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lunes, 18 de abril de 2016

Un Amor En El Apocalipsis

Marcelo sabía que hay cuerpos de mujer que pueden hacer que un hombre se estremezca al verlos, pero, ¿que lo hiciera caer de rodillas...?
 Por supuesto que aquella no fue la causa por la cual cayó al suelo, mas en en ese instante él lo vio así. Un momento antes iba atravesando el estacionamiento del hotel donde se estaba quedando cuando vio a una muchacha muy hermosa que cargaba con trabajo varias bolsas de supermercado. Ella venía hacia él. Cuando se cruzaron la muchacha le sonrió y le dijo hola; Marcelo no correspondió la sonrisa ni el saludo porque iba sumido en sus pensamientos, y aunque la belleza de ella le llamó la atención lo suficiente como para desviarle la mirada él aún no bajaba del todo de su mundo interior. Enseguida se sintió un tonto. Se detuvo y giró hacia ella; la muchacha se apartaba de él sin voltear. Reaccionó demasiado tarde, lo único que podía hacer ahora era observarla retirarse.

Lo estaba haciendo cuando todo se estremeció y calló de rodillas. Al intentar levantarse, otro estremecimiento lo devolvió al suelo. Mientras caía vio que la muchacha también se desplomaba. Después, el ruido mas fuerte que sintió en su vida. Instintivamente se tapó los oídos con las manos. Todo tembló horriblemente, cayeron escombros del techo y de pronto todo se vino abajo. ¡A la m...a! Gritó Marcelo. Pensó rápidamente que aquel era su fin, y deseó haber gritado otra cosa, o nada, pero ya no había tiempo. Después solo ruidos sobre ruidos y un temblor espantoso.
Se creía muerto cuando sintió que le dolía la cabeza. ¿Acaso los muertos sienten dolor? Demoró unos segundos en recordar. Abrió los ojos pero fue inútil: con los ojos abiertos o cerrados la oscuridad era la misma. Prefirió cerrarlos porque en el aire había un polvo irritante, también lo respiraba. Estaba vivo, ¿ahora qué hacía? Se encontraba acostado, tirado boca arriba más bien, porque estaba sobre un suelo frío. Marcelo era un tipo muy inteligente, más de lo que a él le gustaba admitir, y si aún no había llegado a logros muy importantes en la vida ante los ojos del mundo eso se debía a que había comenzado desde muy abajo, además todavía era joven, tenía veinticinco años. Sintió que en ese momento era cuando debía usar su inteligencia.

Empezó a palparse el cuerpo con cuidado. En aquella oscuridad absoluta comprobó que tenía una ligera inflamación en la cabeza. Levantó un poco una rodilla, luego la otra, se pasó las manos por las costillas, por el abdomen, movió sus pies. Estaba relativamente bien. Al recordar como el techo se derrumbaba se sintió bastante afortunado. Se llevó una mano al bolsillo del pantalón, allí tenía su celular. El aparato encendió. La oscuridad era tal que incluso la débil luz del aparato le incomodó los ojos cuando sus pupilas dilatadas al máximo se contrajeron rápidamente. Enseguida supo que obró bien al no intentar erguirse enseguida, porque solo hubiera conseguido un golpe en la cabeza. El techo, un pedazo de él, se hallaba ahora a escasos cuarenta centímetros de su pecho.
Una columna caída estaba apuntalando un trozo del techo, eso lo había salvado. Descubrió que hacia sus pies el techo era mucho mas bajo aún. Hacia su derecha tenía bastante espacio, en cambio hacia la izquierda había unos escombros que se amontonaban casi hasta el techo. Acomodó el cuerpo y se arrastró hacia la derecha. Descubrió que no podía escapar por allí. No podía pasar el cuerpo pero por lo menos entraba bastante aire por la abertura que había, aunque también estaba lleno de polvo. Reptando en su prisión salvadora se arrimó a los escombros de la parte izquierda de esta. Enseguida comprobó que estaban sueltos. Formaban una pequeña pared que a la fuerza podría desarmar sin mucha dificultad. Antes de ponerse manos a la obra pensó. ¿Le convendría salir de allí? La columna que apuntalaba la pared se veía muy sólida. Estaba la posibilidad de que al salir del lugar lo hiciera hacia uno todavía más precario.

Tal vez era mejor esperar el rescate. Pero, ¿qué había pasado? ¿Un terremoto grande en Buenos Aires? Enseguida recordó haber leído sobre un temblor que afectó a Buenos Aires e incluso a Montevideo en 1888, mas fue poca cosa. Nunca había estado en un terremoto pero aquello tenía que ser uno. Recordó el temblor inicial. Antes de este no hubo ningún ruido de explosión, el ruido ensordecedor llegó después. Todo indicaba que había sucedido un terremoto, aunque le costaba creer que allí sucediera uno tan grande. Se acordó de su Uruguay. “¿Habrá temblado tanto allá también? Si una vez un temblor afectó a las dos orillas, tal vez ahora también ”, pensó. Después comprendió que no era el momento para preocuparse de eso. Estaba atrapado, debía decidir qué hacía. Optó por derribar la pared de escombros para ver qué había más allá de esta. Sabía que no estaba muy lejos de la salida del estacionamiento.
Al empujar un escombro este cayó con estruendo del otro lado y el ruido generó también algo inesperado, un grito de mujer. Marcelo quedó escuchando. El grito fue tan corto que no supo bien de qué dirección llegó, mas pudo calcular que era de cerca.

—¡¿Hola, hay alguien ahí?! —preguntó Marcelo.
—¡Sí, estoy atrapada aquí! —gritó la mujer sollozando.
Él asomó el celular por el hueco que había abierto.
—¡¿Ves alguna luz desde donde estás?! ¡Tengo mi celular encendido...!
—¡No veo nada! ¡Esto está tan oscura! ¡Hay! ¡Me pegué la cabeza! —exclamó ella.
—¡No intentes levantarte de golpe, y no te muevas mucho! ¡Extiende tus brazos para saber qué hay a tu alrededor, pero lentamente!
—¡Tengo mi celular!
—¡Mejor entonces! Fíjate si funciona.
—¡No anda! —lloró ella.
—¡No te preocupes, ya voy para ahí! ¡Espera tranquila! En cuanto quite estos escombros...

Ahora tenía una idea bastante clara de dónde provenía la voz que sonaba en la oscuridad, y estaba seguro que era la muchacha que lo saludó sonriendo. No recordaba que otra persona estuviera cerca en el momento del temblor, y aquella voz tenía que ser de una mujer hermosa. Después recordó a algunas damas sumamente bellas que tenían voces que no concordaban con su aspecto. Se sintió como un patán al pensar en esas cosas. Era alguien que necesitaba ayuda y punto. Mientras terminaba de retirar los escombros temió que la mujer estuviera herida. Normalmente los celulares sobreviven a varios golpes; si el de ella se había roto, ¿cómo estaría la dueña? Él acostumbraba leer mucho y de todo un poco mas sus conocimientos en primero auxilios eran escasos.
Abrió un hueco entre los escombros y se arrastró hasta otra cámara baja formada por el techo colapsado. Ella estaba mas allá. Lo detuvo otra pared de escombros, estos eran más grandes. Al empezar a retirarlos la mujer volvió a hablar:

—¡Ahora te veo! ¡Estoy aquí!
—Bien, ya casi llego. Retírate un poco, voy a empujarlos hacia ahí.

Con bastante trabajo logró llegar a donde se encontraba ella, y comprobó que era todavía mas bajo que donde despertó él. Como él imaginaba, era la muchacha que le sonrió. Tenía la cara blancuzca por el polvo y los ojos enrojecidos. Marcelo pensó que ella también había tenido mucha suerte, ¿qué probabilidades había de que el techo se detuviera justo allí, sin aplastarlos? Eran afortunados. Ella estaba acostada de lado. La luz del celular mostró que dentro de la desgracia ahora se hallaba contenta por no estar sola. Él tuvo una nueva oportunidad de saludarla:

—Hola, me llamo Marcelo —le dijo él, tendiéndole la mano. Ahora los dos estaban de costado uno frente al otro.
—Hola Marcelo. Patricia, me alegra que llegaras hasta aquí. Fue tan feo despertar en esta oscuridad tan horrible... pero ahora no estoy sola. Recién había bajado de mi auto he iba a salir del estacionamiento cuando... ¿Qué fue lo que pasó? —preguntó ella.
—Sí, te vi cuando pasaste a mi lado, no te saludé porque iba muy distraído, y unos segundos después todo ¡Pum! Creo que fue un terremoto.
—Sí, apenas te di la espalda cuando sentí el temblor y después se derrumbó el techo, pero, aquí no hay terremotos.
—En realidad sí hubo uno, hace mucho y fue poco, de echo, ya van varios. Uno en Córdoba fue grande. Aún sabiendo eso a mí me cuesta creerlo, ¿pero qué otra cosa puede ser esto? Fue demasiado ruido, no fue solo en este edificio. Patricia,¿estás bien, hay algo que te duela mucho?
—Me duele el codo derecho un poco pero creo que es un golpe nomás, y la cabeza, me la golpee al intentar levantarme, mas no es mucho.
—¿Puedes mover los brazos y las piernas? ¿Cómo sientes las costillas?
—Puedo moverme. ¿Me prestas el celular?
Patricia se iluminó las piernas y el abdomen, no había manchas de sangre. Ella vestía un pantalón de tela jean y una camisa manga corta.
—¿Todo bien? —preguntó él.
—Sí. Teniendo en cuenta lo que pasó, estoy muy bien.
—Que bueno. Tuvimos suerte. Me parece que hay que apagar el celular por un rato, para ahorrar batería, ¿te parece?.
—Sí, hazlo. Ahora la oscuridad no me asusta porque estás aquí, pero no dejes de hablar.
—Hay que pensar qué hacemos ahora. No hay nada de señal, no podemos hacer una llamada.  ¿Dónde está tu celular? Estaría bueno hacerlo funcionar, por la luz.
—Está aquí, tantea mi brazo.

Marcelo estiró demasiado la mano y al tocar algo blando la retiró enseguida. Ella no dijo nada, aunque le había tocado un pecho. En la oscuridad y en la posición en la que se encontraban era de esperarse un accidente así. Cuando él retiraba su mano encontró el brazo de ella, y a continuación el celular. Estaba muerto.

—No enciende, pero no importa, el mío debe tener batería para rato, y tengo un encendedor, pero prefiero no usarlo porque en casos así no se recomienda encender cosas.
—¿Por si hay alguna fuga de gas?
—Sí, o nafta. Estamos en un estacionamiento. Por suerte no había casi ningún auto.
—El mío debe estar aplastado. Como vivo en un apartamento sin estacionamiento cerrado rento un lugar aquí. Mi apartamento está a una cuadra. 
—Por lo menos tenías uno. Yo cuando manejo son camionetas del trabajo. No tengo auto. Aquí estaba conduciendo uno que alquilamos con el ingeniero...

Recién ahí Marcelo se acordó del ingeniero Márquez, su patrón. Este se hallaba en el hotel en el momento del terremoto, en el piso doce.

—¿Qué pasó? —preguntó Patricia.
—Nada, es que recién ahora me acordé del ingeniero, de Márquez, es mi patrón. Vine con él a Buenos Aires, él estaba arriba.
—¿Crees que todo el edificio se derrumbó, que estamos bajo todos los escombros? —lo interrogó ahora ella, con la voz angustiada.
—Sobre esta parte no creo que se haya derrumbado todo, sino esto hubiera colapsado completamente y ni este espacio tendríamos. Los edificios cuando caen lo hacen hacia algún lado, no cae todo sobre la base. Por eso no creo que esté sobre nosotros.
—Dijiste que viniste a Buenos Aires con él, ¿de dónde eres?
—De Uruguay, de departamento de Artigas, allá al norte.
—¡Vaya, un uruguayo! ¿Tú también eres ingeniero?
—No, perito agrónomo nomás.
—¿Entonces tu patrón era ingeniero agrónomo?
—Sí, tiene muchas plantaciones en el norte de mi país. Ahora estaba por asociarse a unos empresarios argentinos, por eso estábamos aquí. Se nos iba a unir un abogado de allá también pero ahora... ¡Que diablos! Esas cosas que importan ahora.
—Sí, seguramente no nos salvaremos —comentó amargamente ella.
—No lo decía por eso. Nosotros vamos a salir. Esto está bien sólido. Y dime, Patricia, ¿a qué te dedicas? Si se puede saber.
—Estoy ayudando a una amiga que tienen un gimnasio. Todavía no me recibí de profesora de educación física pero solo me falta un año.
—Una profesora de gimnasia. Con razón eres tan elegante.
—¿Cómo lo sabes si apenas me viste pasar? ¡Ah! Te volviste para mirarme la cola.

Él quedó en silencio, lo había descubierto. Además de linda era inteligente. Ella se sintió un poco extraña por estar diciendo algo así en una situación tan mala. Haciendo una introspección comprendió que realmente se sentía más segura al lado de él, y que en parte había hecho aquel comentario por los mismos nervios. Pero de todas formas le preocupó lo que pensara él. No lo veía pero sentía su proximidad, y le agradaba. 

—Estoy bromeando —le aclaró ella, para romper el silencio y reparar el desliz—. Te agradezco que hayas venido hasta aquí, Marcelo.
—¡Jaja! Me dejaste sin palabras. Solo hice lo que cualquiera hubiera hecho. Patricia, ¿confías en que las autoridades de aquí se muevan rápido para hacer rescates?
—Para nada. Seguramente nunca se plantearon una situación así, y aquí todo es deficiente.
—Eso estaba calculando, y temiendo. Si pasara en mi país sucedería lo mismo. Creo que vamos a tener que salir por nuestros medios. Hay que ver qué hay a tu espalda. Por donde vengo no hay salida. Voy a encender el celular.

Ella acomodó el cuerpo para darle paso y tuvo que cambiar de lugar algunas bolsas que estaban a su alrededor. Marcelo se arrastró por el piso frío. Ella lo escuchó alejarse y después volvió a sentir miedo. La luz del celular se perdió en la estrechez del lugar y Patricia dejó de oírlo. Se estaba angustiando cuando lo sintió regresar.

—Hay una salida —le informó Marcelo—. Patricia, ¿qué llevas en esas bolsas?
—Dos botellas de agua y comida, unos enlatados, naranjas. ¿Las llevo?
—Sí, yo te ayudo. Si el terremoto fue tan grande como imagino los alimentos pueden escasear, y quién sabe cuándo viene la ayuda. Ahora vamos. Es estrecho pero da para pasar.

Salieron de la oscuridad para contemplar el peor escenario que vieron en sus vidas. Cuando se irguieron miraron en derredor y después se miraron entre ellos, asombrados. Los edificios estaban completamente destruidos y se reducían solo a montones de escombros. Las calles y las veredas tenían enormes grietas y estaban levantadas en algunas partes y hundidas en otras. Había incendios, columnas de humo, y en la irreconocibles calles avanzaban dificultosamente personas cubiertas de polvo hasta la cabeza, con las ropas todas blancuzcas y manchadas de sangre en algunas partes. Al mirar atrás vieron que todo el hotel se había volcado y despedazado hacia el otro lado, como había imaginado Marcelo.

Patricia se impresionó tanto que por un momento sintió que las piernas le iban a fallar y se abrazó de Marcelo. Él la sostuvo y siguió mirando en derredor. Su aguda mente enseguida captó algo; para el grado de destrucción que mostraba la ciudad, había demasiada gente viva en la calle. Ese pensamiento le pareció muy negativo, pero no se explicaba como tantos habían tenido buena suerte dentro de la desgracia. Sabía que un terremoto la mayoría de la gente sobrevive por más fuerte que este sea, pero la devastación que veía no tenía igual. ¿Y cómo podía haber ocurrido un terremoto tan grande en una ciudad que no está sobre una falla conocida? ¿Acaso el planeta estaba tan descontrolado? Al mirar hacia arriba se asombró de nuevo; Patricia levantó la vista también, y se agarró más fuerte de Marcelo.

El cielo lucía espantoso: unas nubes colosales se arremolinaban violentamente mientras otras delgadas que tenían forma de tornado pasaban retorciéndose entre las primeras y al obtener material de las otras con sus giros iban engrosando mientras otras similares comenzaban a formarse. Todos los que miraban hacia arriba se aterraban, y Marcelo sintió algo más intenso incluso porque él sabía que esas nubes eran imposibles, no correspondían a ninguna formación conocida. ¿Nubes desconocidas sobre una ciudad afectada por un terremoto casi imposible? Algo estaba muy mal.
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6 comentarios:

  1. Vaya, vaya, un extraño fenómeno unió a dos desconocidos que probablemente, jamás habrian pensado en solo cruzar unas miradas y ya. Pero que serán esas nubes, acaso serán ovnis o si serán nubes pero que están a punto de descargar toda su furia. Con esta hjstoria recordé el terremoto que ocurrió recientemente en Ecuador. Pobre gente, pero la situación del planeta es cada vez peor, y como había dicho antes, uno de esos podria ocurrir si seguimos así. Al menos salió algo bueno para Marcelo y Patricia, se conocieron y ahora hay química. No tendrá continuacion verdad?. Pero bueno, espero que salgan de ese lío. Una estupenda, atrayente e interesante historia master!. Espero que esos dos puedan salvarse y llegar a algo más. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

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  2. Esto es el primero capítulo de una novela corta que pensaba publicar como ebook. Hasta ahora no decidí su subo otro capítulo. Lo mejor viene mucho después, pero esas partes no pienso subir. Voy a ver qué hago. Muchas gracias, Ongie. Saludos.

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  3. Buenísimo me atrapó desde el principio....me imagine el terremoto del 85 en México...sin palabras..muy bueno!!

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  4. Gracias. Al escribir esta historia no pensé en ningún hecho real. El terremoto de mi historia no es natural y más adelante en la trama queda más que claro eso. Y lo publiqué ahora por varias razones (principalmente porque se me estaba agotando la reserva de cuentos ¡Jaja!) que nada tienen que ver con lo que está pasando en algunos lados. Lo aclaro por las dudas. Saludos!!

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  5. Gracias ya la encontré, pero me queda la duda que fue lo que pasó, cómo siempre Jorge me encanta lo que escribes

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  6. Todos quedaron con la duda, aunque doy varias pistas ¡Jeje! Muchas gracias por comentar. Saludos!!

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