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lunes, 29 de febrero de 2016

De Payasos

Lorenzo bajó el volumen de la tele, dejó el control en el apoyabrazos del sofá y escuchó. Vivía en un pueblo tan pequeño que ruidos como aquel eran extraños ya entrada la noche. “¿Se acerca un desfile?”, pensó, eso era más raro todavía...
Le interesaba lo que estaba mirando pero la curiosidad pudo mucho más. Sus vecinos también salieron a la vereda. Toda la gente de la cuadra miraba ahora hacia la misma dirección. Por la calle principal se acercaba un desfile por demás singular. Unos bombos, trompetas y platillos abrían paso a algunas casas rodantes y remolques pintados grotescamente con una multitud de colores. Los vehículos se movían a paso de hombre y en sus costados o frente a ellos iban haciendo piruetas y malabares toda una horda de payasos. Y sonaban los bombos, los redoblantes y las trompetas mientras seguía cruzando aquel inesperado desfile grotesco.

Los que tocaban los instrumentos también estaban vestidos como payasos, al igual que los conductores, todos los que desfilaban vestían así. La primer reacción de la gente fue de asombro y algo de desconcierto, e inútilmente se preguntaron unos a otros si sabían algo sobre la llegada de un circo. Nadie sabía. Después los niños empezaron a esconderse detrás de sus padres porque aquellos visitantes los asustaban. Los mayores sonreían pero al mirar a los del desfile tampoco les agradaba lo que estaban viendo porque los maquillajes que usaban resultaban muy intimidantes por lo horrendos que eran. Los recién llegados empezaron a reír a carcajadas como si disfrutaran del temor que producían en los locales, y eso produjo a su vez caras serias, más desconcierto y temor. Algunos niños empezaron a llorar y por eso sus padres entraron a sus hogares disgustados con aquel horrible espectáculo. 
Y la música empezó a sonar más fuerte todavía y competía ahora con ella los gritos alocados que comenzaron a emitir los payasos que saltaban, hacían malabares y miraban a todos con fiereza.

Lorenzo se quedó en la vereda para intentar aparentar que toda aquella locura no lo asustaba. Él no era muy valiente pero sentía la necesidad de serlo para parecerse un poco a Dante, su hermano mayor, el cual era su ídolo. Cuando murieron sus padres Dante aguantó su dolor para ayudarlo a él; Lorenzo lo había entendido y apreciaba eso. Lo había defendido desde que eran niños. Lorenzo había tenido un grave problema de salud al nacer, por eso era bastante débil de cuerpo y eso le ablandó el carácter, pero nadie se metía con él gracias a su hermano. Ya hacía muchos años que no se veían tanto como quisieran porque Dante viajaba mucho pero eso no debilitaba el lazo tan fuerte que los unía. Eran de esos hermanos que se cuentan todo, solo había un tema del que no hablaban, el trabajo de Dante. Él no lo hacía porque se lo prohibían; Lorenzo no le preguntaba por respeto. El qué hacía no era un secreto, pero no podía contarle a dónde iba ni ningún otro detalle. Era mejor solo especular sobre las grandes proezas que hacía su hermano, el cazador.

La larga procesión de payasos despertó a todo el pueblo y asustó a todos por igual. Algunos se preguntaban por qué el comisario y sus policías no habían intervenido, puesto orden en aquella locura. No sabían que el comisario y los suyos estaban todos en una celda. Se encontraban amontonados en una pila, los ojos muy grandes y con la piel pálida como un papel por la falta de sangre.

Cuando Lorenzo contempló a uno de los últimos payasos que marchaban, este se adelantó un paso hacia él emitiendo una especie de siseo amenazante al abrir la boca, y se le notaron unos colmillos largos. Al ver que Lorenzo se espantó lanzó una carcajada y alcanzó a los otros. “¡Diablos, esto no es nada bueno! Ojalá Dante estuviera aquí hoy, pero viene mañana!”, pensó Lorenzo. Entró a su hogar y cerró la puerta con dos vueltas de llave. Entonces trató de pensar como lo haría su hermano. No hablaban sobre el trabajo de Dante pero este le había enseñado unas cuantas cosas. Analizó la situación. Nunca había llegado un circo al pueblo porque este era muy pequeño. Era obvio que nadie de sus vecinos sabía que llegaban. No habían ido a la radio local a anunciarse, no habían tirado folletos, y portándose como unos locos no podían esperar que la gente fuera a verlos. Aquello era, ¡una invasión! ¡Los payasos habían tomado el lugar! Y por lo que había mostrado el último no eran gente común, eran vampiros. Fue hasta el teléfono para verificar algo. Había acertado, no había tono, estaban incomunicados. Apagó la tele (que ahora solo tenía estática) y fue a buscar unas cosas en el cuarto. En aquel hogar no faltaban armas, y al buscar con qué defenderse en aquel caso tuvo en cuenta que tenían colmillos. Se lamentó por sus vecinos pero ya no podía hacer nada por ellos porque no le iban a creer, y seguramente ya estaban sitiados y no iban a poder salir de allí de todas formas.

Como una hora después empezaron los gritos. Los invasores se habían desplazado por todo el pueblo y atacaron casi a la misma vez. La sala de Lorenzo estaba oscura. Por la ventana que daba a la calle entraba algo de claridad porque solo tenía una cortina delgada. Dos siluetas de payasos pasaron frente al marco que formaba la abertura, después uno de ellos forzó la puerta con su gran fuerza y asomó la cabeza sonriendo asquerosamente con mucha malicia. Un fogonazo brotó de la oscuridad y la cabeza del payaso prácticamente explotó. El cuerpo cayó y empezó a derretirse en el umbral. El que lo acompañaba retrocedió y cuando iba pasando frente a la ventana hubo otro fogonazo con su estallido, el vidrio de la ventana se hizo añicos y el vampiro cayó en la vereda para derretirse también. Los que habían invadido otras casas giraron la cabeza hacia allí y fueron rumbo a los disparos. Ahora tenían la cara toda sucia de rojo y mostraban rasgos de murciélago. Otros habitantes se habían resistido pero sin causarles mayores inconvenientes, solo hicieron más interesante la cacería; pero aquel parecía que sabía lo que eran ellos. Empezaron a congregarse frente a la casa.

Los vampiros vestidos de payasos siseaban ronco, se inclinaban con los brazos abiertos, amenazantes. Algunos subieron por la pared para alcanzar el techo mientras otros intentaron un ataque más directo por el frente. Entonces el interior de la sala alcanzó a iluminarse por los disparos, y tanto los del techo como los del frente pronto quedaron reducidos a una cosa asquerosa que se iba desintegrando. Pero cada vez llegaban más hasta el lugar y pronto Lorenzo vio que afuera había toda una multitud clamando por su sangre. Mas como eran criaturas cobardes ya no se animaban a entrar, solo amenazaban agazapados mientras mostraban los colmillos. Cuchicheando entre ellos empezaron a sonreír al planear un ataque masivo. Si entraban muchos a la vez no iba a poder con todos. El plan era bueno pero ninguno quería ser el que fuera alcanzado, por eso demoraron en ejecutarlo. Los que estaban adelante empezaron a chillar cuando los de atrás comenzaron a empujarlos, algunos se volvieron para escapar pero los otros no los dejaban. Así la mayoría empujó a los otros por la puerta y la ventana, y cuando los vampiros-payaso se desparramaron por la sala, esta se iluminó de pronto con una luz azulada y todos los que fueron alcanzados se desvanecieron casi al instante. Los de afuera se apartaron cubriéndose los rostros y después rugieron de ira. 

Un vampiro que de tan viejo ya era enorme, alto y abultado como un tonel (aunque igualmente vestido de payaso), llegó hasta el lugar apartando vampiros a manotazos. Cuando se enteró de lo que sucedía allí, bajó la mirada con malicia y tomó del cuello a uno que estaba a su lado para indicarle algo. 
Como hacía rato que no intentaban entrar Lorenzo supuso que estaban tramando algo. De pronto una llama entró por la ventana, algo de vidrio se rompió y el fuego se expandió súbitamente. Lo estaban atacando con bombas incendiarias. Los payaso-vampiros se echaron a reír estridentemente cuando vieron que las llamas crecían y se multiplicaban dentro de la casa. Lorenzo intentó salir por el fondo pero también lo habían atacado por allí. Ya sabiendo que no iba a poder escapar decidió qué sería lo último que iba a hacer. A falta de otra cosa tomó una de las tablas de la cocina, le escribió algo con un cuchillo y la arrojó por una de las ventanas que ya había estallado por las llamas. Sonrió al ver que cayó a buena distancia. Las carcajadas de afuera cesaron un momento al escuchar que Lorenzo gritaba algo:

—¡Malditos monstruos! ¡Ahora se las van a tener que ver con mi hermano! ¡Él los va a eliminar a todos! ¡Ya van a ver malditos!

Volvieron más fuertes las carcajadas al escuchar eso. Y con las llamas creciendo por toda la casa aquella multitud horrenda lucía más aterradora todavía ante las luces del fuego. Y aquella escena de terror duró un buen rato más hasta que se dispersaron para disputarse las sobras del pueblo.

Al otro día, por la tarde un vehículo llegó hasta el pequeño pueblo. El conductor enseguida notó que algo muy malo había pasado allí porque no había gente y muchas ventanas y puertas estaban rotas. Estacionó frente al hogar quemado. Bajó del vehículo un hombre alto y corpulento vestido de militar.  Miró en derredor, hacia lo poco que quedaba de la vivienda, y sintiendo una angustia enorme se puso a inspeccionarla. Algunas maderas aún humeaban. En un costado de esta encontró algo que no estaba quemado, era una tabla de cocina, en ella habían escrito lo siguiente: “Fueron unos payasos vampiros”. El rostro de militar se tornó sombrío. Regresó a donde se encontraba el vehículo y llamó por un teléfono satelital:

—Coronel, tenemos una situación con un circo de vampiros —dijo el militar cuando le respondieron.
—¿Dónde? —preguntó el otro.
—En mi pueblo, en mi hogar. Mi hermano y todos los de aquí... Que el equipo venga rápido.

Dante era el líder de una fuerza especial que se dedicaba a cazar monstruos.

12 comentarios:

QUIMERAsan dijo...

Otro gran cuento y pues también que ría preguntar si tendrá acaso continuación estaría genial por favor sigue publicando grandes cuentos como este :D

Jorge Leal dijo...

Hola. Muchas gracias. No, solo quería que tuviera un final abierto, como a mí me gusta ¡Jaja! ¡Saludos!

David dijo...

Espectacular.....

Jorge Leal dijo...

Pues muchas gracias, David. Te espero por aquí. Salu2!!

Anónimo dijo...

Que gran cuento, sería bueno una continuacion

Jorge Leal dijo...

Gracias. Voy a pensarlo. Saludos!!

Maria Cruz Montiel dijo...

También a mi me gustaría una segunda parte,sería fenomenal

Anónimo dijo...

que cuento estuvo muy bueno me encanto el cuento tiene suspenso y al final el hermano de dante se pone las pilas me encanto.... soy jenni herrera

Anónimo dijo...

Saludos, Jorge. Estuvo bueno, lástima que perdimos a Lorenzo aunque se fue luchando. Ahora la batalla será de Dante y ya es personal. Por alguna razón Dante me hace pensar en uno de los personajes de cazador de fantasmas (creo que se llamaba así soy mala con los nombres y números, pero se que en definitiva sabes al que me refiero; es irónico que no recuerde el título sin embargo podría incluso resumir la historia completa) de los que se llamaban con números.

Stephanie

Jorge Leal dijo...

Stephanie, eres la única que se dio cuenta. Cuando pensé el cuento, Dante, el hermano, iba a ser Número Uno, el líder de aquel comando de "Cazador De Fantasmas", después pensé que iban a querer otra parte y entonces lo modifiqué un poco, este es otro militar. Gracias por comentar. Saludos!!

Jorge Leal dijo...

Sería sí, pero no la voy a hacer. El blog está sufriendo un nuevo ataque de parásitos. Saludos.

Belén Duran dijo...

Que gratificante resaltar el lazo de hermanos huérfanos que sabían uno del otro aún sin contarse todo.... Ya no me gustan los payasos ...

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