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jueves, 11 de febrero de 2016

Un Suceso Inesperado

Sebastián creyó que aquella iba a ser solo otra zambullida más, pero ese día se encontró con algo que solo conocía por cuentos...
Practicaba buceo desde que era niño y nunca se había topado con algo como aquello, aunque sí conocía muchas historias pero no creía que fueran ciertas. Zarpó del puerto temprano por la mañana. Después de navegar largamente pero sin alejarse mucho de la costa llegó al fin al banco de coral que era su destino. Ancló el bote y se puso su traje de buzo. Llevaba bastante equipo encima porque además de los tanques de aire contaba también con una cámara para sacar fotografías submarinas que era muy grande.  Cuando estuvo listo se arrojó al agua y enseguida vio un mundo multicolor pletórico de vida submarina. 

Los corales tenían diversos colores e incontables formas: algunos parecían ramas de árboles, otros tenían intrincados patrones, como laberintos en miniatura que se desparramaban por las rocas o se amontonaban hacia arriba formando como unos tubos. Y entre todos esos corales nadaba una infinidad de peces. Cardúmenes enteros iban de aquí para allá, se escondían entre el coral, asomaban tímidamente y volvían a salir, mientras algunos más grandes nadaban lentamente más alejados del fondo. 

Allí también nadaban tiburones de arrecife y estos cambiaban continuamente de dirección curvando sus aerodinámicos cuerpos.  Sebastián sabía que no representaban un gran peligro para él pero tenía que mantenerlos vigilados. Otra cosa eran los tiburones blancos, pero rara vez se los veía en aquella zona. 

el buzo se encontraba sacando fotos con su enorme cámara cuando notó algo que llamó su atención. Unos tiburones pequeños nadaban en círculos en torno a algo que estaba detrás de una pared de coral. 
Creyó que seguramente había algún pez herido allí pero igual fue a ver de qué se trataba. La sorpresa que se llevó no fue poca: no era un pez, era una sirena. Tenía la cola enganchada en un coral afilado, y de tanto forcejear por zafarse le había salido un poco de sangre; era un hilo nada más que se disipaba en el agua pero para un tiburón aquello era una invitación a comer. 

Al ver que la sirena estaba en apuros sacó su cuchillo de buceo y, vigilando a la vez a los tiburones intentó cortar el coral que la aprisionaba.   En un primer momento la sirena se asustó con su presencia e intentó huir en vano, pero después pareció comprender que pretendía ayudarla y dejó de agitar los brazos desesperadamente.  Los tiburones seguían rondando y en los círculos que describían algunos se acercaban más hasta casi rozarlos. Ninguno medía más de dos metros pero aparecían de todos lados y eran muchos. Se movían inquietos cambiando de dirección con rápidos movimientos. 
  
Sebastián pretendía cortar el coral con su cuchillo más este era duro. Usando sus manos también logró arrancar una parte pero la sirena aún estaba atrapada.   De pronto los tiburones se alejaron, y un momento después ya no quedaba ninguno. Sebastián supo que aquello no era bueno: habían huido de algo. Empezó a mirar hacia todos lados y lo vio. Nadaba hacia ellos un enorme tiburón blanco. El gigantesco pez pasó unos metros encima de ellos y los cubrió con su sombra. Se alejó un poco y luego giró bajando más. Todavía los estaba examinando. Como todo depredador, era cauteloso. Se acercó con la boca medio abierta y les pasó al lado, amenazante. En ese instante Sebastián lo atacó con el cuchillo y le hizo una raya en la piel. El animal evidentemente sintió aquello, porque giró bruscamente y al hacerlo casi los golpea con su enorme cola. Aquella herida no era nada para el tiburón pero dejaba en claro que no eran unas presas fáciles. 

Tras dar un par de vueltas más el colosal pez finalmente se alejó.  
Después Sebastián liberó completamente a la sirena, y esta, como agradeciendo, nadó en derredor de él girando y ondulando su cuerpo y su larga cabellera, después se alejó para perderse en un azul que se iba oscureciendo con la distancia. Cuando volvió a su bote estaba muy emocionado; las sirenas no eran solo un cuento, realmente existían. Después se sintió algo tonto al darse cuenta de que teniendo una cámara no le sacó ni una foto.    

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Despues de todo parece que algunas sirenas no son malas pero ojala hayan lindas como imagino a esta de tu cuento,porque las del falso documental de Animal Planet eran horribles jaja parecian E.Ts..aun estoy buscando una sirena que no quiera ahogarme y devorarme jeje..saludos maestro,Willy

Anónimo dijo...

Saludos, Jorge. Muy bueno, los cuentos de sirenas me gustan.

Jorge Leal dijo...

Hola. Gracias.

Willy, las lindas son las que ahogan ¡Jaja! Los documentales esos sí que eran una tomada de pelo, y querían hacerlos pasar por algo real ¡Jaja!
Muchas gracias. Saludos.

Ongie Saudino dijo...

Tal como dijo el amigo Willy, parece que no todas las sirenas son malas, hay una que otras obsesivas y que hunden barcos por amor, pero hay otras que si agradecen. Pero es cierto, hay veces que se nos presenta una situacion que no esperamos y no le sacamos provecho, ahora no podra demostrarle a nadie que las sirenas existen. A veces pasa, otras veces la gente aprovecha. Generalmente los que aprovechan se encuentran en peligro, pero deciden aprovechar. Una muy buena historia amigo!. Me dio gracia la situacion de Sebastian, pero son cosas que pasan, no muy seguido con criaturas miticas, pero igual suceden. Espero la proxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

Jorge Leal dijo...

En este pequeño universo literario hay todo tipo de sirenas. Muchas gracias por tu acertados comentarios, Ongie. Te espero por acá. Saludos!!

Anónimo dijo...

Me encanto tú cuento saludos desde argentina ��

Jorge Leal dijo...

Muchas gracias a ti por comentar, Vecin@. Saludos!!

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