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miércoles, 6 de abril de 2016

Aislados

“Siempre que llovió paró”, solía decir el padre de Manuel, pero ahora hacía mucho que estaba lloviendo y no paraba...
Él y su familia, Elena, su esposa y su hijo de diez años, Pablo, vivían en el campo, en una zona muy alta pero que solía quedar aislada en épocas de inundación. Varios arroyos lo cercaban por todos lados y él único camino transitable en vehículo no daba paso cuando llovía mucho, aunque normalmente se cortaba solo por un día o dos, o dentro de un mismo día bajaba unas horas. Pero en esta ocasión no paraba de crecer. Manuel, sin poder ir a su trabajo, escuchaba la radio con ansias de que anunciaran que iba a parar. Aburrido, no sabía qué hacer dentro de la casa, por eso no le importaba salir a la lluvia para asegurarse de que las gallinas estuvieran bien. La familia jugaba a las cartas, al ludo, las damas y todos los juegos que conocían para matar el tiempo.

El diluvio torrencial, ruidoso, de goteras enormes y compactas era continuo. Aquel ruido monótono y el gris del paisaje, con el agua siempre resbalando por las ventanas, invitaban al aburrimiento y a la tristeza. Pero de a poco empezó a colarse otro sentimiento, el miedo. Las noticias eran devastadoras e increíbles. Una mega tormenta que abarcaba una zona muy vasta, un montón de países, se alimentaba de otras que venían del mar y no paraba de crecer. Las crecientes eran tan grandes que los evacuados tenían que ser evacuados de nuevo porque los lugares a donde iban se inundaban. Ciudades enteras anegadas y millones de desplazados. Y todo eso era por el cambio climático que el hombre mismo había provocado, aunque no faltaban los que le atribuían una causa divina. Todas esas noticias inquietaban a la familia, y también había otro problema, se les terminaba la comida. No podían llamar por teléfono porque las líneas habían caído durante los primeros días de la tormenta. 

Tuvieron que cosechar lo más que pudieron de su huerta porque el agua estaba pudriendo todo. Tenían muchas gallinas pero estas necesitaban comida, por eso, antes de quedar sin otros alimentos tuvieron que empezar a consumirlas. Manuel las soltaba para que encontraran su alimento por su cuenta mas con aquel diluvio aplastante los pobres animales apenas se atrevían a salir al patio. La lluvia a veces menguaba por momentos pero era solo para después volver más fuerte. Día tras día se sucedían igual, era como si un océano entero se estuviera volcando sobre ellos. La casa resistía heroicamente aunque algunas goteras aparecieron y las paredes exudaban humedad. Y por más que racionaron la comida las cosas se le fueron terminando. Sacrificaron a la última gallina. Ahora estaban en serios problemas. A pesar de los chaparrones ahogantes Manuel intentó pescar en la creciente pero sin resultados, aunque al recorrer el campo alto que era su propiedad descubrió que muchos animales habían llegado hasta allí escapando del agua. No le gustó aprovecharse de eso pero necesitaban comer. Día por medio o cada dos días cazaban alguna liebre o un armadillo, y víbora que intentara entrar en la casa era víbora que se convertía en su alimento. Lo que sí pescaba bastante era leña, enganchaba ramas y troncos que pasaban en la corriente. Tenían un galpón bastante repleto de leña pero esta nunca estaba de más.

Una tarde, cuando Pablo miraba aburrido hacia afuera, vio que entre la borrosidad de la cortina de agua surgían cuatro formas humanas, dos más pequeñas que las otras. Eran los Domínguez, una familia conocida que vivía a unos cuántos kilómetros de allí. También tenían su hogar en una zona alta pero esta era más baja que la de Manuel. Aislados también, resistieron cuánto pudieron allí hasta que la creciente los desalojó. Por suerte para ellos tenían un bote bastante grande y pudieron cargar muchas cosas en él. Elena los hizo pasar y estos entraron con sus equipos impermeables chorreando por todos lados.

—Disculpen que vengamos a molestarlos pero no teníamos otro lugar a dónde ir —dijo el padre de la familia—. Las corrientes están muy fuertes como para navegar mucho y hay muchas cosas sumergidas que pueden hacer que el bote se vuelque, además le metimos tantas cosas que apenas flota. 
—Aquí son bienvenidos —les dijo Manuel—. Espacio hay de sobra. Quédense todo lo que sea necesario, vivan con nosotros.
—¡Muchas gracias! —le agradeció el hombre estrechándole la mano—.  Trajimos mucha comida. Tenemos kilos de cereales, semillas, miel, grasa, harina, y tengo unas redes de pesca que aprendí a usar en la creciente, también algunas trampas para peces.
—Entonces el favor nos lo están haciendo ustedes —reconoció Manuel—. Porque nosotros estamos sobreviviendo solo con algunos animales que cazamos por aquí.
—Nosotros encantados de ayudarlos. Varias veces pensé venir hasta aquí a traerles algo pero no estaba seguro de si seguían aquí, y las corrientes son tan traicioneras que no me animaba a arriesgarme, principalmente por ellas —agregó el hombre señalando a sus dos hijas y a su mujer—. Ahora no nos quedaba otra salida y apenas lo logramos.
—¿Llegaron a ver la ciudad? —les preguntó Elena. 
—Es una laguna —afirmó el vecino—. Apenas se ven algunos edificios. 

Por un momento todos quedaron pensativo. Después los varones fueron a descargar el bote y las mujeres se pusieron a preparar comida. Ahora que eran más los días se transcurrían más animados. Las redes que trajeron los Domínguez eran muy eficaces para pescar y eso cubría gran parte de las necesidades alimenticias. Las lluvias se interrumpían ahora hasta dos o tres días hasta que finalmente paró y después de mucho tiempo volvió a salir el sol. Pero ahora comenzaba la época de trabajar para prepararse para el próximo ataque del clima. Las dos familias decidieron afrontarlo juntas. Ahora la humanidad apenas sobrevivía. 

3 comentarios:

  1. Vaya, de la que se salvaron. Por un momento pensé que iba a ser uno de esos cuentos apocalípticos de los tuyos, como el de los remolinos y los tornados. El hombre puede extinguirse por su propia mano, ya que los hombres crean las armas para su propia destruccion. Es un hecho, esta historia esta bastante real, no es ficcion, aunque aquí en Venezuela ocurre algo distinto, se llama El Fenomeno el Niño, consiste en pura sequía, jaja, aqui lo que necesitamos es que llueva jaja!. Esta historia esta muy acertada master!. Una excelente historia, muy verdadera, si seguimos así, esto es lo que conseguuremos. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

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  2. Sí, lamentablemente esto apenas es ficción. Todos los fenómenos se dan con más intensidad. En mi país casi todos los años pasamos de inundaciones a sequías, se alternan. A finales del 2015 aquí había una inundación histórica. Siguió amenazando con llover mas hasta el primero de enero. Cuando el tiempo mejoró fue un alivio. Un mes y medio después había seca ¡Jaja! En serio, paró de llover y se le fue la mano. Y antes de esa inundación hubo sequía en invierno, algo que es muy raro aquí. El cambio climático no es broma. Esperemos que la realidad no supere a la ficción, aunque siempre lo hace. Saludos.

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  3. Hey, Jorge. Los humanos destruyendo su entorno son un problema muy real ya el daño que se le ha hecho a este planeta es inreparable aunque si estamos a tiempo de cambiar para bien y así legarle la conciencia de cuidar nuestro planeta a futuras generaciones...

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