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jueves, 10 de marzo de 2016

De La Huesuda

                                            El Carruaje
Un ¡clic, clac, clic, clac! Iba pasando por la calle, y como Manuel ya estaba despierto se puso a escucharlo. “Es algún tipo de carruaje”, pensó, porque además de los cascos de un caballo se escuchaba algún tipo de rueda, el traquetear de esta. Estaba hundido entre las sábanas de su cama. “¿Pero cómo va a ser una carreta aquí, en esta parte de la ciudad?”, siguió especulando...

Después se le ocurrió que podía ser uno de esos transportes que usan los recolectores de basura en algunas partes. Pero aquellos pasos eran tan rítmicos y vigorosos que le costaba imaginarse que fueran los de un pobre animal de trabajo, además estaban prohibidos en aquella ciudad. Su curiosidad pudo más que el sueño y se levantó a mirar. Ya había pasado frente a su casa pero creyó que todavía podría verlo por la ventana. Con uno de sus ojos casi contra el marco de la ventana divisaba un buen tramo de la calle mas igual no logró ver nada. “¡Bah, a quién le interesa ver una carreta vieja!”, se dijo mientras volvía a la cama.

Durante la mañana, cuando hacía las compras en el mercado de su zona, después de saludarlo un vecino le dijo:

—¿Se enteró de lo de Soto?
—No, ¿Qué le pasó? —le preguntó Manuel.
—Murió anoche. Un infarto fulminante. 
—Pero... todavía era un tipo joven, ni llegaba a los sesenta, tendría más o menos mi misma edad. Y bueno, todo estamos para eso.

El concepto de joven de Manuel había cambiado con las décadas, como suele suceder. Él era viudo y vivía solo. Su hijo había insistido para que se fuera a vivir con él y su familia pero el viejo no se iba porque en aquella casa estaban todos sus recuerdos. Esa tarde fue al entierro de su vecino. Mientras estaba en el cementerio escuchó que por la calle iba pasando un ruido muy similar al que escuchara de noche. Observó a los que lo rodeaban para ver si a alguien más le llamaba la atención. Al parecer era el único. El ruido sonaba tras el muro del cementerio pero pronto iba a pasar frente al portón de rejas. No pasó, se detuvo de pronto como si hubiera parado. Cuando Manuel volvió a escuchar las palabras que decía el cura en honor al difunto, escuchó detrás de él que la carreta continuó. No quiso volverse bruscamente, por eso solo giró un poco hacia el portón y con disimulo. “¿¡Ya pasó!?”, pensó sorprendido. El ruido se iba alejando ahora en la otra parte del muro. Aquello era raro porque no lo escuchó apretar el paso frente al portón, de echo, le pareció que no cruzó frente al portón. 
Se fue del cementerio bastante turbado pero no por el entierro sino por el misterio aquel. 

Esa noche durmió mal. En uno de sus momentos despierto, de nuevo el ruido aquel. Se levantó rápidamente pero aún así no consiguió verlo. Raro, realmente raro. Por la mañana, en el mercado, esta vez fue una vecina quien lo enteró:

—Que desgracia la de Ortiz —comentó la mujer como si el supiera de lo que estaba hablando. Era para que él preguntara y la respuesta tuviera más fuerza.
—¿Qué le pasó?
—Se murió anoche. Parece que la muerte anda por la zona —comentó por último la mujer. 

Manuel pensó que aquello no podía ser coincidencia. El carruaje que él escuchaba era, el carruaje de la Muerte. Y dedujo que si él lo escuchaba era porque su final estaba cerca. Por la tarde fue a visitar a su hijo. Regresó a su hogar cuando ya se había hecho noche. Se preparó su cena favorita, y después de comer abundantemente se puso a mirar las fotos del álbum familiar. Todavía no se consideraba viejo, pero si había llegado su hora, que así fuera. Se acostó temprano. Estuvo despierto hasta la madrugada, escuchando. Ya se había resignado, pero esperando el final empezó a ponerse nervioso. ¿Cómo sería? ¿La muerte se le presentaría en persona, con su manto negro y su guadaña? ¿Le dolería...? Se sorprendió bastante al despertar por la mañana. Seguía vivo. Tal vez sería a la noche siguiente. Pero pasó esa noche y ni se sentía mal. Y se sucedieron los días, las semanas y los años. En los primeros tiempos pensó que la muerte se había olvidado de él. Después empezó a creer que el misterio no era tal y solo había sido una serie de coincidencias con un gran aporte de su imaginación. Finalmente llegó a reírse de lo que había creído. Pero una noche, cuando estaba muy anciano, volvió a escuchar el ruido y esta vez se detuvo frente a su casa. Por la tarde comentaban sobre su muerte en el mercado de la zona.
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                                            En El Pozo
Durante esos días estaba haciendo un calor agobiante. Los que tenían vehículos iban a las playas, los que no se las arreglaban donde fuera, cualquier agua servía para refrescarse. Con eso en mente Diego partió rumbo al “pozo”. Ese lugar estaba en el monte. Un arroyo delgado que corría silencioso entre las sombras de los árboles se ensanchaba en una parte para formar una pequeña laguna. Pero a pesar de ser de dimensiones más que modestas aquella laguna era sumamente profunda, de ahí su nombre. Y no era profundo solo el cause, la superficie misma estaba allá abajo, rodeada por unas barrancas de más de cuatro metros. A fuerza de bajar por los costados los muchachos habían tallado con sus talones descalzos una especie de escalera en la arcilla, aún así lo más seguro era bajar sentado. Escalar aquellas barrancas con los pies mojados no era tarea fácil, pero para los jóvenes que iban allí todo era diversión. Pero por las sombrías y profundas aguas del pozo nadie nadaba allí estando solo. Diego se aventuró porque no tenía medios para ir a otro lugar.

El sol todavía pegaba fuerte aunque ya estaba enrojeciendo el horizonte. Diego hizo un tramo por la vía del tren y al alcanzar un puente dobló hacia la izquierda. Costeó el monte plagado de cigarras que chillaban con todas sus fuerzas. El muchacho pensó que aquel era el sonido del calor y la quietud, el sonido de las siestas encendidas de verano, de pájaros con el pico abierto y perros intentando dormir en las sombras. Del otro lado, en el campo, no se agitaba ni una brizna, el único movimiento que había era el de algunas libélulas que posadas en un pasto levantaban vuelo repentinamente para volver enseguida al mismo pasto como si estuvieran perfeccionando su habilidad de aterrizar. Siguió un trecho por ahí y luego dobló en un sendero del monte para atravesar la corriente que lo surcaba. El arroyo del pozo era un afluente de este. Bastante sudor después alcanzó finalmente su meta. Se alegró al ver que no era el único con la misma idea. Sandro, un conocido, estaba escalando la barranca opuesta. 

—¡Sandro! ¿Cómo está el agua? —le gritó Diego.

El otro no respondió, solo volteó hacia él con un un rostro totalmente inexpresivo. Siguió subiendo con mucha facilidad y enseguida se perdió en el monte que comenzaba no mucho más allá de la barranca. Diego quedó pasmado. “¿Qué bicho le picó a este?”, pensó. Al mirar hacia abajo para comenzar a descender hacia el agua, vio que en la superficie del pozo flotaba boca abajo un cuerpo. Bajó no supo cómo y se arrojó al agua. Demasiado tarde, ya se había ahogado. Grande fue su desconcierto y asombro cuando dio vuelta al ahogado y descubrió que era Sandro, el que acababa de ver subir la barranca. Cuando fue en busca de ayuda omitió esa parte. Solo se lo dijo después a su padre:

—En serio pa. Vi a su fantasma.
—Te creo —le dijo el padre—, pero no creo que fuera su fantasma; creo que lo que viste fue a la Muerte misma, porque dicen que a veces se presenta como un doble del que va a morir o ya está en eso. 

7 comentarios:

Belén Duran dijo...

Me encantan ... no se que haria sin tus relatos.
Este en especial puew de un tiempo para aca deje de temer a la muerte, solo a como morir...le pido q me deje ver a mis hijos nietos ser felices y despues gustosa aceptare irme con ella ...

Jorge Leal dijo...

Hola Belén. Gracias. Yo tampoco le temo pero no tengo ningún apuro por conocerla ¡Jaja! Saludos!!

Anónimo dijo...

Que buenos cuentos en verdad amigo..ya extrañaba tus relatos. .Willy

Jorge Leal dijo...

Gracias, Willy. Saludos!!

Ongie Saudino dijo...

Parece que Manuel se equivocó, todos los que habian muerto era porque habian escuchado el carruaje antes. Pero al menis llegó a anciano, no muchos llegan allí. La muerte puedevllegar en cualquier momento, a cualquier persona, a cualquier hora... Y no se puede hacer mucho. Vaya con Diego, si vio a la muerte y ni si quiera lo supo hasta que su padre se lo dijo. Habia escuchado algo de eso, que la muerte toma la forma de los falleccidos. Pero pobre Sandro, tan joven y lo sorprendio la nadando. Unos excelentes relatos master, tenia dias que bo pasaba por aqui y me encuentro estos buenos cuentos. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

Jorge Leal dijo...

Gracias Ongie. Lo de la muerte apareciendo como un doble o el doble fantasma es algo muy usado en la literatura. También lo he usado bastante. en este blog publiqué uno de esos cuentos. Está junto a otros, aunque ahora me parece que es en otro blog, no recuerdo bien. Es una historia que ya tiene algunos años. Yo lo uso por motivos personales. No te digo que se trate de un hecho sobrenatural, pero sí han visto a uno muy parecido a mí. La primera vez (que seguramente fue una mentira del que lo dijo) ocurrió durante la única vez que me perdí feo en el campo, de noche. De esa experiencia he sacado un lote de cuentos ¡Jaja! Saludos!!

Anónimo dijo...

Muy buenos. La muerte lo único seguro en esta vida...

Stephanie

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