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viernes, 1 de abril de 2016

El Viajero

El avión iba volando sobre lo que Alfredo más temía y siempre trataba de mantenerse muy lejos: el mar. Él estaba sentado del lado de la ventanilla pero la mantenía con la persiana baja porque no quería ni atisbar aquella inmensidad azul. Se horrorizaba con solo pensar en las inmensurables profundidades que había allá abajo. En aquel reino de completa oscuridad, de animales extraños y vastas zonas inexploradas llenas de misterios, bien podría ocultarse alguna criatura que ni la ficción hubiera imaginado aún...
Pensando en esas cosas sintió la necesidad de mirar hacia afuera. ¿Qué era aquella urgencia por mirar lo que le desagradaba? No lo entendía. Como el impulso fue más fuerte que su miedo abrió la persiana y acercó la cara a la ventanilla. Se impresionó al ver que el océano estaba muy oscuro, y se asombró más al notar que solo era una parte de él la que se mostraba así, aunque era una parte enorme. Teniendo en cuenta la altura en la que volaba el avión dedujo que aquella zona oscura era terriblemente grande. Al notarle cierta forma,dejó de mirar y se agarró fuerte del asiento, las manos como unas garras. Él no viajaba solo, iba con Fátima, su novia, y cuando ella lo notó más asustado de lo que ya se encontraba le dijo:

—Relájate que todo está bien. Este debe ser el vuelo más tranquilo que he tenido.
—No me preocupa el vuelo. Vi, allá abajo, a una cosa gigantesca, descomunal, atravesando el mar bajo la superficie.
—¿Qué? No, debe ser una isla. ¿Te das cuenta a la altura que estamos? A ver, déjame mirar.

Fátima apoyó sus manos en las piernas de él y miró curiosa. Sabía que Alfredo le tenía miedo al mar pero le resultaba interesante ver qué lo había asustado más. Esperaba reírse a costa de su novio (porque él lejos del mar era muy bromista) al divisar una isla, pero no vio nada, solo agua azul monótona, una gran porción de lo mismo.

—No hay nada —le comentó.
—Cómo que no. Hazte para atrás un poco. Cuidado donde te apoyas. Ya no está, tal vez se sumergió más...

Ella lo miró tentada a reírse, pero al notar el desconcierto en la cara de él se solidarizó y le tomó una mano como para tranquilizarlo. Alfredo espió hacia afuera varias veces pero no volvió a ver nada. Inevitablemente recordó aquellas extrañas pesadillas que sufría. Más que imágenes eran impresiones, un conocimiento que tenía mientras soñaba. Siempre era sobre un gran viaje por el espacio que terminaba en la Tierra. Se veía después en una ciudad con apariencia antigua y futurista a la vez. En ese mundo tenía una impresión muy clara de que los acechaba un gran peligro, un enemigo muy poderoso que podía seguirlos hasta allí, y lo hizo. Cayó un día desde el cielo. Primero  las nubes quedaron anaranjadas y después se abrieron para dar paso a una criatura colosal e informe que caía envuelta en llamas. El estruendo contra el océano fue horrible aunque se encontraban muy lejos del lugar. Después se intensificaba el miedo y el apuro por construir algo capaz de destruir al ser aquel. Alfredo experimentaba aquellas sensaciones amplificadas muchas veces como si sintiera a la vez las conciencias de muchas personas. La angustia por terminar aquel arma era brutal. Estaban por lograrlo cuando el monstruo los atacó hundiéndolos en las profundidades del océano. Pero no todos perecieron ese día, y desde ese momento el monstruo los buscaba. La pesadilla siempre terminaba así. 

 No mucho después de aquel avistamiento el avión llegó a destino, una zona turística con excelentes playas. Aquel viaje en parte era para curarlo de su fobia y él estaba de acuerdo, pero el avistamiento de aquella descomunal mancha no estaba ayudando. La terminal del aeropuerto se hallaba llena de turistas que se iban o llegaban como ellos. Hicieron un trayecto en taxi hasta el hotel. Ella iba devorando todo con la mirada y lo tomaba de pronto del brazo a la vez que dejaba escapar alguna exclamación para después mostrarle algo. Alfredo fingía su mejor sonrisa y hacía un gran esfuerzo por ella. La ciudad era realmente bella pero lo inquietaba aquella interminable pared azul que aparecía y desaparecía tras las casas y edificios a su izquierda. Se registraron en el hotel. En el ascensor Fátima iba pegada a él, comentando todas las cosas lindas que recién habían visto. Ya en la habitación ella se puso a buscar en una maleta hasta que halló una prenda diminuta, y estirándola frente a él le dijo:

—Tengo que estrenar esto cuanto antes. ¿Cómo crees que me quedará?
—Estupendo, por supuesto, todos me van a envidiar.
—¡Ah, gracias!
—Pero vamos a ir más tarde, ¿no?, o mañana, si tenemos un montón de días por delante.
—Alfredo, ya habíamos hablado sobre esto. Cuanto antes enfrentes tu miedo mejor. 
—Sí, lo sé, bueno, vamos. Yo decía que luego porque hay que aprontar un bolso y...

Al decir eso él se había acercado a la ventana, y esta tenía una espléndida vista del océano. Alfredo calló de pronto porque notó algo raro. Apuntó con un dedo hacia la enorme masa azul y, girando la cabeza lentamente hacia Fátima le dijo con un hilo de voz:

—Está muy alto.
—¿A qué te refieres? Amor, tienes que controlar ese miedo porque... ¡Guau! Tienes razón. ¿Será que siempre se ve así desde aquí?
—No creo, escucha, es la gente de la playa.
—¡Ay dios mio! ¡Es un maremoto! —gritó Fátima, y se abrazó a él.

Alfredo quedó como petrificado. No podía ser casualidad, lo que vio desde el avión era lo que causaba aquello, y sus pesadillas eran algo más. El mar se había levantado y seguía creciendo. Ya era una montaña líquida que podía tragar todo en su interior. Los dos miraban aquella escena de pesadilla sin poder moverse. El agua golpeó la costa con un estruendo infernal. En la calle inmediata al hotel corrían personas lanzando horribles gritos de terror y pánico. El choque de aquel mundo líquido con el sólido fue titánico y el ruido ensordecedor. El maremoto y todos sus desperdicios, cosas que un momento atrás eran casas, vehículos y personas, chocaron contra el hotel con la fuerza de muchas avalanchas y sus cimientos temblaron. El agua subió y subió pero ellos estaban en un piso muy elevado; mas aquello no era todo el horror. De aquella gigantesca muralla espumosa surgió con el ruido de mil truenos un monstruo inconcebible. Emergió aparentemente con lentitud pero era una ilusión creada por por la enorme distancia que los separaba. Aquel ser de muchos kilómetros de alto tenía la cabeza algo cónica como la cima de una montaña y su boca era una abertura descomunal y deforme que se parecía más a una grieta en la tierra. No se le notaban ojos pero Alfredo notó que lo veía. Y se fue acercando con pasos gigantescos que desplazaban todo un mar hacia la costa. Alfredo, sintiendo ahora el valor que da la resignación ante el fin seguro, abrazó a Fátima contra su pecho para que ella no viera más aquello. El monstruo avanzaba distancias enormes con cada paso para destruir al último de una antigua raza que llegó de las estrellas.  

7 comentarios:

  1. Me levanté con el pie izquierdo y por eso los liquidé ¡jaja! Gracias. Saludos!

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  2. Pobre Alfredo, sus miedos si que estaban infundados. Ese miedo al mar venia de sus raíces, ese monstruo si que se quería librar de Alfredo, mira que aparecer asi por solo un sobreviviente. Parece que esa raza era muy fuerte y peligrosa, ya que ese monstruo armó tanto alboroto para terminar con Alfredo. Lo siento por Fatima, pero no sabia nada de los origenes de Alfeedo.Bueno, coincido con Belen y el final triste e impactante, pero no siempre ganan los buenos, aunque no se si esa raza de Alfredo era buena. Una asombrosa y fantástica historia amigo!. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

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  3. La raza de Alfredo era la gente de la Atlántida. Me gusta ese mito y he hecho varios cuentos relacionados a eso. Muchas gracias, Ongie. Saludos!!

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  4. ¡Vaya que bueno estuvo! Lo estraño es que Alfredo solo recordara en sueños. Pobre no se guió por su instinto... ¡Jajaja y Fatima no pudo extrenar el bikini, jaja!

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  5. Tengo que confesarte que siempre que voy a la playa me imagino algo parecido, siento que en cualquier momento aparecerá un enorme monstruo del fondo del mar, aunque me lo imagino como un dragón, no se lo he dicho a nadie; de por si dicen que estoy medio loca

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  6. Es que el mar es algo muy grande, con quién sabe qué cosas ocultas en él ¡Jaja! A mí no me gusta, de hecho, nunca puse un pie en el mar, soy de agua dulce nomás. Gracias. ¡Saludos!

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