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miércoles, 2 de marzo de 2016

La Encargada

—¿Y vos que estás haciendo acá? —me preguntó Marisa hablando bajo y mirando de reojo a sus compañeras enfermeras que murmuraban entre ellas y nos observaban con disimulo...

—Ya hace como una hora que tendrías que haber llegado. Me preocupé y vine para ver si estabas bien. ¿Olvidaste que hoy ibas a ir por casa —le respondí.
—Ah, sí, era hoy. Ahora estoy muy ocupada, tengo para un rato más —me dijo con cara de fastidio—. Y no tenías que venir, ¿no ves que estoy rodeada de arpías? Están hablando de nosotros.
—Que hablen, ¿qué tiene de malo? ¿No les has contado sobre mí? ¿No...? Bueno. Por lo menos sé que no pasó nada. Me voy.
—Espera, ven, sígueme. Puedes esperar en una pieza que hay aquí, ya que viniste...
—¿No te complicará la encargada de la sala, esa que dices que es tan mala?
—Puede que sí, por eso no quería que vinieras.
—No te arriesgues entonces.
—Te dije que me sigas. Hay una pieza donde no te va a ver.
—Pero no quiero esperar mucho... —me atreví a decirle.
—Si no me esperas no voy a tu casa. Vamos, muévete.

Mientras seguía a las caderas de Marisa que se movían rápidamente por el corredor, me imaginé a mi madre mirando bajo y meneando la cabeza desaprobando nuestra relación: “Te trata como a un trapo viejo, como a una cosa sin importancia”. Mi madre tenía razón. Marisa no era la mujer más dulce del planeta, ni la más cariñosa, ni comunicativa, ni bondadosa, ni tolerante; pero era... No sé por qué pero la quería. Misterios del corazón...

Había ido al hospital, a pesar de lo mucho que me desagradan, y ella que me trataba como a un perro que se escapó y siguió a su amo hasta el trabajo. Nos detuvimos frente a una puerta. Marisa miró hacia los costados, sacó una manojo de llaves de su bolsillo, y apenas la abrió entró a toda prisa jalándome del brazo. Era una pieza vacía pero no me dejó allí, pasamos a otra que tenía un banco. En el fondo de esa pieza había otra puerta con una ventana en el medio.

—¿A dónde da esa puerta? —le pregunté.
—A la vieja sala de psiquiatría. Esa parte está abandonada desde hace años. ¿Qué pasa, tienes miedo? ¡Jajaja!
—No, solo preguntaba. Pero, mejor me quedo en la otra.
—No, no, a veces la encargada pasa por ahí. Esperame acá que vuelvo dentro de un rato.

Me acerqué para darle un beso pero me invadió el olor a líquidos esterilizantes que la perfumaban. A veces llegaba a creer que era un perfume especial que se ponía “Esencia de hospital”. Creo que no notó mi desagrado porque giró enseguida para salir de allí. Me sorprendí al escuchar que le echaba llave a la puerta.

—¿Para qué estás cerrando? —le pregunté.
—¡Para que aprendas que no quiero que vengas a mi trabajo! ¡Esto te pasa por controlador!
—Pero Marisa, ya era tarde y me preocupé. ¿Marisa, cariño? ¿Estás ahí? ¿Marisa...?

Me había encerrado. Sonreí pero de nervioso. Quise creer que solo había fingido cerrar con llave, por eso la tanteé. No era broma. Pensé entonces que el encierro solo iba a durar un momento. Los segundos parecían minutos en aquella pieza silenciosa. Seguí esperando frente a la puerta, el oído atento a los pasos rítmicos de mi cruel amada. Nada. Y cuando escuché algo no venía del frente, venía de atrás, de la parte de psiquiatría en desuso.  Empezaron a dar golpecitos en la ventana que estaba detrás de mí. Estaba claro que querían que yo me volviera, pero yo no quería porque sabía que iba a ver algo muy feo. Siguieron insistiendo, eran golpes débiles. Escuché también un gemido débil y un chirriar de uñas contra el vidrio. No quería pero igual volteé. Se asomaba en la ventana un hombre horriblemente ojeroso, de pómulos salientes y cuello extraordinariamente delgado, una cabellera larga, canosa y muy fina le caía sobre el rostro extremadamente pálido; tenía los labios morados, todos llenos de grietas y el interior de su boca era negra. 

Grité casi sin darme cuenta. El de la otra pieza seguía arañando el vidrio y me pareció que quería decirme algo pero apenas gemía. Me había recostado a la puerta, por eso cuando esta se abrió caí hacia atrás y quedé mirando la ropa interior de Marisa, que había dado un paso hacia atrás para que no la pechara.  Ella procedió a cerrar la puerta, al tiempo que reía, y yo me arrastré así como estaba para después levantarme medio mareado de terror. Ella dejó de reír, fue hasta mí y me tomó la cara con las manos:

—Tranquilo. Si viste algo fue a un loco nomás. Te mentí, psiquiatría todavía funciona ahí. No debí hacer esto. ¿Me perdonas? Pobre, que mala fui. Dime, ¿estás muy enojado? Te voy a compensar. No quería que mis compañeras te vieran por miedo a que intenten conquistarte, por eso me enojó que vinieras. ¿Estás bien?

No le respondí, no tenía aliento ni ganas de hacerlo. Solo acepté ir tomado de ella porque las piernas me temblaban horriblemente y me parecía que me iba a caer. Todos tenemos un límite y ella lo sobrepasó. Al decirle que no la quería ver más descubrí que era una verdadera loca. Se la pasaba rato golpeando mi puerta, después me acechaba afuera, llamaba a casa a cualquier hora, me amenazó... Los de mi familia, felices por mí porque finalmente la había dejado, me recomendaron que hiciera una denuncia penal por acoso, y solo así me libré de ella.
   
Un tiempo después me enteré de algo terriblemente desagradable, aterrador. Me topé casualmente con una de sus colegas, y como esta tenía muy buena memoria me reconoció, y nada tímida se puso a hablar conmigo. Me enteré que las otras enfermeras la consideraban completamente loca, y resultó que la encargada mala era Marisa, por eso tenía las llaves de aquel lugar. Y al contarle lo que me hizo supe que aquel área de psiquiatría sí estaba abandonado. Por eso no sé si lo que vi fue un fantasma, o si se trataba de algún infeliz que Marisa encerró allí. 

10 comentarios:

  1. Uff, gran historia, es increíble lo que es capaz de hacer una mujer enojada... o loca.

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    1. Gracias. La realidad siempre supera a la ficción ¡Jaja! ¡Saludos!

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  2. Jaja, Marisa si que era loca. Mira que tratar mal a su pareja, encerrarlo y criticarlo para despues buscarlo y acosarlo. Pero se salvó de esa loca. Posiblemente el fantasma queria advertirle sobre Marisa. Pero, al menos se salvó, esas son "atracciones peligrosas". Que obsesion, es curioso que una loca trabaje todavía en un hospital, también es curioso que Marisa no haya querido decirle que la encargada malvada era ella, aunque, parece ser que tenía conciencia de su ser. Ya que le dijo que la encargada era mala, y era ella misma, jaja!. Una historia espléndida master, Marisa si que tenía un lado oscuro. Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

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    1. Cada uno interpreta como quiere; muchos van a entender que no era un fantasma, que era un tipo real que Marisa tenía de prisionero allí, de hecho hay algunas pistas que indican eso ¡Jeje! Hablaba mal de la encargada, de ella, por lo loca que estaba. Que alguna te trate mal y después te busque no es nada raro ¡Jaja! Muchas gracias, Ongie. Saludos!!

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  3. Está debe ser una lección para que los chavos se fijen con quién salen y no se vayan a topar con una loca como Marisa

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    1. ¡Hola María!
      Pues eso es casi inevitable, lo único que se puede hacer es no casarse con la más loca ¡Jaja! A ver si vienes más seguido ¡Jaja! Gracias. Saludos!!

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  4. Cruel como muchas jeje las mujeres no se quedan atras de nosotros..excelente cuento amigo,me dio rabia la loca pues me hizo acordar a algunas personas jaja..saludos..Willy

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    1. Para crear ese personaje no tuve que usar mucho la imaginación ¡Jaja! Gracias. Saludos!!

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  5. ¡ME ENCANTÓ! Saludos, Jorge. Esa Marisa si que esta loca...

    Stephanie

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  6. Dios que locaaaaa 😈 por suerte el pibe se liberó de ella a tiempo

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