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miércoles, 27 de abril de 2016

Viaje Al Desierto

Con Yolanda habíamos viajado por todo el mundo y los dos éramos aventureros. Era la segunda vez que visitabamos Egipto pero el río Nilo igual pudo deslumbrarme de nuevo. Nos alojamos en la parte más vieja del Cairo. Desde un balcón vi el brillo del más largo de los ríos ensanchándose allá abajo con toda su majestuosidad. Por su caudaloso cause se deslizaban algunos botes con velas y otras embarcaciones mayores. Yolanda, que estaba desempacando las maletas, fue hasta donde me encontraba y abrazados contemplamos aquella maravillosa vista. Después, la visita a las pirámides fue una obligación. Podría ir mil veces a ese lugar y no dejaría de asombrarme. Andábamos junto a un montón de turistas, sin embargo unos locales lograron ver algo en nosotros que indicaba que nos gustaría conocer algo más...

Dos hombres y una mujer se acercaron a ofrecernos un recorrido que se salía de lo corriente y que no era para cualquier turista, que era solo para los aventureros. No desconfiamos de nada porque sus otros clientes andaban con ellos para afinar los detalles. Era un grupo como de veinte y de distintas nacionalidades. Eso inspiraba confianza porque me pareció que sería una locura hacer algo contra tanta gente, por eso no temimos algún robo o cosa así, aunque la propuesta era bastante misteriosa. Nos anotamos enseguida. Partíamos al otro día por la madrugada. Era de noche cuando atravesamos aquella gran ciudad en taxi. Yolanda no me soltaba el brazo y se podía sentir su emoción. El recorrido por la ciudad se nos hizo interminable porque queríamos comenzar aquella aventura ya. Al alcanzar el lugar acordado los otros viajeros ya estaban allí. Pagamos nuestra parte con gusto a pesar de que era bastante caro y poco después el viaje comenzó. Íbamos en varios vehículos todoterreno.

Cuando nos adentramos en el desierto comenzó a amanecer y vimos un espectáculo grandioso de sombras y luces alternándose en las ondulaciones de las dunas. Más avanzada la mañana el paisaje se volvió monótono pero cada tanto nos cruzábamos con alguna pintoresca caravana de camellos. Cerca del mediodía hasta yo estaba cansado del viaje. Yolanda dormitaba en mi hombro, cada tanto despertaba limpiándose el mentón, me preguntaba si faltaría mucho y después seguía durmiendo. Como no habíamos desayunado comimos algo durante el camino. Cuando todo el desierto era un horno llegamos a un oasis y allí pudimos estirar las piernas. Nuestros guías prepararon una comida tradicional y pasamos un buen rato compartiendo con los otros viajeros. Nuestro destino eran las ruinas de unas pirámides pequeñas supuestamente recién descubiertas, un destino exclusivo que ningún forastero había pisado todavía. Mientras comíamos observé a los organizadores y a los que hacían de chóferes. De pronto me di cuenta de algo que tenía que haberme resultado obvio. Como todavía no íbamos a partir di un pequeño paseo con mi esposa. Caminábamos bajo la sombra de unas palmeras espléndidas. Miré disimuladamente sobre mi hombro y al estar seguro de que estábamos solos le comenté:

—Creo que nuestros guías son unos modernos saqueadores de tumbas.
—Pero Claudio, eso ya no existe —desestimó mi idea Yolanda—. Si fueran eso no llevarían a gente extraña hasta el lugar.
—Podrían sí. Tal vez ya saquearon el lugar y ahora quieren sacarle más provecho llevando turistas. Con unos pocos viajes, incluso solo con este van a hacerse con una buena suma.
—¡Ay! Creo que tienes razón. ¿Crees que corramos algún peligro con ellos? —me preguntó preocupada mirando hacia atrás.
—No creo, no les conviene. Solo se me ocurrió y te lo dije. Volvamos con el grupo.

La pequeña caravana de todoterrenos se adentró de nuevo en el desierto. El día al languidecer hizo otro espectáculo de luces y sombras hasta que el cielo quedó gris y las sombras dominaron todo. No me gustó nada que el viaje siguiera por la noche porque no íbamos por un camino y me pareció que era muy imprudente, aunque los vehículos tenían luces muy potentes. Al preguntarle a uno de los que nos llevaban me dijo que todo estaba planeado, que era mejor conocer el lugar de noche porque sería más emocionante. “Más emocionante y así se aseguran de que no sepamos bien dónde está el lugar”, pensé. Por una mirada que nos cruzamos con mi esposa supe que ella pensaba lo mismo. No importaba, y tal vez sí sería mejor. Finalmente llegamos al lugar.

Habían instalado un campamento y varios tipos salieron a recibirnos. No me gustó mucho que ahora ellos fueran más que nosotros. Sin dudas eran los que habían excavado el lugar. Más allá de unas carpas la luna creciente dibujó en el oscuro del cielo el contorno de una pirámide pequeña. Volvimos a estar emocionados. Habían abierto una entrada por un costado y la estaban custodiando dos hombres. La vestimenta que llevaban los ayudó a ocultar sus armas pero igual lo noté y mi esposa también porque en ese momento me apretó más el brazo. Le susurré que todo estaba bien, que era de esperarse. Deduje que todavía no terminaban de explorar toda la pirámide y que por eso la seguridad. La entrada estaba iluminada con antorchas, todo muy rústico. Para iluminarnos nos repartieron algunas a nosotros diciendo que así sería mejor. “Y más barato”, pensé. Ya comprendía bien el asunto. El saqueo no les dejaba dinero de inmediato, se le estaban terminando los recursos y buscaron una forma ingeniosa aunque arriesgada de financiarse. No importaba, a nosotros nos daba lo mismo. Entramos a la pirámide.
Las antorchas ciertamente hacían más fantástica nuestra incursión en aquel mundo cerrado a los hombres vivos por tanto tiempo.

 Avanzamos por un pasadizo angosto que tenía montones de arena en los costados. Se sumaban las pruebas de que los tipos no eran arqueólogos. Nos hicieron notar unos jeroglíficos que había en uno de los costados y uno de los guías nos dijo lo que supuestamente interpretaba de aquellos signos. Sin dudas estaba improvisando en el momento. Las llamas de las antorchas dibujaban algunas expresiones extrañas en las caras de todos mientras seguíamos rompiendo aquellas sombras milenarias. El lugar había permanecido mudo por tanto tiempo que cuando alguien hablaba eran pocas palabras porque el silencio quería imponerse allí. Esas fueron las impresiones que tuve mientras avanzamos por aquellas entrañas de piedra. Desembocamos en una cámara bastante amplia. Los turistas emitieron algunas exclamaciones de asombro. En las paredes había magníficos jeroglíficos de vivos colores. El lugar era asombroso pero estaba vacío. Nos miramos con Yolanda pensando en lo mismo. Ya habían vaciado el lugar. 

Una de las mujeres de nuestro grupo se había separado un poco hacia la pared del fondo y su antorcha descubrió el comienzo de otro pasadizo. Cuando les preguntó a los guías qué había por allí los vi mirarse entre sí sin poder disimular su asombro. Sin contestarle aún a la mujer curiosa, uno de ellos fue hasta allí e introdujo su antorcha en aquella boca cuadrada como verificando que realmente era otro pasadizo. Evidentemente nunca lo habían visto. Después dijo que era un pasadizo que todavía no limpiaban bien, y acto seguido le habló en su lengua natal a los otros. Sin decir más, dejaron solo a uno para que nos llevara de regreso mientras el resto, que eran tres, se adentraron en la zona inexplorada, ávidos por ver qué había. Sin duda eran los líderes del saqueo. Desandamos el camino con las llamas que nos iluminaban empequeñeciéndose, chisporroteando y haciendo amagues de apagarse. Eso hizo más horribles la serie de gritos y rugidos siseantes que sonaron de pronto detrás de nosotros. Todos nos volvimos asustados. Agarré fuerte a Yolanda. Algunos gritos eran humanos, otros evidentemente no. Pasado el primer instante de susto salimos corriendo en tropel hacia la salida. Antes de alcanzarla nos cruzamos con algunos de los saqueadores que escucharon los gritos e iban hacia ellos. Al alcanzar el exterior vimos que todos los habían escuchado pero no pensaban seguir a los primeros; salieron disparados rumbo a los vehículos. 

Comprendí que había que hacer lo mismo y le grité a nuestros compañeros de viaje que se subieran y condujeran ellos mismos. Desde la pirámide ahora brotaban nuevos gritos y aquellos desconocidos iban avanzando porque se oían con mayor claridad. Por suerte habían dejado las llaves puestas. Subí al asiento del conductor, Yolanda en el de al lado, y atrás tomó lugar apretujándose toda una familia que eran cinco. Iba a arrancar cuando una brazo rápido como una serpiente se metió por la ventanilla y me apretó la garganta. Al girar la cabeza me sentí aliviado al ver que solo era un hombre, uno de los saqueadores. Con la mano derecha me libré de su agarre tomándole la suya por el pulgar y torciéndola hacia un lado, y con la izquierda le golpeé la cara con el talón de la mano. Fue justo a tiempo porque otros ya estaban casi sobre nosotros para bajarnos del vehículo. Habrán hecho eso por desesperación, porque en los otros había lugar. Arrancamos y atrás quedó una confusión de vehículos que partían, gente peleándose por subir a otros y unas figuras extrañas que surgían por montones de la boca abierta de aquella pirámide infernal. 

En la huida tuve claro que en aquella circunstancia no podíamos seguir a los saqueadores. Me arrimé a uno de los todoterrenos que iba con turistas y les grité lo que pensaba pero no me siguieron, intenté con los otros pero fue lo mismo. Ya bien lejos de la pirámide nos separamos y después vimos como sus luces se perdían en una loma oscura. Naturalmente, nos perdimos, pero al otro día, poco después de quedarnos sin combustible pasó por nosotros una caravana de camellos y nos salvamos sin mayores inconvenientes. De los otros viajeros no se supo más. Algunos habrán muerto en el terror de la pirámide y al resto los desaparecieron los saqueadores que lograron escapar.       

5 comentarios:

Ongie Saudino dijo...

Ufff, de la que se salvaron!. Parece que tenemos un caso de zombies o momias antiguas que se levantan de sus tumbas y desaparecen a turistas que realizan excursiones para aventureros. Generalmente estos seres se extienden por todo Egipto, es decir, causan desastres, muertes y desgarcias para los egipcios, algo así como los zombies. Pero, en realidad, ¿que habrán sido esos seres?. Ya se que no se sabrá, porque está relatado dn primera persona, si master, no olvido lo que me dices, jajaja!. Pero lo bueno fue que lograron sobrevivir, y que suerte que no siguieron explorando porque los saqueadores no los dejaron. Pero si hay que tener cuidado con esas excursiones, no vaya a ser que ocurra algo parecido, pero tampoco hay que confiar mucho en quienes ofrecen esas clases de aventuras... Una muy buena y atrayente historia amigo, me tomó por sorpresa la parte de los gritos, creí que iba a ser de esas historias de aventuras solamente y que sus personajes la pasarian en movimiento contra los saqueadores. Estupenda historia master!. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

Anónimo dijo...

Hola, Jorge. Parece ser el principio del fin...

Belén Duran dijo...

Super ... me encanto !!!!

Anónimo dijo...

Muy buena historia tocayo me gusto mucho sabes que me gustan las historias con parajes desolados y antiguos.Y no perdiste tiempo en meter tu estilo de boxeo callejero al final jeje genial esta.Saludos.Willy

Jorge Leal dijo...

¡Jeje! Sí, en esa situación era más útil la palma. Gracias Willy. ¡Saludos!

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