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sábado, 21 de mayo de 2016

Un hombre Civilizado

A Bill le quitaron todo menos sus ganas de vivir y sus conocimientos. Él hacía varios días que viajaba por el desierto. Había hecho su travesía con bastante comodidad porque además de su caballo tenía una mula que había cargado con muchas cosas. Se detuvo a observar los alrededores en una parte donde la huella se adentraba en un cañón. Dos paredes altas en los costados y allá arriba montones de rocas donde esconderse. Pensó que era el lugar ideal para emboscar a alguien pero rodearlo implicaba desviarse mucho y ese día el sol estaba particularmente fuerte. Aquel camino prometía algo de sombra y sus bestias lo necesitaban.
Siguió avanzando con su rifle en las manos. A pesar de su precaución el lugar era demasiado bueno para emboscar. Un disparo de advertencia lo hizo girar la cabeza hacia lo alto para descubrir que lo tenían en la mira. Antes de que pudiera reaccionar le dispararon desde el otro lado y supo que todo estaba en su contra. 

Ahora tenía que decidir: morir peleando allí o rendirse y tal vez tener alguna oportunidad. En cualquier otra situación hubiera elegido pelear para al menos llevarse a alguno de sus agresores, pero allí no tenía chances. Los dos asaltantes apenas se asomaban por unas grietas en la roca, tenían los rifles apoyados, es más fácil apuntar hacia abajo y habían esperado el momento justo para sorprenderlo. Escupió hacia un lado como protestando y arrojó el rifle para después levantar las manos. Uno de los ladrones bajó de su escondite mientras el otro le seguía apuntando desde arriba. Los dos mal vivientes tenían barbas pelirrojas, los ojos claros y la cara sucia y arrugada. El parecido que tenían delataba que eran hermanos. Fueron muy cautelosos y no dejaron de sonreír con malicia mientras lo despojaban de todo. No le hicieron un favor al dejarlo vivo porque le quitaron hasta el sombrero, las botas y la camisa. Se alejaron a las risas llevando de a tiro a su caballo y a su mula.

Apenas los perdió de vista Bill escaló una de las paredes del cañón y cuando ya estaba bien alto verificó si se seguían alejando y hacia dónde iban. Enseguida el sol se ensañó con su torso descubierto. Bajó por el otro lado porque no podía quedar en aquel lugar. Nada le aseguraba que los ladrones no se arrepintieran de dejarlo vivo y volvieran para terminarlo. Mas antes de bajar miró en derredor y eligió un rumbo, una línea verde que resaltaba entre las rocas blanquecinas y la arena. Por el camino destrozó unos cactus a pedradas y se untó su sabia en los hombros y en los brazos. Con eso evitaría en parte las quemaduras en la piel. Durante su niñez y adolescencia había curtido su piel porque fue criado por una pareja de indios en el desierto, pero al ser mayor se fue a un pueblo de los tantos que crecían en el viejo oeste y ahí se civilizó. Trabajó en varios oficios por todos lados. En sus viajes cargaba con muchas cosas y se acostumbró a depender de todas ellas. Ahora si quería sobrevivir tenía que volver a sus orígenes. El destino que había elegido resultó ser, como él esperaba, un cauce seco. Alcanzó la sombra de unos arbustos y allí se sentó a descansar. El calor mortal del desierto recalentaba las rocas y la arena formando un horno natural y muy vasto. El sol se desplazó lentamente por un cielo limpio y saturado de luz hasta que se escondió en unas montañas lejanas. 

Bill aprovechó el fresco del atardecer para avanzar por el cauce seco. Observando todo a su alrededor recordó aquel estado mental primitivo y tan útil con el que solía moverse cuando cazaba en su adolescencia. Cuando se deja de monologar interiormente y las imágenes mentales no se suceden estorbando lo que uno ve, la mente analiza todo de una forma más rápida e intuitiva. Bill hasta sintió que regresaba a él aquella agilidad sigilosa con la que solía moverse. Antes de que se hiciera noche juntó leña, y cuando las sombras ya se habían tendido sobre todo pudo encender fuego usando dos rocas. Mientras mantenía vivas las llamas se vio tentado a analizar intelectualmente su situación pero se contuvo. Ya sabía muy bien lo que tenía que hacer, pensar solo le iba a traer emociones negativas que no ayudan a sobrevivir. En el cielo completamente despejado del desierto las estrellas son un espectáculo, y la vía láctea se movió lentamente sobre una tierra ahora helada. Volvió a marchar cuando el día se estaba apenas insinuando. El aumento en la vegetación de las orillas le indicó que estaba alcanzando una zona más baja. Se movía con la vista saltando de un lugar a otro. Su mente aquietada y libre de pensamientos se concentraba en sus sentidos y podía sentir el frescor de algunas plantas y los aromas dulzones de las flores de los cactus. Cuando sus pies tantearon un suelo más fresco no tuvo dudas de que allí había agua.

Escarbó con sus manos y con un palo. Pronto alcanzó tierra húmeda, después mojada y finalmente barro. Sus labios, que ya se estaban agrietando, volvieron a estar en contacto con el agua. Ahora lo mejor para él era permanecer allí por lo menos un día. Cubrió su pozo con ramas y buscó una sombra cercana. Durante sus años como vaquero había llegado a ver a la naturaleza como algo que estaba allí para estorbarlo. Ahora volvía a ver todo con claridad. La naturaleza no es justa ni injusta, solo está ahí, ofreciendo sus recursos por igual, indiferente a la muerte porque esta solo es parte de la vida. Cuando el sol de la tarde bajó lo suficiente salió a buscar comida. Regresó a su pozo con cuatro lagartijas ensartadas en una vara. Esa noche lo encontró con algo en el estómago y durmió muy bien. Todo volvía ser sencillo; agua, comida, refugio, sin las complicaciones del pueblo. Había visto a varios de sus compañeros arruinar su vida con el alcohol, algo que no solo no era necesario sino que era malo. Y en la vida del pueblo se disfrutaba solo con los excesos, y la diversión siempre terminaba con resaca o en una cama cuya dueña en algún momento siempre los miraba con asco, y no pocas veces había amanecido entre rejas igual que sus compañeros vaqueros. Toda una semana partiéndose la espalda para después gastar todo lo ganado en un par de noches.

 Ahora que volvía a experimentar la simpleza de la vida todo aquello le resultaba una tontería. Al otro día siguió el cauce y encontró una parte con agua. Subió a una zona alta y contempló aquella naturaleza desde allí. Abundaban los recursos y hasta tres o cuatro personas podían vivir allí todo el año dependiendo solo de la tierra, y hasta había unas partes donde se podía cultivar. 
Abandonó momentáneamente su estado mental salvaje para pensar. Cuando tuviera las herramientas suficientes, incluyendo algo de abrigo, podría viajar hasta la zona donde habitaba una tribu que él conocía. Después de vivir un tiempo allí seguramente iba a conseguir una compañera, después podía regresar con ella a formar una familia en aquel lugar. Pero antes tenía que hacer algo. Un mes después de que lo asaltaran, los hermanos pelirrojos volvieron al lugar a esperar que otro incauto pasara por allí. Al acordarse de Bill se echaron a reír. De golpe la risa de uno de ellos quedó más ronca, y cuando su hermano lo miró este tenía una flecha atravesada en el cuello. El ladrón lanzó un grito de rabia al ver que su hermano se ahogaba y que nada podía hacer por él. Giró furiosamente hacia todos lados y sintió un golpe en el pecho. Al bajar la mirada se encontró con la parte trasera de una flecha apenas sobresaliendo de su cuerpo. Giró disparando a las rocas hasta que cayó de rodillas. Después se arrastró hacia donde estaba su hermano. Antes de empezar a ver todo negro vieron una silueta frente a ellos.  Primero creyeron que era un indio, después distinguieron un rostro conocido. Murieron arrepentidos de haberlo dejado vivo. Bill se alejó saltando ágilmente de roca en roca. Aquel era su último acto como hombre civilizado.   

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Que bueeeeno! te aplaudo hermano,me encanto el cuento,muy realista y educativo..los "civilizados"aun estamos en la barbarie,tal vez nosotros seamos los salvajes..los humanos son los unicos seres predestinados a autodestruirse,guerras,muertes,etc..jeje saludos tocayo..Willy

Jorge Leal dijo...

Gracias Willy. Justamente es eso lo que quise transmitir. A lo largo de la historia los países más "civilizados" han liquidado a pueblos "salvajes". Los ingleses son un buen ejemplo de un cultura que se cree superior y anduvieron invadiendo zonas por cuánto lado pudieron. Saludos!!

Ongie Saudino dijo...

Hasta que por fin Bill regresó a sus orígenes de hombre no civilizado, que al final le resultó mejor. Como dijo el amigo Willy, hay muchos que se creen civilizados, pero no son mas que unos animales, bueno, insulté a los animales al compararlos. Bill si que tuvo suerte de sobrevivir y al final obtuvo su venganza, pero ya no como un indígena, sino que como Bill poblador, ya que un indigena solo vive de la natureza y en armonia con los demas. Muchos vaqueros, al igual que Billl, tambien caen en vicios y borracheras, para luego terminar muy mal. Para Bill, la vida fue muchoo mas con solo lo que nos otorga la tierra. Ya no seria necesario ni depender de muchas consas ni andar con el ajetreo del pueblo, ni meterse en problemas. Solo vivir en paz y disdrutar de lo que hay en su alredeor y lo que se consigue de la tierra. Una muy buena y aleccionadora historia amigo!. ¡Te felicito!. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

Anónimo dijo...

Saludos, Jorge. Estos hermanos ya no volverán a dañar a nadie...

Jorge Leal dijo...

Hola. No, esos hermanos ya son comida de buitre ¡Jaja! Gracias por comentar. Saludos!!

Muchas gracias, Ongie. A veces mezclo alguno donde intento transmitir algo. Por suerte parece que en este lo logré ¡Jeje! Saludos!!

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