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lunes, 2 de mayo de 2016

Hombres De Mar

Dave temblaba de emoción porque se iba a hacer a la mar. Toda la vida había escuchado los cuentos que narraban sobre el mar los viejos que se la pasaban en el puerto dando pitadas a sus pipas. Él había nacido muy cerca del puerto y no conocía otro aire que no fuera el del mar. Se crió viendo barcos, aprendió mucho de ellos por boca de otros, pero a lo que navegar se refería su única experiencia era en un pequeño esquife (bote) que hacía agua, por eso sus viajes eran cortos y nunca había dejado de ver el puerto...
Pero ahora sí iba a dar la vuelta al mundo en barco. Partieron una mañana plagada de gaviotas y con una superficie ondulante resplandeciente. Como era un muchacho curtido en el trabajo cuando izaron la vela tirando de una cuerda sus manos no sufrieron mucho. Como era el más nuevo allí sus tareas eran las más desagradables pero no eran muy diferentes a lo que hacía en el puerto.

Cuando iba a tirar por la borda el contenido de alguna cubeta suspiraba mirando a lo lejos. Durante los primeros días se mantuvieron cerca de la costa. Después se adentraron en la vastedad del océano y todo lo que se veía en derredor era agua y más arriba el cielo. La primer maravilla que vio fue a unas ballenas. Había escuchado mucho sobre aquellos animales gigantescos pero verlos era algo muy distinto, casi se quedó sin aliento. Después de ese avistamiento se sucedieron días muy regulares donde todo era limpiezas hincado en la cubierta y una disciplina brutal. La comida no era muy mala porque el capitán permitía que un par de pescadores surtieran al barco de pescado fresco y siempre había manzanas y limones en barril. Como él hacía todo sin protestar jamás, un día el capataz lo dejó pescar y ahí tuvo otra emoción. Se situaban en la popa y tiraban unos aparejos de pesca larguísimos que se extendían mucho más allá de la estela espumosa que dejaba atrás la nave. Tenía la cuerda en la mano cuando le dieron un tirón que por poco no lo tiró al agua.

—¡Ese es uno grande! —le dijo con voz ronca uno de los pescadores—. No lo sueltes muchacho, que quede tenso porque si le das cuerda rompe la línea. Así mismo, que tire hasta que se canse. Aguanta muchacho.
—Tira mucho, no sé si pueda sostenerme —le dijo Dave.
—Si te arroja al agua va a ser tu fin. ¿¡Vas a dejar que un pescado te mate!?
—¡No señor!

La cuerda quería escapar de sus manos y cortárselas pero él aguantó. Ya le ardían terriblemente todos los músculos cuando sintió que al fin estaba ganando. El pez resultó ser un enorme mero al que tuvieron que echar dos cuerdas para poder subirlo. Cuando el pesado pescado se retorció en cubierta los tripulantes victorearon al nuevo hasta que el capitán puso orden y cada uno volvió a lo suyo. A esa emoción le siguieron otros días sin novedades. No eran aburridos porque tenía que hacer tantas cosas que no tenía tiempo para aburrirse. Esa táctica mantenía la moral y la nave seguía en óptimas condiciones. Mas como incluso en esas jornadas iguales a otra el novato se esmeraba en todo lo que hacía se hizo merecedor de un pequeño paseo. Fueron a una isla a abastecerse de agua fresca. A Dave le tocó remar uno de los esquifes hasta la playa. Ya en tierra se adentraron en una selva bastante espesa donde tuvieron que abrirse paso a machetazos. Lo fascinó la vegetación de la selva: hojas inmensas, lianas gruesas como un cabo que bajaban de las alturas y colgaban por todas partes, palmeras cargadas de cocos, toda una confusión verde que jamás había visto. Llegaron empapados de sudor a una cascada que parecía ser parte del paraíso. Primero llenaron los barriles y después el capataz los dejó tomar un baño. Al regresar a la selva a Dave le pareció ver una figura furtiva que se movía velozmente por la espesura. Se lo dijo en voz baja al capataz y este se rió antes de contestarle:

—Son indígenas de esta isla. Viste solo a uno pero hay muchos más moviéndose por aquí. Nos vigilan desde que pisamos este lugar. No te preocupes, nos conocen, hemos hecho intercambios con ellos, y a este agua no la llevamos gratis. 

De vuelta en la playa bajaron algunos cacharros del esquife y los dejaron en la arena. Después de unos cuantos golpes de remo vieron como algunos indígenas surgían de la espesura e iban por los cacharros, que principalmente eran cosas rotas del barco. Aquel encuentro no fue como los relatos que él había escuchado sobre tribus caníbales pero al menos se refrescó en un lugar maravilloso. Seguían navegando por esas aguas cuando los alcanzó una tormenta. En su viaje ya habían soportado algunas lluvias pero no se comparaban con aquella tormenta. Los envistió al atardecer y por la noche el barco subía y bajaba olas gigantescas que parecían querer tragarlo. Los marineros rezaban en las entrañas de la nave y por eso Dave supo que la cosa era grave. Aquellos hombres recios que solo abrían la boca para lanzar risotadas o blasfemar ahora estaban rezando ya no por sus vidas sino por sus almas. En la oscuridad de la cubierta inferior cada uno se agarraba de lo que podía en las literas. Arriba el capitán y unos pocos marineros que eran iluminados constantemente por relámpagos, resistían a las olas espumosas que barrían la cubierta mientras intentaban maniobrar aquella inmensa mole de madera que ahora parecía una hoja en una corriente brava. En ese momento ni los más optimistas daban nada por su supervivencia, y Dave por un momento se arrepintió de haberse embarcado pero enseguida se resignó. En tierra también podía morir en cualquier momento. Por lo menos había cumplido su sueño e iba a morir como un hombre de mar. Mas los minutos pasaron y todavía seguían flotando y enteros, y una media hora más tarde la tormenta se calmó. 

Muchos años después, cuando ya era muy viejo, regresó al puerto de su infancia y como otros antes que él siguió alimentando las historias fantásticas que se cuentan sobre los mares.     

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola maestro! por fin volvi a leerte y este blog me parece genial, felicidades amigo..voy a ir leyendo todo lo que me perdi; tendre cuento para rato jeje..saludos y a seguir adelante mi cuate..Willy

Jorge Leal dijo...

Hola Willy. Muchas gracias. Algunos cuentos hay. Saludos!!

Anónimo dijo...

Hello, Jorge. Dave logró su sueño.

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