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domingo, 3 de abril de 2016

Ratas

Víctor estaba por salir de viaje y mientras trataba de ordenar todo descubrió una cosa desagradable: en su casa había ratas...
Una rata enorme, muy ancha atrás, pasó corriendo contra la pared entre un mueble y otro. Al agacharse y mirar bajo un mueble descubrió que habían hecho un hueco en la esquina de la pared. Se enderezó muy disgustado. Se le presentaban esas invasoras justo cuando tenía que dejar su hogar por más de dos meses. Tenía que solucionar ese problema cuanto antes. Cerca de allí había un comercio de productos agropecuarios. Se le ocurrió que en aquel comercio tenía que haber veneno para ratas. No esperó ni un minuto más, después haría las maletas.

El comercio en cuestión era atendido por su propio dueño y un empleado. El dueño se apellidaba Batista. Este era un hombre muy delgado y de cabeza grande, sobre todo su frente. Como ya estaba quedando calvo pero el poco pelo que le quedaba era largo, con sus lentes redondos y mirada incisiva tenía toda la apariencia de “científico loco”, y sí era científico. Los rumores sobre él decían que lo habían echado de un laboratorio por conductas poco éticas, aunque nadie sabía bien qué significaba eso entre aquella gente. Lo cierto era que hacía unos años había abierto un local donde vendía principalmente agroquímicos. Entre algunos productores rurales (tacaños perdidos) el lugar había adquirido cierta fama por tener productos baratos, que en realidad eran versiones caseras de los que vendía abiertamente y exhibía en los mostradores. Batista los fabricaba en algún lugar y los comercializaba discretamente allí violando todas las normas, y sobre todo, evadiendo impuestos. Cuando Víctor llegó al lugar Batista estaba solo.

—Buenas tardes —lo saludó Víctor—. ¿Tiene veneno para ratas?
—Buenas tardes. Mmm... Creo que vendí la última caja hoy. Déjeme cerciorarme... Sí, no queda más. Hoy mismo llamo al vendedor y mañana me lo traen.
—Que lástima porque lo necesito para hoy. Me voy de viaje por un buen tiempo y no quiero dejar la casa así. ¿Será que me la invaden?
—Sí, seguro. Después que se instalan, aunque ahí no haya comida usarán su hogar como una “base” para invadir las vecinas –le afirmó Batista desde el otro lado del mostrador.
—Eso es lo que me temía. Tendré que ir a otro lado entonces. Que mala suerte.
—Espere, no tengo del comercial pero si del que yo hago. No se lo vendo a cualquiera pero como usted está muy necesitado se lo voy a ofrecer —le dijo Batista hablando bajo y echando una mirada hacia la puerta.
—Me serviría igual, mientras las mate...
—Oh sí, las mata, y tal vez sirva para que se contagien unas a otras. Le digo tal vez porque la verdad es que me faltan hacer pruebas. De hecho, estaría recién en la etapa experimental. ¡Pero qué diablos, todas las precauciones de los laboratorios casi siempre están de más! —esto Batista lo dijo como para él mismo, como rezongando, y miraba hacia un costado.
—Y, ¿sería peligrosa entonces? —le preguntó algo preocupado Víctor.
—Peligroso para las ratas.  Lo peor que puede pasar es que mate solo de a una, como ese producto ordinario que se me terminó. 
—Me lo llevo entonces.
—Muy bien. Solo una cosa —aclaró Batista mirándolo por encima de sus lentes—. Le voy a vender poco porque es muy fuerte y a veces más no es mejor.
—Pero yo quiero también para un galpón que tengo. Es un galpón grande y lleno de cosas, todo tipo de trastos —mintió Víctor. Lo que él quería era llenar la casa para asegurarse que durara un buen tiempo.
—Entonces puedo darle un poco más. Ya regreso.

Víctor volvió a su hogar con una carga mortal. Desparramó el veneno en todos los rincones, debajo de los muebles, repitió la dosis en algunos lugares. Pensó que con eso le daba para liquidar a las actuales y a las futuras invasoras. Después empacó sus maletas mirando el reloj a cada rato. Al marcharse, ya con la puerta abierta, echó un último vistazo hacia el interior de su casa y cuando lo hacía le pareció escuchar un chillido. “Sí, sufre, desgraciada”, pensó Víctor al suponer que alguna rata ya había probado el veneno.

Su viaje era por trabajo y estuvo muy ocupado durante ese tiempo. Aún así cada tanto pensaba en cómo estaría su casa. Le repugnaba la idea de encontrarla invadida por aquellas asquerosas criaturas. Su estadía se prolongó más de lo que estaba previsto y regresó recién a los tres meses. Llegó de madrugada. Entorpecido por sus maletas, maldijo cuando intentó encender la luz de la sala y no pudo. Usó un encendedor para distinguir algo en aquella oscuridad. Buscó una linterna que tenía en el cajón de un mueble. Al agarrarla sintió algo pegajoso. Las pilas habían “reventado” y ya no servía. Se le escapó otra maldición. ¿Qué podía hacer ahora? Obviamente era un problema de allí y ningún electricista lo iba a atender a esa hora. Como hacía mucho calor él había llegado de bermudas. Cuando se desplazaba hacia su cuarto una cosa peluda del tamaño de un perro mediano pasó por él rozándole la pierna. Víctor gritó y enseguida intentó iluminar al intruso con la luz que daba la movediza llama de encendedor pero no pudo porque aquella cosa ya había alcanzado la oscuridad. Instintivamente buscó la protección de la pared y al hacerlo chocó contra un mueble, y al buscar apoyo con la mano se apoyó en algo fofo y peludo que lanzó un chillido horrible y acto seguido lo mordió. El animal estaba sobre el mueble. Una boca cálida y viscosa se cerró sobre su brazo y unos dientes afilados penetraron hasta el hueso. Víctor emitió un alarido, dejó caer el encendedor e intentó librarse de la mordida agarrando a aquella criatura. Así descubrió que pesaba como veinte kilos. Él no podía ver a la criatura con la cual luchaba y eso hacía que la experiencia fuera más aterradora. Levantó en peso a aquella cosa que todavía no lo soltaba y la sintió retorcerse contra su cuerpo mientras le arañaba el vientre. Él, en su desesperación, tanteó una cabeza que en su mente se presentó como la de una rata pero con marcadas deformidades e hinchazones. Finalmente lo soltó y salió a los chillidos hacia la oscuridad.

Se horrorizó al palparse el brazo; casi se lo había arrancado. Durante su breve lucha con la criatura no se percató que otras habían llegado hasta el lugar. Cuando quiso avanzar en la oscuridad otra boca repugnante le mordió la pierna, y enseguida se animó otra, y otra, y al caer al piso una le mordió la nariz en la oscuridad. Todos los vecinos más próximos despertaron con aquellos gritos. Poco después la policía irrumpió en la casa para encontrarse con una escena pesadillesca.  Un grupo de ratas deformes e increíblemente grandes, con repulsivos hocicos cubiertos de sangre, se disputaban los pocos restos que quedaban de Víctor. La sala se iluminó fantásticamente con las linternas y los disparos. Por la mañana aquel horrible e inconcebible hecho ya era una noticia mundial. Los camarógrafos se pechaban tratando de filmar las increíblemente grandes ratas que algunos funcionarios asqueados sacaban en bolsas. Y lo más impresionante de aquello era que, a pesar de tener varios balazos cada una no dejaban de mover alguna pata o torcer el cuerpo como intentando incorporarse. 

Batista vio esa noticia mientras se masticaba las uñas de las manos, preocupado y horrorizado, temeroso de lo que él mismo creó. Hacía unos días le había vendido un montón del mismo veneno a una mujer que quería librarse de un grupo de gatos que vivían en un callejón. 
Continúa aquí .

2 comentarios:

Belén Duran dijo...

Pobre... el solo queria librarse de las sucias ratas y acabo siendo su cena

Jorge Leal dijo...

Comenzó teniendo un problema y terminó dentro del problema ¡Jeje! Sabes, esta historia es más larga y tengo ganas de subir otro pedazo. Lo subo hoy o mañana. Gracias por tus comentarios, Belén. Que pases bien.

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