¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

sábado, 6 de febrero de 2016

Desde El Cielo

“Una tormenta se debe estar acercando”, pensó Ovidio. Dedujo eso al escuchar los silbidos de unos patos que pasaron volando de madrugada. Solo para huir de las tormentas estos animales vuelan de noche. Otra pista era el calor insoportable que lo agobiaba desde la tarde. Y durante el día había medio escuchado una conversación ajena en el mercado, hablaban de tornados y tormentas. Después el vendedor le iba a comentar algo al sobre el asunto pero un cliente lo interrumpió...
 Volvió a su casa con la intención de mirar los noticieros mas no lo hizo, como normalmente no los miraba lo olvidó. Después de acostarse recordó el asunto. Supuso que las mujeres del mercado habían exagerado; pero pensó que si podía venir una tormenta grande.

El ventilador, puesto al máximo, zumbaba en la penumbra de la habitación sin poder espantar del todo al calor agobiante. Ovidio estaba acostado boca arriba, con los ojos bien abiertos. Demasiada calor como para dormir. Pasaban los silbidos de unos patos, luego otros. “La cosa debe ser grande, pero mientras no venga mucho viento...”, pensó. La misma pesadez de la noche lo agobió tanto que al final lo hizo dormir. Durmió mal, envuelto en su sudor. Cuando llegó la mañana sentía que no valía nada. El calor y el dormir poco lo tenían amodorrado. Después de bañarse arrastró los pies hasta la cocina. Cuando se estaba preparando unos huevos notó por el ruido que había mucho tránsito en la calle. Con la taza de café bajo los labios, levantó la persiana de la ventana para mirar; aquello parecía un desfile. Las casas rodantes resaltaban entre montones de camionetas y autos. Aquello era raro. Ni en semana santa pasaban por allí tantos de esos vehículos. ¿Acaso todo el mundo sabía algo que él ignoraba? 

Ovidio era algo ermitaño, y como trabajaba en su casa no necesitaba salir mucho. Televisión casi no miraba y menos los noticieros porque para él eran de mal gusto. Durante su tiempo de descanso leía o escuchaba música en su ya viejo radio-grabador, o hacía las dos cosas.   Normalmente no le importaba estar desinformado pero ahora empezaba a sentir que esa desinformación le podía costar caro. De todas formas no se preocupó mucho. Cuando terminara su desayuno iba a encender la tele. No necesitó ver ningún noticiero. El ruido del tránsito era fuerte, pero por encima de este empezaba a resaltar otro. ¿Qué era? Salió de la casa.

 Al alcanzar el patio giró lentamente la cabeza hacia el sur. Era un escenario espantoso que él nunca creyó posible que existiera fuera de la ficción de la literatura o las películas. Todavía estaba lejos pero avanzaba rápido. Varios tornados, una fila de ellos, se retorcían en el fondo de una avanzada de nubes aterradoras. Los gigantescos tornados giraban a velocidades increíbles danzando entre ellos, algunos colisionaban y formaban un revoltijo de tempestad y viento nunca antes visto. Otros surgían de la descomunal masa de nubes y bajaban hasta la tierra rugiendo, todo esto entre relámpagos que cruzaban ese escenario de pesadilla.  Aquella tormenta infernal se veía de lejos como se ve un grupo de montañas, pero esta se acercaba. 

Ovidio entró corriendo a la casa. Juntó a toda prisa algunas cosas y las llevó al garaje donde tenía su camioneta. Por el apuro, le pareció que la puerta de garaje se levantaba lentamente. El ruido de aquello había aumentado varias veces su intensidad y ya era lo único que se escuchaba. No le quedaba mucho tiempo, si no huía de allí pronto iba a desaparecer. Circulaban tantos vehículos en la calle que no lo dejaban salir. Los conductores sonaban las bocinas, se gritaban entre ellos, y los que volteaban hacia la titánica tormenta se desesperaban horriblemente. Hacían eso por el apuro del momento, no pensaban que sus bocinas y gritos ya no podían escucharse por el ruido infernal que avanzaba hacia ellos.

 La tormenta todavía estaba lejos pero su rugido ya era casi insoportable. Y Ovidio que no podía salir a la calle. La distancia entre los vehículos era muy poca y su camioneta era grande. El paisaje ya se oscurecía y con el viento volaban todo tipo de desechos. Dos tipos que pasaban en un camión pequeño se compadecieron de su situación. El conductor le hizo señas para que subiera. Ovidio hubiera preferido ir en su camioneta mas no tenía otra opción. El camión frenó un poco para que él subiera atrás. Arrojó sus bolsos y trepó la baranda. Detrás de ellos los conductores casi enloquecían de apuro y de miedo. Todos estaban desesperados por huir.  Para el mal de todos, la montonera de vehículos no los dejaba avanzar rápido y la tormenta era muy veloz. Por suerte para Ovidio el conductor conocía la zona, y aunque este no entendió del todo las señas que él le hizo por el retrovisor, igual dobló en una calle menos congestionada, y después al tomar otra pudieron avanzar más rápido. 

Cuando salieron de la ciudad la tormenta había llegado a ella. Los tornados iban de aquí para allá arrasando con todo, nada podía salvarse de aquello. Edificios enteros se hacían pedazos y pasaban a formar parte de los miles de objetos que, volando en aquella locura destruían otras cosas al alcanzarla. Las casas se levantaban en el aire y se desintegraban en pequeños trozos. La destrucción era total. Cuando se alejaron más vieron que la inimaginable estampida de tornados se concentraba solo en la ciudad sin avanzar. Muchos kilómetros después pararon en una gasolinera para cargar combustible y enterarse de las noticias. No eran nada buenas. Los dueños del local y algunos viajeros miraban una televisión con cara de asustados.  Se enteraron que algo similar estaba pasando en varias ciudades en diferentes partes del mundo. Algo así era inconcebible. Los meteorólogos no entendían nada, según ellos aquello no podía estar pasando, era imposible; si embargo las ciudades seguían siendo destruidas y con ellas millones de vidas. 

—¡Qué increíble! —exclamó Ovidio—. Lo veo pero apenas lo creo. Es como si la naturaleza quisiera destruir a los humanos. Algo nunca visto. 
—en realidad ya pasó algo así —comentó un tipo que también miraba las noticias—. No con tornados, con otra fuerza de la naturaleza. 
—¿De qué está hablando? —le preguntó Ovidio. 
—Estoy hablando del gran diluvio. 
Lo que escucharon aquello quedaron pensando. Estaban viviendo otro fin del mundo. 

4 comentarios:

  1. Hola, Jorge. Que suerte tuvo Ovidio aunque en un apocalipsis difícil que logre continuar con vida por mucho y si lo lograra seguro que lo de después es peor.

    Stephanie

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, aunque también podría ser que si se salva es porque es bueno y no le va a pasar nada malo ¡Jeje! Muchas gracias. Salu2!!

      Eliminar
  2. Si existen los hombres lobos entonces existe el bien y si existe el bien podria mandar otro cataclismo jejeje bromas..entretenido cuento amigo,segui asi,yo estoy prefiriendo que venga una tormenta que seguir aca con esta ola de calor en mi pais jeje saludos maestro,nos leemos..Willy

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Estamos igual, mucho calor y una tormenta que se acerca. ¿No será el fin del mundo? ¡Jaja! Gracias. Saludos!!

      Eliminar

¿Te gustó el cuento?