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martes, 16 de febrero de 2016

Los Constructores

Manuel sabía que algo no estaba bien con su vida pero no hallaba nada raro en ella, excepto por aquella planta. Le tenía mucho aprecio porque se la había regalado su madre cuando él se mudó a su nuevo hogar. Era una planta que requería bastante cuidado; él le mojaba las hojas y la regaba con la proporción justa. A pesar de eso un día la encontró medio arrugada por falta de agua...
No se explicaba qué había pasado porque recordaba haberla atendido bien diariamente, pero a la vez reconocía que no podía ponerse así en unas horas, la había descuidado mucho más, días. ¿Qué había pasado entonces? Él era profesor de filosofía, pero no de los que estudian y luego enseñan solo por un sueldo, a él le gustaba aplicarla en su vida.

Se sentó en el fondo de su casa a pensar sobre el asunto. Allí tenía una reposera y un matamoscas. Como tenía un parral sobre él a veces tenía que ahuyentar a alguna avispa, pero seguir el vuelo de una con la vista no lo distraía, y en su pequeño paraíso podía filosofar tranquilamente. 

Allí había un hecho: la planta no había sido atendida por varios días. Por otro lado recordaba haberlo hecho puntualmente. ¿Qué era lo más lógico? Desconfiar de sus recuerdos aunque le pareciera una locura. Comenzó a recordar todo lo que había hecho los días pasados. Parecía su rutina normal pero había algo que no estaba bien. Manuel, con los ojos cerrados, se golpeaba suavemente una palma con el matamoscas. Pronto se dio cuenta de lo que estaba mal: nada estaba mal y eso era lo que estaba mal. Eran recuerdos de una rutina perfecta. ¿Qué probabilidades había de que no le hubiera pasado nada lo suficientemente singular o curioso como para no recordarlo? Diariamente atravesaba un tránsito muy complicado, ¿como podía ser que no hubiera ocurrido ningún incidente, ninguna imprudencia?, el clásico peatón que cruza de pronto a mitad de cuadra, o el auto que adelanta peligrosamente... algo. Y en la secundaria, ¿ningún alumno se había atrasado, o contestado una cosa sin levantar la mano, o arrojado un papel a un compañero...?, ¿y entre sus colegas?, ¿ni un chisme ni comentario que resaltara? Recordaba haber manejado, dado clases, pero casi no había detalles. Evocando montones de recuerdos llegó a la conclusión de que los incompletos tenían una semana.

Ahora venía lo más difícil: ¿Por qué recordaba las cosas así? La respuesta quería presentarse pero no la planteaba porque parte de él la creía absurda. Nuevamente la planta fue la clave. También recordaba haberla regado pero las pruebas demostraban que no fue así. No le gustaba pero la respuesta estaba allí: los recuerdos de toda la semana eran falsos, solo eran una ilusión. Pero esa planteaba incógnitas mucho más profundas como qué había hecho todos esos días. La noche lo encontró filosofando sobre esos asuntos. Necesitaba más pruebas para sacar más conclusiones. Las encontró al abrir la heladera. El yogur ya estaba agrio. También notó que le quedaban cosas que ya se le tenían que haber terminado. Caminó por su hogar observando todo con mucha atención. Pasó el dedo por una mesa para comprobar cuánto polvo tenía. Todo indicaba que no había vivido allí. Era algo alarmante. ¿Dónde había estado todos esos días, y qué había hecho? Por la mañana, como era domingo salió a dar un paseo a pie. Al pasar frente a la vivienda de una vecina escuchó que esta rezongaba con su perro:

—¡Tony! ¡Quieto, quieto!, ¡abajo! Espera a que te sirva la comida. ¡Ni que hubieras estado una semana sin comer!

A Manuel esas palabras le resultaron como un alarma. ¡También le estaba pasando a otra gente! Después de almorzar volvió a su lugar de pensar. Suponiendo que era mucha la gente que se ausentaba de sus hogares, ¿a dónde iban todos?, y, ¿cuánto tiempo hacía que pasaba eso con diferentes personas? Si estaban en alguna especie de estado enajenado no era muy probable que conducieran, tenían que ir a un lugar cercano. Enseguida recordó las enormes barracas que habían levantado hacía un tiempo en los alrededores de su ciudad, y según había escuchado, de todas las ciudades. 

Anteriormente ya había pensado para qué eran, porque no se les veía ningún cartel que indicara eso. Picado por la curiosidad fue hasta la barraca más próxima. Solo tenía carteles que prohibían el paso. Estaba evaluando cómo saltar la cerca cuando de adentro del galpón empezaron a sonar ruidos de máquinas y enseguida comenzaron a retumbar muchos pasos pesados que transmitían una gran vibración al suelo. Manuel corrió hasta su auto. La puerta del colosal galpón se abrió y de ella brotaron al trote unos robots de unos cuatro metros de alto. Algunos tenían dos patas mecánicas, otros cuatro o seis. Enseguida los robots empezaron a dispararle a los autos que iban por la ruta. Él se salvó por poco. descubrió aquello demasiado tarde. 

Por el retrovisor alcanzó a ver a uno de los seres que manejaba una de las máquinas. No era un humano. Usaban una especie de casco pero por el tamaño (por lo grande) se notaba que eran otra especie, además tenían cuatro brazos. Lo que manejaban no parecía algo hecho en otro mundo, aunque tampoco parecía ser tecnología terrestre. Eran máquinas que los humanos habían construido. Mientras huía a Manuel se le ocurrieron un montón de cosas. Si aquellos seres querían apoderarse de la Tierra y tenían los medios como para controlar las mentes humanas, ¿por qué en vez de hacerlos construir algo simplemente no hacían que todos se mataran? Seguramente porque también querían dominar a los humanos. Tal vez sus trucos mentales solo funcionaban unos días. Pero lo más importante ahora era otro asunto, ¿cómo los enfrentaban? 

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Que intrigante amigo,sera que nuestro personaje tendra un plan? me gusta como planteas este tipo de cuentos,y si tiene continuacion lo esperare ansioso..pena que Fuera de la Tierra no lo edites por culpa de esos plagiadores..saludos..Willy

Anónimo dijo...

Saludos, Jorge... Ha estado genial...
Stephanie

Anónimo dijo...

Saludos, Jorge... Ha estado genial, wow que situación tan difícil y peligrosa la que enfrenta Manuel y los demás ciudadanos.
Stephanie

Jorge Leal dijo...

No hay continuación, Willy. Es algo común que los cuentos de ciencia ficción terminen así. Gracias. Saludos.

Muchas gracias, Stephanie. ¡Hasta mañana! (hay más cuentos) Saludos!!

Ongie Saudino dijo...

Sera en que en ese tiempo de trance en el que se encontraban fue el necesario para construir esas máquinas?. Porque esos seres , como decia Manuel, no los eliminan o hacen que se eliminen de una vez?. Lo mas probable es que esa raza quiera utilizar a los humanos de esclavos, dominarlos, posiblemente por diversion, para construir lo que ellos quieran o, simplemente, utilizarlos como titeres para trabajar. Pero solo Manuel parece haberse dado cuenta de la situacion, pues mas nadie ha manifestado desconcierto. Es posible que mas nadie sepa de la existencia de esos seres. Un muy atrayente y misterioso relato de ficcion, excelente amigo. ¡Espero la próxima historia! ¡Saludos desde Venezuela!

Jorge Leal dijo...

Demoraron mas tiempo en construir las máquinas. Una semana utilizaban a un grupo, otra semana a otro... No querían matar a todos porque no tiene gracia gobernar un planeta sin gente ¡Jaja! Muchas gracias, Ongie. Saludos!!

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