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jueves, 31 de marzo de 2016

Duendes

Alberto miró al techo y escuchó atentamente. Estaba sentado en su sillón favorito, aquel sillón que un día atrás cargara él mismo desde el camión de la mudanza. Mirando hacia arriba siguió el recorrido del ruido que hacían unas pisadas que corrían por el techo. Creyó que eran ratas. Se levantó maldiciendo y fue hasta la cocina donde había dejado enfriando una tarta. Puso un dedo en el costado de la tarta, todavía estaba muy caliente como para guardarla en la heladera. Maldijo de nuevo y agarrándola con un paño la llevó hasta la sala. Hacía unos años había tenido varias malas experiencias con las ratas. No podía facilitarles ninguna comida. Se acordó de las cosas del armario y fue a asegurarse de que los estantes estuvieran bien cerrados. “Ahora que tengo mi propia casa, otra vez a lidiar con las ratas, ¡que porquería!”, pensó. Alberto no sabía que en realidad se trataba de algo peor: duendes...

Más tarde, ya acostado, se revolvía en la cama sin que le viniera ni un poco de sueño. Aquel era su hogar, el que consiguió con mucho ahorro, horas extras, trabajos por su cuenta, montones de cálculos, una búsqueda constante de precios más baratos, y ahora que por fin estaba en él no se sentía cómodo. Intuyó que aquello le pasaba porque en el fondo todavía no se acostumbraba a la idea de que al fin era propietario. Como no podía dormir se puso a planear la pequeña celebración que iba a hacer allí junto a sus amigos. 

Acostado boca arriba en la penumbra escuchó los escasos ruidos que se atrevían a irrumpir el silencio en aquella zona alejada de la ciudad. Recordó a Viviana. Hermana de un amigo, durante muchos años casi no le había prestado atención, pero desde hacía un tiempo había notado lo linda que estaba y pensaba en ella muy seguido, y al recordar un montón de cosas le pareció que ella se había enamorado de él desde la primera vez que se vieron, cuando ella apenas si era una adolescente. Ahora todo estaba tan claro, se sintió bastante tonto por no darse cuenta antes. Incluso una vez su amigo, el hermano de Viviana, le había comentado como bromeando que algún día tal vez serían cuñados. Cuando él, extrañado por ese comentario, le pidió explicaciones el amigo se fue por las ramas y no quiso comentar más nada. Ahora le resultaba obvio que Viviana, al ser descubierta por su hermano, lo había hecho jurar que no revelara lo que ella sentía; igual el hermano no pudo evitar hacer aquel comentario.

Alberto se alegró de aquello. Ella era muy reservada, incluso tal vez algo rara, pero era la mujer más bondadosa, inteligente y pura que conocía. Solo una cosa en ella era un poco oscura; aparentemente tenía una marcada inclinación hacia el mundo sobrenatural, una especie de fascinación innata que alimentaba estudiando cuánto podía sobre el tema. Eso no le gustaba, pero por otro lado, esa inclinación que la hacía un poco rara la había hecho poco sociable y estaba seguro de que nunca había tenido novio, mucho menos una aventura, o tal vez era por lo que secretamente sentía por él, pero por lo que fuera, eso la hacía más deseable y hablaba de que era alguien extraordinario, porque candidatos igual no debían faltarle. Ya con casa propia no estaba demás pensar en sentar cabeza. Ella había confirmado que iba a la celebración, era una buena oportunidad para hablarle. Se imaginaba un futuro junto a Viviana cuando se durmió. 

De pronto caminaba contra la pared de una casa de proporciones gigantescas. Avanzando bajo un mueble se dio cuenta de que todo allí era normal, parecía gigante porque él era muy pequeño. Al seguir avanzando reconoció la cocina; aquel era su hogar. Se movió rápidamente hasta la puerta del cuarto donde él dormía y la atravesó. Corrió derecho a la cama, que parecía enorme, y saltó a ella casi como volando. Allí estaba él, durmiendo boca arriba. Cuando pasaba por el pecho experimentó un gran cambio, ahora estaba en el “cuerpo grande”, en el suyo, y en ese momento sintió que algo le caminaba por el pecho. Se enderezó súbitamente al tiempo que con el brazo se libraba de aquello que iba hacia su cara. Su antebrazo hizo contacto con algo y seguidamente escuchó un golpe mudo contra la pared. El manotazo desesperado lo había librado de aquella cosa. Miró hacia donde cayó el bulto y vio muy fugazmente como una diminuta figura humanoide se alejaba a toda prisa para dar un salto y desaparecer tras la puerta al atravesarla como si esta solo fuera una ilusión. 

“¿¡Qué fue eso!?”, pensó Alberto. Había tenido sueños raros como todo el mundo, pero aquello era el colmo, además cuando vio a aquella cosa no estaba durmiendo. Se mantuvo vigilante, con la luz encendida hasta el amanecer. Con la luz del sol entrando por las ventanas revisó minuciosamente todas las habitaciones sintiendo el corazón en la boca. No encontró nada que indicara que no estaba solo; pero se dio cuenta de que eso no significaba que realmente fuera así, porque él había visto como aquella cosa atravesaba la puerta. Después de la inspección se sentó a pensar. Era increíble pero no podía ser otra cosa: se trataba de duendes. “Vi todo desde la perspectiva del duende”, razonaba “Seguramente eso no fue un accidente, si vi eso fue porque el duende lo quiso, ¿pero para qué?”. Se dio cuenta de pronto. Aquello solo sirvió para asustarlo, ese era el propósito, querían asustarlo y era para que se fuera de allí.

Esa revelación no le gustó nada. Qué podía hacer él para defenderse de unos seres sobrenaturales que solamente conocía por cuentos. No le pareció que la ficción fuera una fuente de información confiable. Se golpeó la frente al recordarlo. “Viviana, ella debe saber sobre el tema y seguramente me va a entender”. Casi se alegró de tener duendes. Después de almorzar tomó una siesta para no andar con sueño después porque había dormido muy poco. Se levantó por la tarde a preparar algunas cosas, también salió a hacer compras. Los invitados empezaron a llegar al anochecer. Eran todos amigos y conocidos de años. Lo felicitaban por la casa, miraban todo sin disimulo y le decían que había hecho un muy buen negocio. “Sí, pero la compré con duendes incluidos”, pensaba Alberto. Por fin apareció Viviana, llegó junto a su hermano. Tenía el pelo negro y muy lacio, los ojos marrones y la piel color canela. Lo saludó algo tímidamente, como siempre lo hacía. Se acomodaron en la sala, donde él había puesto sobre una mesa un montón de bocadillos, el plato principal estaba en el horno. 

-El que quiera una bebida que vaya y se la sirva de la heladera -les dijo Alberto-, porque yo no voy a andar para aquí y para allá. Y a lo último todos se quedan a limpiar. No, es broma ¡Jajaja!

El grupo entero se rió con la ocurrencia. Él cada tanto volvía sus ojos hacia Viviana; ella parecía algo distraída porque observó todo repetidas veces. La pequeña fiesta transcurría normalmente hasta que una de sus invitadas apareció desde la cocina con una bebida en la mano y un gato pequeño en la otra.

-Encontré a tu mascota, Alberto, es precioso, ¿cómo se llama?
-¿Dónde lo encontraste? Ese gato no es mío -le dijo enseguida Alberto.
-No bromees. Estaba en la cocina y es muy manso. Es tuyo.
-En serio, nunca lo había visto. ¿La puerta está abierta?

Fue a revisar, todo estaba cerrado. Volvía a la sala cuando escuchó un grito. La mujer que había agarrado al gato se tomaba un brazo y al quitar la mano pudo verse que tenía cuatro arañazos bien profundos. 

-¿Te arañó? Te dije que no era mío. ¿Pero cómo pudo lastimarte tanto? ¿a dónde se fue?Bueno, voy por el botiquín. Que se haga presión con un pañuelo, ya vuelvo -y Alberto salió apresuradamente hacia el baño.

Al regresar con el botiquín vio que Viviana miraba bajo un sillón.

-¿Se escondió ahí? -le preguntó.
-Lo vi meterse acá pero ya no está -le contestó ella.

Él pensó con horror que aquello debía ser un duende. Viviana observó la expresión de terror de Alberto sin que él lo notara. Él dijo que ya lo iba a buscar después y ella fue a sentarse. La lesionada se marchó porque le dolía mucho.

-Disculpa que te arruine la fiesta así -se disculpó ella-. No debí agarrarlo, pero es que parecía tan manso, y como era pequeño no resistí la tentación de levantarlo. ¡Ay! Como arde. Te dejo. Que pases bien. Disfruta de tu casa.
-Discúlpame tú, esto te pasó en mi hogar. ¿Estás bien? Muchas gracias por venir. Adiós.

El asunto del gato entretuvo a la reunión un buen rato, y era inevitable mirar hacia el piso o los rincones cada tanto. Parecía un incidente sin mucha importancia pero igual ensombreció la reunión y empezaron a irse bastante temprano. Cuando el hermano de Viviana se levantó para despedirse Alberto sintió cierta desesperación porque quería hablar con ella esa misma noche y no había tenido la oportunidad. Para su sorpresa, ella no se movió del asiento, y volviéndose hacia su hermano le dijo:

-Yo voy después. Tengo que hablarle de una cosa. Me voy en un taxi.
-No, te llevo yo -se ofreció Alberto.
-Momento, momento -dijo muy serio su amigo-. Como el hermano mayor que soy no puedo permitir esto. Si quieren hablar háganlo ahora, delante de mí. ¡Jajaja! Solo estoy bromeando con ustedes. Eso sí, pórtense bien ¡Jajaja! Nos vemos, cuñado ¡Jeje!
-Sí, ya vete de una vez, pesado ¡Jaja! Nos vemos. Ve por la sombra.

Y se dijeron varias bromas más hasta que se fue. Viviana se veía bastante avergonzada por el comentario del hermano y no se atrevía a mirarlo a los ojos. Él trató de arreglar la situación siendo valiente y dejando al descubierto sus sentimientos:

-Se pasa aquel. Como si una muchacha tan linda como vos fuera a fijarse en mí. Ya quisiera yo que fuera así. 
-¿Por qué no me fijaría en vos? -dijo ella levantando la cabeza y mirándolo profundamente.
-No sé, ¿lo harías entonces?
-Claro que sí.
-Si fuera así me pondría muy contento.

Y los dos se quedaron mirando a los ojos, adivinándose  lo que sentían sin necesitar decirse una palabra. Tan conectados se sintieron que de pronto recordaron algo al mismo tiempo. Ella le dijo:

-Alberto, en tu casa hay duendes y no son amigables, pero tú lo sabes, ¿no?
-Sí, tuve un encuentro con uno anoche. ¿Pero tú cómo lo sabes?
-Sé bastante sobre el tema y además lo presentí desde que entré. Siempre fui muy  “sensible” a algunas energías y por eso tengo una inclinación hacia lo sobrenatural. Y el incidente con ese supuesto gato no me dejó dudas.
-Vaya, las cosas que tiene el destino... Y, ¿podrías ayudarme?
-Por supuesto -afirmó Viviana, y desparramando otra mirada desconfiada agregó-. Lo primero que tienes que hacer es irte de aquí. Sería solo por esta noche. Ahora que se mostraron no es seguro para ti dormir aquí. Tengo un libro con un viejo conjuro que la Iglesia usaba antes para expulsar a seres así, pero tiene que ser de día, cuando están más débiles.
-Bien, pudo irme a un motel. Hago un bolso y me voy.
-Te ayudo.
-Bueno, así no quedas sola ni un momento.

Después se marcharon juntos. Él la llevó a su casa y luego se marchó a un motel. Regresaron al otro día, temprano por la tarde. Viviana llevó un libro. Se situaron en el medio del la sala y ella empezó a recitar el conjuro. Inmediatamente comenzaron a chillar unas voces agudas y ásperas y la casa se llenó de rezongos y susurrantes que llegaban desde las paredes. Viviana siguió recitando el conjuro. Alberto se había ubicado detrás de ella, custodiándola, y tenía las manos sobre los hombros de la joven exorcista. Los duendes chillaron y refunfuñaron un rato más hasta que al fin callaron y la casa quedó libre de su presencia. Unos años después, los únicos seres pequeños que correteaban por aquel lugar eran los hijos de Alberto y Viviana. 

jueves, 17 de marzo de 2016

El Arroyo Del Diablo

Nuestro bote se deslizaba por una parte donde el arroyo corría entre dos enormes barrancas. Íbamos a pescar y no era por diversión. Las barrancas, de no menos de cinco metros de altura, eran oscuras y tan inclinadas como un muro, y allá arriba, en ambas orillas, un monte sombrío y espeso se asomaba hacia el agua como si fuera a desbordarse sobre nosotros en cualquier momento...

martes, 15 de marzo de 2016

El Alemán

A José le temblaban las manos y en la cara tenía como fijo un gesto que nunca le había visto: era una mueca de terror. Estaba a punto de cenar cuando él golpeó la puerta de mi hogar. Como en esa época él estaba separado supongo que no tenía a más nadie con quien hablar de algo así. Si le hubiera pasado de día seguramente hubiera hablado con el primer conocido que se le cruzara, porque su necesidad de contar aquello era algo urgente...

jueves, 10 de marzo de 2016

De La Huesuda

                                            El Carruaje
Un ¡clic, clac, clic, clac! Iba pasando por la calle, y como Manuel ya estaba despierto se puso a escucharlo. “Es algún tipo de carruaje”, pensó, porque además de los cascos de un caballo se escuchaba algún tipo de rueda, el traquetear de esta. Estaba hundido entre las sábanas de su cama. “¿Pero cómo va a ser una carreta aquí, en esta parte de la ciudad?”, siguió especulando...

miércoles, 9 de marzo de 2016

El Experto

Nelson estaba un poco desconfiado, no le creía mucho a Romualdo. Los dos iban atravesando una selva muy densa. Romualdo era quien conocía el camino e iba adelante luchando a brazo partido con su machete contra las lianas, ramas y enredaderas que se enmarañaban a su paso...
Nelson desconfiaba porque pensaba que si era cierto que Romualdo había recorrido aquel lugar recientemente, por qué el camino no estaba más despejado, y se lo dijo:

—Romualdo, si usted encontró la laguna yendo por aquí, ¿por qué hay tanta liana en el sendero?
—Porque no fue exactamente por donde vamos le explicó Romualdo al tiempo que partía una rama de un machetazo—. En la selva es difícil encontrar el mismo sendero, pero por aquí también vamos a la laguna. Ya va a ver si encontramos al bicho aquel, ya quiero verle la cara a usted.
—¿Si encontramos? Creí que me había garantizado que la íbamos a encontrar.
—Lo que garanticé  fue que encontraría la laguna, y ahí está el bicho. Que lo veamos es otra cosa.

Cuando el otro volvió a luchar con la selva Nelson miró hacia arriba y levantó sus manos. “Quién me manda ser tan ingenuo”, pensó. Romualdo, un pescador y a veces cazador, le había contado (a él y todos los que conocía) que en una diminuta laguna perdida en el medio de la selva había visto a una anaconda colosal. El pescador levantaba su mano casi hasta el pecho para describir lo ancha que era la anaconda. Nelson era biólogo y estaba viviendo en un pequeño asentamiento costero donde tenía fácil acceso a la selva para estudiarla. Al escuchar la historia de la víbora por primera vez se echó a reír con franqueza; Romualdo lo miró muy serio y se alejó negando con la cabeza, para unos metros después volverse a medias hacia el hombre que seguía riendo y contemplarlo de reojo.

En otra ocasión, cuando narraba su increíble historia en el único comercio del lugar, Nelson apareció muy sonriente y se acodó en el mostrador a escucharlo. Cuando el narrador llegó a la parte que describía lo ancho que era el animal, Nelson soltó una risa que sonó como si algo se estuviera desinflando. Eso hizo que Romualdo se enfadara bastante y le dijera:

—¡Si usted no cree es cosa suya, pero no venga a burlarse mío! 
—No me estoy burlando de usted —le aclaró el biólogo, y apuró un trago del refresco que había pedido con una seña—. No es burla pero esas dimensiones me dan gracia porque son muy exageradas. ¿No le parece que sería mucho más chica y usted evaluó mal el tamaño? 
—Estuve tan cerca de ese gigante como lo estoy ahora de usted. ¿Le parece que a esa distancia podría equivocarme? Pero claro, usted no cree porque es experto en animales —comentó con sarcasmo Romualdo para que los otros sonrieran. 

Nelson se encogió de hombros y siguió tomando su refresco. Tuvieron varios encuentros así porque el pescador le contaba su aventura a todos los que tocaban aquella costa. El biólogo a veces sentía la necesidad de hacerlo confesar que aquello era solo un cuento; y el otro quería convencerlo de que era verdad, y al asegurar que era cierto de paso pretendía desacreditar la reputación del biólogo. Un día, por un desafío acordaron ir juntos hasta el lugar. Romualdo decía que era un lugar muy remoto, y al decirlo estiraba y levantaba el brazo hacia la selva como si ese gesto abarcara una distancia enorme. El doctor pagó los gastos del viaje meneando la cabeza como disgustado. “Solo yo entrar en gastos por desmentir un cuento absurdo”, pensaba. Pero muy en el fondo albergaba alguna esperanza de que fuera cierto. Si resultaba ser así sería un hallazgo increíble. Mas después se decía que era algo absurdo, pero incluso aunque no resultara ser tan grande igual podría ser el ejemplar más grande documentado. Por eso se llevó sus mejores cámaras.

La selva era asfixiante. Cada árbol vibraba de insectos y por el suelo cruzaban interminables filas de hormigas. El sudor les resbalaba por la cara hasta el mentón y el calor que no les daba ni un respiro. Así alcanzaron un tramo donde Romualdo empezó a hacer algunas pausas como para orientarse.  Al hallar un diminuto riachuelo lo siguieron hasta que finalmente, entre la espesura empezaron a aparecer los brillos de una pequeña laguna. Nelson se adelantó y observó detenidamente el agua quieta y fangosa que tenía delante. Pensó que era un hábitat perfecto para una anaconda de gran tamaño. Trataba de ver algún movimiento en el agua cuando escuchó un ruido metálico a sus espaldas. Cuando se volvió el pescador lo apuntaba con un arma.

—No hay ninguna anaconda gigante —le dijo Nelson sintiéndose muy tonto.
—Claro que no. Doctor, me extraña que un experto como usted creyera aunque fuera por un segundo que ese cuento mío pudiera ser cierto ¡Jajaja! Ahora va a ver lo que pasa cuando se burlan mío. 

Y en la selva sonó un disparo que produjo un eco en la espesura por un instante. 

domingo, 6 de marzo de 2016

EL Hospital Maldito

¡Hola! Bueno... esta es la continuación del cuento "Guardianes De La Muerte", pero es solo una pequeña parte ¡Jeje! Pensaba publicarla más completa pero a última hora decidí dejarla por aquí. Espero que los buenos lectores sepan comprender. Gracias.


Foster no que quería que Cedric fuera solo a aquel hospital, pero que los dos sepultureros aparecieran por allí podía parecerle raro a alguno. Y ninguno podía fingir estar enfermo porque de los que internaban en aquel hospital muy pocos salían. Ricos y pobres estaban expuestos a las nefastas prácticas de lo que en esa época llamaban medicina; pero no era lo mismo que un médico de esos que pretendían curar todo sangrando un poco a la gente te visitara en la casa, que caer en aquel inmundo hospital. Casi nadie iba a parar allí por su propia cuenta, su clientela eran principalmente recién llegados a la ciudad (gente que todavía no había escuchado las historias espeluznantes que se contaban de aquel lugar), e indigentes y borrachos que ya fuera por un garrotazo en la cabeza o por caer ebrios la policía arrastraba hasta allí y se desentendía del asunto. Las autoridades veían al local aquel como una herramienta para limpiar un poco las calles de la escoria de aquella sociedad. Ninguno pensaba mucho en por qué casi nadie salía vivo de allí, preferían creer que era solo por la falta de higiene del lugar o lo inepto de sus doctores. 

Cedric tenía que averiguar qué pasaba realmente en aquel lugar. Se preparó para su misión echándose vino barato encima de la ropa, y bien escondidos llevaba un cuchillo y una cachiporra corta de madera pesada. Foster se iba a mantener cerca pero fuera del local. Los dos caminaron hasta tener enfrente la infame fachada. Era una casona muy grande, oscura, con una triste sucesión de ventanas que los transeúntes evitaban mirar. Entre las muchas historias de terror que se contaban sobre el lugar abundaban las de fantasmas. Cedric respiró hondo y enderezó hacia la renegrida puerta. Entró caminando como un borracho, un papel que hacía muy bien por toda la práctica que había tenido. En un salón grande que servía de sala de espera se arrollaban en un banco un par de viejos, extranjeros seguramente. Una enfermera veterana y de cara de pocos amigos desembocó en la sala desde un corredor. Cedric se tomó el mentón con una mano y movió la mandíbula como si buscara aliviarse de una molestia para que creyera que estaba allí por haber peleado. La enfermera se perdió por otro corredor. El joven decidió investigar el primero. La sala donde atendían las urgencias estaba en el otro extremo.

El corredor estaba apenas iluminado por unos faroles a petróleo. Al alcanzar la primer puerta acercó el oído para escuchar. Nada. Tanteó el picaporte, estaba abierta. La habitación se encontraba vacía. Probó en dos más con el mismo resultado. En la cuarta, al mirar hacia adentro sufrió una fea impresión y su mano derecha buscó la empuñadura del cuchillo. Había un hombre sobre la cama. Estaba tan flaco que su cuerpo apenas creaba un bulto bajo la sábana. La cara era casi la de un esqueleto pero con piel, mas cuando giró la cabeza hacia Cedric este supo por la mirada que no era un zombi, solo era un pobre infeliz que terminó allí. El pasillo doblaba a la izquierda. Casi chocó con una enfermera. Cuando le preguntó qué hacía allí él le dijo que buscaba a un amigo que estaba internado, y describió al hombre esquelético que vio. La enfermera enseguida se acordó y le indicó hacia dónde estaba la habitación. Ese encuentro implicó un retraso porque tuvo que volver por donde ya había revisado. En otro corredor encontró la escalera que subía hasta el segundo piso.


Atendían a tan poca gente que toda esa parte estaba en desuso. Él no creía en fantasmas pero no se hubiera asombrado si se topaba con uno por allí. Volvió al primer piso. Revisando otra ala del edificio escuchó pasos vigorosos que veían hacia él por otro corredor. Se escondió en una habitación para no tener que inventar otra cosa. Abrió un poco la puerta para ver quién era. Era un hombre calvo que usaba gafas. Ajeno a todo, pasó frente a la habitación leyendo algo en un libro muy voluminoso.  Iba con el paso rítmico del que camina con la mente en otro lugar. Aquel tenía que ser un doctor. Cedric sintió que debía seguirlo. El doctor conocía tan bien el lugar que solo después de varios pasos desatendía por un instante la lectura para atisbar por dónde iba. 

Llegó al final de un pasillo donde había una puerta grande y en un costado de esta un vigilante que dormía sentado en una silla. El doctor carraspeó para despertarlo y el vigilante se estremeció y enseguida se puso de pie. El doctor solo meneó la cabeza, sacó un manojo de llaves de su bolsillo y acto seguido ingresó a la pieza custodiada. Cedric no pudo ver hacia adentro porque apenas se asomaba detrás de la boca de un corredor para que no lo vieran, pero estuvo seguro de que allí era donde hacían algo para que los muertos revivieran. Antes de hacer nada tenía que informarle a Foster. Al girar para salir de allí vio fugazmente que algo iba hacia su cabeza, y más fugazmente vio al hombre que le había asestado un garrotazo. Después de un gran momento de oscuridad despertó para descubrir que se encontraba amarrado a una camilla.    

sábado, 5 de marzo de 2016

Guardianes De La Muerte

Cedric caminaba por una calle empedrada por donde pasaban temblando y hamacándose algunos carruajes. Cedric iba decidido a empezar una nueva vida. A partir de aquel momento iba a ser otro, alguien útil para la sociedad. Él había nacido en una familia acomodada. Ya fuera porque sus abuelos y su madre lo habían consentido mucho durante la niñez o por una tendencia inevitable en él, apenas pasó su adolescencia se dedicó a la noche y se especializó, con mucha práctica, en todos sus vicios y excesos...

viernes, 4 de marzo de 2016

En La Hondonada

Al sentir que había abusado de la confianza de aquella gente, me preocupé porque todos andaban armados y se volvieron hacia mí a la misma vez...

jueves, 3 de marzo de 2016

Cosas Extrañas

Gabriel le dijo a cuanta gente pudo que iba a trabajar en una multinacional. Era limpiando las oficinas pero de todas formas iba a ser empleado de una empresa multinacional. Y ciertamente, el sueldo que le iban a pagar era por lejos el mejor que había obtenido en sus múltiples empleos. Como era un tipo de creer en todo lo que llegaba a sus oídos cuando de asuntos sobrenaturales y mitos se trataba, a la vez que desparramó la noticia se surtió de varios objetos contra la envidia, porque aquel era un trabajo como para causar envidia, creía él...

miércoles, 2 de marzo de 2016

Peligro En El Hospital

Dos haces de luz avanzaban por un corredor oscuro, y detrás de esas luces se distinguían dos hombres con hachas. Era Alexander y un compañero, ambos eran bomberos. Una tormenta de terror había pasado sobre la ciudad devastando gran parte de ella. De una masa verdosa y muy baja de nubes había descendido un tornado feroz que fue arrasando todo a su paso. Y para empeorar las cosas, cuando el tornado desapareció se desató una tormenta eléctrica de una intensidad que la mayoría nunca había visto...

La Encargada

—¿Y vos que estás haciendo acá? —me preguntó Marisa hablando bajo y mirando de reojo a sus compañeras enfermeras que murmuraban entre ellas y nos observaban con disimulo...

martes, 1 de marzo de 2016

De Espantapájaros

Ya nos creíamos unos empresarios. El negocio parecía sumamente sencillo: había unas plantas que según la medicina popular eran muy buenas, mucha gente las queria, nosotros las íbamos a juntar, a venderlas y así haríamos dinero. Bien fácil. Pero la práctica siempre viene junto a problemas, y después de horas de caminar por el campo no hallábamos ni una de las benditas plantas...