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jueves, 3 de marzo de 2016

Cosas Extrañas

Gabriel le dijo a cuanta gente pudo que iba a trabajar en una multinacional. Era limpiando las oficinas pero de todas formas iba a ser empleado de una empresa multinacional. Y ciertamente, el sueldo que le iban a pagar era por lejos el mejor que había obtenido en sus múltiples empleos. Como era un tipo de creer en todo lo que llegaba a sus oídos cuando de asuntos sobrenaturales y mitos se trataba, a la vez que desparramó la noticia se surtió de varios objetos contra la envidia, porque aquel era un trabajo como para causar envidia, creía él...

Durante años había evitado trabajos nocturnos porque lo aterraban los fantasmas, y según él había tenido experiencias incluso de día, de noche no quería ni imaginarse. Una vez un conocido le ofreció trabajar como vigilante nocturno y Gabriel, sin decir nada se alejó a las risas como si le hubieran dicho una locura muy graciosa. Pero ahora era diferente porque era una gran empresa, una multinacional, allí no podía pasarle cosas como en otros lados, como en todos los lugares. Él no tenía ni la menor idea de lo que hacían en aquel lugar pero ese título sonaba estupendo. Llegó el ansiado primer día de trabajar allí. El edificio era alto, imponente, se detuvo en la vereda de enfrente a contemplarlo. Como él llegó al atardecer los vidrios que recubrían al edificio brillaban fantásticamente casi como si toda aquella mole fuera un gigantesco diamante. Un portero le pidió la identificación. Cuando entró los de las oficinas iban saliendo. Tuvo toda la impresión de ser invisible ante aquella marea humana. Las mujeres iban con bolsos muy elegantes; los hombres con maletas, todos con un celular en la oreja y apurados por salir. 

Pronto ya no hubo más gente con traje, solo obreros como él que empezaron a desperdigarse por el edificio tomando los ascensores. Su compañero era un viejo muy canoso y bigotudo que tenía una mirada algo lánguida y muy mansa, se parecía en gran medida a esos perros viejos que ya miran todo sin asombro y que caminan evidenciando algunos achaques, de esos que todos se animan a tocarle la cabeza. Subieron al ascensor. Gabriel se alarmó cuando el viejo lo detuvo en el piso trece:

—¿Tenemos que trabajar en el trece? —le preguntó Gabriel.
—Así, es en el trece —contestó mansamente el viejo.
—Pero ese número es de mala suerte. Bueno, allá cada tanto que trabaje aquí supongo que no hará nada.
—Este es nuestro piso, nos toca todos los días.
—¿Todos los días? Pero supongo que si tanta gente trabaja aquí es porque no pasa nada, no creo que todos tengan mala suerte, ¿no?

Por respuesta el viejo solo lo miró, y era una mirada que no expresaba nada, aparte de languidez y mansedumbre. Fueron hasta la pieza donde guardaban las herramientas y empezaron. El viejo le iba explicando cosas con una enorme paciencia. Gabriel pensaba que nada bueno podía pasarle en un piso con aquel número. El creía en todo pero no era solo por una tendencia, toda su vida había estado marcada por una multitud de cosas extrañas. Hasta sus conocidos más escépticos, que al escuchar cada caso le decían que no era nada, reconocían que la suma de todas esas situaciones, aunque le hallaran respuesta a cada una, eran en definitiva, algo raro. Los creyentes le decían que tenía mala suerte, y los más sinceros le decían directamente que era “un bicho de mal agüero”. Él no los contradecía porque también creía eso. Y quién le sacaba ahora eso de la cabeza, cuando justo había ido a parar al piso trece.

Pero las oficinas eran tan lujosas que por momentos lo hicieron olvidar el asunto. Las sillas parecían recién salidas de la tienda, los escritorios eran muy finos, así como las alfombras, y hasta los adornos que tenían sobre los escritorios eran dignos de admiración. Y en las paredes había cuadros tan lindos que llegaron a distraerlo de su tarea; el viejo tuvo que toser varias veces para arrancarlo de su contemplación. La tarea que tenían no era poca, incluso era mucha para solo dos personas: lavar el piso de los corredores, dejar inmaculadas las oficinas, y por último tenían que dejar brillante los baños. Llegaban a la última oficina cuando el viejo le dijo:

—Aquí es donde se mató un contador.
—¿Cómo? ¿Dice que aquí se... se mató uno?
—Sí, un contador.
—Y... ¿usted ha visto u oído alguna cosa rara aquí?
—¿Rara como qué?
—Ruidos extraños... cosas...
—Nada.

Gabriel no podía creer que no hubiera un fantasma allí, algo tenía que haber. La limpió con los sentidos funcionando en su máxima capacidad. Ya le parecía que en cualquier momento algo se iba a mover, o iba a cruzar por ellos un viento frío, o un cuadro iba a caer, pero no pasó nada. Llegó la segunda jornada y fue casi igual, sin novedades, y como esa le sucedieron otras. Mas él aún no se convencía. Especuló que tal vez el fantasma no quería revelarse ante dos personas, iba a esperar a cuando fuera  uno solo. Se convenció de esa idea. Limpiaba el lugar sin mirar lo que hacía porque siempre estaba atisbando por el rabillo del ojo. Mientras el viejo estuviera con él no iba a pasar nada, pero en cuanto este faltara...

Y llegó ese día. El viejo no se presentó y nadie lo reemplazó. Por mucho dinero que generaran allí no les gustaba gastar mucho en empleados. “¡Maldita multinacional! ¡Partida de tacaños!”, pensó Gabriel con enfado.  Iba a estar solo, el el piso trece, en el que se había matado uno. Quería marcharse, pero como arrastrado por la rutina prosiguió con su tarea. El piso estaba más silencioso que nunca. No iba a poder hacer el trabajo que hacían los dos, solo iba a limpiar lo que estuviera más a la vista. Ahora tenía la impresión de que el lugar estaba más frío, aunque él igual sudaba. Se pasaba un pañuelo por la frente a cada rato. Entraba a una oficina, salía unos veinte minutos después y pasaba a la siguiente. Finalmente llegó a la que tanto temía. Entró y trató de encender la luz pero no pudo, no andaba. Eso lo dejó congelado bajo el marco, y mirando hacia la oscuridad de pronto vio que en lo alto se mecía un gran bulto. Era un hombre colgado. El hombre bajó lentamente, muy lentamente hasta llegar al suelo, y después empezó a caminar hacia él con pasos flotantes, lentos también. Con los primeros pasos parecía un contorno sin rasgos, pero cuando fue acercándose a la luz Gabriel vio que los ojos le colgaban un poco de tan saltados que estaban. Eso hizo que saliera de su parálisis y escapó corriendo por el pasillo. 

Renunció por teléfono al otro día. No quería volver a pisar aquel edificio pero sintió que le debía una explicación al viejo. Lo esperó fuera del edificio y le contó lo que había visto. Cuando el viejo abrió la boca para hablar Gabriel se despidió y se marchó rápidamente. No quería escuchar lo mismo de siempre. Por eso el viejo no pudo decirle que el contador no se había ahorcado, se había matado de un tiro. Pero la presencia de Gabriel realmente estaba envuelta en cosas raras, porque después de esa noche empezaron a escucharse ruidos en aquella oficina. El viejo tuvo que abandonar su puesto, también lo hicieron los que lo sucedieron, y un tiempo después todo aquel piso fue abandonado porque los fenómenos se extendieron a todas las oficinas, y sucedían cosas inexplicables aunque fuera de día.  

10 comentarios:

sharoll dijo...

Entonces era Gabriel que abría el portal?.

Jorge Leal dijo...

¡Sharoll! Tanto tiempo. Así es, exacto. Gracias. Saludos!!

Anónimo dijo...

Buenas, Jorge. Pobre Gabriel y la suerte que le toco...

Anónimo dijo...

Me dio lastima Gabriel que no tiene la culpa,y para peor ahora no descansara de los acechos del otro mundo..tipo Poltergeist jeje te acuerdas maestro de esa peli? bueno estubo,me gusto pues justo lo lei en el trabajo que es una Binacional y me toco el horario nocturno jaja..saludos..Willy

Jorge Leal dijo...

De noche pasa un pueblo por ahí, si te la pasas leyendo ¡Jaja! Recuerdo esa película, aunque no le veo el parecido ¡Jaja! Saludos!!

Jorge Leal dijo...

Era un imán para los fantasmas ¡Jaja! Gracias por comentar. Saludos!!

Ongie Saudino dijo...

Tal como dices master, el pobre Gabriel era un iman para los fantasmas. Una clase de pararayos pero de los fantasnas, jaja!. Pero de verdad, ese tipo es un bicho de mal aguero, lo persiguen los fantasmas y casualmente, terminó embrujando el piso trece. Aunque, por un momento interpreté que por su miedo, creencia e imaginacion, terminóvhaciendo realida sus temores. Ya que con solo saber que era el piso trece y quedarse sin compañía un dia, consiguió traer lo malo al piso trece. Una estupenda historia master, las personas pueden hacer realidad, sin querer, sus propios temores!. Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

l'âme Immortelle dijo...

Un gran relato; como siempre

Jorge Leal dijo...

¡Muchas gracias! ¡Saludos!

Lourdes MC dijo...

Y asi pasa, cuando uno esta solo, los fantasmas aparecen.

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