasta a los árboles más cercanos. Era una niebla terriblemente densa que avanzaba a gran velocidad. Las luces de las fogatas se redujeron a cuatro manchas luminosas que teñían de amarillo la bruma que intentaba asfixiarlas. Estando envueltos en aquella bruma era evidente cómo la vida allí podía prosperar gracias a ella. La niebla se condensaba en todas partes mojando todo. Álvaro había ensartado trozos del “armadillo” en ramas finas, y cuando juzgó que estaba pronto probó un pequeño pedazo para comprobar que era bueno. Aquella carne no solo servía, era exquisita. Hablando en voz alta le dijo a todos que fueran a retirar su porción. No veían nada a más de dos metros de distancia. Uno a uno recibieron su carne. Todos comentaron que estaba deliciosa. Entre la niebla se escucharon algunas risas de satisfacción. Distinguían los difusos contornos de los que estaban a su lado pero si no hablaban no sabían quién era porque no daba para distinguir rasgos.

Para dormir tranquilos Álvaro propuso que por turnos por lo menos cuatro tenían que mantenerse despiertos. Paola se había mantenido a su lado desde el comienzo de la noche.  Él no tenía dudas sobre que por la mañana iban a tener mucha agua. Habían descubierto fuentes de comida y en el lugar había muchos materiales para construir cosas. La situación de todos había mejorado notablemente. La noche fue larga e inquietante. Cuando hacía guardia le pareció escuchar unos sonidos apagados pero no pudo imaginarse qué era porque parecían sonar a varios metros uno del otro y no tenían el ritmo de pasos porque sonaban muy esporádicamente. No alertó a los otros porque si lo hacía solo los iba a despertar para que no escucharan nada; él tenía el oído muy fino y apenas lo oía, podía ser cualquier cosa. 

Cuando finalmente llegó el día la niebla se retiró. Lo primero que hicieron fue revisar las trampas de niebla. Lanzaron gritos de alegría al ver cuánta agua se había acumulado. A Álvaro no lo sorprendió; él no festejó el hallazgo con los otros porque notó que algo no estaba bien. ¡Había uno menos! Alarmados cuando él les dijo eso, empezaron a mirarse unos a otros tratando de descubrir quién faltaba. Era uno de los hombres. Álvaro no había intercambiado ni una palabra con él pero igual se sintió mal. Lo buscaron en los alrededores pero no hallaron ni un rastro. Los depredadores allí usaban la niebla y el sigilo para atrapar a sus presas. Ahora tenían que prepararse para la noche siguiente, pero ,¿cómo prepararse contra algo que se desconoce?