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miércoles, 4 de mayo de 2016

Científicos Locos

                                    El Científico Loco
La familia de Guillermo quedó intrigada por saber quiénes iban a ser sus nuevos vecinos. Vivían en una zona muy linda que tenía un bosque atrás, un camino de tierra adelante y en los costados del terreno había campo. Uno de los terrenos que lindaba con su propiedad fue comprado y enseguida comenzaron a construir...
Guillermo y sus padres solían dar un paseo después del almuerzo. Al regreso de uno de sus paseos pasaron frente a la construcción y como había unos hombres en el frente aprovecharon para ir a preguntar algo sobre sus vecinos.

—No tengo ni idea de quiénes son los dueños —les dijo el arquitecto—. De hecho, no creo que vayan a usar esto para casa de familia.
—¿Y para qué va a ser? —preguntó Guillermo, que era entrometido por su edad, tenía trece.
—Por las instalaciones de gas, electricidad y agua, por dónde van y cómo, yo diría que principalmente esto va a ser algún tipo de laboratorio —le contestó el arquitecto, que también estaba intrigado y en el fondo no muy convencido de participar en aquel proyecto porque había muchas cosas que no le decían.

A la familia no le gustó nada lo que les dijo. Valoraban mucho la tranquilidad en la que vivían y les encantaba el paisaje, y ciertamente un laboratorio o algo similar lo iba a afear. Y no se equivocaron. Levantaron un edificio blanco, cuadrado, que de alguna forma intimidaba y recordaba a un hospital. Rodearon a la edificación de concreto y baldosas y levantaron unos muros altos que rodeaban todo el terreno. Solo baldosas y cemento donde podría haber césped, flores y árboles. Y en el techo instalaron unas cosas que la familia creyó que eran algún tipo de antena. Aquella mole blanca y sus muros afearon el paisaje. Una vez lista por varios días no supieron que ya estaba ocupada. Guillermo descubrió que era solo un hombre. En la casa del muchacho había una buhardilla y desde su ventana alta se podía ver sobre el muro del otro terreno. Estando allí él vio a un tipo bajo que usaba el pelo peinado hacia atrás y tenía lentes de cristales gruesos. Una vez se cruzaron con su misterioso vecino en el camino y este se presentó aunque sin muchas ganas. Resultó ser un doctor apellidado Rohmer. En ningún momento sonrió y apenas les habló antes de despedirse. 

Sin dudas era alguien que quería privacidad, y cuando un doctor de carácter raro quiere privacidad es porque está haciendo experimentos. Él rara vez salía de aquel lugar intimidante. Todas las semanas, a veces a diario, algún vehículo llegaba hasta allí a llevarle algo. Con el tiempo sus vecinos se acostumbraron a aquello y solo a veces especulaban sobre lo que el doctor haría allí. Una o dos veces al año ellos recibían la visita de unos parientes que se quedaban varios días. En esas ocasiones Guillermo cedía su cuarto y dormía arriba, en la buhardilla. Estaba durmiendo ahí durante una noche de tormenta. Como la ventana no tenía cortina la luz de los relámpagos que entraba por ella no lo dejaba dormir, además era el lugar más ruidoso de la casa por estar tan contra el techo. Ruido fuerte de lluvia y viento, relámpagos iluminando aquella pieza, y de pronto estalló un rayo que hizo temblar horriblemente la casa. A Guillermo no le quedaron dudas de que había caído en la vivienda de su vecino. Se asomó a la ventana a ver si le había pasado algo. Lució igual ante las luces de la tormenta. Lo que creían que eran antenas en realidad eran para-rayos. 

De repente alguien salió de aquel lugar horrible y el muchacho lo vio. Era un hombre que caminaba como si sus miembros estuvieran rígidos, y tenía casi todo el cuerpo vendado. Lo que tenía puesto y la forma de moverse aterraron a Guillermo, y lo que vio después lo dejó paralizado. Cuando el sujeto de pasos rígidos había alcanzado la mitad del patio, el doctor Rohmer salió de la casa medio tambaleándose y con una mano en la cabeza como si lo hubieran golpeado; en la otra mano tenía un revólver y se acercó al tipo de los vendajes apuntándole a la cabeza. La tormenta ocultó el ruido de los disparos. Después el doctor, con bastante trabajo, lo arrastró hasta en interior de su vivienda y aquella escena de terror terminó. Cuando Guillermo pudo reaccionar bajó de la buhardilla y fue a despertar a sus padres. Naturalmente, le dijeron que él había soñado aquello porque se parecía mucho a uno de los clásicos de terror. Él se enojó mucho porque no pudo convencerlos. Desde esa noche, tanto si estaba en la buhardilla o en su cuarto, dormía siempre con su rifle cerca; por si algún día el científico loco de su vecino no podía contener a sus experimentos. 
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                                              El Monstruo
Los rumores sobre aquel bosque empezaron a hacerse algo frecuentes. Que en una finca cercana a aquel lugar desapareció un perro, que un campo de otra mataron a algunas ovejas, en otro vacas. Todos apuntaban a que en aquel bosque había algo y que no era un depredador común. Creí que solo era una leyenda incipiente, pero una noche vi algo extraño cuando pasaba por un camino que rodea ese bosque. Como ese camino es muy malo a mi camioneta le agregué unos faros altos y su luz es muy potente. Por esas luces es que vi aquello. Más que el tamaño (el de un perro grande) me impresionó su forma de moverse, sobre todo cuando siguió andando en dos patas al alcanzar la sombra del bosque. Lo vi moverse así muy fugazmente pero fue suficiente para entender que era algo realmente raro. Como soy muy curioso no pude dejar de pensar en el asunto y decidí ir hasta el bosque. 

Fui de día y llevaba conmigo una escopeta muy poderosa, aunque no iba con intenciones de dispararle al animal aquel a no ser que me atacara. El bosque era denso, sombrío, húmedo. Estaba surcado de riachuelos y en ellos cantaban tristemente algunas ranas y desde los árboles le hacían la competencia algunas palomas. El ruido de mis pasos se amortiguaba en los helechos humedecidos y mis sentidos estaban agudizados por la expectación. En cualquier momento podría toparme con aquella bestia. Desde lejos escuché algo que se movía con mucho menos sigilo que yo. Calculé hacia dónde iba y me moví para verlo. Era un hombre pero eso no me defraudó porque era uno bien particular. No estaba vestido como para andar allí, llevaba pantalones y una chaqueta que parecían ser impermeables con elástico en las mangas y los tobillos. Me recordó a la vestimenta de trabajo que se usa cuando se emplean químicos. Era calvo y usaba unos lentes que cada pocos pasos desempañaba con un pañuelo. Por como miraba en derredor cuando no tenía los lentes se notaba que tenía una visión muy mala, y caminaba torpemente como los que no están acostumbrados a andar en lugares así. Aquel no era un cazador sin embargo llevaba un rifle. Confiando en que no me iba a notar lo observé más de cerca y vi que su rifle era de los que disparan dardos. 

Como no creía que la criatura fuera algo sobrenatural, y con aquel tipo con aspecto de científico loco rondando el bosque, inevitablemente pensé que estaba buscando algo que se le había escapado. Pasó sin verme y yo seguí por mi rumbo. En otra parte del bosque encontré unas huellas y empecé a seguirlas. Me alarmé al escuchar un sonido que no esperaba, algo que sonaba como un lamento. Lo vi acostado panza abajo, con las patas delanteras sobre la cara. Sufrí una impresión terrible. Era una mezcla de animal y persona. El sonido que producía parecía el de una persona llorando. Cuando pareció notarme se movió rápido como para huir pero unos pasos después se detuvo, se mantuvo así un momento y después se volvió hacia mí. Aquella cabeza con algunos rasgos humanos era horrible, pero lo que me impresionó más fue la tristeza de sus ojos. Agachó la cabeza evidentemente esperando que le disparara. No tenía ninguna intención de hacerlo y menos ahora que sabía que aquel ser sentía. Bajé la escopeta indicándole que no lo iba a hacer. Entonces la criatura me miró lánguidamente, de sus ojos brotaron lágrimas y habló con una voz no humana pero que se entendía:

—Máteme, por favor. Por piedad... 

Aquellos ojos tenían tanta tristeza. Quién sabe en qué condiciones y cómo lo habían creado. Se me presentó claro que su espíritu era humano y que ya no quería vivir así. ¿Qué futuro podía tener una criatura como aquella? Levanté la escopeta y me agradeció con la mirada y una leve inclinación de la cabeza, después cerró sus ojos. Medí bien, el tiro fue certero, murió en el acto. Después arrojé su cuerpo en un pequeño pantano que había allí. No quería que el monstruo que lo creó lo encontrara.          

6 comentarios:

Ongie Saudino dijo...

Lo que sigue haciendo el hombre para hacerse daño, cada dia parece que los cientificos estan mas locos, quien sabe si ese ser seria algo asi como el monstruo de frankenstein. Guillermo tendra mucho trabajo si, como el sospecha, el cientifico ya no pueda contener a su experimento. Parece que no tienen mas nada que hacer que poner en peligro a los demas, es que acaso no piensan que hay cosas mas importantes en que pensar?. Como los calentamientos globales, una cura para las enfermedades, etc, etc. Jaja!, master me olvidaba que era un cuento, pero quien sabe, talvez, como estan las cosas, pueda ocurrir algo asi. Lo del segundo cuento creia al principio que era un hombre lobo, y que el cientifico queria capturarlo para estudiarlo. Pero me llevé una gran sorpresa y me dio bastante tristeza el final. Al menos, al final la pobre criatura pudo descansar y el monstruo que lo creo no lo atrapo. Excelentes historias sobre cientificos insensibles, indiferentes y que no piensan en el bienestarde los demas. Muy buenas e interesantes amigo!. ¡Espero la proxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

Jorge Leal dijo...

Están locos solo en mis cuentos porque los normales no hacen cosas interesantes como revivir muertos ¡jeje! Gracias. Saludos!

Anónimo dijo...

Muy interesantes ambos. Científicos insensibles jugando así con la vida; esperemos que los científicos verdaderos te lean para evitar cometer estos errores... ¡Jajaja!

Jorge Leal dijo...

Pues no creo que anden muchos científicos por aquí, pero quién sabe ¡Jaja! Saludos!!

Anónimo dijo...

Muy buenos esos cuentos amigo Jorge te sigo leyendo desde Acapulco, México
Saludos.
Atte. Julio cesar

Jorge Leal dijo...

Hola Julio. Muchísimas gracias. Linda tierra la tuya, me gustaría estar por ahí. Donde vivo está frío y se la pasa nublado ¡Jaja! ¡Saludos!

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