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miércoles, 25 de mayo de 2016

Los Seis

El muerto estaba tendido boca arriba en una mesa metálica y el doctor Ramírez se encontraba parada a un lado de él. Ramírez tanteó el esternón del muerto con la mano izquierda y después le hizo un corte largo con el bisturí que tenía en la derecha. Acostumbraba hacer las autopsias escuchando música clásica con unos auriculares, por eso no escuchó lo que sucedía detrás de él.

martes, 24 de mayo de 2016

Seres De La Noche

Raúl deseaba que pasara algún vehículo aunque sabía que ninguno lo iba a levantar. Estaba resignado a caminar toda la noche pero deseaba algo de luz, que aunque fuera por un momento aquel camino se iluminara alejando las tinieblas que parecían meterse en sus ojos.

sábado, 21 de mayo de 2016

Un hombre Civilizado

A Bill le quitaron todo menos sus ganas de vivir y sus conocimientos. Él hacía varios días que viajaba por el desierto. Había hecho su travesía con bastante comodidad porque además de su caballo tenía una mula que había cargado con muchas cosas. Se detuvo a observar los alrededores en una parte donde la huella se adentraba en un cañón. Dos paredes altas en los costados y allá arriba montones de rocas donde esconderse. Pensó que era el lugar ideal para emboscar a alguien pero rodearlo implicaba desviarse mucho y ese día el sol estaba particularmente fuerte. Aquel camino prometía algo de sombra y sus bestias lo necesitaban.
Siguió avanzando con su rifle en las manos. A pesar de su precaución el lugar era demasiado bueno para emboscar. Un disparo de advertencia lo hizo girar la cabeza hacia lo alto para descubrir que lo tenían en la mira. Antes de que pudiera reaccionar le dispararon desde el otro lado y supo que todo estaba en su contra. 

miércoles, 18 de mayo de 2016

Seres Del Bosque

Esteban se detuvo de pronto y con un gesto le indicó a Rómulo que hiciera silencio. Ellos eran primos y estaban paseando por el bosque que había en la propiedad de Rómulo. Los primos no podían ser más diferentes: Rómulo era un hombre de negocios rurales y su mundo giraba en torno a las cosechas, el precio de algunos productos y la tierra; Esteban era aficionado a lo que muchos llamarían ficción, era un investigador de lo paranormal y todo lo que no cayera dentro de lo común, y vivía de una revista de ciencia ficción que él y unos amigos escribían. Para Rómulo su primo desperdiciaba su inteligencia, mientras Esteban consideraba aburrida la vida de Rómulo. Mas si discutían sobre esos temas era siempre con respeto y cada uno tenía esperanzas de inclinar al otro hacia su mundo.
A veces se reunían en la ciudad, otras en la propiedad del empresario agrícola. En esta ocasión se encontraban dando una caminata por el bosque luego de almorzar.

Después de detenerse y hacer que su primo guardara silencio Esteban sacó una libreta de su abrigo, buscó el sol con la mirada, consultó un GPS, anotó algunas cosas y después, haciendo un nuevo gesto para que se mantuviera en silencio, le mostró a Rómulo parte de lo que había escrito, y era esto: “El árbol que tengo detrás de mí ayer no estaba en este lugar. No lo mires directamente, mira en derredor como si buscaras algo en el bosque”. Su primo siguió sus instrucciones y tuvo que hacer un esfuerzo para no demostrar que se había impresionado. Si Esteban no se lo hubiera hecho notar él no se hubiera dado cuenta, pero al tener aquel dato enseguida supo que efectivamente aquel árbol antes no estaba allí. Siguieron como si nada, disimulando, y así volvieron a la casa. Apenas cerraron la puerta Rómulo le preguntó:

—¿Qué era esa cosa? Me pareció que hasta le vi un ojo, y ayer no estaba ahí.
—Creo que se trata de una especie de troll. Tienen el mejor disfraz porque la gente no le presta atención a los árboles. Yo me di cuenta porque siempre voy atento a eso, y no es el primero que veo.
—¿Y si ya los has visto por qué no lo demuestras y así te haces famoso?
—Y de qué me sirve eso —le dijo Esteban encogiéndose de hombros—. No me interesa demostrarle al mundo que existen, solo quiero saber más sobre esos seres. Demostrar que existen sería liquidarlos a todos.
—En eso tienes razón. Y bueno, ¿este es peligroso o no?
—No... pero podría serlo. Si por accidente lo descubrieras al darle un hachazo o algo así seguramente sería tu fin, de hecho, por eso ser leñador sigue siendo uno de los trabajos más peligrosos del mundo; hay muchos “accidentes” con ramas que caen desde lo alto. Pero si no se los molesta no te hacen nada.
—¡Vaya, que increíble! —se asombró Rómulo mientras se servía un trago para calmarse y le ofrecía uno a su primo—. Y yo que creí que te pasabas la vida persiguiendo cosas que no existen. Vaya, un troll en mi bosque...
—Y probablemente también haya otros seres --afirmó Esteban al tiempo que le aceptaba el vaso--. Por la actividad del hombre se mudan de un bosque a otro en grupos variados. 
—Si hay más de esos seres raros quiero verlo.
—¡Ah! Ahora te interesa. Disculpa, ¿qué era lo que opinabas sobre estos temas?
—Estaba equivocado, lo reconozco, tenías razón.
—Es bueno escuchar esas palabras de un escéptico. Esta noche va a salir la luna llena. Con paciencia y surte tal vez veamos algo. 
—Que emocionante. Me gustaría contárselo a Sofía.
—¿Quién es Sofía?
—¿No te hablé de ella? La conocí el otro día en el camino. Cuando la veas se te va a caer la mandíbula. Es bellísima, es radiante, exuberante... Nos cruzamos varios días en el camino, cuando doy mis paseos. Es algo que está en la primer fase pero va bien encaminado.
—Como que te pegó fuerte. Y en la familia decían que el enamoradizo soy yo ¡Jaja!
—Todos caemos tarde o temprano. Brindemos por eso, y por ver más seres del bosque.
—Que así sea. 

Bastante avanzada la noche caminaron bosque adentro. Para que no quedaran dudas volvieron al lugar exacto donde estuvieran por la tarde, y como Esteban esperaba, el troll se había movido del lugar. Después se alejaron de esa zona y siguieron explorando el bosque que se mostraba iluminado y sombrío a la vez. Avanzaban sin hablar y procurando no hacer ruido. Cada metro era emocionante porque iban atentos y llenos de expectación. ¿Qué seres iban a ver, con qué se iban a encontrar? Pasaban de las zonas iluminadas por la luna a zonas llenas de sombras. Esa competencia entre la claridad y la oscuridad le daba un tono fantástico al lugar. Al alcanzar un manantial que surgía en un claro se escondieron entre unos arbustos a esperar. Esteban le había dicho que los lugares así atraen a varios seres, y que si tenían paciencia tal vez verían a algunos. Habían llevado unos ponchos para soportar el fresco de la noche, y esos abrigos también los camuflaban. Empezaron una larga espera sentados entre los arbustos. La luna llena fue cruzando por todo el cielo hasta que quedó sobre sus cabezas.

Rómulo empezó a bostezar y a amodorrarse cada vez más. Había perdido contra el sueño cuando la mano de su primo le movió sutilmente el hombro para despertarlo. Cerca de ellos había risas femeninas. Sonaban muy alegres, divertidas y delicadas a la vez. Rómulo se sorprendió pero Esteban solo sonreía. La algarabía venía del manantial. Los dos espiaron entre las ramas. Cinco mujeres increíblemente bellas se deslizaban por las aguas o sacudían los pies sentadas en la barranca. Eran ninfas del bosque. Rómulo le apretó un brazo a su primo y giró el rostro hacia él muy pálido. Esteban comprendió inmediatamente. Una de aquellas ninfas era Sofía. La sorpresa de los dos las alertó, y cuando ellos volvieron a mirar habían desaparecido.     

martes, 17 de mayo de 2016

El Precio De La Fruta

Javier y Verónica paseaban por el magnífico huerto que era de la familia de ella. Al pasar por un ciruelo cargado de frutas Javier arrancó una, la restregó en su ropa para limpiarla, y cuando la fue a morder Verónica se lo impidió dándole un manotazo que hizo volar la ciruela y lo dejó sorprendido:

—¿Y eso qué fue? —le preguntó Javier—. Me alcanzaste a pegar...
—¡Ay!, disculpa, pero es que ibas a comer esa cosa estando sucia. 
—Que exagerada. Ustedes acá no deben usar pesticidas ni nada, ¿no?
—No, no se usa nada.
—Entonces, ¿puedo juntar algunas para después lavarlas? Me encantan las ciruelas, me encantan todas estas frutas.
—¡No arranques ninguna! ¡Ay! Disculpa de nuevo. Vamos para adentro y ahí te sirves lo que quieras.

Verónica prácticamente lo arrastró hasta la casa. Él la notó algo nerviosa y la vio mirar sobre su hombro hacia el huerto. ¿Qué significaba eso? Él estaba visitando a la familia de ella por primera vez. Pasar unos días allí ya era difícil para Javier porque ellos eran ricos y él solo un obrero. Al comer se sentía incómodo frente a todos aquellos cubiertos de plata, y aunque ella le había enseñado para qué era cada uno le costaba recordarlo. Sus suegros se mostraban simpáticos y muy amigables, aunque él alcanzó a notar algunas miradas que se cruzaban cuando él miraba algo desconcertado un plato desconocido para él. Eso no lo molestaba, bastante agradecido estaba con que lo recibieran bien. Pero ahora estaba esa actitud de Verónica. ¿Por qué no quería que arrancara frutas del huerto? Era una tontería pero lo dejó curioso. En la casa había mucha fruta pero evidentemente ninguna era del fondo, eran del mercado. Eso fue de mañana. Después del medio día dieron otro paseo y él notó que ella ahora lo vigilaba. Para probarla Javier de pronto tomó una manzana con su mano como si la fuera a arrancar y ella abrió la boca a punto de gritar. Él apartó la mano de la fruta y le preguntó:

—¿Qué cosa tienes con estas frutas? Dime la verdad, ¿qué pasa aquí? Vamos, soy yo.
—Está bien. Vamos a otro lugar y te lo digo.

Solo cuando estuvieron en el frente de la propiedad, lejos de los árboles, ella fue y le dijo:

—El huerto está custodiado por duendes, es de ellos. No me mires así, tú querías la verdad. Empezó desde la época de mis abuelos. Cuando compraron esta propiedad los árboles ya estaban ahí. Naturalmente mis abuelos empezaron a utilizar las frutas, y ahí comenzaron los robos. Primero creyeron que se trataba de algún intruso, después se sospechó de la servidumbre, y ahí temo que se cometieron algunas injusticias. Cuando solo quedaron los más leales mi abuelo buscó otras explicaciones. De casualidad encontró una relación entre las frutas tomadas del huerto y los robos. Esos duendes cobraban muy caro sus frutos. Cada ciruela era una moneda de oro, un racimo de uvas podía ser equivalente a un collar de perlas, y un experimento que hizo mi abuelo al arrancar una manzana enorme le costó un enorme rubí con forma de corazón que mi abuela atesoraba. Cuando ya no hubo dudas sobre el asunto y hasta se llegó a ver a los duendes pensaron en abandonar todo esto mas al final se quedaron. La desaparición de objetos se detuvo completamente al ya no tomar nada del huerto. ¿No me crees?
—Sí te creo, pero me quedé impresionado. Vaya historia, duendes... 
—¿En serio me crees? Yo nunca te mentiría.
—En serio, de veras.

Pero en el fondo Javier no le creía. Pasó el resto del día preguntándose cuál sería la verdad detrás de aquel cuento. No dudaba del amor de Verónica pero creía que esa historia no podía ser cierta, tenía que tratarse de algo más. 
Sin preguntarles nada, los padres de ella los habían puesto en habitaciones separadas. Cuando se levantó a desayunar se encontró con que Verónica había salido junto a su madre e iba a volver recién al mediodía. Javier aprovechó esa oportunidad para hacer un pequeño experimento. Vagó un rato por el huerto hasta que finalmente se detuvo delante de un manzano. Enseguida llamó su atención una manzana enorme y muy roja que colgaba de una rama baja. La fruta se veía deliciosa y estaba tan a mano. Miró hacia todos lados, la arrancó y le sacó brillo en su camiseta para a continuación comerla. Mientras la achicaba a mordiscos miró varias veces en derredor. Ni rastro de los duendes ni de nada que se les pareciera. “Puro cuento todo lo que me contó”, pensó. 

Cerca del mediodía ella regresó y almorzaron todos juntos. El día transcurrió normalmente. Nadie pareció hallar falta de algo. Javier pensó que si por la mañana no había novedades eso iba a confirmar que ella le mintió. Pero al pensar en eso no se explicaba por qué. Por la noche él temió haber hecho algo imprudente. ¿Y si desaparecía algo y ella se daba cuenta de que fue culpa de él? Muy temprano por la mañana lo despertó un grito de terror. Salió corriendo hacia los gritos y vio que salían del cuarto de Verónica. En el corredor se cruzó con el padre de ella. Los dos irrumpieron en la habitación. La que estaba gritando era la madre. Verónica se encontraba tendida boca arriba, estaba con los ojos muy abiertos y en el pecho tenía un gran hueco. Javier en su horror recordó la forma de la manzana. 

Entre Colmillos

Alex, Ben y Christian habían desafiado una montaña. Eran esquiadores muy experimentados pero tentaron mucho su suerte y en un lugar muy malo. Al atardecer bajaron lo suficiente como para encontrar un camino que la nieve todavía no ocultaba del todo. Alex y Ben iban sosteniendo el peso de Christian en sus hombros porque él tenía una pierna quebrada. Al hacer una pausa observaron el paisaje que los rodeaba. Las puntas blancas de las montañas que los rodeaban se habían puesto anaranjadas con los últimos rayos del sol, mientras más abajo los bosques estaban quedando negros y los unía una bruma helada que se extendía por todo como un gran fantasma.

sábado, 14 de mayo de 2016

El Lago

Recuerdo que abrí unas ramas y apenas vi la superficie del lago me recorrió el cuerpo como una ola de frío. El cielo estaba gris pero no justificaba que el agua fuera tan oscura. Terminé de salir del monte y contemplé aquella superficie que se movía inquieta. Era un lago redondo y bastante pequeño sin vegetación acuática en las orillas, que estaba completamente rodeado por un campo gris que era delimitado por todos lados por un monte oscuro. El monte enseguida se elevaba evidenciando que todo el lugar era una especie de cuenca, algo como un cráter. De pronto me sentí desanimado y no me imaginé pescando y divirtiéndome como tenía planeado. Adiós mi entusiasmo. Detrás mío Fabián se quejaba de que el monte no lo dejaba avanzar.

jueves, 12 de mayo de 2016

Refugio De Amor

Fabricio se detuvo en el límite del bosque para observarla. Amanda se encontraba parada al lado de su auto hablando por celular y mirando hacia arriba como si buscara algo en el cielo. Ella tenía puesto un traje formal que le daba aspecto de bancaria o secretaria ejecutiva del más alto nivel, y tenía el pelo negro, lacio y algo corto pero con mucho volumen. Fabricio se miró los pantalones y la camisa. Le hubiera gustado estar más presentable pero acababa de cortar leña...
Tenía el hacha en el hombro y así salió al camino. Ella demoró bastante en notarlo y cuando lo hizo pareció muy sorprendida. Él dejó el hacha en el suelo antes de saludar: 

—Buenas tardes. ¿Necesitas ayuda?
—Hola. Corté por este camino y mi auto se detuvo y no quiso arrancar más —le respondió ella, y después de echar un vistazo a la herramienta en el suelo miró hacia el camino y agregó—. Pero ya avisé y está por venir la ayuda, ya deben estar muy cerca, creo que hasta los oigo. 
—Qué oído más fino tienes, porque yo no escucho nada, y eso que mis conocidos dicen que tengo oído de perro ¡Jaja! Solo iba a ofrecerme para revisar el vehículo. Que pases bien.

Fabricio se alejó tranquilamente. Pensó que ella había mentido pero era más que comprensible. Estaban en una zona muy aislada y él tenía un aspecto que parecía inspirado en un oso. Como confiar a primera vista en un hombre que podría someterla con una sola mano. Por su parte ella quedó un poco mal por juzgarlo tan apresuradamente y porque él se dio cuenta. Además necesitaba urgentemente que repararan el vehículo. Entonces lo llamó gritándole: ¡Señor! ¡Señor...!Fabricio volteó y después volvió a donde estaba ella. Amanda sonrió algo nerviosa y se sinceró:

—No viene ninguna ayuda. Tal vez usted vea qué tiene...
—Con gusto. Debe ser alguna conexión eléctrica que se aflojó. 
—Creo que hay una caja de herramientas en el portaequipaje.
—¿No estás segura? 
—Es que este coche no es mío, es del Estado.
—Ah. Vamos a ver entonces. 

Sí había herramientas y él se puso a revisarlo. Amanda caminaba de un lado a otro y por momentos parecía que no iba a poder reprimir más un llanto que quería ahogarla. Para no desesperarse más decidió hablar con el que la estaba ayudando:

—¿Usted es de por aquí? —le preguntó.
—Sí, pero no me llame de usted, soy Fabricio.
—Amanda, encantada —se presentó ella estrechándole una mano inmensa y dura. En ese momento reparó en los ojos de él. Se notaba que era un hombre bueno y amable.
—Pues sí, vivo por aquí, hacia allá, que es por donde nací, aunque casi toda mi vida anduve de un lado para el otro junto a una compañía maderera que era de mi difunto padrastro. 
—¿Y ahora la compañía es tuya?
—¡Jaja! No, señorita, es de mis hermanastros. Nunca fueron mi familia. Mi madre murió hace muchos años, ya no tengo a nadie —le comentó él mientras seguía inclinado sobre el vehículo—. Pero no me quejo de nada. Esos trabajos me hicieron fuerte, y ya sabes lo que dicen, si no eres inteligente tienes que ser fuerte ¡Jaja! 
—Pero tengo la impresión de que también eres inteligente, ¿no? —le dijo Amanda.

Él la miró para ver si era sincera y al comprobar que era así volvió su mirada al motor.

—Nunca me habían descubierto tan rápido —confesó él—. Sabes, me gusta pasar por no muy listo porque la gente se muestra tal como es cuando creen que son más inteligentes ¡Jaja!
—Sé de lo que hablas, pero ante mí la gente intenta mostrarse más interesantes de lo que en realidad son, principalmente los hombres. Pero son casos opuestos al tuyo.
—Fingen porque eres muy hermosa y quieren impresionarte. No se los puede culpar.
—¿Eso es un piropo? —le preguntó ella sonriendo coquetamente. 
—No, solo dije lo que pienso. Sé que estás lejos de mi alcance.
—No, no lo estoy, y a mí eso me sonó a otro piropo, por eso voy a decir, gracias. 
—Lo voy a aceptar pero por reparar el auto. Tenía una ficha floja. Prueba ahora. 

Amanda lo encendió y andaba perfecto. Se mostró muy contenta pero enseguida una sombra cruzó por su rostro y se puso seria. Pensó un momento y se bajó del vehículo a decirle:

—¿Te parecería raro si te pido que me acompañes ahora? Aunque tengas algo que hacer déjalo y ven conmigo. Todavía no puedo decirte a dónde vamos. Confía en mí.
—No tengo nada importante que hacer y... Está bien, vamos. ¿Puedo llevar mi hacha?
—Claro, ponla atrás.

Y partieron raudamente por el camino. A él le pareció raro pero confiaba en ella y su instinto le decía que estaba haciendo lo correcto. Cada tanto ella miraba hacia arriba y seguido consultaba la hora en su celular. Él conocía muy bien toda la región. Cuando doblaron en un camino que conducía a una base militar ató varios cabos y le comentó a ella:

—No creo que estés preocupada porque llueva, tiene que ser algo mucho más grave. ¿Se nos viene la guerra o alguna catástrofe?
—¿Cómo lo dedujiste? —le preguntó Amanda bastante asombrada.
—Por tu desesperación, por todas las veces que miras hacia el cielo, andas en un auto del Gobierno, vamos a una base militar... Y no debe quedar mucho tiempo porque te dejaron por tu cuenta. Ahora que lo pienso mejor, guerra no debe ser porque igual te enviarían algunos soldados, así que es una catástrofe. ¿Un meteorito?
—¡Oh!, que inteligente eres, en serio, estoy asombrada. Y tienes razón, pero no es solo un meteorito, son muchos, una lluvia de ellos y deben estar por caer en cualquier momento. 
—¿Y que tanto daño calculan que harán? 
—De los humanos van a sobrevivir solo los que estén bajo tierra, en búnkers. Esperemos que el de esta base todavía no esté cerrado. No he podido comunicarme con nadie de ahí. 

Cuando llegaron a un portón lo encontraron cerrado y no había nadie. Amanda recostó la cabeza en el volante y se lamentó:

—Ya lo cerraron. Estamos muertos —después levantó la cabeza para mirarlo—. Pero por lo menos me voy a ir con alguien agradable a mi lado. Estaba desesperada porque temía morir sola.
—Te agradezco que mi compañía te sirva en la muerte pero puede que para ese momento todavía falte mucho. Tengo un búnker.
—¿Qué?
—Te lo explico mientras conduces. El lugar no está tan lejos, volvamos. Era del viejo Wilson. Parecía un campesino cualquiera pero tenía mucho dinero, y un miedo terrible a una invasión zombi. Por eso mandó construir ese lugar. Era secreto, más nadie en la región lo sabe, solo yo porque hice buenas migas con él. Cuando se enfermó no sé por qué se peleó con todos sus parientes, era un tipo complicado. El asunto es que me dejó su terreno a mí. A veces creo que era mi padre. El lugar es inmenso y está repleto de comida, hay energía, mucha agua. Solo tenemos que llegar y estaremos salvados.
—Y yo creí que te estaba salvando cuando solo te he puesto en peligro. Si no fuera por mí ya estarías en tu casa y con el refugio cerca.
—Vamos a llegar. Y no me interesa sobrevivir solo, prefiero terminar así. 
—Y creo que así vamos a terminar. Ya comenzó.
—No importa. Acelera, no es tan lejos.

Las nubes empezaron a quedar anaranjadas y de pronto las atravesaban unas bolas de fuego que bajaban velozmente dejando una línea de humo. Aparecía una aquí, otra más allá, y pronto el cielo estuvo cubierto de bolas envueltas en llamas verdosas que después impactaban contra la tierra con el estruendo de varios truenos. Los dos se creían perdidos pero como todavía no caía nada sobre ellos siguieron. Alcanzaron milagrosamente la propiedad de Fabricio. Él entró a la casa y no mucho después salió de ella con un gato enorme en sus brazos. La primer puerta del refugio estaba en una colina cercana. Después de esa puerta bajaron por una escalera y ahí estaba la del búnker. Fabricio encendió los generadores del lugar y cuando quedó claro ella vio que realmente era grande y estaba bien equipado. Desde allí igual sentían el temblor de la tierra. Amanda se arrimó a él para que la abrazara, los dos lo necesitaban. Fuera ya casi todo estaba envuelto en llamas o destruido. 

miércoles, 11 de mayo de 2016

Exploradores Del Espacio

El planeta entero estaba cubierto por una selva tan densa que la nave no podía descender hasta el suelo. Oliver piloteaba la nave y sus seis compañeros monitoreaban varias pantallas y radares. Sobrevolaban un planeta recientemente descubierto y aún inexplorado. Contaban con todos los adelantos tecnológicos y científicos pero cada nuevo mundo representaba nuevos peligros y este los ocultaba en una selva inmensurable...
Y no era una selva con árboles y hojas. Los seres que podían calificarse como vegetales solo tenían ramas muy flexibles y sin hojas que buscaban las alturas enredándose en otras y desparramandose por todos lados en un caos que parecía hecho de redes de pesca de todos los grosores. En otras partes había bosques enteros de unos seres bastante parecido a los árboles, mas eran animales que hasta podían desplazarse. 

La nave cruzaba rauda por un cielo de nubes muy espesas donde tronaban algunas tormentas  que generaban rayos y relámpagos. Las tormentas por todo el planeta eran tantas que todo aquel mundo crecía bajo sus estruendos, luces y lluvia. Por momentos se despejaban grades zonas del cielo y mientras eso duraba las criaturas del suelo se refugiaban, arrollaban sus partes más sensibles o se cubrían con alguna protección porque el “sol” de allí era muy fuerte. Cuando esa enorme estrella quemaba una parte de ahí se elevaban a la atmósfera cantidades enormes de vapor de agua y eso contribuía a las tormentas. A medida de que los escáneres monitoreaban aquella superficie iban descubriendo todo eso.     Uno de los integrantes del equipo notó algo en su pantalla y se lo comunicó a Oliver:

—Hay algo muy grande que viene volando hacia nosotros.
—¿Intenta interceptarnos? —le preguntó Oliver.
—Diría que no. Para verlo pasar por el frente tiene que disminuir la velocidad.

Oliver bajó la velocidad y un momento después lo vieron. Era un ser bastante parecido a un dragón porque tenía un cuello largo, delgado y flexible. Lo siguieron a una distancia prudente para no molestarlo y vieron a la criatura descender para echarse a descansar sobre la maraña de redes de allá abajo. Lo dejaron tranquilo para seguir la exploración. Después vieron a un ser mucho más curioso. Era enorme, de muchos metros de alto pero con un cuerpo muy delgado como el de una serpiente, mas este ser tenía patas y caminaba erguido sobre dos de ellas que en su base eran extremadamente anchas y con membranas. Usaba esas patas anchas para caminar sobre la maraña entretejida de las plantas. Aquel singular ser corrió como en cámara lenta y después recostó todo su delgado cuerpo en la vegetación para seguidamente introducir su cabeza en aquel enredo, y ahí quedó inmóvil. Era una adaptación increíble. Se confundía con las plantas y acechaba desde arriba a las criaturas que anduvieran en el suelo.   Dando vueltas por ese mundo descubrieron a un ser que quiso incluirlos en su menú. Tres de los tripulantes eran mujeres. Una de ellas advirtió algo que no tuvo tiempo de avisar porque pasó muy rápido, pero apenas sucedió le dijo a Oliver:

—Capitán, nos acaban de arrojar algo con mucha fuerza.
—¿Como para hacernos algún daño?
—No tanto pero sí era muy fuerte. Creo que fue un tipo de roca.
—Pasemos por ahí de nuevo a ver de qué se trata. 

Tenían varias cámaras que filmaban en todas direcciones, sin embargo no lograban distinguir al agresor. Otra roca de varios kilos se hizo polvo contra la nave. Para distinguir al animal tuvieron que usar visión térmica. Aquel cazador estaba perfectamente camuflado. Era otro gigante, y este se asemejaba a un sapo pero por encima de la boca tenía algún tipo de trompa. El extraño extraterrestre fabricaba sus proyectiles con rocas y tenía un buen número de ellas bajo su cuerpo. Los tripulantes sonrieron y se miraron entre si cuando lo vieron buscar otro proyectil con una de sus patas, y con el cuidado de un cazador que tiene una presa enfrente se la metió en la boca y después la disparó por su trompa. Los del equipo se echaron a reír. Los tomaba por un animal volador. Se alejaron para que no gastara todas sus municiones en vano. Era otra adaptación increíble. 

Finalmente hallaron un lugar donde posar la nave. Era la cima de una montaña rocosa. Salieron a contemplar el paisaje sin trajes espaciales, no los necesitaban. Observando todo lo que se podía ver desde allí arriba una de las mujeres comentó:

—Que hermoso es este lugar. Me gustaría que los humanos pudieran ver todo esto en vivo.
—A mí también —le comentó Oliver—. Aunque en este momento me conformaría con saber si todavía hay vida allá en la Tierra. Muchos de los nuestros andan explorando planetas pero ninguno está seguro de qué ha pasado con nuestros creadores. Ya pasó mucho tiempo desde el último contacto.   

martes, 10 de mayo de 2016

En El Túnel

Lucas estaba leyendo acostado en su cama. Le encantaba la ficción y aquel libro lo tenía atrapado pero igual empezó a bostezar porque era muy tarde. El que lucha contra el sueño pierde sin darse cuenta. Después de varios cabeceos decidió abandonar la lectura. Al inclinarse hacia la mesa de luz para dejar el libro quedó un momento en esa posición porque creyó escuchar algo...
Eran ruidos apagados, sutiles, algunos parecían voces. ¿Dé dónde venían? No era desde la calle. Estuvo en suspenso unos minutos. Después se arrimó al borde de la cama y bajó la cabeza para ver qué había bajo ella. No había nada pero desde allí los ruidos se escuchaban mejor. Se bajó para acercar el oído al piso.

Los ruidos venían de abajo. Al recordar un viejo truco tomó el vaso que tenía sobre la mesita y lo puso boca abajo en el piso. No eran voces humanas, sonaban más chillonas. Lucas apartó el oído del fondo del vaso y puso cara de asqueado. Pensó que seguramente estaba escuchando a una colonia de repugnantes ratas. Las cañerías de la casa no pasaban por allí, ¿habrían hecho un túnel? Pensó que tenía que tomar alguna medida. Ese mismo día iba a hablar con un exterminador para que examinara su hogar. Volvió a acostarse pero ahora ya no tenía sueño. En la oscuridad de su cuarto se envolvió bien en las frazadas pero ya no había caso. Los ruidos repugnantes de abajo aparecían y desaparecían. Al imaginarse lo que había abajo sintió cierta familiaridad hacia aquello. Se le presentó un túnel angosto y muy oscuro. Aquel lugar apretujado era un refugio seguro. ¿Acaso había estado en un lugar así en su niñez? 

Lo que llegaba de abajo lo arrancó de esa ensoñación absurda. Ahora se escuchaba más cerca, eran muchos arañazos que iban ascendiendo. Alarmado, prendió la veladora de un manotazo y miró hacia abajo. El suelo seguía intacto pero los arañazos sonaban mucho más fuertes. Lucas, que no se atrevía a pisar el suelo porque temía que este se derrumbara, tenía los ojos fijos en aquel lugar cuando las baldosas empezaron a elevarse por algo que se hinchaba bajo ellas. Después se abrieron y empezó a brotar tierra que fue resbalando por los costados de aquella hinchazón. Cuando en el centro quedó un hueco de él brotaron por montones unas criaturas peludas y rechonchas. Eran como ratas enormes pero andaban en dos patas. También tenían pelaje de rata pero sus hocicos eran cortos y anchos, con dientes desparejos que parecían muy afilados, y sus cuerpos de unos treinta y cinco centímetros de alto se parecían más a los de un hombre obeso que a los de un animal. 

Surgían tantos que los del medio alcanzaban a salir disparados por los empujones de los que subían por los bordes del reciente hueco.
Lucas no lo podía creer. En un instante se desparramaron por toda la habitación. Cuando un lote de ellos trepó por la cama él se puso de pie sobre ella y vio aterrado cómo lo rodeaban. Quedó parado sobre un círculo diminuto. Aquellos peludos invasores lo olfateaban mirando hacia arriba mientras se contenían con sus brazos cortos unos a otros como si quisieran arrimarse lo más posible pero sin tocarlo. En ese momento sonaron una serie de chillidos y todos los pequeños hombres-rata voltearon hacia el hueco. De él iba saliendo uno de pelaje gris que enseguida reclamó el respeto de todos. Caminó hacia la cama pisando a sus iguales y al alcanzar el borde lo elevaron. Con un gesto de su pata-mano hizo que todos se bajaran. Después habló en una lengua extraña que sin embargo Lucas comprendió. Le dijo que él era uno de ellos y que tenía que acompañarlos. El pobre hombre miró a los que ocupaban todo el piso del cuarto. Parecían estar impacientándose y empezaron a sobresalir algunos dientes retorcidos. Era una locura pero no quería contradecir los deseos de sus invasores. Las criaturas se fueron apartando para darle paso. El hueco era lo suficientemente ancho como para que él pudiera meterse. Y bajó por allí.

El pozo no descendía verticalmente, era inclinado, por eso no le costó mucho bajar arrastrándose con las manos por delante de la cabeza. Al alcanzar un túnel algunos hombres-rata empezaron a pasarlo y de pronto él era del tamaño de ellos. Cuando eso le resultó demasiado absurdo despertó. Lucas sonrió y ahora sí dejó el libro sobre la veladora. Su mente acababa de darle una buena dosis de ficción y la había sentido mucho más real que la lectura. 

lunes, 9 de mayo de 2016

Experimentos

El campo ya se estaba tiñendo de gris por las sombras que bajaban de las zonas altas. El Jeep se abría camino por el campo y uno de sus dos ocupantes, el más joven, Sebastián, iba negando con la cabeza y sonriendo. Al conductor, un veterano bigotudo llamado Franco, parecía no gustarle eso e iba serio. De pronto el motor del vehículo se apagó y aunque iban lento se sacudió con fuerza...

—¿¡Y esto qué fue!? —preguntó Franco, que era el dueño del campo por donde iban.
—Se apagó. Puede ser un problema eléctrico —le contestó Sebastián, y volvió a sonreír al decirle—. No me diga que también va a culpar a los extraterrestres ¡Jajaja!
—Ríete nomás. Si andan por aquí quién sabe lo que pueden hacer esas cosas. Voy a revisar el motor. Maldita máquina. No me gustaría llegar de noche pero tengo que mostrarte eso. Tú aguarda ahí.
—Sí, mejor, porque lo mío son las cosas vivas solamente, y las de este planeta ¡Jaja! 

Sebastián era veterinario y solía trabajar para Franco, quien era amigo de su padre y lo conocía desde que nació. Por eso Sebastián bromeaba así, aquel no era solo un cliente más. Mientras el veterano se encorvaba sobre el motor el veterinario miró en derredor. Al día le quedaba muy poco y ya empezaba a imponerse la quietud que llega con la noche en las praderas. Después de un momento largo de silencio Sebastián le preguntó:

—¿Y qué tan lejos está esa vaca, o lo que queda de ella?
—Falta un buen trecho —le contestó Franco sin enderezarse—. Pero creo que ya solucioné el problema. Vamos a ver. Sí, encendió. Ahora vas a ver de qué te hablo. 
—Si espera sorprenderme lo voy a desilusionar. Ya e visto estos supuestos casos de experimentos en ganado por parte de extraterrestres. Todos son fácilmente explicables. Lo único que tengo que resolver es de qué murió la vaca. ¿No será mejor si enciende las luces? Ya está bastante oscuro. Como le decía, todos son casos explicables. 
—Pues te aseguro que ahora sí te vas a sorprender. Es detrás de aquella loma.

Franco detuvo el vehículo y los dos salieron de él. El veterano se rascó la cabeza y empezó a girar. Después enderezó hacia un lado y nos cuarenta metros más allá se detuvo, volvió a girar y eligió otro rumbo. Sebastián lo seguía mirando hacia todos lados para localizar él mismo los restos del animal. Aún en la oscuridad creciente tenía que distinguirse su bulto sobre el pasto, pero no hallaron nada. El veterano pareció extrañado y de pronto lanzó una exclamación, sacudió la cabeza y dijo que se había equivocado de lugar. Volvieron al vehículo. El veterinario volvió sobre el tema:

—Don, si existieran los extraterrestres que pueden viajar distancias enormes, ¿por qué iban a venir hasta aquí a examinar vacas? Pero bien, supongamos que sí quieren analizarlas, bueno, no son ningún animal exótico, hay mucha bibliografía sobre su anatomía, yo mismo soy un experto, aunque suene pretencioso; ¿por qué arriesgarse haciendo experimentos que dejan evidencia si pueden obtener información de otra forma? 
—¡Jajajaja! —se echó a reír Franco y detuvo el vehículo—. Casualmente eso que dices es lo mismo que yo le argumenté a mis compañeros.
—¿De qué habla?
—Que les dije que era más fácil capturar a un humano experto en estos seres y extraerle la información de su cerebro. 
—¡No! ¿¡Quién es usted!? ¿¡Qué es usted!? ¡Oh, no! ¡Maldito extraterrestre...!   

jueves, 5 de mayo de 2016

Un Mal Futuro

Cuando se bajaron del auto y cruzaron la calle Fernando miró hacia todos lados porque temía que algún conocido lo viera. Era una noche calurosa aunque con mucho viento. Laura estaba bastante asustada pero por lo que le deparaba el futuro. Llegaron al frente de una casona vieja y tocaron la puerta. Desde muy adentro de la vivienda una voz femenina les dijo que pasaran, que estaba abierto. Antes de entrar Fernando desparramó otra mirada por la calle, preocupado por qué dirían sus conocidos si lo veían entrar en la casa de una supuesta vidente...

miércoles, 4 de mayo de 2016

Científicos Locos

                                    El Científico Loco
La familia de Guillermo quedó intrigada por saber quiénes iban a ser sus nuevos vecinos. Vivían en una zona muy linda que tenía un bosque atrás, un camino de tierra adelante y en los costados del terreno había campo. Uno de los terrenos que lindaba con su propiedad fue comprado y enseguida comenzaron a construir...
Guillermo y sus padres solían dar un paseo después del almuerzo. Al regreso de uno de sus paseos pasaron frente a la construcción y como había unos hombres en el frente aprovecharon para ir a preguntar algo sobre sus vecinos.

—No tengo ni idea de quiénes son los dueños —les dijo el arquitecto—. De hecho, no creo que vayan a usar esto para casa de familia.
—¿Y para qué va a ser? —preguntó Guillermo, que era entrometido por su edad, tenía trece.
—Por las instalaciones de gas, electricidad y agua, por dónde van y cómo, yo diría que principalmente esto va a ser algún tipo de laboratorio —le contestó el arquitecto, que también estaba intrigado y en el fondo no muy convencido de participar en aquel proyecto porque había muchas cosas que no le decían.

A la familia no le gustó nada lo que les dijo. Valoraban mucho la tranquilidad en la que vivían y les encantaba el paisaje, y ciertamente un laboratorio o algo similar lo iba a afear. Y no se equivocaron. Levantaron un edificio blanco, cuadrado, que de alguna forma intimidaba y recordaba a un hospital. Rodearon a la edificación de concreto y baldosas y levantaron unos muros altos que rodeaban todo el terreno. Solo baldosas y cemento donde podría haber césped, flores y árboles. Y en el techo instalaron unas cosas que la familia creyó que eran algún tipo de antena. Aquella mole blanca y sus muros afearon el paisaje. Una vez lista por varios días no supieron que ya estaba ocupada. Guillermo descubrió que era solo un hombre. En la casa del muchacho había una buhardilla y desde su ventana alta se podía ver sobre el muro del otro terreno. Estando allí él vio a un tipo bajo que usaba el pelo peinado hacia atrás y tenía lentes de cristales gruesos. Una vez se cruzaron con su misterioso vecino en el camino y este se presentó aunque sin muchas ganas. Resultó ser un doctor apellidado Rohmer. En ningún momento sonrió y apenas les habló antes de despedirse. 

Sin dudas era alguien que quería privacidad, y cuando un doctor de carácter raro quiere privacidad es porque está haciendo experimentos. Él rara vez salía de aquel lugar intimidante. Todas las semanas, a veces a diario, algún vehículo llegaba hasta allí a llevarle algo. Con el tiempo sus vecinos se acostumbraron a aquello y solo a veces especulaban sobre lo que el doctor haría allí. Una o dos veces al año ellos recibían la visita de unos parientes que se quedaban varios días. En esas ocasiones Guillermo cedía su cuarto y dormía arriba, en la buhardilla. Estaba durmiendo ahí durante una noche de tormenta. Como la ventana no tenía cortina la luz de los relámpagos que entraba por ella no lo dejaba dormir, además era el lugar más ruidoso de la casa por estar tan contra el techo. Ruido fuerte de lluvia y viento, relámpagos iluminando aquella pieza, y de pronto estalló un rayo que hizo temblar horriblemente la casa. A Guillermo no le quedaron dudas de que había caído en la vivienda de su vecino. Se asomó a la ventana a ver si le había pasado algo. Lució igual ante las luces de la tormenta. Lo que creían que eran antenas en realidad eran para-rayos. 

De repente alguien salió de aquel lugar horrible y el muchacho lo vio. Era un hombre que caminaba como si sus miembros estuvieran rígidos, y tenía casi todo el cuerpo vendado. Lo que tenía puesto y la forma de moverse aterraron a Guillermo, y lo que vio después lo dejó paralizado. Cuando el sujeto de pasos rígidos había alcanzado la mitad del patio, el doctor Rohmer salió de la casa medio tambaleándose y con una mano en la cabeza como si lo hubieran golpeado; en la otra mano tenía un revólver y se acercó al tipo de los vendajes apuntándole a la cabeza. La tormenta ocultó el ruido de los disparos. Después el doctor, con bastante trabajo, lo arrastró hasta en interior de su vivienda y aquella escena de terror terminó. Cuando Guillermo pudo reaccionar bajó de la buhardilla y fue a despertar a sus padres. Naturalmente, le dijeron que él había soñado aquello porque se parecía mucho a uno de los clásicos de terror. Él se enojó mucho porque no pudo convencerlos. Desde esa noche, tanto si estaba en la buhardilla o en su cuarto, dormía siempre con su rifle cerca; por si algún día el científico loco de su vecino no podía contener a sus experimentos. 
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                                              El Monstruo
Los rumores sobre aquel bosque empezaron a hacerse algo frecuentes. Que en una finca cercana a aquel lugar desapareció un perro, que un campo de otra mataron a algunas ovejas, en otro vacas. Todos apuntaban a que en aquel bosque había algo y que no era un depredador común. Creí que solo era una leyenda incipiente, pero una noche vi algo extraño cuando pasaba por un camino que rodea ese bosque. Como ese camino es muy malo a mi camioneta le agregué unos faros altos y su luz es muy potente. Por esas luces es que vi aquello. Más que el tamaño (el de un perro grande) me impresionó su forma de moverse, sobre todo cuando siguió andando en dos patas al alcanzar la sombra del bosque. Lo vi moverse así muy fugazmente pero fue suficiente para entender que era algo realmente raro. Como soy muy curioso no pude dejar de pensar en el asunto y decidí ir hasta el bosque. 

Fui de día y llevaba conmigo una escopeta muy poderosa, aunque no iba con intenciones de dispararle al animal aquel a no ser que me atacara. El bosque era denso, sombrío, húmedo. Estaba surcado de riachuelos y en ellos cantaban tristemente algunas ranas y desde los árboles le hacían la competencia algunas palomas. El ruido de mis pasos se amortiguaba en los helechos humedecidos y mis sentidos estaban agudizados por la expectación. En cualquier momento podría toparme con aquella bestia. Desde lejos escuché algo que se movía con mucho menos sigilo que yo. Calculé hacia dónde iba y me moví para verlo. Era un hombre pero eso no me defraudó porque era uno bien particular. No estaba vestido como para andar allí, llevaba pantalones y una chaqueta que parecían ser impermeables con elástico en las mangas y los tobillos. Me recordó a la vestimenta de trabajo que se usa cuando se emplean químicos. Era calvo y usaba unos lentes que cada pocos pasos desempañaba con un pañuelo. Por como miraba en derredor cuando no tenía los lentes se notaba que tenía una visión muy mala, y caminaba torpemente como los que no están acostumbrados a andar en lugares así. Aquel no era un cazador sin embargo llevaba un rifle. Confiando en que no me iba a notar lo observé más de cerca y vi que su rifle era de los que disparan dardos. 

Como no creía que la criatura fuera algo sobrenatural, y con aquel tipo con aspecto de científico loco rondando el bosque, inevitablemente pensé que estaba buscando algo que se le había escapado. Pasó sin verme y yo seguí por mi rumbo. En otra parte del bosque encontré unas huellas y empecé a seguirlas. Me alarmé al escuchar un sonido que no esperaba, algo que sonaba como un lamento. Lo vi acostado panza abajo, con las patas delanteras sobre la cara. Sufrí una impresión terrible. Era una mezcla de animal y persona. El sonido que producía parecía el de una persona llorando. Cuando pareció notarme se movió rápido como para huir pero unos pasos después se detuvo, se mantuvo así un momento y después se volvió hacia mí. Aquella cabeza con algunos rasgos humanos era horrible, pero lo que me impresionó más fue la tristeza de sus ojos. Agachó la cabeza evidentemente esperando que le disparara. No tenía ninguna intención de hacerlo y menos ahora que sabía que aquel ser sentía. Bajé la escopeta indicándole que no lo iba a hacer. Entonces la criatura me miró lánguidamente, de sus ojos brotaron lágrimas y habló con una voz no humana pero que se entendía:

—Máteme, por favor. Por piedad... 

Aquellos ojos tenían tanta tristeza. Quién sabe en qué condiciones y cómo lo habían creado. Se me presentó claro que su espíritu era humano y que ya no quería vivir así. ¿Qué futuro podía tener una criatura como aquella? Levanté la escopeta y me agradeció con la mirada y una leve inclinación de la cabeza, después cerró sus ojos. Medí bien, el tiro fue certero, murió en el acto. Después arrojé su cuerpo en un pequeño pantano que había allí. No quería que el monstruo que lo creó lo encontrara.          

martes, 3 de mayo de 2016

El Segundo

Gastón iba en el asiento trasero de un helicóptero y sobrevolaban la selva. Ni el ruido del aparato ni lo que se movía lo desconcentraba de unos mapas que estaba estudiando. Para vencer el ruido y porque tenían puesto un casco usan intercomunicadores, y el piloto tuvo que repetirle una frase por él:
—¡Ingeniero! ¿Qué cree que sea aquello?...

—¿Qué? ¿Dónde? —preguntó Gastón al ser arrancado de su contemplación de los mapas.

El piloto señaló con el dedo. El ingeniero se inclinó hacia la ventanilla para divisar lo que había allá abajo.  En la espesura de la selva había como un sendero de árboles aplastados que resaltaba con bastante claridad. Gastón no le contestó, solo quedó mirando aquello y como se les perdía de vista el piloto cambió el rumbo para pasar de nuevo por el lugar y además descendió un poco más. Aquella devastación que seguía una línea tenía como cincuenta metros de ancho. Los árboles estaban caídos en el mismo sentido y muchos de ellos eran gigantescos. ¿Qué cosa podía haber causado aquello? Gastón finalmente le dijo al piloto:

—Lo que sea no es hecho por máquinas. Esos árboles no fueron cortados, los derribaron y aplastaron y no hay ninguna máquina que haga eso, no en esa escala. 
—¿Y qué será entonces? ¿Un fenómeno natural, una corriente de agua?
—De ninguna forma. Fueron derribados en ese sentido, y fíjate en aquella zona más hacia tu izquierda, es en subida. No fue el agua y el viento tampoco podría hacer eso. ¿Tienes combustible suficiente, podemos seguirla un momento?
—Hay de sobra.

Los dos sentían una enorme curiosidad. Observando bien aquella sucesión de fronda caída Gastón notó que el estrago de naturaleza no solo dibujaba una línea, sino que también había zonas aplastadas en los costados de esta a intervalos bastante regulares. Intentando descifrar eso recordó las huellas que dejaban los lagartos al pasar por la arena, una raya en medio, la de la cola, y en los costados las marcas de las patas. Después creó con su mente un animal que pudiera encajar con aquella huella y se estremeció al hacerlo porque era una explicación muy acertada aunque inverosímil. Si existiera algo como un lagarto pero de un tamaño absurdamente grande aquella marca se explicaría fácilmente, pero eso era algo completamente absurdo, porque hasta la cabeza del animal sería varias veces más grande que el mayor de los dinosaurios que pobló en planeta. Planteándose eso le vino a la mente algo que había escuchado, la historia de unos arqueólogos que decían haber despertado o importunado a un animal colosal que estaba casi completamente enterrado en el suelo. Tal vez no había pruebas fósiles porque podía ser una especie que no moría.  Gastón sacudió la cabeza como intentando quitarse esas ideas locas que le surgían. No podía ser eso, tenía que tener una explicación más racional, aunque en el momento no se le ocurría ninguna.

—Ya fue suficiente —le dijo al piloto—. Tomemos rumbo nuevamente hacia el lugar de la exploración.
—Ingeniero, aunque nos desviamos un poco siguiendo esto, desde hace un rato vamos derecho hacia nuestro destino.
—¿Cómo? ¿Entonces esto conduce a...?
—Sí, más bien diría que sale de ahí. 

Siguieron volando mudos los dos y al llegar a destino vieron el horror. Toda una sección enorme de la selva que habían despejado ahora era un hueco espantoso. Habían despertado a otro gigante. Las huellas de este iban hacia el mar. 

Muertos Vivientes

Felipe y Diego salieron de una enramada y atrás se quedó Javier maldiciendo a las ramas que le golpeaban la cara. Después de mucho ruido y movimiento en el follaje Javier salió donde estaban ellos. Felipe y Diego eran hermanos y Javier un amigo. Estaban cazando en un bosque que se elevaba entre montañas y desfiladeros. Los hermanos eran hábiles cazadores pero Javier era un iniciado y había estorbado durante toda la jornada. Iban a seguir caminando pero se detuvieron de pronto porque algo salió disparado desde unos arbustos cercanos...

lunes, 2 de mayo de 2016

Hombres De Mar

Dave temblaba de emoción porque se iba a hacer a la mar. Toda la vida había escuchado los cuentos que narraban sobre el mar los viejos que se la pasaban en el puerto dando pitadas a sus pipas. Él había nacido muy cerca del puerto y no conocía otro aire que no fuera el del mar. Se crió viendo barcos, aprendió mucho de ellos por boca de otros, pero a lo que navegar se refería su única experiencia era en un pequeño esquife (bote) que hacía agua, por eso sus viajes eran cortos y nunca había dejado de ver el puerto...
Pero ahora sí iba a dar la vuelta al mundo en barco. Partieron una mañana plagada de gaviotas y con una superficie ondulante resplandeciente. Como era un muchacho curtido en el trabajo cuando izaron la vela tirando de una cuerda sus manos no sufrieron mucho. Como era el más nuevo allí sus tareas eran las más desagradables pero no eran muy diferentes a lo que hacía en el puerto.

Cuando iba a tirar por la borda el contenido de alguna cubeta suspiraba mirando a lo lejos. Durante los primeros días se mantuvieron cerca de la costa. Después se adentraron en la vastedad del océano y todo lo que se veía en derredor era agua y más arriba el cielo. La primer maravilla que vio fue a unas ballenas. Había escuchado mucho sobre aquellos animales gigantescos pero verlos era algo muy distinto, casi se quedó sin aliento. Después de ese avistamiento se sucedieron días muy regulares donde todo era limpiezas hincado en la cubierta y una disciplina brutal. La comida no era muy mala porque el capitán permitía que un par de pescadores surtieran al barco de pescado fresco y siempre había manzanas y limones en barril. Como él hacía todo sin protestar jamás, un día el capataz lo dejó pescar y ahí tuvo otra emoción. Se situaban en la popa y tiraban unos aparejos de pesca larguísimos que se extendían mucho más allá de la estela espumosa que dejaba atrás la nave. Tenía la cuerda en la mano cuando le dieron un tirón que por poco no lo tiró al agua.

—¡Ese es uno grande! —le dijo con voz ronca uno de los pescadores—. No lo sueltes muchacho, que quede tenso porque si le das cuerda rompe la línea. Así mismo, que tire hasta que se canse. Aguanta muchacho.
—Tira mucho, no sé si pueda sostenerme —le dijo Dave.
—Si te arroja al agua va a ser tu fin. ¿¡Vas a dejar que un pescado te mate!?
—¡No señor!

La cuerda quería escapar de sus manos y cortárselas pero él aguantó. Ya le ardían terriblemente todos los músculos cuando sintió que al fin estaba ganando. El pez resultó ser un enorme mero al que tuvieron que echar dos cuerdas para poder subirlo. Cuando el pesado pescado se retorció en cubierta los tripulantes victorearon al nuevo hasta que el capitán puso orden y cada uno volvió a lo suyo. A esa emoción le siguieron otros días sin novedades. No eran aburridos porque tenía que hacer tantas cosas que no tenía tiempo para aburrirse. Esa táctica mantenía la moral y la nave seguía en óptimas condiciones. Mas como incluso en esas jornadas iguales a otra el novato se esmeraba en todo lo que hacía se hizo merecedor de un pequeño paseo. Fueron a una isla a abastecerse de agua fresca. A Dave le tocó remar uno de los esquifes hasta la playa. Ya en tierra se adentraron en una selva bastante espesa donde tuvieron que abrirse paso a machetazos. Lo fascinó la vegetación de la selva: hojas inmensas, lianas gruesas como un cabo que bajaban de las alturas y colgaban por todas partes, palmeras cargadas de cocos, toda una confusión verde que jamás había visto. Llegaron empapados de sudor a una cascada que parecía ser parte del paraíso. Primero llenaron los barriles y después el capataz los dejó tomar un baño. Al regresar a la selva a Dave le pareció ver una figura furtiva que se movía velozmente por la espesura. Se lo dijo en voz baja al capataz y este se rió antes de contestarle:

—Son indígenas de esta isla. Viste solo a uno pero hay muchos más moviéndose por aquí. Nos vigilan desde que pisamos este lugar. No te preocupes, nos conocen, hemos hecho intercambios con ellos, y a este agua no la llevamos gratis. 

De vuelta en la playa bajaron algunos cacharros del esquife y los dejaron en la arena. Después de unos cuantos golpes de remo vieron como algunos indígenas surgían de la espesura e iban por los cacharros, que principalmente eran cosas rotas del barco. Aquel encuentro no fue como los relatos que él había escuchado sobre tribus caníbales pero al menos se refrescó en un lugar maravilloso. Seguían navegando por esas aguas cuando los alcanzó una tormenta. En su viaje ya habían soportado algunas lluvias pero no se comparaban con aquella tormenta. Los envistió al atardecer y por la noche el barco subía y bajaba olas gigantescas que parecían querer tragarlo. Los marineros rezaban en las entrañas de la nave y por eso Dave supo que la cosa era grave. Aquellos hombres recios que solo abrían la boca para lanzar risotadas o blasfemar ahora estaban rezando ya no por sus vidas sino por sus almas. En la oscuridad de la cubierta inferior cada uno se agarraba de lo que podía en las literas. Arriba el capitán y unos pocos marineros que eran iluminados constantemente por relámpagos, resistían a las olas espumosas que barrían la cubierta mientras intentaban maniobrar aquella inmensa mole de madera que ahora parecía una hoja en una corriente brava. En ese momento ni los más optimistas daban nada por su supervivencia, y Dave por un momento se arrepintió de haberse embarcado pero enseguida se resignó. En tierra también podía morir en cualquier momento. Por lo menos había cumplido su sueño e iba a morir como un hombre de mar. Mas los minutos pasaron y todavía seguían flotando y enteros, y una media hora más tarde la tormenta se calmó. 

Muchos años después, cuando ya era muy viejo, regresó al puerto de su infancia y como otros antes que él siguió alimentando las historias fantásticas que se cuentan sobre los mares.     

Un Zorro Entre Los Lobos

Estaba más que intimidado por aquellas bromas de mal gusto y los manotazos en el hombro o en la espalda que me daban entre carcajada y carcajada...
Yo no encajaba con aquella gente, y sobre todo me tenía muy extrañado la actitud de Marcela. Había sufrido una transformación total en su carácter y se comportaba igual a los brutos imbéciles de sus hermanos. Como ya hacía un tiempo que salíamos fui a conocer a su familia. La ocasión era el cumpleaños de uno de sus hermanos y organizaron una barbacoa en el fondo de la casa familiar, de noche. La vivienda era tan grande que los seis hermanos vivían allí con sus familias. Incluyendo al viejo todos eran policías. Mientras hablaban a los gritos, comían y bebían en abundancia, me pregunté cómo habían podido comprar una propiedad tan grande solo con sus sueldos. La respuesta era obvia: eran policías corruptos. 

Al recibirme en el fondo de la propiedad todos me saludaron apretándome la mano lo más que podían. Sentí que mi mano crujió un poco pero creo que disimulé bien el dolor. Habían iluminado el patio y en él colocaron varias mesas donde había bocadillos, ensaladas, bebidas, y en una barbacoa grande estaban asando hamburguesas, chorizos y chuletas. Dos de sus hermanos más grandes me apartaron de Marcela sentándose uno a cada lado. Tenían un humor chabacano, reían a carcajadas y me daban palmadas en la espalda. Marcela reía inclinándose hacia atrás y hacia adelante y dando algunas palmadas en la mesa como si fueran lo más gracioso del mundo. Comprendí que ella actuaba así porque aquella familia era como una jauría de lobos, donde demostrar debilidad solo sirve para que se ensañen con uno. Lo de ellos estaba claro, me estaban ahuyentando. Busqué en la mirada de ella algún atisbo de que mi situación la incomodaba pero no lo encontré. Cuando me sirvieron una hamburguesa y les dije que era vegetariano la risa fue general y nuevamente cargaron con sus tonterías. Era un grupo grande, todos sus hermanos eran casados y tenían varios hijos, algunos ya adolescentes. Marcela en ese momento demostró una pizca de consideración y me arrimó un pote con ensalada. Las bromas sobre mi condición de vegetariano siguieron, y uno de ellos dijo:

—Hermanita, ¿qué haces con este tipo si no come carne? ¡Jajaja!
—No la consumo en alimentos —me defendí, y pasé a atacar—, y gracias a eso mi sistema circulatorio y todo para lo que me es útil funciona muy bien, ella es mi testigo.

Los más chicos allí no lo entendieron, pero los otros sí y a los hermanos y a sus padres no les hizo ninguna gracia; las mujeres del grupo si se echaron a reír y eso disgustó más a los tipos. Y la mujer del mayor comentó:

—Ves querido, tú tendrías que seguir el ejemplo, porque toda esa grasa no te está haciendo muy bien que se diga ¡Jajaja! 

Uno de los hermanos salió con otro tema porque en ese estaban perdiendo. Consumí mi ensalada bastante divertido. Cada tanto los tipos me fulminaban con la mirada. Estaba tomando jugo de naranja cuando uno de ellos me preguntó:

—Supongo que nunca saliste a cazar, ¿no?
—Sí he salido y muchas veces. Obviamente no consumo lo que cazo pero sí se lo preparo a los otros. Mi padre y mis hermanos son fanáticos de la caza.
—Vaya, que sorpresa. ¿Te gustaría ir un día con nosotros?
—Sí, solo díganme cuándo. Tengo varios días libres que no he usado, hasta podría ser un día de semana si se da.
—Entonces vamos a salir a cazar, vamos todos, ¿qué dicen muchachos?

Todos le dijeron que sí. Alcancé a notar algunas miradas cómplices entre ellos. Desde ese momento su trato cambió y se mostraron muy amigables. Querían que confiara en ellos. Como tomé mucho jugo tuve que entrar a la casa varias veces. Al final del cumpleaños resolvieron que saldrían a cazar ese domingo (era viernes). Les dije que contaran conmigo. Se despidieron de mí amigablemente. Marcela me acompañó hasta la calle y allí me dijo:

—No vayas con ellos, te van a hacer alguna broma pesada o algo.
—No, no lo creo. Sé que estuvieron un poco pesados pero fue como para romper el hielo, yo no lo tomé a mal. Es mejor una familia con sentido del humor que una amargada. Me divertí un montón. Mira, sé que mañana íbamos a salir pero, como tengo que ir bien descansado el domingo...
—Sí, lo dejamos para otro día, igual nos vamos a ver el domingo entonces.
—Claro. Estoy emocionado por ir a esa caza, ya deseo que sea el día. Nos vemos.
—Ve con cuidado. Te quiero.
—Yo también.

La despedida duró un poco y me marché para no verla a ella ni a aquellos corruptos nunca más. Se creyeron mi mentira y quién sabe cuánto rato me estuvieron esperando ese domingo. Un tiempo después casi toda la familia marchó presa, incluyendo a Marcela. Un ciudadano anónimo había aportado pruebas a una investigación que ya se hacía sobre ellos. 

domingo, 1 de mayo de 2016

De La Oscuridad

Un encuentro con el terror, no con el miedo ni con un susto repentino, con el verdadero terror, puede transformar a un hombre valiente en un manojo de nervios como soy ahora...