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martes, 1 de marzo de 2016

De Espantapájaros

Ya nos creíamos unos empresarios. El negocio parecía sumamente sencillo: había unas plantas que según la medicina popular eran muy buenas, mucha gente las queria, nosotros las íbamos a juntar, a venderlas y así haríamos dinero. Bien fácil. Pero la práctica siempre viene junto a problemas, y después de horas de caminar por el campo no hallábamos ni una de las benditas plantas...
Mi socio era Julio, un primo. Marchábamos pesadamente con la vista atenta a todo lo que era verde. A veces creíamos ver una de las plantas, pero tras examinarla mejor resultaba ser otra. Cada decepción parecía quitarnos la energía. Kilómetros y kilómetros de campo hacia todas direcciones, y allá cada tanto un establecimiento rural, un grupo de vacas, pasto y soledad. 

Desde temprano de la tarde el cielo se nublaba de a ratos. Pasaban unas nubes muy ligeras, como apuradas, y al rato cruzaba otro grupo produciendo una gran sombra sobre la pradera. Y desde el norte llegaba un viento cálido que sacudía los pastos y amenazaba con hacernos volar los gorros. Cuando se nublaba, la pradera entera parecía cambiar y me producía cierta angustia. Julio iba cabizbajo y seguido se acomodaba la mochila como si esta lo incomodara. Estaba cansado. Empecé a bromear para levantarle el ánimo:

—¿Quieres que te lleve la mochila? —le pregunté.
—Bueno, por lo menos un trecho porque ya me pesa.
—¿Y qué otra cosa quiere la señora? ¿Trajo sus pantuflas de vieja? ¡Jajaja!
—Desgraciado, y yo creí que me ibas a llevar la mochila ¡Jaja!
—No te la voy a llevar pero si puedo quitarle las piedras que le metí adentro para fastidiarte.
—¿¡Qué hiciste qué!?
—¡Jajaja! Es mentira, no te puse nada.

Por las dudas Julio se la quitó para revisarla mientras me miraba desconfiado y yo reía a más no poder. Aprovechamos la pausa para tomar un poco de agua. Invisibles a la vista, aquí y allá las perdices empezaron a silbar anunciando lluvia. Ahora unas nubes se habían estancado sobre nosotros y detenían allí a las que venían viajando. El viento norte soplaba menos intenso pero estaba más cálido. Julio me vio mirar el cielo, entonces me preguntó:

—¿Se nos viene la lluvia?
—Creo que sí. 
—¿Y por qué no lo dijiste antes?
—Porque el tiempo podía cambiar por el viento, bien podía haber llevado todo para allá; pero no, ahora se nos viene encima, me parece.
—¿Estás seguro o no?
—Bueno, te informo que no soy meteorólogo ni vidente —le dije lleno de sarcasmo pero bromeando.

Los dos evaluamos el clima. A cada instante se ponía peor. Decidimos regresar a donde habíamos escondido las motos, pero como estábamos muy lejos a mí se me ocurrió que podíamos cortar camino. La dirección que seguimos seguramente era más directa, pero como varias lomas nos habían escondido qué había en esa parte, pronto nos vimos atravesando un pastizal que nos daba hasta el pecho. Juan bufaba de enfadado y por el esfuerzo que implicaba levantar los pies para poder dar un paso allí.

—Lindo atajo elegiste —me dijo—. Lo único que falta ahora es que me muerda una víbora.
—Si te muerde en el pie, así como está tu botín, se muere primero la víbora antes que vos ¡Jaja!
—No te rías ¡Jaja! Que a los tuyos parece que nunca los lavaste.
—Porque nunca los lavé ¡Jajaja! Cuidado ahí que parece que hay un pozo.
—Que porquería de atajo elegiste. Nos va a llevar más tiempo y la tormenta está cada vez peor.

Él tenía razón, por allí nos iba a llevar más tiempo, pero ahora ya no podíamos regresar, y subir las lomas que teníamos a un lado iba a ser muy cansador, además de peligroso porque ya escaseaba la luz. Arriba nuestro el cielo estaba todo negro y se revolvía inquieto y amenazante. La noche plena nos iba a agarrar, calculé, por la mitad del camino. Hicimos penosamente otro buen trecho. Estaba por decirle a mi primo que teníamos que detenernos, cortar cuánto pasto pudiéramos para usarlos como una base, y usando la lona que llevábamos improvisar una especie de carpa para soportar la tormenta allí, cuando distinguí que llegábamos al fin del pastizal. Pisábamos ahora un viejo campo arado. Allí sacamos las linternas porque la oscuridad ya era mucha. Un poco más adelante comenzaba un maizal que parecía bastante extenso. 

—Estamos de suerte —le comenté a Juan—. Por aquí tiene que haber una casa, y probablemente dejen que nos quedemos aunque sea en el galpón.
—Ojalá. Esta tormenta está horrible. Ves, ya empezó a tronar. 
—Vamos a apurarnos.

Primero entraron al maizal las luces de nuestras linternas. Enseguida noté algo raro. Las plantas ya estaban muy secas, muchas estaban caídas pero no las habían cosechado. Apreté una mazorca para ver cómo estaba, se encontraba dura. Algo intrigado, iba iluminando las plantas para ver si veía signos de alguna peste o invasión de gusanos. Eran plantas sanas, simplemente había pasado la época de cosecharlas (sabía de eso porque había ido dos años a una escuela agraria). Juan también había tanteado algunas mazorcas, y arrancando una fue y me dijo: 

—¿Y si llevamos un poco para las gallinas? Así por lo menos desquitamos algo el tiempo que perdimos hoy.
—De no estar aquí estarías perdiendo el tiempo en la esquina hablando tonterías con tus amigos, así que no hay nada que desquitar. Deja eso que en cualquier momento nos topamos con la casa, además se nos viene la lluvia.
—Pero si tienen toneladas, y no me van a revisar la mochila. La lluvia demora un rato todavía. Esperan un poco y enfoca tu linterna hacia aquí. Mira todas las que hay. Lástima que ya están duras.
—Bueno, pero apúrate, y trata de no hacer tanto ruido. Así no, tienes que retorcerlas y después tirar, así.

También empecé a cosechar maíz y a meterlo para mi mochila. Peor era que se desperdiciara completamente todo. Pensando en eso me pareció raro que ni los loros se hubieran servido de la plantación. Entonces se me ocurrió que debían tener espantapájaros, y apenas pensé eso había uno a pocos metros de nosotros. Era un espantapájaros grande, su cabeza era de arpillera y en ella le habían pintado unos ojos y una boca grotescos. Me impresionó bastante pero me repuse enseguida. Entonces me pareció una buena idea gastarle una broma a mi primo.

—Ilumina hacia allá —le dije. 
—¿Para qué? ¡Ahh! ¿Qué es eso?
—¡Jajaja! Es un espantapájaros, y un asusta bobos.
—No puede ser, yo recién iluminé hacia ahí y no había nada.
—Vamos, como si te fuera a creer eso.
—En serio, no es broma, recién no estaba ahí. 
—Claro, claro. Ya vámonos que tenemos bastante.

Mi primo no dejó de iluminar a aquella cosa hasta que lo perdimos de vista. Hacíamos mucho ruido al avanzar porque las hojas apergaminadas sonaban con el mínimo roce, y cuando el viento de la tormenta agitaba el maizal todo aquello se convertía en un verdadero caos de ruidos secos y plantas que se agitaban y temblaban. En uno de esos momentos de confusión, de pronto nos encontramos frente a un espantapájaros. 

—Este... este es el mismo que dejamos atrás —medio tartamudeó Juan.  
—No, solo es uno parecido —quise convencerme a mí también. 

Lo rodeamos y seguimos. Los rasgos pintados eran iguales a los del otro pero podía ser que fuera así porque los había hecho la misma mano. Podía tener una explicación razonable, mas cuando lo vimos de nuevo nos echamos a correr. Por suerte ya estábamos por salir del maizal. Al alcanzar un claro miré hacia atrás y el primer relámpago de esa noche iluminó a un espantapájaros que estaba justo en el borde de las plantas, como si casi nos hubiera alcanzado. Los ojos de mi primo se hicieron muy grandes al notarlo. Supongo que los míos estaban peor. Otros relámpagos descubrieron la casa. 

Golpeamos las manos con todas nuestras fuerzas pero nadie respondió. La ausencia de perros ya era una buena pista de que no había nadie, además no había ni una luz encendida. Nos atrevimos a acercarnos más. Iluminé hacia adentro por una ventana, no había nada, ni un mueble, era una vivienda abandonada. Rodeando la propiedad descubrimos un galpón. Su puerta solo estaba trancada con un gancho. No pudimos pensarlo mucho porque un aguacero infernal prácticamente nos empujó hacia adentro. Como el viento también quería entrar apuntalamos la puerta con unas maderas que estaban en el suelo, y le agregamos otras maderas por el espantapájaros. Lo único que había en el galpón era una pila de leña que nos vino de maravilla. Encendimos una fogata. El humo tenía varios lugares por donde salir porque el galpón no se encontraba en buen estado. Sentados frente al fuego, uno frente al otro para cuidarnos las espaldas, nos animamos a especular qué había pasado realmente, si aquello era un espantapájaros embrujado:

—Tal vez —opinó Juan— usaron algún tipo de magia negra para que el espantapájaros fuera más efectivo y algo salió mal y también espanta a los humanos.
—Eso... eso tiene bastante sentido —reconocí—, porque explicaría por qué abandonaron la plantación y la casa. Pero si eso fuera así quiere decir que esa cosa está cuidando el maíz, y nosotros tenemos las mochilas llenas...

Nos miramos asustados. Enseguida decidimos liberarnos de aquella carga. Arrojamos todas las mazorcas hacia afuera. Después permanecimos toda la noche asustados, cuidando el fuego como si fuera  nuestro mejor amigo. La tormenta paró recién al amanecer.

 Cuando salimos del galpón el sol ya estaba espantando a todas las nubes. Miramos en derredor y después nos miramos nosotros. En el suelo no había ni una mazorca, todas habían desaparecido. 

10 comentarios:

  1. Que bueno,pero seria el espantapajaros del cuento anterior? todo es posible,lo que si que se salvaron por poco los primos jeje. saludos. .Willy

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    1. Ni parientes eran estos espantapájaros ¡Jaja! Muchas gracias, Willy. ¡Saludos!

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  2. Vaya master!, me ausento unosdias y despues al regresar, me encuentro con el blog repleto de historias nuevas. Creo que hacia tiempo que no leia una de espantapajaros, aunque, el maniquí de "Miedo a los muñecos" cuenta?. Como era un maniquí... Pobres muchachos, menos mal que el espantapajaros no los atacó, solo los seguía. Pero bueno, los espantapajaros son para eso, espantar, ya que no atacan a los cuervos y otras aves que adoran el maíz. La búsqueda de plantas no les resultó, pero encontraron otra cosa. Que habría pasado si no hubiesen tirado las mazorcas?. Creo que no lo sabré, a menos que me lo digas, aunque lo dudo, jaja!. Los espantapajaros siempre me han caido mal, no me dan confianza. Sobretodo si se ven tamtas peliculas e historias sobre esos muñecos. Muy buen cuento amigo!, parece que no entrarán a un campo de maíz por un tiempo, jaja!. Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

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    1. Ya ves, no puedes ausentarte mucho. La otra historia cuenta también como de espantapájaros. Sabes, voy a subir la segunda parte de este cuento, ya la tengo casi completa. Como no pidieron segunda parte, al que no quiere sopa, dos platos ¡Jajaja! Porque a mí me gustó, pero parece que a los lectores no mucho. Puede ser porque tiene algo de humor.
      Gracias, Ongie. Saludos.

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  3. Hola, Jorge. Andaban de malas los primos al menos el espantapájaros no le hizo nada solo el susto...

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  4. Haz la segunda parte gracias, Saludos, Rosario, Colonia

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    1. Unos nuevos copypasteadores me hicieron perder las ganas (además de tiempo), ya no quiero hacerla. Gracias por comentar. Saludos.

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  5. Acabo de leer esta historia y ya me dio escalofríos!!!

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    1. Que bien, esa es la idea ¡Jaja! Muchas gracias por comentar, Kelly. ¡Saludos!

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