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miércoles, 9 de marzo de 2016

El Experto

Nelson estaba un poco desconfiado, no le creía mucho a Romualdo. Los dos iban atravesando una selva muy densa. Romualdo era quien conocía el camino e iba adelante luchando a brazo partido con su machete contra las lianas, ramas y enredaderas que se enmarañaban a su paso...
Nelson desconfiaba porque pensaba que si era cierto que Romualdo había recorrido aquel lugar recientemente, por qué el camino no estaba más despejado, y se lo dijo:

—Romualdo, si usted encontró la laguna yendo por aquí, ¿por qué hay tanta liana en el sendero?
—Porque no fue exactamente por donde vamos le explicó Romualdo al tiempo que partía una rama de un machetazo—. En la selva es difícil encontrar el mismo sendero, pero por aquí también vamos a la laguna. Ya va a ver si encontramos al bicho aquel, ya quiero verle la cara a usted.
—¿Si encontramos? Creí que me había garantizado que la íbamos a encontrar.
—Lo que garanticé  fue que encontraría la laguna, y ahí está el bicho. Que lo veamos es otra cosa.

Cuando el otro volvió a luchar con la selva Nelson miró hacia arriba y levantó sus manos. “Quién me manda ser tan ingenuo”, pensó. Romualdo, un pescador y a veces cazador, le había contado (a él y todos los que conocía) que en una diminuta laguna perdida en el medio de la selva había visto a una anaconda colosal. El pescador levantaba su mano casi hasta el pecho para describir lo ancha que era la anaconda. Nelson era biólogo y estaba viviendo en un pequeño asentamiento costero donde tenía fácil acceso a la selva para estudiarla. Al escuchar la historia de la víbora por primera vez se echó a reír con franqueza; Romualdo lo miró muy serio y se alejó negando con la cabeza, para unos metros después volverse a medias hacia el hombre que seguía riendo y contemplarlo de reojo.

En otra ocasión, cuando narraba su increíble historia en el único comercio del lugar, Nelson apareció muy sonriente y se acodó en el mostrador a escucharlo. Cuando el narrador llegó a la parte que describía lo ancho que era el animal, Nelson soltó una risa que sonó como si algo se estuviera desinflando. Eso hizo que Romualdo se enfadara bastante y le dijera:

—¡Si usted no cree es cosa suya, pero no venga a burlarse mío! 
—No me estoy burlando de usted —le aclaró el biólogo, y apuró un trago del refresco que había pedido con una seña—. No es burla pero esas dimensiones me dan gracia porque son muy exageradas. ¿No le parece que sería mucho más chica y usted evaluó mal el tamaño? 
—Estuve tan cerca de ese gigante como lo estoy ahora de usted. ¿Le parece que a esa distancia podría equivocarme? Pero claro, usted no cree porque es experto en animales —comentó con sarcasmo Romualdo para que los otros sonrieran. 

Nelson se encogió de hombros y siguió tomando su refresco. Tuvieron varios encuentros así porque el pescador le contaba su aventura a todos los que tocaban aquella costa. El biólogo a veces sentía la necesidad de hacerlo confesar que aquello era solo un cuento; y el otro quería convencerlo de que era verdad, y al asegurar que era cierto de paso pretendía desacreditar la reputación del biólogo. Un día, por un desafío acordaron ir juntos hasta el lugar. Romualdo decía que era un lugar muy remoto, y al decirlo estiraba y levantaba el brazo hacia la selva como si ese gesto abarcara una distancia enorme. El doctor pagó los gastos del viaje meneando la cabeza como disgustado. “Solo yo entrar en gastos por desmentir un cuento absurdo”, pensaba. Pero muy en el fondo albergaba alguna esperanza de que fuera cierto. Si resultaba ser así sería un hallazgo increíble. Mas después se decía que era algo absurdo, pero incluso aunque no resultara ser tan grande igual podría ser el ejemplar más grande documentado. Por eso se llevó sus mejores cámaras.

La selva era asfixiante. Cada árbol vibraba de insectos y por el suelo cruzaban interminables filas de hormigas. El sudor les resbalaba por la cara hasta el mentón y el calor que no les daba ni un respiro. Así alcanzaron un tramo donde Romualdo empezó a hacer algunas pausas como para orientarse.  Al hallar un diminuto riachuelo lo siguieron hasta que finalmente, entre la espesura empezaron a aparecer los brillos de una pequeña laguna. Nelson se adelantó y observó detenidamente el agua quieta y fangosa que tenía delante. Pensó que era un hábitat perfecto para una anaconda de gran tamaño. Trataba de ver algún movimiento en el agua cuando escuchó un ruido metálico a sus espaldas. Cuando se volvió el pescador lo apuntaba con un arma.

—No hay ninguna anaconda gigante —le dijo Nelson sintiéndose muy tonto.
—Claro que no. Doctor, me extraña que un experto como usted creyera aunque fuera por un segundo que ese cuento mío pudiera ser cierto ¡Jajaja! Ahora va a ver lo que pasa cuando se burlan mío. 

Y en la selva sonó un disparo que produjo un eco en la espesura por un instante. 

6 comentarios:

Ongie Saudino dijo...

Pobre Nelson, yo no podria confiar tanto en alguien de quien me he burlado antes y menos si es uno de esos pescadores buscapleitos. Curiosamente esta histodlria me hace recordar a tu otro relato donde el pescador anciano terminaba en Nueva York despues de una noche en el mar enbravecido. Parece que los pescadores siempre inventan historias locas, pero sucede que muy pocas veces le creen, como Nelson. Romualdo tambien actuo mal, me hace pensar en tu otra historia de "La Promesa", en la que Anibal promete asesinar al responsable de la bala perdida que casi acaba con su vida. Y lo hace. Una pregunta master, si se viera en la situacion de estos personajes,¿matarias por una burla o bala perdida accidental?. Jaja, yo no lo haria, es una locura. Aunque ambos personajes, Romualdo y Anibal acabaron con ellos y salieron sin culpa, ya que ambos ejecutaron en lugares alejados. Una muy buena historia master!. Con un final inesperado y tragico para el pobre Nelson. ¡Espero la proxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

Jorge Leal dijo...

Ongie, nunca olvides que son cuentos de ficción. La literatura está llena de personajes vengativos. Una venganza ya es una historia buena para contar. Yo no soy como esos personajes, soy mucho peor, de hecho, el día que dejes un comentario que no me guste voy a viajar hasta tu Venezuela y ya vas a ver.
¡Jajaja! Gracias por comentar. Saludos!!

Anónimo dijo...

Hey, Jorge. Vaya eso si que no lo vi venir pobre Nelson, eres genial...

Stephanie

Jorge Leal dijo...

Hola Stephanie, tanto tiempo. Muchas gracias. Abrazos.

Irma Salvador dijo...

Bueno fuera que le hubiera salido el anaconda por detrás

Jorge Leal dijo...

Hola Irma. Sí, pero todo era un cuento, una mentira para matarlo en la selva. Muchas gracias por comentar. Saludos!!

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