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sábado, 30 de abril de 2016

El Cementerio

Estela y Damián caminaban por un camino rural que estaba cerca de su nuevo hogar. Paseaban por la zona por primera vez y estaban muy emocionados, ignorantes de la mala situación en la que se hallaban. Por el camino se cruzaron con un viejo que era seguido por un par de vacas. Damián lo saludo y aprovechó para comentarle:

—Buenas tardes, señor.
—Buenas tardes —le contestó el viejo, examinándolos con la vista sin mucho disimulo.
—Me imagino que usted es de la zona —supuso Damián—. Nosotros también somos de aquí ahora, compramos la casa que está ahí atrás.
Los ojos del viejo estaban muy hundidos en sus arrugas pero al escuchar aquello aparecieron más grandes.
—¿La cabaña nueva que está allí? —le preguntó el viejo para confirmar.
—Sí, esa.
—En mal lugar se metieron. ¿Saben lo que fue antes toda esa zona? —les preguntó ahora haciendo un gesto con el brazo que abarcaba todo el campo.
—¿Una plantación? —aventuró dudosa Estela.
—Sí, pero una plantación de gente: era un cementerio...

jueves, 28 de abril de 2016

El Pastor

¡Hola! Este cuento tiene un final abierto. Solo es el nacimiento de un personaje. Aviso por si no soportan finales así ¡Jaja! Gracias.


Las ovejas avanzaban en rebaño por la ladera de un cerro y Enrique no las perdía de vista. Su largo bastón lo ayudaba a desplazarse por aquel terreno difícil. Más abajo se desparramaba una pradera verde atravesada aquí y allá por arroyuelos que pasaban al lado de algunas arboledas. El sol estaba bastante fuerte y el pastor sudaba siguiendo al rebaño. Algunos corderos pequeños daban brincos de contentos y enrique se entretenía viéndolos corretearse entre ellos. No descuidaba a sus ovejas pero a veces se quedaba mirando hacia arriba porque unos curvos andaban volando en círculos...
No muy lejos debía haber algún animal muerto, tal vez una cabra que descuidó un pastor no tan atento como él. Enrique tenía veinte años y era de constitución fuerte. Por familia solo había tenido a su abuelo. El anciano se había ido de este mundo muy tranquilo porque le había enseñado cuánto sabía a su nieto, ya fueran cuestiones de trabajo, cría de animales, construcción, vivir de la naturaleza, o técnicas para defenderse a mano limpia, con bastón o cuchillo; además confiaba en la inteligencia del muchacho. Desde hacía varios años Enrique se dedicaba a cuidar ovejas, y pasaba días enteros caminando por las praderas y las faldas de los cerros.

Cuando el sol se hizo intolerable dirigió el rebaño a una arboleda y allí se sentó a almorzar. Él siempre estaba atento, aún así alguien lo sorprendió mientras se encontraba sentado bajo un árbol pelando un queso. El sobresalto hizo que casi se cortara un dedo con el cuchillo. Se puso de pie bruscamente y con el cuchillo en una mano y el queso en la otra quedó frente al intruso. Era un viejo medio jorobado que parecía estar disfrutando del susto que le había dado porque sonreía abiertamente. Después el viejo señaló una oveja con un dedo largo y arrugado, amarillento, y con una voz quejumbrosa le dijo:

—Buen día. ¿Me darías esa oveja?
—Buen día, señor. No es mía, ninguna lo es, yo solo las cuido —le aclaró Enrique aún algo sorprendido, y sobre todo, desconfiado.
—No importa. Dame una y después dices que la perdiste —le propuso el viejo con evidente malicia en la cara.
—No haría eso por nadie y mucho menos por un desconocido que solo se aparece así. Si quiere le doy un trozo de esto, y también tengo pan y algo de...
—¡Guárdate tu pan duro, pastor, y tu queso rancio! ¡Jajaja! ¡Ya verás, muchacho, ya verás...! No sabes con quién te has metido —se alejó amenazando el viejo.

Enrique comprendió que el extraño había hecho aquello con mala intención. Hacerle una petición semejante fue solo una excusa para enojarse y amenazarlo. Había observado una conducta así pero en gente poderosa, algunos señores dueños de castillos, aunque el de él era bastante bueno. Lo que no comprendió fue qué poder podía tener aquel anciano como para andar con aquellos aires, si lucía más harapiento que él. Se le ocurrió que debía ser solamente un viejo, pero por las dudas cambió el rebaño a otra arboleda y recién allí comió lo que llevaba, y a cada rato vigilaba su entorno, ahora más atento todavía. Tampoco comprendía cómo aquel petulante lo había sorprendido de esa forma. En el lugar donde estaba ahora había muchas formaciones de rocas entre los árboles. No era el sitio ideal pero desde aquellas sombras podía vigilar la pradera que lo separaba de la otra arboleda.

No mucho después se levantó para seguir con el pastoreo. Todavía no salía de la arboleda cuando una sombra enorme pasó sobre él y los animales, y seguidamente sintió un ruido muy fuerte y un viento terrible que venía de arriba lo hizo agacharse. Los árboles se sacudieron hacia todos lados y el entorno se volvió una confusión entre aquel ruido rítmico y muy fuerte. Lo producía algo muy grande mas el muchacho igual se imaginó a una cosa aleteando sobre la arboleda. Al mirar hacia arriba confirmó lo que su mente había imaginado. Un dragón enorme y oscuro aleteaba suspendido en el aire mientras miraba hacia abajo con su largo cuello moviendo la cabeza como si buscara algo. Las pobres ovejas no sabían hacia dónde correr y solo se juntaron lanzando gritos. Enseguida fueron el blanco de una llamarada que vino de arriba y se expandió por casi toda la arboleda. El pastor apenas tuvo tiempo de ocultarse tras una roca antes de que las llamas llegaran hasta allí.
A pesar de aquella protección igual se creyó muerto porque no podía escapar al descampado sin que el dragón lo viera, y si no lo hacía iba a arder con todo el lugar. Pero en aquel instante tan dramático vio que en la base de la roca donde se resguardaba había una abertura. Se metió en ella arrastrándose con la intención de esconderse y descubrió que era más profunda de lo que parecía. 

Aquella grieta en la roca iba hacia abajo pero en un ángulo bastante leve. Se arrastró hasta que llegó al fondo, una caverna pequeña, y al mirar hacia arriba en la claridad cruzaban llamaradas que abrasaban todo. Fuera de su salvador refugio seguía el horrible aletear del gigantesco dragón. Cuando el lugar entero era una hoguera aquellas alas enormes se elevaron y después se alejó. Unas horas más tarde, con el sol ya cerca de esconderse tras un bosque lejano, de aquel lugar quemado surgió una figura. Ni un tronco se mantenía en pie y algunos todavía ardían. El fuego fue intenso pero no había consumido completamente a las ovejas, todavía tenían carne utilizable. El pastor cortó un buen trozo y se alejó comiendo. Pensó que una comida extra no estaba de más porque no sabía qué castigo le iban a imponer. El dueño del rebaño era bueno pero en esa época a los pobres no les dejaban pasar así nomás una falta. Ya daba por seguro que nadie le iba a creer la historia del dragón. Cuentos sobre esos monstruos voladores abundaban y casi todos creían en ellos y en un montón de cosas más, pero cuando él les contara lo que le pasó seguro se iban a mostrar escépticos. 

No legó al caserío donde vivía porque de lejos vio que estaba ardiendo en llamas junto al castillo que se erguía más allá en una cima. El dragón estaba atacando la región. Al llegar la noche la claridad del incendio recortó la figura de enrique en una loma. Como pobre que era no era instruido pero había nacido con el don de razonar, usar el poder de su mente para comprender las cosas. Aquel monstruo alado no podía ser una animal como otros, no era algo natural, por lo tanto debía pertenecer al mundo de la magia. Era un ser creado o invocado por un hechicero, un brujo, y ese hechicero tenía que ser el viejo que lo amenazó. 

Cuando la noche enfrió buscó refugio en un matorral. Por la noche soñó con fuego y con la carcajada del viejo. Por la mañana partió rumbo a un poblado que conocía. Ahora lo único que tenía en el mundo era lo que vestía y lo que llevaba en el zurrón (bolso), eso no lo afectó porque de todas formas no tenía mucho y estaba viviendo solo. Lo único que tenía ahora era su deseo de venganza. Por el camino se cruzó con un grupo grande de caballeros y campesinos que parecían marchar a la guerra. Un caballero metido en su armadura y montando un corcel se acercó a preguntarle con tono autoritario al tiempo que lo señalaba con su espada:

—¿Tú has visto al dragón? ¡Contesta!
—Sí. Arrasó con el rebaño que cuidaba y quemó el castillo y la aldea de allá atrás —le contestó Enrique tranquilamente. 
—Entonces debes unirte a nosotros. Vamos a dar caza a ese dragón. 
—Suerte con eso. Yo tengo mi propia misión pero el fin va a ser el mismo.
—¿De qué hablas, simple? ¿Acaso enloqueciste de miedo?
—Deja al muchacho en paz, solo es un pastor —intervino otro caballero que pasó sobre su caballo. 

El primero hizo un gesto de desprecio y envainó su espada para acto seguido apurar a su caballo. Cuando se alejaron de él Enrique volteó hacia el grupo:

—No voy a cazar a la mascota, voy por su dueño. 


miércoles, 27 de abril de 2016

Viaje Al Desierto

Con Yolanda habíamos viajado por todo el mundo y los dos éramos aventureros. Era la segunda vez que visitabamos Egipto pero el río Nilo igual pudo deslumbrarme de nuevo. Nos alojamos en la parte más vieja del Cairo. Desde un balcón vi el brillo del más largo de los ríos ensanchándose allá abajo con toda su majestuosidad. Por su caudaloso cause se deslizaban algunos botes con velas y otras embarcaciones mayores. Yolanda, que estaba desempacando las maletas, fue hasta donde me encontraba y abrazados contemplamos aquella maravillosa vista. Después, la visita a las pirámides fue una obligación. Podría ir mil veces a ese lugar y no dejaría de asombrarme. Andábamos junto a un montón de turistas, sin embargo unos locales lograron ver algo en nosotros que indicaba que nos gustaría conocer algo más...

Dos hombres y una mujer se acercaron a ofrecernos un recorrido que se salía de lo corriente y que no era para cualquier turista, que era solo para los aventureros. No desconfiamos de nada porque sus otros clientes andaban con ellos para afinar los detalles. Era un grupo como de veinte y de distintas nacionalidades. Eso inspiraba confianza porque me pareció que sería una locura hacer algo contra tanta gente, por eso no temimos algún robo o cosa así, aunque la propuesta era bastante misteriosa. Nos anotamos enseguida. Partíamos al otro día por la madrugada. Era de noche cuando atravesamos aquella gran ciudad en taxi. Yolanda no me soltaba el brazo y se podía sentir su emoción. El recorrido por la ciudad se nos hizo interminable porque queríamos comenzar aquella aventura ya. Al alcanzar el lugar acordado los otros viajeros ya estaban allí. Pagamos nuestra parte con gusto a pesar de que era bastante caro y poco después el viaje comenzó. Íbamos en varios vehículos todoterreno.

Cuando nos adentramos en el desierto comenzó a amanecer y vimos un espectáculo grandioso de sombras y luces alternándose en las ondulaciones de las dunas. Más avanzada la mañana el paisaje se volvió monótono pero cada tanto nos cruzábamos con alguna pintoresca caravana de camellos. Cerca del mediodía hasta yo estaba cansado del viaje. Yolanda dormitaba en mi hombro, cada tanto despertaba limpiándose el mentón, me preguntaba si faltaría mucho y después seguía durmiendo. Como no habíamos desayunado comimos algo durante el camino. Cuando todo el desierto era un horno llegamos a un oasis y allí pudimos estirar las piernas. Nuestros guías prepararon una comida tradicional y pasamos un buen rato compartiendo con los otros viajeros. Nuestro destino eran las ruinas de unas pirámides pequeñas supuestamente recién descubiertas, un destino exclusivo que ningún forastero había pisado todavía. Mientras comíamos observé a los organizadores y a los que hacían de chóferes. De pronto me di cuenta de algo que tenía que haberme resultado obvio. Como todavía no íbamos a partir di un pequeño paseo con mi esposa. Caminábamos bajo la sombra de unas palmeras espléndidas. Miré disimuladamente sobre mi hombro y al estar seguro de que estábamos solos le comenté:

—Creo que nuestros guías son unos modernos saqueadores de tumbas.
—Pero Claudio, eso ya no existe —desestimó mi idea Yolanda—. Si fueran eso no llevarían a gente extraña hasta el lugar.
—Podrían sí. Tal vez ya saquearon el lugar y ahora quieren sacarle más provecho llevando turistas. Con unos pocos viajes, incluso solo con este van a hacerse con una buena suma.
—¡Ay! Creo que tienes razón. ¿Crees que corramos algún peligro con ellos? —me preguntó preocupada mirando hacia atrás.
—No creo, no les conviene. Solo se me ocurrió y te lo dije. Volvamos con el grupo.

La pequeña caravana de todoterrenos se adentró de nuevo en el desierto. El día al languidecer hizo otro espectáculo de luces y sombras hasta que el cielo quedó gris y las sombras dominaron todo. No me gustó nada que el viaje siguiera por la noche porque no íbamos por un camino y me pareció que era muy imprudente, aunque los vehículos tenían luces muy potentes. Al preguntarle a uno de los que nos llevaban me dijo que todo estaba planeado, que era mejor conocer el lugar de noche porque sería más emocionante. “Más emocionante y así se aseguran de que no sepamos bien dónde está el lugar”, pensé. Por una mirada que nos cruzamos con mi esposa supe que ella pensaba lo mismo. No importaba, y tal vez sí sería mejor. Finalmente llegamos al lugar.

Habían instalado un campamento y varios tipos salieron a recibirnos. No me gustó mucho que ahora ellos fueran más que nosotros. Sin dudas eran los que habían excavado el lugar. Más allá de unas carpas la luna creciente dibujó en el oscuro del cielo el contorno de una pirámide pequeña. Volvimos a estar emocionados. Habían abierto una entrada por un costado y la estaban custodiando dos hombres. La vestimenta que llevaban los ayudó a ocultar sus armas pero igual lo noté y mi esposa también porque en ese momento me apretó más el brazo. Le susurré que todo estaba bien, que era de esperarse. Deduje que todavía no terminaban de explorar toda la pirámide y que por eso la seguridad. La entrada estaba iluminada con antorchas, todo muy rústico. Para iluminarnos nos repartieron algunas a nosotros diciendo que así sería mejor. “Y más barato”, pensé. Ya comprendía bien el asunto. El saqueo no les dejaba dinero de inmediato, se le estaban terminando los recursos y buscaron una forma ingeniosa aunque arriesgada de financiarse. No importaba, a nosotros nos daba lo mismo. Entramos a la pirámide.
Las antorchas ciertamente hacían más fantástica nuestra incursión en aquel mundo cerrado a los hombres vivos por tanto tiempo.

 Avanzamos por un pasadizo angosto que tenía montones de arena en los costados. Se sumaban las pruebas de que los tipos no eran arqueólogos. Nos hicieron notar unos jeroglíficos que había en uno de los costados y uno de los guías nos dijo lo que supuestamente interpretaba de aquellos signos. Sin dudas estaba improvisando en el momento. Las llamas de las antorchas dibujaban algunas expresiones extrañas en las caras de todos mientras seguíamos rompiendo aquellas sombras milenarias. El lugar había permanecido mudo por tanto tiempo que cuando alguien hablaba eran pocas palabras porque el silencio quería imponerse allí. Esas fueron las impresiones que tuve mientras avanzamos por aquellas entrañas de piedra. Desembocamos en una cámara bastante amplia. Los turistas emitieron algunas exclamaciones de asombro. En las paredes había magníficos jeroglíficos de vivos colores. El lugar era asombroso pero estaba vacío. Nos miramos con Yolanda pensando en lo mismo. Ya habían vaciado el lugar. 

Una de las mujeres de nuestro grupo se había separado un poco hacia la pared del fondo y su antorcha descubrió el comienzo de otro pasadizo. Cuando les preguntó a los guías qué había por allí los vi mirarse entre sí sin poder disimular su asombro. Sin contestarle aún a la mujer curiosa, uno de ellos fue hasta allí e introdujo su antorcha en aquella boca cuadrada como verificando que realmente era otro pasadizo. Evidentemente nunca lo habían visto. Después dijo que era un pasadizo que todavía no limpiaban bien, y acto seguido le habló en su lengua natal a los otros. Sin decir más, dejaron solo a uno para que nos llevara de regreso mientras el resto, que eran tres, se adentraron en la zona inexplorada, ávidos por ver qué había. Sin duda eran los líderes del saqueo. Desandamos el camino con las llamas que nos iluminaban empequeñeciéndose, chisporroteando y haciendo amagues de apagarse. Eso hizo más horribles la serie de gritos y rugidos siseantes que sonaron de pronto detrás de nosotros. Todos nos volvimos asustados. Agarré fuerte a Yolanda. Algunos gritos eran humanos, otros evidentemente no. Pasado el primer instante de susto salimos corriendo en tropel hacia la salida. Antes de alcanzarla nos cruzamos con algunos de los saqueadores que escucharon los gritos e iban hacia ellos. Al alcanzar el exterior vimos que todos los habían escuchado pero no pensaban seguir a los primeros; salieron disparados rumbo a los vehículos. 

Comprendí que había que hacer lo mismo y le grité a nuestros compañeros de viaje que se subieran y condujeran ellos mismos. Desde la pirámide ahora brotaban nuevos gritos y aquellos desconocidos iban avanzando porque se oían con mayor claridad. Por suerte habían dejado las llaves puestas. Subí al asiento del conductor, Yolanda en el de al lado, y atrás tomó lugar apretujándose toda una familia que eran cinco. Iba a arrancar cuando una brazo rápido como una serpiente se metió por la ventanilla y me apretó la garganta. Al girar la cabeza me sentí aliviado al ver que solo era un hombre, uno de los saqueadores. Con la mano derecha me libré de su agarre tomándole la suya por el pulgar y torciéndola hacia un lado, y con la izquierda le golpeé la cara con el talón de la mano. Fue justo a tiempo porque otros ya estaban casi sobre nosotros para bajarnos del vehículo. Habrán hecho eso por desesperación, porque en los otros había lugar. Arrancamos y atrás quedó una confusión de vehículos que partían, gente peleándose por subir a otros y unas figuras extrañas que surgían por montones de la boca abierta de aquella pirámide infernal. 

En la huida tuve claro que en aquella circunstancia no podíamos seguir a los saqueadores. Me arrimé a uno de los todoterrenos que iba con turistas y les grité lo que pensaba pero no me siguieron, intenté con los otros pero fue lo mismo. Ya bien lejos de la pirámide nos separamos y después vimos como sus luces se perdían en una loma oscura. Naturalmente, nos perdimos, pero al otro día, poco después de quedarnos sin combustible pasó por nosotros una caravana de camellos y nos salvamos sin mayores inconvenientes. De los otros viajeros no se supo más. Algunos habrán muerto en el terror de la pirámide y al resto los desaparecieron los saqueadores que lograron escapar.       

martes, 26 de abril de 2016

Guerreros

Víctor desembocó en una pradera verde y muy aromática. Había bastante viento pero era un lugar muy agradable. Se inclinó y arrancó una ramita de orégano para olerla mejor. Delante de él la pradera desaparecía de golpe en el azul de un mar que parecía algo distante. Pastos y tierra acababan abruptamente en un acantilado sumamente alto. Víctor fue hasta ese borde y miró hacia abajo; las olas chocaban directamente con el acantilado. Aún miraba hacia abajo cuando una voz casi lo hizo saltar al vacío por el susto. Se volvió y vio a cuatro hombres que apenas estaban vestidos...
Eran tipos musculosos, de caras recias, con algunas cicatrices en ellas. Le hablaron en un idioma que no conocía sin embargo los entendió perfectamente. Le dijeron que empezaba el entrenamiento, le dieron la espalda y empezaron a trotar. Al notar que él no los seguía, el más veterano de ellos se volvió, se mostró un poco extrañado y después se lo ordenó con firmeza. Era hora de entrenar. Víctor salió de su estupor y los siguió.

Él había dudado porque cuando le hablaron comprendió que aquello era un sueño. Pensó que era uno muy extraño porque hasta había sentido el olor del orégano, y al correr por aquella meseta sintió también el aroma de otras plantas. Por el paisaje y por aquella abundancia de hierbas aromáticas, además del aspecto de los tipos, dedujo que estaba en Grecia, en el pasado de esta. Nunca había viajado hasta allí pero había leído mucho sobre el lugar y conocía el paisaje por fotos o documentales en la tele. Le interesaba particularmente la rica y vasta historia de aquel país, principalmente lo relacionado con el boxeo. Él era un boxeador bastante malo porque no tenía mucho tiempo para entrenar porque estudiaba y además no pretendía dedicarse profesionalmente a eso. Siguió a aquellos cuatro porque sintió bastante curiosidad por saber en qué se volvería aquel sueño, además el más veterano le echaba una mirada severa cada vez que se atrasaba un poco.

Alcanzaron finalmente una especie de campamento. Después de vendarse las manos con unas largas tiras de cuero hicieron unos ejercicios rudimentarios y luego comenzaron a golpear unas bolsas que Víctor notó estaban llenas de tierra. Todo aquello era algo sumamente raro para él, pero mientras no se volviera en un sueño feo les iba a seguir la corriente. Se sorprendió bastante cuando el mayor de ellos lo corrigió. Pensó que eran unos consejos excelentes y deseó recordarlos al despertar. Fue un entrenamiento duro y muy aleccionador, y sobre todo, increíblemente realista. Cuando el maestro dio por terminada la jornada Víctor despertó en su cama. Temió que lo aprendido careciera de sentido al estar despierto pero no fue así. Buscándole una explicación lógica al asunto pensó que debía haber leído sobre aquellas estrategias, las había olvidado y ahora las recordaba en el sueño. Por la mañana se sentía muy bien, “Los beneficios de dormir bien”, pensó.

A la noche siguiente de nuevo se encontró en aquella meseta perfumada de especias y volvió a entrenar con aquellos antiguos boxeadores. Y todas las noches volvía al mismo lugar. Su teoría de que había leído lo que le enseñaban perdió validez porque era obvio que eran cosas nuevas. Y lo más extraño para él era que su cuerpo se iba fortaleciendo como si realmente hiciera todas aquellas cosas. Pronto sus compañeros de gimnasio notaron sus progresos y se asombraron un poco por el estilo que usaba. Sus golpes empezaron a tener la fuerza de un verdadero macetazo, y nadie quería hacer guantes con él como antes. El primero en notar aquel cambio fue el entrenador. Este apenas le daba importancia a Víctor y siempre se ocupaba más de los que tenían aspiraciones, y era algo lógico; pero al ver aquella transformación un día lo llamó a su oficina:

—¿Y bien, qué vas a hacer? —le preguntó el entrenador.
—¿Con qué? —le preguntó a su vez Víctor, aunque ya veía por dónde iba el asunto.
—Te pregunto si te vas a quedar aquí o vas a seguir entrenando en ese otro lugar.
—No entreno en otro lugar, solo me he echo de algún tiempo y hago algo también en casa.
—Ah, pero, ¿de dónde sale ese estilo? Yo no te enseñé eso.
—Son cosas que he sacado de un libro sobre boxeo antiguo —tuvo que mentirle Víctor—. Mire, sigo sin intenciones de dedicarme a esto, solo vengo para hacer ejercicio, para mí lo más importante son los estudios. ¿Tiene algún problema con que siga viniendo?
—No, ninguno. Pero dale suave a los muchachos porque parece que tienes una piedra en el puño ¡Jeje! Tendrías que tomarlo más en serio, tienes potencial.

A Víctor le gustó aquello, lo que estaba haciendo en aquel mundo onírico lo estaba convirtiendo en un guerrero. Le agradaba pero no dejaba de preguntarse qué era en realidad aquello. Sus compañeros griegos lo trataban como un igual y parecían no estar enterados de nada. Era como si él viajara en el tiempo cada noche y se presentara ante ellos con un rostro conocido. Se preguntaba si aquello tendría algún fin. Un día obtuvo una pequeña respuesta y fue en lugar menos esperado. Él estudiaba en la universidad. Tenía un compañero con poca personalidad con el que había hecho buenas migas. Su compañero se llamaba Martín y era un muchacho muy inteligente pero flacucho y con aspecto débil; sin embargo últimamente Víctor lo notaba con más físico y mucho más seguro en su actuar. Un día estaban conversando en el pasillo cuando por él aparecieron los matones de equipo de baloncesto. Esos a veces molestaban a Martín cuando lo hallaban sin la compañía de Víctor. Ahora Martín los miró y fue a su encuentro. Víctor lo detuvo por el hombre y le preguntó extrañado:

—¿Qué vas a hacer? 
—Estos me tienen harto y hoy me voy a desquitar.
—¿Estás seguro? Bueno, te apoyo.
—No, quédate aquí sino los muy cobardes no se animan. 
—¿Estás loco?
—Tú observa desde aquí, que no te vean —le dijo confiado Martín.

Caminó directo hacia ellos como si no los viera. Cuando uno le tiró un manotazo al hombro para apartarlo de su camino Martín evadió el manotazo y al mismo tiempo tomó la muñeca del bribón para que el impulso de este siguiera en el vacío. El resultado fue que el grandulón se fue al suelo. Al ver eso otro intentó tomarlo de la solapa pero otro movimiento parecido lo hizo chocar con su compañero que se estaba levantando. En el corredor había un montón de estudiantes y el choque los hizo reír y la carcajada fue general. Uno de los matones se levantó furioso y le lanzó un golpe de puño. Martín lo desvió fácilmente y contragolpeó con un golpe casi invisible por lo rápido que fue. El agresor quedó arrollado de dolor. Sus compañeros no se quisieron meter, se apartaron. Víctor estaba tan sorprendido como todos pero además estaba intuyendo algo. Cuando su amigo se acercó sonriendo él le preguntó:

—¿Dónde aprendiste eso, dónde estás entrenando?
—Si te lo dijera no me lo creerías, te lo aseguro —le respondió Martín sin dejar de sonreír. 
—Déjame adivinar: lo aprendiste mientras dormías, en sueños.
—¿Cómo... cómo lo sabes? —ahora el sorprendido era Martín.
—Lo supuse porque yo he estado entrenando boxeo en Grecia, en la antigua. 
—Yo con unos monjes chinos. Creí que me pasaba solo a mí. Aún no comprendo qué es esto. ¿Tú sabes algo?
—Ahora sé algo más gracias a ti. Hay que analizar esto. Nuestra situación es diferente. Yo no tenía que vengarme de nadie. Es agradable aporrear un poco a los compañeros que eran mejores que yo pero no es algo que necesitara. Esto tiene que tener algún otro fin. 
—Tenemos que resolver cuál es —opinó Martín. 
—No debe ser nada bueno, porque parece que alguien necesita guerreros. 

Los amigos quedaron pensativos. 

lunes, 25 de abril de 2016

Viajes Espaciales

                                        Gigantes Del Espacio
Los viajes por el espacio ya no eran ficción, eran realidad; mas el ser humano recién comenzaba a descubrir algunas cosas. Como muchos habían supuesto no estábamos solos en el universo, y resultó que esa vida extraterrestre cada vez se mostraba más compleja, variada e increíble. Por eso los hombres exploraban el espacio con bastante temor...

Vista desde lejos la nave espacial parecía inmóvil en la oscuridad del espacio pero en realidad se movía a gran velocidad. Dentro de ella Daniel caminaba lentamente entre bostezos. Sacudió la cabeza después de un nuevo bostezo y se sirvió una bebida caliente que obtuvo de una especie de máquina expendedora que era parte de la nave. Se desplazó hacia la consola principal dándole tragos a su bebida. Se sentó, y al echarle un vistazo al radar casi le escupió lo que bebía porque se sorprendió mucho. Fue corriendo a avisarle a los otros. Despertó primero al capitán:

—Capitán, tenemos una situación.
—¿Cuál, de qué se trata? —le preguntó el capitán al tiempo que se ponía el uniforme. 
—Algo inmenso nos está siguiendo.
—¿Un meteorito, un cometa?
—Mejor véalo usted mismo.
—Bien, avísale a los otros.

En esa nave viajaban ocho tripulantes, cinco hombres y tres mujeres. Todos fueron hasta la cabina de mando. A pesar de que el asunto parecía urgente, como no era una alerta roja todos llegaron sorbiendo sus bebidas energizantes. La necesitaban porque tomaban unas pastillas para dormir y no era fácil despertar del todo antes de la hora de levantarse. Ya instalado frente a la consola el capitán comprobó que el asunto ameritaba la atención de todos. Vistos desde el exterior, desde una buena distancia, parecía que estaban por aterrizar en un objeto gigantesco, y eso era porque la cosa se movía a la misma velocidad que ellos. La nave se manejaba automáticamente y estaba usando mucha de su energía para contrarrestar la fuerza de gravedad que los atraía hacia aquella cosa. Era simplemente el efecto de su masa, no intentaba atraerlos. Una de las mujeres se puso a hacer su trabajo en una parte de la consola y un momento después volteó hacia su capitán y muy pálida le dijo:

—No es un asteroide ni un cometa. Es... es algo que está vivo.

Los tripulantes se miraron alarmados. Lo que viajaba junto a ellos tenía un tamaño de varias decenas de kilómetros. Ahora todos ocuparon un puesto en la consola. Normalmente algunos se ocupaban de otras tareas pero aquella situación podía requerir acciones ofensivas. ¿Pero qué podían hacer contra algo tan grande? Los escáneres indicaban que tenía una superficie muy dura. Su forma era levemente aplanada adelante con un cuerpo casi cónico. Los tripulantes miraron al capitán para que decidiera qué hacer.

—Vamos a mantenernos alerta pero sin hacer nada que parezca hostil. 
—¿No le parece que es mejor demostrar que no somos una víctima fácil? —le preguntó el segundo al mando.
—No. Hasta ahora no nos hizo nada, solo nos acompaña, y, ¿quieres enemistarte con una especie así? No se olviden que en esta nueva era la humanidad se plantea hacer las cosas de un modo diferente. No somos conquistadores. Vamos a permanecer firmes y atentos.

Aquella cosa descomunal de pronto empezó a cambiar su forma, lo veían en la imagen que la computadora había formado. La parte algo aplanada adelante, que era la cabeza, se empezó a expandir a medida que se abría una especie de boca de muchos kilómetros. Todos estuvieron a punto de lanzar un ataque para la orden no llegó, el hombre al mando solo se mantenía serio. Daniel fue el primero en comprenderlo realmente y apartó sus manos de la consola. El capitán lo notó y le agradeció con un leve gesto. Los otros se examinaron las miradas y después lo imitaron. Si aquella cosa era hostil los de la base lo iban a saber porque la nave continuamente enviaba información, y para ellos tal vez sería malo no responder a un ataque pero era importante para la humanidad. No sabían nada sobre aquel gigante, si sería único, si había muchos como él, cuán inteligente era. Además no estaban seguros ni de si aquello los había notado o diferenciado de un simple asteroide. Bien podía estar siguiendo aquel rumbo solo por casualidad y ahora estaba simplemente abriendo la boca. No querían comenzar una batalla, o peor, una guerra por error.

Pasaron unos minutos terribles. De pronto el ser se empezó a alejar y lo vieron girar sobre su eje mientras cambiaba hacia un lado y hacia el otro su trayectoria. A la misma vez les pareció que su misterioso y gigantesco compañero de viaje estaba jugando. Por último quedó con la cabeza hacia ellos, abrió más la boca, después la cerró y se alejó como exhibiendo su destreza para moverse por el espacio. Los tripulantes se echaron a reír de la emoción. Solo era un gigante gentil. Daniel también festejó pero enseguida quedó serio al preguntarse si aquello tendría algún depredador.
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                                         Tierra A La Vista
      La nave espacial se iba acercando a un planta que era mayormente azul. En la sala de comando, unos científicos que estaban detrás de las consolas y sus operarios discutían sobre aquel planeta:

—Esto sencillamente no puede ser —afirmó Robin—. Las posibilidades de que todas esas condiciones sean iguales a las de la Tierra son ridículas.
—Robin, usted está negando un montón de datos —le aseguró un colega señalando la enorme pantalla que tenían enfrente, en ella se veía una imagen en vivo del planeta—. Además, porque algo sea muy poco probable no significa que sea improbable.

Los que estaban adelante en las consolas se cruzaron algunas miradas sonriendo. Ya habían escuchado muchas veces durante el viaje discusiones similares entre aquellos científicos. Uno de ellos que parecía estar rezando porque tenía las palmas de las manos juntas, fue y le preguntó a Robin:

—Usted siempre habla de que los datos deben estar errados, que es muy poco probable, pero hasta el momento no nos ha dado ni una explicación de lo que sí cree que es.
—Tiene razón, y no lo he hecho aún porque tengo varias hipótesis que con más datos puedo afirmar o refutar. Observen ahí, está apareciendo un continente. Vaya, ya me lo imaginaba pero no deja de ser impresionante. Colegas, ¿qué tan probable hallan que exista un planeta del mismo tamaño que la Tierra, con su mismo porcentaje de agua en la superficie, con una atmósfera igual, los mismos porcentajes de gases, la presión, todo igual a una Tierra saludable, y que además tenga un continente con la misma forma que América? ¡Ah! Y allí tenemos a África.

Ninguno le contestó porque quedaron de boca abierta, asombrados. Desde hacía varios años habían descubierto un planeta que los estudios indicaban que era muy similar a la Tierra. Los viajes espaciales ya eran algo común e ir a explorarlo fue casi una carrera. Lo extraño era que a medida que se acercaban cada vez se mostraba más parecido al nuestro. Sus gases de invernadero eran notoriamente menos y en general los sensores indicaban que era más puro, pero las semejanzas eran inmensas, y varios indicadores demostraban que había vida y en abundancia. Ahora que estaban casi en su órbita vieron que hasta los continentes eran iguales y eso ya era demasiado sospechoso. Como no se les ocurría nada todos voltearon hacia Robin. Este les dijo:

—Como sospechaba, esto no es un planeta cualquiera que por casualidad es parecido al nuestro. Es una réplica, o el nuestro lo es, pero como sea tiene que ser algo construido. ¿Será una especie de trampa? ¿Tiene dueño y no es para nosotros? Bajemos y averiguarlo. Señores, recuerden a aquellos adelantados que hasta perdieron sus vida por la ciencia. Este es nuestro momento de arriesgarnos por la ciencia. Los humanos tienen que saber qué es esto.

Todos estuvieron de acuerdo. Por recomendación del capitán se mantuvieron en órbita un par de días mientras seguían sacando datos del lugar para ver su podía ser hostil. No encontraban nada, no había fuentes de energía que no fueran naturales ni ningún indicador de tecnología avanzada. Los científicos y algunos tripulantes de la nave descendieron en una más pequeña. Todo indicaba que el aire era respirable pero debido a las normas igual iban con sus cascos espaciales, aunque apenas salieron de la nave Robin se quitó el casco y respiró hondo. 

—Es el aire más puro que he respirado en mi vida, muy fresco —dijo Robin. 
—Pero señor... —intentó detenerlo un oficial que había bajado con ellos, pero al ver que los otros también se quitaban los cascos solo se encogió de hombros.

Habían descendido en una pradera hermosa. Es pasto verde era exuberante y se mecía suavemente con un viento que venía cargado de olor a hierbas. De frente tenían unas montañas con picos nevados, y al rodear la nave descubrieron los brillos de un lago enorme. En el cielo cruzaban bandadas y bandadas de pájaros. No era una Tierra primitiva, era una actual pero sin humanos. Embelesados por el paisaje finalmente todos se quitaron los cascos y disfrutaron del aire puro. Hacía varios años que estaban viajando en una nave por el espacio negro y frío, por eso aquello era una delicia. Finalmente uno de los científicos salió de su encanto para preguntarle a Robin:

—¿Qué cree de todo esto? ¿Qué será este planeta?
—Ahora creo que es una segunda oportunidad.
—¿Dada por quién?
—Por alguien que desde hace un tiempo tenemos un poco olvidado.       

viernes, 22 de abril de 2016

Tesoros Bajo Tierra

                                       La Pepita De Oro
Había visitado aquel arroyo muchas veces pero ahora era algo diferente. Llegué al lugar con mi camioneta llena de barro hasta el techo. Los caminos que llegaban hasta aquel tramo del arroyo eran apenas accesibles y eso solo si no ha llovido demasiado. Me colgué un par de bolsos en los hombros y me interné en un sendero cuya entrada estaba oculta por el monte. Antes de desaparecer entre los árboles eché un vistazo hacia atrás, nadie a la vista...
El sendero era casi un laberinto porque se dividía en algunas partes, doblaba en curva, en ángulos casi rectos, y en algunos tramos casi desaparecía entre las ramas. Esa vez se me hizo particularmente intrincado pero cuando ya me estaba angustiando un poco el monte se abrió y vi el brillo del arroyo.

Dejé en el suelo lo que cargaba y recorrí aquella playa pedregosa de punta a punta buscando algunas huellas que indicaran que había competencia. No hallé ni una, y al alcanzar la zona donde estaba escarbando la encontré igual. El caudal cristalino corría entre rocas que hacían más tortuoso el paso del agua. Tomé mi pala corta y me puse a cavar. Estaba buscando oro. Ya había hallado allí una cantidad nada despreciable y creía que podía encontrar mucho más. Cada golpe de la pala sonaba lastimoso porque siempre se encontraba con cantos de cuarzo. Cada tanto me enderezaba para echar un vistazo en derredor. Tenía dos razones para mantenerme vigilante: no tenía permiso para escavar allí, y no quería que nadie más lo hiciera. Yo lo había encontrado y yo le iba a sacar lo que tuviera. Cuando miraba hacia el monte este siempre estaba muy quieto y mudo. Eso me hizo mirar para arriba, no había tormenta. No me explicaba a qué se debía aquel silencio. No me gustaba nada mas no me iba a ir de allí sin revisar toda la tierra que había excavado.

Empecé a lavar tierra con la batea. Me senté sobre una roca que apenas sobresalía del cauce y con los pies en el agua fui limpiando el material. Nada, una batea tras otra solo de tierra y piedras.  Una decepción tras otra hasta que me quedé sin tierra. Tuve que decidir si me iba o escarbaba otro poco. Me quedé. Estaba escarbando y agrandando una hondonada que había en la parte exterior de una curva del arroyo. Todo lo que sabía me decía que allí había un pozo con oro pero por algún motivo no llegaba a él. Mientras trabajaba, el monte de los alrededores seguía terriblemente quieto y mudo. Volvía a vigilar no sé qué para no ver nada. De pronto la pala chocó contra algo relativamente blando, me detuve inmediatamente. Seguí con las manos. Supongo que parecía un perro cavando para enterrar un hueso. Un manotazo que apartó un terrón la dejó al descubierto, ¡era una pepita gigantesca de oro! Le grité al cielo levantando los brazos. Terminé de desenterrarla. Aquel enorme trozo de oro medía como treinta centímetros de largo y era tan ancho que apenas podía rodearlo con mis manos.

Enseguida empecé a hacer planes: que me compraría esto, que aquello, me iba a mudar, tal vez dos casas, varios vehículos. Llenó de euforia lo levanté alto y, en ese momento me di cuenta de algo: no sentía su peso. Tenía la impresión de que era pesado pero podía levantarlo como si nada. Pensé un momento y me di cuenta: estaba soñando. Al descubrir el engaño desperté de golpe. Maldije aquel sueño el resto de la noche. Hasta ahí era algo normal. Su buscaba oro era normal soñar con oro. Lo extraño vino después. Dos días después volví al lugar, esta vez en la vigilia. Vaya sorpresa desagradable me llevé, habían escarbado mi hondonada. Revisando con cuidado la intrusión vi que habían escarbado una porción igual a la que yo escarbé en el sueño. Observando aquello noté algo que me confundió terriblemente: estaba allí, marcado perfectamente en la tierra, era el hueco que quedara cuando retiré la pepita gigante en el sueño.
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                                   Los Guardianes Del Oro
Jeremías había alcanzado la cima de un cerro cuando el suelo desapareció bajo sus pies. Él estaba buscando algunas piedras semipreciosas para después cortar y pulir. Con las piedras ya brillantes él hacía piezas de joyería barata que elaboraba con alambres. Las vendía en un pequeño puesto de la feria de su ciudad. Estaba en la etapa más emocionante, y esto era cuando buscaba las piedras. Caminaba mirando hacia abajo, deteniéndose cada tanto para mover alguna roca con el pie, o cuando una le interesaba más inclinándose para recogerla. Iba pasando por una zona de mucho pasto cuando cayó por aquel pozo oculto. Gritó fuerte y pensó que aquello era lo último que iba a hacer pero resultó que la caída fue corta y aterrizó sobre algo que no era compacto. Su sorpresa fue enorme cuando notó que había caído sobre un gran montón de monedas de oro. Su caída había abierto un poco los pastos que cubrían el pozo y la luz de la tarde que entraba por allí le mostró una riqueza enorme que se amontonaba por todos lados en aquella caverna. La poca luz que entraba por el hueco era suficiente para que brillaran y centellaran una multitud de piedras preciosas, joyas y cosas hechas de oro. Jeremías se restregó los ojos y hasta se pellizcó para comprobar que era real.

Al levantarse sus pies resbalaron en las monedas y se deslizó cuesta abajo por una pequeña avalancha amarillenta. Esa caída solo lo hizo reír. Agarró cuantas monedas pudo con sus dos manos y las elevó hasta la altura de sus ojos para contemplarlas con codicia. Después se movió hacia donde estaban las joyas, tomó algunas y las apuntó hacia el hueco de luz para ver sus brillos. Se echó a reír nuevamente. Aquello sí que era buena fortuna. Pero enseguida se extrañó un poco y pensó: “¿Pero quién habrá juntado todo esto?”. La respuesta surgió de las sombras de la cueva. Jeremías giró hacia todos lados con brusquedad y soltó todo lo que tenía en las manos. Aparecieron por todos lados unas figuras pequeñas y grotescas que se acercaron a la luz solo lo suficiente como para que sus siluetas deformes se distinguieran. Eran duendes y aquel era su tesoro. Les brillaban los ojos y empezaron a murmurar cosas con unas voces chillonas que sonaban enojadas.

Jeremías había escuchado relatos sobre duendes que acumulaban tesoros en cuevas de los cerros o las montañas pero creía que se trataba de cuentos, ficción surgida de las mentes simples de los campesinos muy afectos a contar historias fantásticas. Ahora sabía que era cierto y comprendió que estaba a merced de los duendes, y supo que tenía que hacer algo. Los duendes empezaron a callarse, como si ya hubieran decidido algo, entonces Jeremías intervino por él mismo: 

—Señores del cerro, disculpen mi intromisión. Caí desde ahí por accidente, no llegué hasta aquí buscando su tesoro. Lo admiré porque soy fabricante de pequeños tesoros, no como estos, los hago con piedras humildes. Para mí mi mayor bien es mi familia, y si por un infortunio no llegó a casa se van a sentir muy mal. Soy un hombre humilde y alguien de palabra. Se los ruego, déjenme volver con mi familia.  Prometo no decírselo nunca a nadie. Mis labios estarían sellados de por vida sobre este asunto porque estaría enormemente agradecido con ustedes. Nada ganarían con mi desaparición porque sus cosas no peligran, no soy una amenaza para ustedes. En cambio si desaparezco, estoy seguro de que mi esposa, que sabe dónde ando, va a hacer que las autoridades muevan cielo y tierra para hallarme y van a andar en sus dominios, los cuales nunca más volveré a pisar ni a referir si me perdonan. Señores de cerro, se los ruego, esto no es mi culpa.

Los duendes volvieron a murmurar cosas entre ellos y cuando hicieron silencio uno que estaba frente al asustado hombre levantó un brazo señalando algo, y en esa dirección brotó un chorro de luz. Le indicaban una salida. Jeremías giró agradeciendo con lágrimas en los ojos y después se movió hacia esa luz. Los ojos brillantes lo siguieron mientras él se arrastraba por un túnel angosto. Al alcanzar los pastos el túnel se cerró tras él. Jeremías sintió que la fuerza de las piernas se le iban por el susto mas a pesar del riesgo de rodar no dejó de descender el cerro. Al alcanzar el llano se sintió aliviado como nunca antes. Bajo los protectores rayos del sol, que le daban confianza, después se sintió enojado con la causa de sus susto, con los duendes. En la caverna fue sincero por necesidad, pero al sentirse a salvo de aquellos seres su codicia pudo más que su honor. Pensó en su primo que tenía una máquina excavadora, y que si iba con más gente los duendes no iban a poder hacer nada. Esos malditos que lo habían asustado. Terminaba de pensar eso cuando volvió a perder pie y cayó en otra cueva, mas bien, lo hicieron caer. De esa ya no salió.  

martes, 19 de abril de 2016

Los Carroñeros

¡Hola! Esta historia es la continuación de "Un Amor En El Apocalipsis". Para ti, Ongie, porque parece que solo a ti te gustó ¡Jaja! Hasta aquí llega lo que voy a subir. Gracias.




La devastación de la ciudad era tal que había captado toda la atención de Patricia, por eso al mirar hacia arriba se horrorizó de nuevo:
—¡Son tornados! —gritó Patricia señalando hacia el descontrol de nubes que luchaban allá arriba, e involuntariamente se abrazó a él.
—No, están muy alto, serían otra cosa, están muy arriba. A menos que esas nubes bajen no van a tocar tierra. Mejor no los mires. Si bajan, será nuestro fin. No quiero mentirte, es mejor estar preparado, todo esto me parece muy extraño, esas formaciones son imposibles. Pero a pesar de todo lo que pase, si quieres cuenta conmigo, y te aseguro que voy a hacer todo lo que pueda para ayudarte...

—Gracias. Me gustaría que te quedaras conmigo sí. Supongo que los dos podemos ayudarnos. Marcelo, aunque ahora no te parezca porque estuve muy confiada con vos, por lo general tiendo a ser desconfiada de la gente, supongo que por vivir en una ciudad grande; pero confío en vos. ¿Qué hacemos ahora?
—No me extraña que confíes. Generalizando, los gente del interior, tanto los de aquí como los de mi tierra, somos más confiados que la gente de la ciudad y supongo que eso se siente y hace que confíen en uno. Además, en nuestro caso, despertamos bajo el mismo techo ¡Jaja! Vaya, que linda sonrisa.

Por un instante los dos se contemplaron los rostros de cerca, abrazados en una escena que no encajaba con aquella devastación. Patricia contaba veintidós años. Tenía el pelo negro al igual que los ojos aunque su piel era clara. Sus labios podría decirse que eran perfectos, carnosos y algo colorados. Su cuerpo era la encarnación de la voluptuosidad, curvas naturales acentuadas con el ejercicio; él era apenas mas alto que ella y era mas moreno, piel marcada por el sol, ojos marrones, mirada calma. Era delgado pero con los músculos bastante desarrollados en los brazos y los hombros. No era un físico hecho en un gimnasio, era un cuerpo forjado en el rigor del trabajo rural desde la niñez.

Cuando alguien pasó al lado de ellos volvieron a la fea realidad en que se encontraban. Marcelo volvió a mirar en derredor. Aquella extraña tormenta o lo que fuera representaba otra dificultad. Sin aquello amenazando desde arriba no hubiera dudado en buscar un lugar mas abierto, por si había alguna réplica. Alzó la vista. ¿Estaría viviendo una pesadilla? No, era la realidad. Escudriñó todo el cielo que podía divisar. Si aquella cosa bajaba la ciudad iba a ser reducida a polvo, lo mismo daba estar en cualquier lugar, pero si se mantenía arriba era mejor estar en un lugar más abierto, a salvo de las réplicas.

—Patricia, dijiste que vivías a una cuadra de aquí, ¿cuál edificio es?
—Aquel, aquello —le respondió Patricia, señalando el lugar sin mirarlo directamente.
Lo había llamado aquello porque ya no era un edificio, solo un montón de escombros.
—¿Quieres ir a algún lugar? ¿Tienes parientes por aquí?
—Vivía ahí con una amiga, pero cuando esto pasó ella debía estar adentro, así que seguramente está... y mis parientes no están aquí, viven en Córdoba. Lo mismo me da, son solo tíos y primos, y nunca tratamos mucho. Mamá me crió sin que ellos ayudaran, y ella falleció hace varios años ya. Ella era profesora de gimnasia, y por suerte trabajaba bien, aunque claro, cuando se enfermó... pero yo ya era grande y pude ayudarla  —todo esto Patricia lo dijo con lágrimas en los ojos.

Marcelo comprendió que ella estaba sola. También se dio cuenta que Patricia tendía a hablar de mas cuando estaba nerviosa. Ya sentía que la conocía muy bien aunque le resultaba algo curioso que aquel espíritu habitara dentro de un cuerpo tan exuberante de belleza. Pensó después que en cuanto a gente de ciudad se trataba, lo que él creía de ellos en parte estaba influenciado por impresiones erradas.

—Lamento lo de tu madre. Yo todavía tengo a mis viejos... supongo. Ellos viven en el campo, no puedo creer que esto los afectara también, no puede ser. Bueno, lo que tenemos que hacer, me parece, es salir de aquí, de la zona con mas edificios, e ir hacia un lugar abierto. Ahí es donde puede llegar la ayuda. ¿Hacia dónde hay un parque de esos grandes? Y mejor, que esté rumbo al Río De La Plata. Sé que pasé por uno pero no recuerdo  hacía dónde era. En la ciudad no me oriento bien, y ahora menos.
—Hacia allá estaría el Parque Avellaneda. Estamos a un montón de cuadras, pero un lugar de ese tamaño mas cerca no hay, a no ser que fuéramos por... no, ese es el lugar más cercano.
—Iremos hacia ahí entonces, aunque no creo que podamos llegar antes de la noche porque con estas nubes va a anochecer temprano. Y que frío se está poniendo, y nosotros de manga corta. Andando, a ver si entramos en calor.

Los tramos de las calles que no estaban obstruidos por los escombros se encontraban despedazados, con trozos asomando como los husos de una fractura expuesta o con hundimientos de una parte, y abundaban las grietas de todos los tamaños. Los dos jóvenes era ágiles, y a pesar de que las bolsas que llevaban los estorbaban un poco, lograban equilibrarse, saltar y caminar por terreno escabroso mejor que la mayoría de los polvorientos pobladores que avanzaban hacia algún lugar a duras penas. Entre toda aquella destrucción no faltaban los muertos. Patricia torcía la cara hacia un lado cuando divisaba a uno; Marcelo solo iba serio, concentrado en el terreno.

Cuando alcanzaron una zona de montañas de escombros más pequeñas, que habían sido casas o comercios de un par de pisos, se encontraron con que mucha gente estaba saqueando los lugares. Patricia no se sorprendió, y Marcelo ya estaba calculando algo así. Algunos parecían no entender la situación en la que se encontraban y huían cargando electrodomésticos en los brazos, aparatos que seguramente estaban rotos. Otros se llevaban todas las botellas que podían, aunque un buen número estaba robando comida. Marcelo pensó que sin saberlo, probablemente esa gente estaba haciendo lo correcto. Ahora estaban saqueando por oportunistas, mas con una ciudad tan grande completamente destrozada, después de un par de días inevitablemente iban a tener que recurrir a esa práctica. Todo el escenario se prestaba para eso. Pronto todos los sobrevivientes serían “carroñeros” escarbando en los despojos de los comercios. El cuánto iba a durar aquello iba a depender de la rapidez de la ayuda y de que otras ciudades no estuvieran igual. Solo tenía que mirar hacia arriba para creer que era muy probable que todas las ciudades estuvieran así.
Con la cercanía de la noche la temperatura se fue desplomando. Al pasar frente a un comercio derruido que había sido una tienda que también estaba siendo saqueada Marcelo le dijo a Patricia:

—Tenemos que sacar algo para nosotros. Estoy seguro de que esto va a helar. Nos mataría la hipotermia. Tenemos que hacerlo.
—Bueno. Yo ya estoy helada, apenas siento las manos.

Él se puso a rebuscar entre los escombros moviendo con gran facilidad incluso unos pedazos grandes. Ella lo ayudó y demostró que su fuerza tampoco era poca. Lo primero que encontraron era ropa que no les entraba pero él dijo que igual podían darle uso. Hallaron finalmente unos abrigos que tuvieron que sacudir bastante antes de poder ponérselos. Mientras buscaba Marcelo observó a las demás personas que rebuscaban por allí. Era como una manada haciendo algo en común pero se notaban algunas miradas poco amigables. Dos señoras tomaron una misma prenda casi a la vez y empezaron a discutir cada una tirando para su lado. La disputa se terminó cuando un joven pasó a la carrera y les arrebató la prenda. Si situaciones así sucedían solo unas horas después de aquel horror, mucho peor sería después de unos días. Y cada vez que él evaluaba todo volvía a pensar que había demasiados vivos para el nivel de destrucción de aquel fenómeno. 

La temperatura seguía bajando en picada. La gente empezaba a reunirse en torno a los restos todavía llameantes de los incendios buscando calor mientras especulaban qué estaba pasando. Patricia quiso quedarse en uno de esos lugares pero él le dijo al oído que era mejor no quedarse porque pronto iban a empezar a pelear por esos lugares. Ella confió en él y un poco más adelante vio que una situación así ya estaba pasando en otro incendio. Se detuvieron frente a los restos de lo que parecía ser una tienda deportiva. 

—Tenemos que hacernos de unos buenos calzados —le dijo Marcelo—. En cualquier situación de supervivencia la salud de los pies es muy importante, y más aquí entre todos los escombros.
—¿Buscamos botas entonces?
—Sí, de las que vienen para cazadores, no las de lluvia.

Ya había oscurecido tanto que algunas cosas tuvieron que distinguirlas con la llama del encendedor. Buscando entre una pila de cosas Marcelo encontró lo que debía ser un exhibidor con cuchillos y machetes. Tomó varios y los envolvió en una prenda. Patricia halló un par de mochilas. Al encontrar botas de su medida se las calzaron allí mismo, también guardaron un par de botines para cada uno. Y hallaron algo que los iba a ayudar mucho, una lona grande y fuerte. También se hicieron de un bote inflable que estaba roto, aunque en un primer momento ella no entendió para qué era y se lo dijo:

—Es un bulto bastante grande, ¿para qué lo queremos?
—Para dormir sobre él. Las capas de goma y plástico que tiene son un aislante excelente. Hoy seguramente nadie piensa en dormir, están asustados, quieren saber qué pasó, se juntan esperando que venga algún rescate. Pero créeme, es mejor tratar de descansar esta noche porque mañana va a ser complicado. ¿Viste que algunos se preocupaban más por tomar electrodomésticos que comida o ropa? Te aseguro que mañana lo van a lamentar. Eso si sobreviven a esta noche. Esta lona nos va servir más que una carpa porque no quiero armar algo que quede a la vista, solo nos envolveremos en ella en algún lugar resguardado. Patricia, siempre me gustó ser sincero y ahora quiero serlo más que nunca. Creo que la situación con los sobrevivientes solo va a empeorar. No sé si notaste algo: entre toda esta gente que sobrevivió no nos cruzamos con ningún policía, con ninguno vivo, porque sí vi varios muertos. No creo que sea casualidad y ese cielo de ninguna forma es algo natural. Me siento como una rata dentro de un experimento cruel y sádico. Cuando empiecen a faltar las cosas esto va a ser un infierno. 
—¿Crees que esto sea el fin del Mundo?
—Sí, me parece que debe ser algo como “El Gran Diluvio” pero esta vez es organizado por el Otro.
—¿Y qué vamos a hacer? 
—Sobrevivir.


Y los dos, ya vueltos unas figuras en la oscuridad creciente se movieron entre las ruinas buscando un lugar resguardado. En el cielo empezaron a encenderse relámpagos que con su luz no dejaban olvidar el horror que se retorcía sobre todos.  

lunes, 18 de abril de 2016

Un Amor En El Apocalipsis

Marcelo sabía que hay cuerpos de mujer que pueden hacer que un hombre se estremezca al verlos, pero, ¿que lo hiciera caer de rodillas...?
 Por supuesto que aquella no fue la causa por la cual cayó al suelo, mas en en ese instante él lo vio así. Un momento antes iba atravesando el estacionamiento del hotel donde se estaba quedando cuando vio a una muchacha muy hermosa que cargaba con trabajo varias bolsas de supermercado. Ella venía hacia él. Cuando se cruzaron la muchacha le sonrió y le dijo hola; Marcelo no correspondió la sonrisa ni el saludo porque iba sumido en sus pensamientos, y aunque la belleza de ella le llamó la atención lo suficiente como para desviarle la mirada él aún no bajaba del todo de su mundo interior. Enseguida se sintió un tonto. Se detuvo y giró hacia ella; la muchacha se apartaba de él sin voltear. Reaccionó demasiado tarde, lo único que podía hacer ahora era observarla retirarse.

Lo estaba haciendo cuando todo se estremeció y calló de rodillas. Al intentar levantarse, otro estremecimiento lo devolvió al suelo. Mientras caía vio que la muchacha también se desplomaba. Después, el ruido mas fuerte que sintió en su vida. Instintivamente se tapó los oídos con las manos. Todo tembló horriblemente, cayeron escombros del techo y de pronto todo se vino abajo. ¡A la m...a! Gritó Marcelo. Pensó rápidamente que aquel era su fin, y deseó haber gritado otra cosa, o nada, pero ya no había tiempo. Después solo ruidos sobre ruidos y un temblor espantoso.
Se creía muerto cuando sintió que le dolía la cabeza. ¿Acaso los muertos sienten dolor? Demoró unos segundos en recordar. Abrió los ojos pero fue inútil: con los ojos abiertos o cerrados la oscuridad era la misma. Prefirió cerrarlos porque en el aire había un polvo irritante, también lo respiraba. Estaba vivo, ¿ahora qué hacía? Se encontraba acostado, tirado boca arriba más bien, porque estaba sobre un suelo frío. Marcelo era un tipo muy inteligente, más de lo que a él le gustaba admitir, y si aún no había llegado a logros muy importantes en la vida ante los ojos del mundo eso se debía a que había comenzado desde muy abajo, además todavía era joven, tenía veinticinco años. Sintió que en ese momento era cuando debía usar su inteligencia.

Empezó a palparse el cuerpo con cuidado. En aquella oscuridad absoluta comprobó que tenía una ligera inflamación en la cabeza. Levantó un poco una rodilla, luego la otra, se pasó las manos por las costillas, por el abdomen, movió sus pies. Estaba relativamente bien. Al recordar como el techo se derrumbaba se sintió bastante afortunado. Se llevó una mano al bolsillo del pantalón, allí tenía su celular. El aparato encendió. La oscuridad era tal que incluso la débil luz del aparato le incomodó los ojos cuando sus pupilas dilatadas al máximo se contrajeron rápidamente. Enseguida supo que obró bien al no intentar erguirse enseguida, porque solo hubiera conseguido un golpe en la cabeza. El techo, un pedazo de él, se hallaba ahora a escasos cuarenta centímetros de su pecho.
Una columna caída estaba apuntalando un trozo del techo, eso lo había salvado. Descubrió que hacia sus pies el techo era mucho mas bajo aún. Hacia su derecha tenía bastante espacio, en cambio hacia la izquierda había unos escombros que se amontonaban casi hasta el techo. Acomodó el cuerpo y se arrastró hacia la derecha. Descubrió que no podía escapar por allí. No podía pasar el cuerpo pero por lo menos entraba bastante aire por la abertura que había, aunque también estaba lleno de polvo. Reptando en su prisión salvadora se arrimó a los escombros de la parte izquierda de esta. Enseguida comprobó que estaban sueltos. Formaban una pequeña pared que a la fuerza podría desarmar sin mucha dificultad. Antes de ponerse manos a la obra pensó. ¿Le convendría salir de allí? La columna que apuntalaba la pared se veía muy sólida. Estaba la posibilidad de que al salir del lugar lo hiciera hacia uno todavía más precario.

Tal vez era mejor esperar el rescate. Pero, ¿qué había pasado? ¿Un terremoto grande en Buenos Aires? Enseguida recordó haber leído sobre un temblor que afectó a Buenos Aires e incluso a Montevideo en 1888, mas fue poca cosa. Nunca había estado en un terremoto pero aquello tenía que ser uno. Recordó el temblor inicial. Antes de este no hubo ningún ruido de explosión, el ruido ensordecedor llegó después. Todo indicaba que había sucedido un terremoto, aunque le costaba creer que allí sucediera uno tan grande. Se acordó de su Uruguay. “¿Habrá temblado tanto allá también? Si una vez un temblor afectó a las dos orillas, tal vez ahora también ”, pensó. Después comprendió que no era el momento para preocuparse de eso. Estaba atrapado, debía decidir qué hacía. Optó por derribar la pared de escombros para ver qué había más allá de esta. Sabía que no estaba muy lejos de la salida del estacionamiento.
Al empujar un escombro este cayó con estruendo del otro lado y el ruido generó también algo inesperado, un grito de mujer. Marcelo quedó escuchando. El grito fue tan corto que no supo bien de qué dirección llegó, mas pudo calcular que era de cerca.

—¡¿Hola, hay alguien ahí?! —preguntó Marcelo.
—¡Sí, estoy atrapada aquí! —gritó la mujer sollozando.
Él asomó el celular por el hueco que había abierto.
—¡¿Ves alguna luz desde donde estás?! ¡Tengo mi celular encendido...!
—¡No veo nada! ¡Esto está tan oscura! ¡Hay! ¡Me pegué la cabeza! —exclamó ella.
—¡No intentes levantarte de golpe, y no te muevas mucho! ¡Extiende tus brazos para saber qué hay a tu alrededor, pero lentamente!
—¡Tengo mi celular!
—¡Mejor entonces! Fíjate si funciona.
—¡No anda! —lloró ella.
—¡No te preocupes, ya voy para ahí! ¡Espera tranquila! En cuanto quite estos escombros...

Ahora tenía una idea bastante clara de dónde provenía la voz que sonaba en la oscuridad, y estaba seguro que era la muchacha que lo saludó sonriendo. No recordaba que otra persona estuviera cerca en el momento del temblor, y aquella voz tenía que ser de una mujer hermosa. Después recordó a algunas damas sumamente bellas que tenían voces que no concordaban con su aspecto. Se sintió como un patán al pensar en esas cosas. Era alguien que necesitaba ayuda y punto. Mientras terminaba de retirar los escombros temió que la mujer estuviera herida. Normalmente los celulares sobreviven a varios golpes; si el de ella se había roto, ¿cómo estaría la dueña? Él acostumbraba leer mucho y de todo un poco mas sus conocimientos en primero auxilios eran escasos.
Abrió un hueco entre los escombros y se arrastró hasta otra cámara baja formada por el techo colapsado. Ella estaba mas allá. Lo detuvo otra pared de escombros, estos eran más grandes. Al empezar a retirarlos la mujer volvió a hablar:

—¡Ahora te veo! ¡Estoy aquí!
—Bien, ya casi llego. Retírate un poco, voy a empujarlos hacia ahí.

Con bastante trabajo logró llegar a donde se encontraba ella, y comprobó que era todavía mas bajo que donde despertó él. Como él imaginaba, era la muchacha que le sonrió. Tenía la cara blancuzca por el polvo y los ojos enrojecidos. Marcelo pensó que ella también había tenido mucha suerte, ¿qué probabilidades había de que el techo se detuviera justo allí, sin aplastarlos? Eran afortunados. Ella estaba acostada de lado. La luz del celular mostró que dentro de la desgracia ahora se hallaba contenta por no estar sola. Él tuvo una nueva oportunidad de saludarla:

—Hola, me llamo Marcelo —le dijo él, tendiéndole la mano. Ahora los dos estaban de costado uno frente al otro.
—Hola Marcelo. Patricia, me alegra que llegaras hasta aquí. Fue tan feo despertar en esta oscuridad tan horrible... pero ahora no estoy sola. Recién había bajado de mi auto he iba a salir del estacionamiento cuando... ¿Qué fue lo que pasó? —preguntó ella.
—Sí, te vi cuando pasaste a mi lado, no te saludé porque iba muy distraído, y unos segundos después todo ¡Pum! Creo que fue un terremoto.
—Sí, apenas te di la espalda cuando sentí el temblor y después se derrumbó el techo, pero, aquí no hay terremotos.
—En realidad sí hubo uno, hace mucho y fue poco, de echo, ya van varios. Uno en Córdoba fue grande. Aún sabiendo eso a mí me cuesta creerlo, ¿pero qué otra cosa puede ser esto? Fue demasiado ruido, no fue solo en este edificio. Patricia,¿estás bien, hay algo que te duela mucho?
—Me duele el codo derecho un poco pero creo que es un golpe nomás, y la cabeza, me la golpee al intentar levantarme, mas no es mucho.
—¿Puedes mover los brazos y las piernas? ¿Cómo sientes las costillas?
—Puedo moverme. ¿Me prestas el celular?
Patricia se iluminó las piernas y el abdomen, no había manchas de sangre. Ella vestía un pantalón de tela jean y una camisa manga corta.
—¿Todo bien? —preguntó él.
—Sí. Teniendo en cuenta lo que pasó, estoy muy bien.
—Que bueno. Tuvimos suerte. Me parece que hay que apagar el celular por un rato, para ahorrar batería, ¿te parece?.
—Sí, hazlo. Ahora la oscuridad no me asusta porque estás aquí, pero no dejes de hablar.
—Hay que pensar qué hacemos ahora. No hay nada de señal, no podemos hacer una llamada.  ¿Dónde está tu celular? Estaría bueno hacerlo funcionar, por la luz.
—Está aquí, tantea mi brazo.

Marcelo estiró demasiado la mano y al tocar algo blando la retiró enseguida. Ella no dijo nada, aunque le había tocado un pecho. En la oscuridad y en la posición en la que se encontraban era de esperarse un accidente así. Cuando él retiraba su mano encontró el brazo de ella, y a continuación el celular. Estaba muerto.

—No enciende, pero no importa, el mío debe tener batería para rato, y tengo un encendedor, pero prefiero no usarlo porque en casos así no se recomienda encender cosas.
—¿Por si hay alguna fuga de gas?
—Sí, o nafta. Estamos en un estacionamiento. Por suerte no había casi ningún auto.
—El mío debe estar aplastado. Como vivo en un apartamento sin estacionamiento cerrado rento un lugar aquí. Mi apartamento está a una cuadra. 
—Por lo menos tenías uno. Yo cuando manejo son camionetas del trabajo. No tengo auto. Aquí estaba conduciendo uno que alquilamos con el ingeniero...

Recién ahí Marcelo se acordó del ingeniero Márquez, su patrón. Este se hallaba en el hotel en el momento del terremoto, en el piso doce.

—¿Qué pasó? —preguntó Patricia.
—Nada, es que recién ahora me acordé del ingeniero, de Márquez, es mi patrón. Vine con él a Buenos Aires, él estaba arriba.
—¿Crees que todo el edificio se derrumbó, que estamos bajo todos los escombros? —lo interrogó ahora ella, con la voz angustiada.
—Sobre esta parte no creo que se haya derrumbado todo, sino esto hubiera colapsado completamente y ni este espacio tendríamos. Los edificios cuando caen lo hacen hacia algún lado, no cae todo sobre la base. Por eso no creo que esté sobre nosotros.
—Dijiste que viniste a Buenos Aires con él, ¿de dónde eres?
—De Uruguay, de departamento de Artigas, allá al norte.
—¡Vaya, un uruguayo! ¿Tú también eres ingeniero?
—No, perito agrónomo nomás.
—¿Entonces tu patrón era ingeniero agrónomo?
—Sí, tiene muchas plantaciones en el norte de mi país. Ahora estaba por asociarse a unos empresarios argentinos, por eso estábamos aquí. Se nos iba a unir un abogado de allá también pero ahora... ¡Que diablos! Esas cosas que importan ahora.
—Sí, seguramente no nos salvaremos —comentó amargamente ella.
—No lo decía por eso. Nosotros vamos a salir. Esto está bien sólido. Y dime, Patricia, ¿a qué te dedicas? Si se puede saber.
—Estoy ayudando a una amiga que tienen un gimnasio. Todavía no me recibí de profesora de educación física pero solo me falta un año.
—Una profesora de gimnasia. Con razón eres tan elegante.
—¿Cómo lo sabes si apenas me viste pasar? ¡Ah! Te volviste para mirarme la cola.

Él quedó en silencio, lo había descubierto. Además de linda era inteligente. Ella se sintió un poco extraña por estar diciendo algo así en una situación tan mala. Haciendo una introspección comprendió que realmente se sentía más segura al lado de él, y que en parte había hecho aquel comentario por los mismos nervios. Pero de todas formas le preocupó lo que pensara él. No lo veía pero sentía su proximidad, y le agradaba. 

—Estoy bromeando —le aclaró ella, para romper el silencio y reparar el desliz—. Te agradezco que hayas venido hasta aquí, Marcelo.
—¡Jaja! Me dejaste sin palabras. Solo hice lo que cualquiera hubiera hecho. Patricia, ¿confías en que las autoridades de aquí se muevan rápido para hacer rescates?
—Para nada. Seguramente nunca se plantearon una situación así, y aquí todo es deficiente.
—Eso estaba calculando, y temiendo. Si pasara en mi país sucedería lo mismo. Creo que vamos a tener que salir por nuestros medios. Hay que ver qué hay a tu espalda. Por donde vengo no hay salida. Voy a encender el celular.

Ella acomodó el cuerpo para darle paso y tuvo que cambiar de lugar algunas bolsas que estaban a su alrededor. Marcelo se arrastró por el piso frío. Ella lo escuchó alejarse y después volvió a sentir miedo. La luz del celular se perdió en la estrechez del lugar y Patricia dejó de oírlo. Se estaba angustiando cuando lo sintió regresar.

—Hay una salida —le informó Marcelo—. Patricia, ¿qué llevas en esas bolsas?
—Dos botellas de agua y comida, unos enlatados, naranjas. ¿Las llevo?
—Sí, yo te ayudo. Si el terremoto fue tan grande como imagino los alimentos pueden escasear, y quién sabe cuándo viene la ayuda. Ahora vamos. Es estrecho pero da para pasar.

Salieron de la oscuridad para contemplar el peor escenario que vieron en sus vidas. Cuando se irguieron miraron en derredor y después se miraron entre ellos, asombrados. Los edificios estaban completamente destruidos y se reducían solo a montones de escombros. Las calles y las veredas tenían enormes grietas y estaban levantadas en algunas partes y hundidas en otras. Había incendios, columnas de humo, y en la irreconocibles calles avanzaban dificultosamente personas cubiertas de polvo hasta la cabeza, con las ropas todas blancuzcas y manchadas de sangre en algunas partes. Al mirar atrás vieron que todo el hotel se había volcado y despedazado hacia el otro lado, como había imaginado Marcelo.

Patricia se impresionó tanto que por un momento sintió que las piernas le iban a fallar y se abrazó de Marcelo. Él la sostuvo y siguió mirando en derredor. Su aguda mente enseguida captó algo; para el grado de destrucción que mostraba la ciudad, había demasiada gente viva en la calle. Ese pensamiento le pareció muy negativo, pero no se explicaba como tantos habían tenido buena suerte dentro de la desgracia. Sabía que un terremoto la mayoría de la gente sobrevive por más fuerte que este sea, pero la devastación que veía no tenía igual. ¿Y cómo podía haber ocurrido un terremoto tan grande en una ciudad que no está sobre una falla conocida? ¿Acaso el planeta estaba tan descontrolado? Al mirar hacia arriba se asombró de nuevo; Patricia levantó la vista también, y se agarró más fuerte de Marcelo.

El cielo lucía espantoso: unas nubes colosales se arremolinaban violentamente mientras otras delgadas que tenían forma de tornado pasaban retorciéndose entre las primeras y al obtener material de las otras con sus giros iban engrosando mientras otras similares comenzaban a formarse. Todos los que miraban hacia arriba se aterraban, y Marcelo sintió algo más intenso incluso porque él sabía que esas nubes eran imposibles, no correspondían a ninguna formación conocida. ¿Nubes desconocidas sobre una ciudad afectada por un terremoto casi imposible? Algo estaba muy mal.
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domingo, 17 de abril de 2016

El Restaurante

Unas simples palabras hicieron que la mente de Gustavo sufriera una tormenta de sensaciones desagradables y eso lo hizo caer como un muñeco de trapo...
 
Aún joven pero ya divorciado, Gustavo estaba pasando ahora por una etapa bastante dulce, estaba disfrutando de su soltería. Había subsanado uno de los inconvenientes de quedarse solo al encontrar un pequeño restaurante donde podía comer bien y barato. El ambiente del restaurante no podía ser más sencillo pero daba la impresión de que todo estaba muy limpio. Lo atendían sus propios dueños; el hombre cocinaba y la mujer atendía los pedidos. Los platos eran sencillos, recetas hogareñas, y las porciones eran abundantes. A Gustavo le gustaban principalmente los estofados de carne, las albóndigas con fideos, las milanesas y las chuletas de cerdo con arroz.

Y había otra cosa que le gustaba del lugar. La mujer, que era joven y bastante linda, era muy simpática y sonriente. Tuteándolo siempre le hacía sugerencias, intercambiaban algunas palabras sobre el clima, sobre algún tema de moda, cosas triviales pero que hacían más agradable la estancia. Gustavo reconocía que el trato entre los dos había evolucionado al hacerse él cliente regular, y eso era algo comprensible que no significaba otra cosa; pero a veces él sentía que había algo más, algunas miradas muy profundas, el volverse y sonreírle sobre el hombro, pequeños detalles. Él no pensaba complicarse la vida con una mujer cuyo marido era un gigantón que aparecía siempre tras la puerta de la cocina con un cuchillo o una hacheta en la mano, solo disfrutaba de esa idea y la consideraba cuando mucho un posible quizás. Pero igual esa era otra razón para ir al lugar.

Y lo barato de sus platos favoritos era otra razón poderosa porque su bolsillo se lo agradecía. Pero todo eso estuvo en peligro un mediodía. Como no había otros clientes ella se había detenido a conversar con él un poco más de lo habitual. Estaban en eso cuando Gustavo de pronto se dio cuenta de que lo observaban; el cocinero estaba ocupando casi todo el marco de la puerta que daba a la cocina, y como siempre, tenía un cuchillo enorme en la mano. Ella también se dio cuenta y se alejó sin decir más. El enorme cocinero la llamó con un gesto brusco de su cabeza y ella fue hasta él, cerraron la puerta. Gustavo estuvo a punto de huir pero se contuvo. Después llegaron otros clientes y la mujer salió a atenderlos como si nada. Pasado eso él tuvo serias dudas sobre si volvía al lugar. Decidió volver una vez más y le pareció que la cosa no había pasado a mayores. Siguió comiendo allí todos los días. 

Un día, degustaba en el restaurante un corte de cerdo asado cuando la policía irrumpió en él. Algunos quedaron vigilando a los clientes mientras le decían que permanecieran calmados y salieran ordenadamente, otros entraron atropelladamente a la cocina y a los gritos redujeron al grandulón con sus armas. La mujer también se encontraba en la cocina en ese momento. Los oficiales salieron de allí con los dos esposados y rodeados de agentes. Gustavo estaba en la vereda cuando escuchó que uno de los policías le comentaba a otro:

—Por fin agarramos a estos malditos asesinos caníbales. 

Al instante Gustavo recordó lo particular que era aquella carne de cerdo y todos los platos con carne. Sintió un mareo repentino y cayó desmayado.    

sábado, 16 de abril de 2016

El Hombre En La Montaña

Jonathan pensó que la mejor forma de asomarse al precipicio era estando acostado. Le tenía terror a la altura. Se arrastró boca abajo por la roca hasta que pudo mirar el fondo del abismo. Lo invadió un vértigo espantoso. Allá abajo, contra la pared de la montaña había había una zona rocosa y más allá de esta verdeaban las copas de los pinos que se amontonaban allá abajo. Jonathan se acostó boca arriba tratando de entender aquello. No tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí...

jueves, 14 de abril de 2016

Jabalíes

La piara de jabalíes se movía por una colina, y entre ellos había uno bastante raro. Jeremías estaba en una colina opuesta a esa y, escondido entre unos arbustos los veía a través de una mira telescópica. El macho principal, que iba adelante, tenía el lomo casi gris y era enorme...
Atrás marchan jabalíes de todos los tamaños. Los pequeños se apuraban por seguirle el paso a las madres mientras otros más grandes y prudentes caminaban olfateando el aire y se comunicaban emitiendo sonido por la nariz. En ese grupo iba uno de tamaño mediano que era completamente negro, pero no fue su color lo que llamó la atención de Jeremías. El cazador ajustó la mira porque no lo podía creer. Parecía que tenía una especie de coraza por todo el cuerpo. En las articulaciones tenía como unos pliegues que le permitían moverse con soltura, pero el resto parecía duro como una caparazón, y sus colmillos eran formidables. Al observar a otros del grupo vio que algunos tenían características parecidas. Volvió a apuntarle al más raro porque si simplemente contaba aquello nadie le iba a creer. El animal parecía acorazado pero el hombre tenía un rifle de alto poder con balas blindadas y por su experiencia creyó que lo iba a atravesar.

El disparo espantó a la manada y todos corrieron velozmente, incluso el que había sido el blanco. Enseguida todos desaparecieron dispersándose por los matorrales. Jeremías bajó la colina en donde se hallaba y subió a la otra. Sabía que le había dado y esperó ver alguna mancha de sangre pero no encontró ninguna, mas lo que sí halló fueron unos restos pequeños de la bala. Se quedó rascándose la cabeza un momento. Por la distancia y el poder de su arma ni un chaleco blindado resistiría aquel impacto. Intentó seguir a la manada pero ya se habían alejado mucho. Como sospechaba, cuando contó su historia nadie se la creyó al pie de la letra, sobre todo la parte del jabalí completamente blindado. Él sonreía un poco enfadado y decía que algún día iban a ver que era cierto. Confiaba en eso porque vio a varios de los del grupo con esas características y pensó que pronto habría otros iguales a aquel, porque si en algo son buenos esos animales es en hacer otros como ellos.

No tuvo que esperar mucho tiempo para escuchar un relato parecido al de él. Otro cazador del pueblo se topó con uno negro y de cuero muy raro que tampoco pudo matar. Y un tiempo después llegó a sus oídos otra historia muy similar. En otra ocasión un lugareño juraba por sus padres que le había descargado toda una ronda a uno negro que tenia caparazón. Tan solo un año después de su encuentro el avistamiento de esos ejemplares era un tema común en el pueblo. Algunos le avisaron a las autoridades pero estos lo desestimaron por creer que solo era una especie de leyenda que se estaba gestando, un historia como la de Pie Grande u otros monstruos, ficción popular sobredimensionada. Pero Jeremías sabía que no era eso y se empezó a preocupar.

En la zona vivía una mujer mayor que era bióloga, una profesora jubilada. Se había mudado a aquel lugar tranquilo junto a su marido hacía muchos años y Jeremías los conocía bien. Un día les hizo una visita al atardecer y mientras tomaban café en la sala él le preguntó a ella:

—Te voy a hacer una pregunta. ¿Qué tan adaptable son los cerdos y los jabalíes?
—Mucho, sorprendentemente adaptables —afirmó ella—. Cuando un cerdo de estos de corral se escapa a la vida salvaje, además de sobrevivir muy bien se adapta, les sale más pelo e increíblemente su hocico cambia, se acomoda para escarbar en zonas más duras. Y como tú bien debes saber, si uno de esos se cruza con otro cerdo asilvestrado sus crías apenas se van a diferenciar de un jabalí. 
—Sí, eso lo sé. Pero digo, si en alguna zona como acá, que son plaga, la gente les disparara mucho pero muchas veces con municiones inadecuadas o con las correctas pero que igual un buen número de ellos sobreviviera y después tuviera crías, ¿crees que podrían evolucionar reforzando su cuerpo?
—Sí, sin ninguna duda.
—¿Se endurecerían tanto como para resistir un disparo muy potente?
—Bueno, a ese nivel no sé —reconoció la mujer.
—Tú estás hablando de los jabalíes negros —intervino el esposo de la bióloga, con la taza de café ya casi sobre sus labios. 
—Sí, y sé que son muy resistentes no por cuentos de otros, yo le disparé a uno y lo vi muy bien. Sé que se adaptaron, mi duda era si se trataría de una mutación rara o simple es una adaptación aunque extrema.

Los tres quedaron pensativos mientras sorbían su café. La ex profesora fue a decir algo y se contuvo, como pensándolo mejor, y finalmente dijo:

—Si el caso fuera tan extremo como tú dices, se me ocurre que no solo se harían más resistentes, también serían más astutos porque su depredador, nosotros, somos muy inteligentes. Y puede que, aunque tal vez ya esté conjeturando mucho, que evolucionen no solo para huir del hombre, sino también para atacarlo.

Los tres volvieron a sumirse en sus pensamientos. Afuera ya había oscurecido y en los bosques cercanos se movían entre las sombras unos bultos enormes que se pechaban entre si de tantos que eran, y entre gruñidos cortos olfateaban rumbo a las luces de la ciudad.  

miércoles, 13 de abril de 2016

El Valiente

Joaquín empinó la última copa y la mantuvo así hasta que las gotas dejaron de resbalar por el cristal. Eructó satisfecho y se levantó trabajosamente para después ponerse a tantear sus bolsillos.  Le pagó al dueño del local con unos billetes todos arrugados y varias monedas y después se marchó silbando. La noche le dio una bofetada de aire frío apenas salió a la calle y tuvo que poner las manos en el abrigo...
El pequeño pueblo estaba completamente dormido y hasta los perros más ladradores estaban metidos en sus casas. Allí nadie dejaba las luces encendidas y no había alumbrado público, pero a pesar de eso la noche estaba clara porque había luna llena. Joaquín quiso anunciar su retirada del pueblo cantando pero como no se acordaba de ninguna canción siguió improvisando con su silbido. Dejó las viviendas atrás y siguió por un camino de tierra desolado. 

El juerguista enterró más las manos en los bolsillos después de prenderse hasta el último botón del abrigo aunque este lo ahorcaba un poco. La claridad de la luna estaba helada. Deseó llegar cuanto antes a su hogar pero todavía le faltaba mucho. Miró casi con cariño los pastos de los costados. Si fuera verano se acostaría allí mismo como tantas veces pero con aquel frío eso no era posible. En los costados del camino solo había campo y algunas arboledas aisladas que eran un refugio para el ganado. Una de esas arboledas estaba contra el camino y cuando Joaquín llegó hasta allí, de una parte en donde las sombras huían de la mirada de la luna sonaron unas pisadas. El hombre volteó hacia el ruido y se detuvo sorprendido al ver una cabeza de grandes ojos brillosos saliendo de esas sombras. Por un instante le pareció que era algo de patas muy separadas y delgadas que tenía un torso corto y ancho. Después su mente le dio sentido a aquella figura grotesca y se dio cuenta de que estaba viendo de frente a una vaca. Quiso echarse a reír pero interrumpió su risa enseguida porque no le gustó el eco que esta produjo. 

Más adelante en el camino se sintió ofendido. ¡Él asustarse de una vaca! ¡El que era tan valiente! Tuvo toda la intención de volver y arrojarle una piedra pero ya había avanzado mucho. Nadie lo había visto ni se iba a enterar de aquello pero él igual sintió que su valentía había sido puesta en duda. Como para remediar eso, cuando se vio frente a un sendero que nadie frecuentaba siguió por él para demostrar que no le tenía miedo a nada. El sendero ciertamente le ahorraba mucho camino pero nunca había cortado por él porque todos los viejos afirmaban que estaba embrujado.

Su comienzo y su fin comenzaban con subidas y el resto se encontraba en una zona baja, por eso, a menos que uno se internara un poco en él no se podía ver qué había en su recorrido, y como a nadie le interesaba caminar ni un metro por allí el lugar era un misterio. Joaquín, que se creía valiente estando sano o ebrio, había rehusado los desafíos de ir hasta allí porque le parecía una tontería, para él todo lo que decían eran cuentos, ficción de viejos aburridos y mentirosos. Ahora él mismo se había desafiado.

Casi se arrepintió al subir la cuesta porque era bastante empinada. Ya en la cima miró lo que había allá abajo. No vio mucho porque todo el lugar estaba cubierto por una bruma que la luna hacía resplandecer por todo aquel bajo. Dudó un poco, miró hacia atrás, pero finalmente su orgullo pudo más y bajó por el sendero. La atmósfera del lugar era inquietante porque las cosas solo se distinguían a medias en la niebla; algunas ramas de árboles que parecían brazos muy delgados estirados hacia el camino, unos bultos sospechosos, rocas tal vez, y unos tocones de troncos retorcidos que por instantes les veía una forma concreta y aterradora, la de un hombre sentado en el suelo, o uno parado con los brazos y las piernas juntas y sin cabeza. 

Joaquín empezó a temblar y no era por el frío. El lugar le resultó pavoroso y para salvarse hasta se acordó de algunos rezos. Arrepentido de haberse metido por allí, le prometió a todos los santos que recordó que si lo ayudaban a salir de allí ileso y cuerdo iba a ser una mejor persona. Igual le parecía que en cualquier momento algo horrible le iba a saltar desde atrás y prenderse en su espalda para enloquecerlo al gritarle espantosamente al oído. Con esos pensamientos terribles llegó a una cima donde la niebla se disipaba. Hizo otro tramo corto y alcanzó el otro camino. Después de alejarse se detuvo a reír por el mismo susto que tenía. Cuando llegó finalmente a su hogar ya había olvidado todas sus promesas. Desde esa noche se sintió más valiente y en el pueblo contó un relato distorsionado de su aventura por el sendero embrujado. Decía que había insultado y desafiado a cualquier espíritu, aparición, bruja o lo que anduviera por allí y que nada se animó ni a asomarse.

Unos días después, andando a pie por el camino de tierra pero de día, al llegar a la arboleda recordó a la vaca. Como era un bribón, juntó un par de piedras y cruzó el alambrado para vengarse del animal que lo asustó, a él, que no le tenía miedo a nada y hasta atravesó el sendero embrujado. La arboleda era pequeña y estaba rodeada de un alambre bastante nuevo y con púas, y en el fondo tenía un portón que estaba atado con cadenas. No encontró ni una vaca allí. Se imaginó que la habían cambiado de lugar. Cuando regresaba al camino pasó por el lugar exacto donde la vaca salió de las sombras. Al mirar el suelo y buscar en derredor sintió como un vértigo de terror. A pesar de que el suelo era blando y no había llovido desde hacía muchos días no había ni una huella de vaca ni de otro animal grande en toda la arboleda.