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viernes, 22 de abril de 2016

Tesoros Bajo Tierra

                                       La Pepita De Oro
Había visitado aquel arroyo muchas veces pero ahora era algo diferente. Llegué al lugar con mi camioneta llena de barro hasta el techo. Los caminos que llegaban hasta aquel tramo del arroyo eran apenas accesibles y eso solo si no ha llovido demasiado. Me colgué un par de bolsos en los hombros y me interné en un sendero cuya entrada estaba oculta por el monte. Antes de desaparecer entre los árboles eché un vistazo hacia atrás, nadie a la vista...
El sendero era casi un laberinto porque se dividía en algunas partes, doblaba en curva, en ángulos casi rectos, y en algunos tramos casi desaparecía entre las ramas. Esa vez se me hizo particularmente intrincado pero cuando ya me estaba angustiando un poco el monte se abrió y vi el brillo del arroyo.

Dejé en el suelo lo que cargaba y recorrí aquella playa pedregosa de punta a punta buscando algunas huellas que indicaran que había competencia. No hallé ni una, y al alcanzar la zona donde estaba escarbando la encontré igual. El caudal cristalino corría entre rocas que hacían más tortuoso el paso del agua. Tomé mi pala corta y me puse a cavar. Estaba buscando oro. Ya había hallado allí una cantidad nada despreciable y creía que podía encontrar mucho más. Cada golpe de la pala sonaba lastimoso porque siempre se encontraba con cantos de cuarzo. Cada tanto me enderezaba para echar un vistazo en derredor. Tenía dos razones para mantenerme vigilante: no tenía permiso para escavar allí, y no quería que nadie más lo hiciera. Yo lo había encontrado y yo le iba a sacar lo que tuviera. Cuando miraba hacia el monte este siempre estaba muy quieto y mudo. Eso me hizo mirar para arriba, no había tormenta. No me explicaba a qué se debía aquel silencio. No me gustaba nada mas no me iba a ir de allí sin revisar toda la tierra que había excavado.

Empecé a lavar tierra con la batea. Me senté sobre una roca que apenas sobresalía del cauce y con los pies en el agua fui limpiando el material. Nada, una batea tras otra solo de tierra y piedras.  Una decepción tras otra hasta que me quedé sin tierra. Tuve que decidir si me iba o escarbaba otro poco. Me quedé. Estaba escarbando y agrandando una hondonada que había en la parte exterior de una curva del arroyo. Todo lo que sabía me decía que allí había un pozo con oro pero por algún motivo no llegaba a él. Mientras trabajaba, el monte de los alrededores seguía terriblemente quieto y mudo. Volvía a vigilar no sé qué para no ver nada. De pronto la pala chocó contra algo relativamente blando, me detuve inmediatamente. Seguí con las manos. Supongo que parecía un perro cavando para enterrar un hueso. Un manotazo que apartó un terrón la dejó al descubierto, ¡era una pepita gigantesca de oro! Le grité al cielo levantando los brazos. Terminé de desenterrarla. Aquel enorme trozo de oro medía como treinta centímetros de largo y era tan ancho que apenas podía rodearlo con mis manos.

Enseguida empecé a hacer planes: que me compraría esto, que aquello, me iba a mudar, tal vez dos casas, varios vehículos. Llenó de euforia lo levanté alto y, en ese momento me di cuenta de algo: no sentía su peso. Tenía la impresión de que era pesado pero podía levantarlo como si nada. Pensé un momento y me di cuenta: estaba soñando. Al descubrir el engaño desperté de golpe. Maldije aquel sueño el resto de la noche. Hasta ahí era algo normal. Su buscaba oro era normal soñar con oro. Lo extraño vino después. Dos días después volví al lugar, esta vez en la vigilia. Vaya sorpresa desagradable me llevé, habían escarbado mi hondonada. Revisando con cuidado la intrusión vi que habían escarbado una porción igual a la que yo escarbé en el sueño. Observando aquello noté algo que me confundió terriblemente: estaba allí, marcado perfectamente en la tierra, era el hueco que quedara cuando retiré la pepita gigante en el sueño.
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                                   Los Guardianes Del Oro
Jeremías había alcanzado la cima de un cerro cuando el suelo desapareció bajo sus pies. Él estaba buscando algunas piedras semipreciosas para después cortar y pulir. Con las piedras ya brillantes él hacía piezas de joyería barata que elaboraba con alambres. Las vendía en un pequeño puesto de la feria de su ciudad. Estaba en la etapa más emocionante, y esto era cuando buscaba las piedras. Caminaba mirando hacia abajo, deteniéndose cada tanto para mover alguna roca con el pie, o cuando una le interesaba más inclinándose para recogerla. Iba pasando por una zona de mucho pasto cuando cayó por aquel pozo oculto. Gritó fuerte y pensó que aquello era lo último que iba a hacer pero resultó que la caída fue corta y aterrizó sobre algo que no era compacto. Su sorpresa fue enorme cuando notó que había caído sobre un gran montón de monedas de oro. Su caída había abierto un poco los pastos que cubrían el pozo y la luz de la tarde que entraba por allí le mostró una riqueza enorme que se amontonaba por todos lados en aquella caverna. La poca luz que entraba por el hueco era suficiente para que brillaran y centellaran una multitud de piedras preciosas, joyas y cosas hechas de oro. Jeremías se restregó los ojos y hasta se pellizcó para comprobar que era real.

Al levantarse sus pies resbalaron en las monedas y se deslizó cuesta abajo por una pequeña avalancha amarillenta. Esa caída solo lo hizo reír. Agarró cuantas monedas pudo con sus dos manos y las elevó hasta la altura de sus ojos para contemplarlas con codicia. Después se movió hacia donde estaban las joyas, tomó algunas y las apuntó hacia el hueco de luz para ver sus brillos. Se echó a reír nuevamente. Aquello sí que era buena fortuna. Pero enseguida se extrañó un poco y pensó: “¿Pero quién habrá juntado todo esto?”. La respuesta surgió de las sombras de la cueva. Jeremías giró hacia todos lados con brusquedad y soltó todo lo que tenía en las manos. Aparecieron por todos lados unas figuras pequeñas y grotescas que se acercaron a la luz solo lo suficiente como para que sus siluetas deformes se distinguieran. Eran duendes y aquel era su tesoro. Les brillaban los ojos y empezaron a murmurar cosas con unas voces chillonas que sonaban enojadas.

Jeremías había escuchado relatos sobre duendes que acumulaban tesoros en cuevas de los cerros o las montañas pero creía que se trataba de cuentos, ficción surgida de las mentes simples de los campesinos muy afectos a contar historias fantásticas. Ahora sabía que era cierto y comprendió que estaba a merced de los duendes, y supo que tenía que hacer algo. Los duendes empezaron a callarse, como si ya hubieran decidido algo, entonces Jeremías intervino por él mismo: 

—Señores del cerro, disculpen mi intromisión. Caí desde ahí por accidente, no llegué hasta aquí buscando su tesoro. Lo admiré porque soy fabricante de pequeños tesoros, no como estos, los hago con piedras humildes. Para mí mi mayor bien es mi familia, y si por un infortunio no llegó a casa se van a sentir muy mal. Soy un hombre humilde y alguien de palabra. Se los ruego, déjenme volver con mi familia.  Prometo no decírselo nunca a nadie. Mis labios estarían sellados de por vida sobre este asunto porque estaría enormemente agradecido con ustedes. Nada ganarían con mi desaparición porque sus cosas no peligran, no soy una amenaza para ustedes. En cambio si desaparezco, estoy seguro de que mi esposa, que sabe dónde ando, va a hacer que las autoridades muevan cielo y tierra para hallarme y van a andar en sus dominios, los cuales nunca más volveré a pisar ni a referir si me perdonan. Señores de cerro, se los ruego, esto no es mi culpa.

Los duendes volvieron a murmurar cosas entre ellos y cuando hicieron silencio uno que estaba frente al asustado hombre levantó un brazo señalando algo, y en esa dirección brotó un chorro de luz. Le indicaban una salida. Jeremías giró agradeciendo con lágrimas en los ojos y después se movió hacia esa luz. Los ojos brillantes lo siguieron mientras él se arrastraba por un túnel angosto. Al alcanzar los pastos el túnel se cerró tras él. Jeremías sintió que la fuerza de las piernas se le iban por el susto mas a pesar del riesgo de rodar no dejó de descender el cerro. Al alcanzar el llano se sintió aliviado como nunca antes. Bajo los protectores rayos del sol, que le daban confianza, después se sintió enojado con la causa de sus susto, con los duendes. En la caverna fue sincero por necesidad, pero al sentirse a salvo de aquellos seres su codicia pudo más que su honor. Pensó en su primo que tenía una máquina excavadora, y que si iba con más gente los duendes no iban a poder hacer nada. Esos malditos que lo habían asustado. Terminaba de pensar eso cuando volvió a perder pie y cayó en otra cueva, mas bien, lo hicieron caer. De esa ya no salió.  

5 comentarios:

Ongie Saudino dijo...

Mmmm, parece ser que midntras soñaba, se transportó de alguna forma a la hondonada. Jaja, pero pobre, ya que la pepita de oro que extrajo del agujero desapareció junto con el sueño. Pero es bastante extraño que del sueño solo haya quedado lo que el excavó y ni rastros del oro. Una explicacion seria que el monte y el arroyo tienen poderes magicos, de que otra forma se explicaría el incómodo silencio y la anormal quietud de sus alrededores. Pero igual, parece que quedará como otro misterio. Creo que Jeremías si actuó mal, mira que creer que podría contra los duendes después de que estos lo perdonaron, ya que hay duendes que pueden llegar a ser muy agresivos y posesivos con sus pertenencias. Pero al final de nada le valió que los duendes lo dejaran ir, ya que debido a su codicia y ambición cayó en un lugar de donde jamás saldrá, además, si los duendes lo hicieron, quiere decir que probablemente cambiarán el lugar de su tesoro. Unos muy buenos cuentos amigo, la fiebre del oro es algo que afecta al ser humano desde tiempos antiguos. Buenísimos!. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

Jorge Leal dijo...

Muchas gracias, Ongie. Sí, la famosa fiebre del oro. En una pequeña medida yo la he tenido también, por eso me gustan estos cuentos ¡Jajaja! A mí me gusta coleccionar algunos cuarzos, los que encuentro por ahí, y en los arroyos he encontrado algo de oro (una cantidad ridícula). En mi país, aunque en el norte hay una minera bien conocida, igual la gente cree que no hay oro y no es así, como para entretenerse se encuentra. Si algún día ves que ya no publico mas nada es porque hallé una pepita grande ¡Jajaja! Lo que es muy poco probable, así que sigue visitando el blog nomás ¡Jeje! Saludos!!

Raúl dijo...

Me gustan este tipo de cuentos de fantasía, duendes aunque no me gustaría encontrarme con alguno...que coraje con.el primer cuento soñar que te encuentras una pepita de oro y al.regresar te das cuenta que si estaba mejor hubiera seguido soñando jajaja

Jorge Leal dijo...

Hola Raúl. Lo de la pepita es todo un misterio. Los sueños en los cuentos del blog nunca son de los normales ¡Jeje! Y me encanta escribir sobre sueños, es porque soy de soñar MUCHO. Gracias. Saludos!!

Anónimo dijo...

Muy buenos una lástima lo que les ocurrió a estos personajes, aunque te confieso que yo disfrutó bastante de los finales que NO son felices para mi son mas creíbles... Jajaja me escuche demasiado perversa

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