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miércoles, 10 de febrero de 2016

De Víboras

                                  Un Misterio Rastrero
No entiendo por qué me ocurrió aquello porque no le temía a las víboras. Me habían hablado bastante sobre aquella laguna y tenía muchas ganas de ir pero no se presentaba la ocasión. Por eso cuando me encontré caminando rumbo a ella me sentí muy emocionado. El monte que había que atravesar resultó ser muy espeso y enmarañado. La espesura no me daba tregua y en cada paso tenía que agacharme o levantar un pie para pasar sobre una rama. Parecía que toda la espesura quería cruzarse delante de mí, ramas y más ramas que casi se entrecruzaban entre si para cortarme el pao. Por un momento llegué a sentirme algo claustrofóbico pero seguí. Así llegué a un arroyuelo de cauce bajo y sombrío cuyo fondo parecía ser de arena.

Cuando empecé a cruzarlo descubrí con no poca sorpresa que el fondo estaba formado por una especie de lodo muy fino y blando. Al comenzar a hundirme traté de mantener la calma y seguí avanzando con mucha dificultad. Salí de allí gracias a mi voluntad. Al alcanzar la orilla firme volteé hacia el arroyo y este de nuevo parecía un lugar fácil de atravesar. Pensé que era un arroyo bien engañoso, y me pareció un poco raro que los sedimentos se hubieran asentado tan rápido pero no le di mucha importancia. Seguí mi camino. Aquel monte silencioso y tupido ya me estaba desesperando. Me sentí aliviado cuando por fin salí de sus sombras. 

A continuación había un campo de pastos amarillentos que no paraban de sacudirse por el viento. Eso hizo que me detuviera un momento. No me gusta cuando hay mucho viento porque no se puede escuchar si algo se mueve entre los pastos. Seguía dudando cuando al adelantar la vista vi los reflejos de la laguna que me esperaba allá adelante con su promesa de buena pesca. No me iba a detener ahora que estaba tan cerca. El campo entero se sacudía y las hierbas sobrepasaban la altura de mis rodillas. De repente, una cola de reptil que terminaba de escabullirse entre unas malezas. Me aparté lateralmente hacia donde había apuntado la cola y rodeé el lugar. Di un paso más y me encontré frente a una enorme víbora que me exploraba sacando la lengua. Al querer rodear a esta, en el costado había otra; esta había levantado la cabeza del espiral de su cuerpo y se hamacaba amenazante mientras siseaba sacando su lengua bifurcada hacia mí. 

Intenté retirarme pero escuché siseos detrás de mí; eran dos víboras más. De pronto estaban por todas partes, serpenteaban entre los pastos o erguían las cabezas sobre sus cuerpos enroscados; y de un momento a otro eran tantas que pasaban unas sobre otras formando marañas movedizas de escamas relucientes. “¡Esto no puede estar pasando!”, pensé “¿Cómo salieron tantas de la nada? Esto es, es un sueño”. Efectivamente, soñaba. Me envalentoné al saber que no podían hacerme daño, que es lo único que me preocupaba porque nunca les tuve miedo. Empecé a patearlas y cuando me estaba divirtiendo haciéndolas volar por los aires me desperté. 

Por la mañana me dolía el tobillo derecho, en la parte de atrás. Al palpar la zona dolorida noté una parte un poco hinchada. Molestaba pero el dolor no era suficiente como para no ir a trabajar. Dos horas después, en el trabajo, el dolor pasó a ser intenso y se me hinchó toda esa pierna. Me llevaron a emergencias. Lo que me dijo el doctor me dejó con la boca abierta: “Esto es una mordida de víbora”. Estuve internado dos días hasta que la pierna volvió a la normalidad. Lo lógico es pensar que me mordió una real cuando dormía, y puede ser, aunque unos amigos revisaron mi casa de arriba a abajo y después yo también lo hice y no encontramos ninguna.     
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                                        El Peligro Del Bañado 
Una nube de polvo anunció la llegada del camión. Ramiro lo esperaba desde antes del amanecer. Estaba ansioso, le sudaban las manos; su nuevo trabajo iba a ser todo un desafío. La exigencia física no le preocupaba porque trabajaba desde que era niño y su cuerpo estaba acostumbrado al rigor; le preocupaba el lugar donde iba a trabajar y sus peligros. Su nuevo oficio implicaba cortar paja en los bañados (zonas bajas y pantanosas), y allí abundan las víboras y el riesgo de ser mordido es alto. Tras saludar y hablar con el conductor se subió al camión.  Sus nuevos compañeros bromeaban y reían. Eran hombres hechos en aquel oficio y para ellos solamente era una jornada más. El camión vibraba y se sacudía al transitar por duros y apartados caminos rurales. Cruzaron por caseríos solitarios, pasaron bajo la sombra de algunos montes, y siempre dejando una nube de polvo detrás llegaron a destino: un inmenso bañado.

El pajonal se sacudía desafiante y rumoroso y en su interior se ocultaban acechantes algunas víboras de lenguas inquietas y miradas de vidrio. Al bajar del camión le dieron algunos consejos, una hoz muy afilada y así comenzó la jornada. Iban cortando y armando mazos que ataban con un lazo de la misma paja, y sus cortantes hojas iban quedando tendidas en hileras hasta que las cargaban en un camión. Lo cortaban a buen ritmo pero el pajonal era grande. Ramiro sudaba profusamente por el sol y por el miedo. Las botas de goma le protegían los pies pero las manos desnudas se acercaban al suelo, a la base de las plantas, y allí suele estar enroscado el peligro.  Cuando el sol estaba en el cenit del cielo y el sudor no paraba de caerle por la barbilla, apartó unas matas de paja y la vio; una enorme y gruesa víbora de la cruz estaba enroscada y lista para atacar, ya movía la cabeza como calculando la distancia. Ramiro saltó hacia atrás, espantado, y sus compañeros advirtieron qué pasaba. Entonces uno de ellos levantó un garrote largo que tenía al lado y, ofreciéndoselo a Ramiro le dijo:

—Tome, mátela. Hay que tenerles respeto pero no miedo. Nosotros somos los intrusos, este es su hogar, el animal no tiene la culpa de que nos metamos aquí, pero todos tenemos familia y este es nuestro trabajo, y no podemos arriesgarnos… no queda otra. 
—Entiendo —dijo Ramiro, y tomando el palo procedió a matar a la víbora.

Sus compañeros se habían enderezado y seguían sus movimientos, después volvieron a doblarse sobre la paja. Ramiro entendió que lo que había ocurrido era algo normal en el oficio y que debía acostumbrarse. Las palabras de su compañero lo impresionaron bastante, y gracias a ellas ahora sentía respeto por las víboras, no miedo ni odio. Los invasores eran ellos.
          

8 comentarios:

  1. Hola, Jorge. Esos sueños que se mezclan con la realidad esos donde es incierto si sucedió o no, nunca me ha pasado algo así pero debe dar terror.

    Stephanie (en el anterior como cada rato se me olvida poner mi nombre en el comentario)

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  2. Por no me gusta soñar con esos animales, no vaya a ser que salga lastimado, jaja!. Pero, si que fue raro, se supone que no debemos salir tan malparados de un sueño, quizá una caída de la cama, o un golpe contra la pared, levantarse agitado... Pero algo como una mordida, ese sueño ya fue muy lúcido. O tal vez, si había una serpiente y cuando la sintió, fue que comenzó a soñar con ellas. Porque a veces pasa que ocurre algo a nuestro alrededosr mientras dormimos, y lo que soñamos se relaciona en cierta parte. Pero, Ramiro corre mucho riesgo en ese trabajo, pero es cierto, a las víboras no hay que temerles, ya que algunas veces hasta ellas llegan a estar mas asustadas que nosotros. Solo hay que respetarlas, seguramente ahora pienso asi, pero cuando vea a una no se cual sera mi reaccion. Magníficas historias master, esos reptiles son unicos. Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

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  3. Stephanie, esos sueños así se dan solo en mis cuentos ¡Jaja!
    Ongie, tú decides si fue un sueño sobrenatural o si era una víbora real. Yo escribo hasta ahí, el resto se los dejo a ustedes. ¿Nunca viste a una víbora? Yo las he encontrado hasta en mi casa, más de una vez, pero por suerte eran solo culebras. y no son los únicos reptiles; a un metro y poco de donde estoy ahora andan camaleones tomando sol en un escalón ¡Jaja! Son como mis mascotas. Gracias a los dos. Saludos!!

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  4. Mandame una foto de tus mascotas maestro jeje y por cierto,estoy acostumbrado a las viboras en mi oficio,todas clases y colores y si,son animales respetables,fui mordido 3 veces ya pero tenemos el antiofidico a mano..me gusto mucho el relato por eso,amigo.Willy soy

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  5. Víbora que andaba por ahí era víbora que pisabas ¡Jaja! A mí nunca me mordieron pero varias veces me salvé por muy poco, he tenido suerte. Antes cazaba apereás en los bañados, cardales y pastizales, en las casas de las víboras ¡Jaja! y estoy invicto. Saludos.

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  6. Eres inmune a las viboras maestro jaja..ahi tambien hay apereas?aca abundan..saludos tocayo

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  7. Apereás sobran acá, aunque no sé si hablamos del mismo animal. Los de aquí son como un carpincho en miniatura, como una rata grande pero sin cola.

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  8. Esos mismos maestro!aca viven en pastizales,cerca de casa viven en un yuyal casi a la orilla de un arroyo..saludos

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