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martes, 12 de abril de 2016

Amor Por La Selva

José avanzaba por la selva. Caminaba agazapado, con el rifle entre las manos y el oído atento al menor ruido. Seguía avanzando así cuando de pronto la selva entera enmudeció. Como buscando una razón giró en derredor y repentinamente sus ojos se encontraron con otros...
Era una indígena que lo observaba parada sobre un tronco caído. Ella tenía rasgos similares a los asiáticos pero combinados con una piel tostada. Era sumamente hermosa. Él había escuchado hablar de indígenas muy bellas pero hasta el momento nunca había visto a ninguna. Ahora no tenía dudas de que estaba ante la mas hermosa. Y cuando bajó la vista para contemplarla entera quedó deslumbrado, mas enseguida volvió a sus ojos porque allí convivían la altivez, la humildad, lo salvaje y arisco y la bondad, todo entreverado en una mirada limpia y muy expresiva.
Ella miró el arma con algo de preocupación; él advirtió eso y, sin brusquedad para no asustarla, apoyó el rifle en su hombro indicando que no era un peligro para ella. La indígena sostenía un arco y una flecha en sus manos y con las mismas intenciones que él separó la flecha y el arco. En aquel extraño encuentro ella sonrió y él también. De pronto la selva que estaba a unos metros detrás de José se agitó, se escuchó el ruido metálico de un machete y una voz algo ronca gritó:

—¡Eh, José! ¡Dónde estás!

José se volvió hacia el ruido y por el rabillo del ojo pudo ver como la joven se bajaba del tronco de un salto y ágil como una pantera se internaba en la selva. El giró entonces hacia el cuerpo moreno que se perdía entre el verde de la espesura y un instante después le contestó a su compañero, cuando ella ya se había perdido de vista:

—¡Estoy aquí, sigue derecho!
—¿Por qué no contestaste enseguida, estás sordo? —le reprochó el otro mientras se secaba el sudor que le chorreaba por la frente.
—No quise gritar porque me pareció ver una presa, pero se fue. 
—Ah. Bueno, larguémonos de aquí que ya estoy harto de esta maldita selva.

Cuando el otro le dio la espalda José volteó hacia la espesura donde desapareciera la muchacha y la vio asomando tras un tronco y despidiéndose con la mano. Regresaron al enorme claro donde estaban las máquinas. José trabajaba en una empresa que estaba deforestando la selva. Los domingos los trabajadores se iban pero siempre quedaba alguien para cuidar las máquinas. Estaban en una zona tan remota que con dos trabajadores daba, a los que aceptaban quedarse les pagaban doble ese día. Él se había quedado ese fin de semana porque le gustaba cazar. No le comentó sobre su encuentro al compañero porque este, al igual que el resto de los trabajadores de la compañía era un tipo brutal y de muy malas costumbres. Los lugares muy apartados a veces sacan lo peor de algunos hombres porque la amenaza de la ley apenas pesa allí. Y en toda aquella región la vida de los indígenas no valía nada para los invasores. José se estremeció al pensar qué pasaría si hallaban a aquella joven. 

Empezó otra semana de devastación. Él manejaba un bulldozer que despejaba la selva arrasando la vegetación más pequeña. Las plantas se quebraban y aplastaban hacia adelante con un sonido lastimoso de mil crujidos y hojas sacudiéndose. Otras máquinas ruidosas cortaban y cargaban grandes árboles. Parecían un ejército de gigantes que devoraban todo a su paso. José detuvo la máquina varias veces porque le pareció ver el rostro de la joven entreverado entre las ramas, pero al mirar detenidamente no veía nada. A él le dolía hacer aquello pero era un trabajo bien pago y lo necesitaba. Cerca del fin de semana José bajó de la maquina de un salto, dio unos pasos y después se inclinó hacia adelante apoyando sus manos en las rodillas. Aquel lugar ahora completamente expuesto al sol fue por donde él anduvo cazando y vio a la hermosa indígena. Toda la destrucción que habían hecho en unos pocos días. Se sintió realmente miserable. Cuando llegó el día de descanso eligió quedarse de nuevo.

Salió a cazar solo. Atravesó con lástima la parte que ellos habían deforestado hasta que finalmente alcanzó la espesura. Andando entre las sombras de los árboles pensó que todo aquello iba a desaparecer en unos días. Miles de años de siclos lentos y mudos, generaciones de plantas, incontables triunfos de la vida, de evolución, todo eso podían destruir en unos días. José miraba en derredor cuando volvió a verla. Un haz de luz daba de lleno en su hermosa figura. Ella le sonrió y con una seña le indicó que adelante había una posible presa. Ella se desplazó hasta donde estaba él con unos movimientos ágiles, y con una nueva seña le dijo que la siguiera. Él la siguió tratando de ser tan cauteloso como ella pero no lo lograba a pesar de tener mucha experiencia en la selva. Su cercanía le dio la oportunidad de mirarla minuciosamente, era perfecta. Cada tanto ella volteaba hacia él y le hacía alguna seña que daba pistas sobre la presa. José se sintió en una escena de mucho tiempo atrás. Una pareja luchando por su supervivencia y tomando de la naturaleza solo lo necesario. Ni mil cenas románticas, ni paseos por jardines, ni puestas de sol, nada podría unirlo tanto a una mujer como aquella caminata silenciosa bajo una bóveda verde que pronto iba a desaparecer. Después de un tramo largo él escuchó un ruido en la espesura que estaba delante de ellos. Cuando él vio al pecarí ella ya tensaba su arco. El flechazo fue certero. El animal escapó pero dejando algunas hojas manchadas de sangre que la joven le hizo notar. Lo encontraron no mucho más adelante. 

Cuando la indígena se lo ofreció él se negó, pero al ver aquella seria determinación de mujer plasmada en aquel rostro moreno lo aceptó para arrancarle una sonrisa. José quería hablarle, preguntarle con quiénes vivía, qué iban a hacer cuando llegaran hasta allí las máquinas, intentó decirle que ya no era un lugar seguro. Ella asintió con la cabeza una sola vez y mostró una mirada algo abatida antes de salir rauda hacia la espesura que la escondió enseguida. Él volvió a su tarea de destrucción pero con un plan. Tenía miedo de que algún árbol cayera sobre la vivienda de la joven cazadora sin que se dieran cuenta; pero si eso no pasaba y la veían a ella y los suyos (porque no creía que pudiera vivir allí sola) él iba a interceder para que no cometieran ninguna barbaridad. Pensaba amenazarlos con acusarlos con la justicia, con los medios, con todos, y estaba dispuesto a arriesgar su vida, a perderla si fuera necesario. Ya bastante mal le habían hecho a aquella zona. Con eso en mente trabajaba con el rifle en la máquina. Algunas máquinas estaban muy distanciadas entre si pero los hombres se comunicaban constantemente por los radios. Esperaba que en cualquier momento alguien dijera que había visto a un indígena o una choza pero esa semana esa noticia nunca llegó. 

Volvió a verla el domingo y de nuevo cazaron juntos. Otra porción enorme de la selva había desaparecido y ella tenía que saberlo pero solo lo demostraba con alguna mirada muy fugaz cuando él se desesperaba por advertirle. Cuando ella se marchó José intentó seguirla para ver dónde vivía pero la perdió enseguida y al girar mirando hacia todos lados en la fronda no había ni un rumor. Y como esa se sucedieron otras semanas hasta que finalmente alcanzaron el margen de un río. Del otro lado del río se extendía un lugar tan devastado como el que tenían atrás. José no comprendía. En la forestación participaban muchos hombres pero había varios capataces y todos se comunicaban continuamente. Había escuchado sobre los hallazgos de víboras, de algunos animales aplastados, que a fulano lo picaron unas avispas, que uno encontró una piedra que creyó era oro, y así mil cosas más. ¿Cómo podía ser que nadie hubiera notado una choza, un refugio o (temblaba el pensarlo) un cuerpo? Para estar seguro indagó entre los trabajadores pero nadie sabía nada, y varios le dijeron que en aquella zona no vivían indígenas. 

8 comentarios:

Ongie Saudino dijo...

Me hace pensar que Jose vio a una manifestacion de la selva. Talvez se le presentó solo a el por que no era malo. Todos los dias millones de arboles y bosques desaparecen a manos del hombre, sabiendo que nos proporcionan oxigeno y ayudan al planeta con su fotosíntesis. Creo que muy pocas personas aman tanto al bosque como Jose, bueno, no a todos se les ptesenta como una hermosa mujer indigena. Aunque, no entiendo porque no hizo nada y solo se le aparecio esporádicamente. Bueno, al menos no le hizo daño a Jose. Una excelente y aleccionadora historia master!. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

Jorge Leal dijo...

Aunque fuera el espíritu de esa selva nada podía hacer para evitar su destrucción. Y menos mal que no pensaste que era una sirena ¡Jaja! Gracias, Ongie. Saludos!!

Raul dijo...

Muy real...estamos destruyendo nuestro mundo poco a poco

Jorge Leal dijo...

Hola Raúl. Gracias. Así es, lo estamos destruyendo y no es muy de a poco que se diga. El cambio climático no es broma. Ayer se formó un tornado en una ciudad de Uruguay y antes aquí no había tornados, sí había viento fuerte allá cada tanto, después se fueron haciendo mas frecuentes las turbonadas (casi como un tornado) ahora directamente se formó terrible tornado. ¿Cómo estará el mundo dentro de diez, quince años? Saludos.

Raul dijo...

Da miedo pensar como vamos a estar en 10 o 15 años...ojalá tomemos conciencia de como estamos acabando con el planeta. Saludos

Anónimo dijo...

Buenos dias, Jorge. Pienso que esa joven era el espíritu del bosque intentando que José le ayudará a salvarlo.

Maria Cruz Montiel dijo...

Me da tanta tristeza que destruyan la selva,regresé a mi pueblo después de 25;años y la deforestacion ha sido implacable, casi me pongo a llorar, nada está como lo recordaba;me asombró no escuchar el canto de los pájaros, cuando antes te ensordecian, no me quedaron ganas de regresar

Jorge Leal dijo...

Me imagino lo que sentiste. A mí me pasó algo parecido con la casa de mis abuelos. Y bueno, por lo menos quedan los recuerdos. Gracias, Maria. Saludos!!

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